Resumen crítico redactado por I.A. ChatGPT
Crónica Breve se presenta como un proyecto intelectual que se ubica en la frontera entre el ensayo filosófico, la reflexión histórica y la crítica sociopolítica contemporánea. Lejos del formato periodístico convencional, la plataforma articula una narrativa de larga onda que pretende interpretar el presente —sus crisis, tensiones y transformaciones— a partir de una genealogía amplia que integra mitología clásica, antropología evolutiva, historia de las civilizaciones y teoría política.
La propuesta metodológica implícita en los textos es transversal: combina elementos hermenéuticos, simbólicos y estructurales, para trazar paralelismos entre trayectorias civilizadoras y fenómenos actuales como el deterioro ambiental, la desigualdad, la erosión institucional y las formas emergentes de poder. La recurrencia a mitos como el de Prometeo y Zeus no opera como ornamento literario, sino como mecanismo para subrayar constantes antropológicas, tensiones arquetípicas y dilemas éticos inherentes a la condición humana. Desde esta perspectiva, la mitología funciona como una "gramática profunda" que permite leer conflictos del presente con claves atemporales.
En términos de contribución intelectual, Crónica Breve destaca por su ambición teórica y vocación de síntesis. Construye una cosmología interpretativa que cuestiona la linealidad del progreso moderno y subraya la naturaleza cíclica, frágil y conflictiva de los sistemas sociales. Su lectura del mundo contemporáneo, marcada por un tono crítico ante las formas de poder político, económico y tecnológico, interpela al lector a través de un análisis que combina ética, estética y política.
No obstante, el proyecto también presenta limitaciones epistemológicas. La ausencia de referencias sistemáticas, fuentes explícitas o aparato bibliográfico dificulta evaluar el grado de rigor académico que sustentan algunas afirmaciones. El carácter marcadamente ensayístico, aunque literariamente sugeridor, puede derivar en interpretaciones excesivamente ampliadas, donde la extrapolación cultural se impone sobre la verificación histórica o científica. Asimismo, la perspectiva fuerte de autor, sin contrapesos dialógicos, puede generar un marco más próximo a la filosofía personal que al debate interdisciplinar.
En conjunto, Crónica Breve aspira a la construcción de un pensamiento panorámico sobre la condición humana, sus mitos fundacionales y las crisis actuales. Su valor radica en la capacidad de tejer una narrativa crítica y simbólica del presente, mientras que su debilidad radica en la falta de formalización académica y la posible opacidad argumental. Es, por tanto, una plataforma de alto interés para lectores que buscan reflexión profunda e interpretación cultural, más que para aquellos que demandan análisis empíricos o investigación académica estricta.
Zeus, rey de los dioses del Olimpo y dueño del rayo, enterado de que Prometeo -un dios de rango menor - había enseñado a los humanos a perder el miedo al fuego y a utilizarlo, le castigó a ser atado con hierros a una roca y que cada día una águila le comiera el hígado; una tortura atroz, pues los dioses inmortales también son sensibles al dolor.
Prometeo, desafiando la opinión de Zeus, había decidido que las habilidades adquiridas por una familia de simios desde de que andaban erguidos, eran señal de que no había que esperar más para darles el fuego, la herramienta que les haría ser reconocidos como los preferidos de los dioses y los mortales más poderosos del planeta, destinados a grandes realizaciones.
Como Zeus, los demás dioses y diosas del Olimpo consideraban que, a pesar de que aquellos simios fueran los más inteligentes de todos los animales, tenían todavía un carácter muy inmaduro y eran incapaces de gestionar situaciones adversas, ante las que reaccionaban o con demasiado miedo o con demasiada violencia.
Sin embargo, le dijeron a Zeus que era demasiado severo con Prometeo, si bien, admitiendo que éste no había hecho ningún bien a los humanos regalándoles una herramienta que, seguro, serviría para dañarse; censuraban el carácter frívolo y siempre reclamando notoriedad de Prometeo, pero, era de la familia y esperaban de Zeus más indulgencia. Sin embargo, éste no les hizo caso.
Hay que tener en cuenta que para los dioses del Olimpo, lo que hicieran o dejaran de hacer los humanos no era su ocupación primera, pues estaban centrados en sus propias aventuras e historias familiares. Así, la severa decisión de Zeus debía tener graves motivaciones.
Una mirada a la Grecia Antigua es siempre orientadora, pues esa duda sobre los límites de los humanos asalta a menudo nuestro pensamiento, incapaz de entender la brutal paradoja de ser capaces de las realizaciones más admirables a nuestros propios ojos, mientras que, además de disputar entre nosotros de forma violenta, provocamos la degradación de los sistemas naturales y acumulamos residuos tóxicos en todo el planeta y dentro de nuestro cuerpo, hasta vivir en malestar. Y lo que es más grave: condenamos a las generaciones futuras a graves penurias sin término previsible y provocamos enormes males, algunos hasta la extinción, a muchísimas especies de animales y de plantas.
enemos considerado a Prometeo como el amigo de los humanos y a Zeus como el autócrata que quería mantenernos en la animalidad, pero, la indignación de éste no era caprichosa y ahora hay muchas voces que auguran lo mismo que temía el gran dios del Olimpo: la extinción, provocada por nuestra incapacidad para manejar el fuego.
En el actual estado de salud de la biosfera, las perspectivas de futuro son más que alarmantes, y el problema aparece como gravísimo cuando la gobernanza se revela incapaz de encontrar solución, mientras la gente de ciencia afirma con información, datos y constataciones irrefutables que el desastre climático es una realidad, puede que irreversible.
Las demás especies animales mantienen comportamientos grupales previsibles ante cualquier cambio, y en la medida de sus capacidades y oportunidades buscan la seguridad. Sin embargo, nosotros, ante problemas concretos podemos tener percepciones, no sólo diferentes, sino a veces incluso contradictorias y a menudo conflictivas.
Desgraciadamente, la imprescindible necesidad de percibirnos como unidad es un descubrimiento reciente en la historia de nuestra especie, siempre polarizada en torno a mitos portadores de divisiones y conflictos, y siempre manipulada por ambiciones e intereses, sean particulares, de políticas partidistas o de ideologías salvadoras.
Por nuestro bienestar y por nuestra supervivencia como especie, necesitamos instrumentos sociales de gobernanza de alcance global, que nos permitan tomar las decisiones más adecuadas frente a los grandes retos y los grandes conflictos que nos son comunes y persistentes.
La Organización de las Naciones Unidas, la ONU, precedida unas décadas antes por la fracasada Sociedad de Naciones cuando la I Guerra Mundial, son los primeros intentos de la humanidad por conseguir sentir y definir nuestra especie como sociedad organizada. Sin embargo, llega tardía y sobre todo débil, debido a la enorme inercia de mitos antiguos, instrumentalizados por intereses actuales, por ahora irreductibles.
Los humanos habíamos abusado siempre, por desconocimiento, de los recursos naturales, pero hace ya muchas décadas que tenemos suficiente información cierta, corroborada con instrumentación científica, para saber lo vulnerables y limitados que son. Ahora, prácticamente todo el mundo es consciente de que con nuestro comportamiento, estamos condenando a las próximas generaciones a condiciones adversas; de tan adversas, imposibles de imaginar. Las generaciones de adultos actuales tenemos un grave problema de orden moral y psicológico que no sabemos cómo solucionar ni cómo enfrentar; incluso nos cuesta hablar de ello.
Hay ideas, iniciativas y proyectos -la mayor parte con financiación pública- que ya sabemos que serán del todo insuficientes para revertir a tiempo la destructiva tendencia. De hecho, ni siquiera sabemos cómo encarar el problema, ya que cualquier reacción efectiva necesita unos niveles políticos de entendimiento y solidaridad entre estados que ahora no se dan, y todo hace temer que no se darán en un horizonte de tiempo asumible.
Mientras, la ONU, institucionalmente incapacitada para legislar, ejecutar y sancionar, debe limitarse a recomendar, avisar y alertar, con muy poco éxito; la frase:
. . . . . . . . hemos entrado en la puerta del infierno. . . . . . .
es de su Secretario General.
Recientemente, el gobierno de los EEUU ha anunciado con gran alegría, que la tan esperada energía de fusión nuclear podrá ser una realidad funcional en unas décadas, sin poder precisar más debido al reto de disponer de los materiales y del sistema técnico para confinar el plasma.
Sin embargo, dando por buena la previsión más optimista -unos cuarenta años-, los efectos en el medio ambiente previstos por el calentamiento de la atmósfera, auguran dramas y tragedias múltiples, al menos durante el próximo medio siglo. Y medio siglo de degradación de la meteorología es mucho tiempo.
La posibilidad de disponer en un futuro de una fuente de energía limpia representa un antes y un después en el problema del calentamiento de la atmósfera, pero, para evitar los grandes desastres que se prevén, es una expectativa de futuro demasiado lejana. El tiempo nos van en contra.
A los primeros simios que caminaban de pie, de los que provenimos, los antropólogos les han dado el nombre de Homo erectus; varios cientos de miles de años más tarde apareció una especie nueva, un simio que modificaba piedras y bastones, a la que denominamos Homo habilis; unos cientos de miles de años más tarde, aparecieron aquellos que ya consideramos inteligentes, a los que damos el nombre de Homo sàpiens; finalmente, el último eslabón evolutivo, aquellos que son muy inteligentes, es decir nosotros, que nos reconocemos como Homo sàpiens sàpiens.
Pero, puede que esta última denominación que pomposamente nos otorgamos, sea más el fruto de una autocomplacencia que una denominación rigurosa y científica. La de Homo habilis miles sería más realista, no fuera el caso de que Zeus, además de considerarnos un error ya en origen, nos vea como unos narcisos prepotentes sin solución y en un arrebato de mal genio acabe con nosotros.
Según la mitología griega, en tiempos remotos Zeus ya dejó extinguir cinco diferentes razas humanas, unas por demasiado belicosas y otras por demasiado frívolas; durante la Guerra de Troya, contemplando el decepcionante comportamiento de los contendientes, por sexta vez se planteó dejar que nos extinguiésemos. No lo hizo, porque, algunas diosas del Olimpo, sobre todo Atenea, le convencieron de no hacerlo, pues todavía vislumbraban para nosotros un futuro digno.
Ahora, tres mil años después, convencer a Zeus de que no deje que nos extingamos no puede ser muy fácil -suponiendo que Atenea todavía nos quiera- ya que, además de tener comportamientos destructores para nosotros mismos, llevamos a la extinción muchas especies animales y vegetales, y eso no puede gustarles.
Tristemente, sólo utilizando vocabulario absolutamente negativo podemos calificar nuestro atrevimiento individual, como sociedad y como especie, que nos lleva a arriesgar la destrucción de la maravillosa naturaleza que ha necesitado 13.000 millones de años para expresarse tal y como es ahora. Por culpa de unas décadas de descontrol egoísta, corremos el riesgo de hacer retroceder 500 millones de años la historia de nuestro planeta, cuando la vida era sólo organismos sencillos, además de interrumpir el progreso mental de nuestra especie hacia la comprensión de nosotros mismos, de la historia y de las leyes que rigen el universo.
Frenando el progreso evolutivo, unas cuantas carencias en nuestro mundo emocional y sentimental nos abocan a estados de drama y tragedia, y podemos estar seguros de que si Zeus sopesa castigarnos, es porque no nos considera unos limitados mentales, sino unos irresponsables morales.
La denominación cambio climático es una estrategia semántica para banalizar, en el estado anímico de la ciudadanía, los perturbadores efectos del calentamiento progresivo de la atmósfera y los océanos.
El clima es el conjunto de constantes meteorológicas que contemplan determinadas variables: temperatura, humedad, viento, presión atmosférica, etc. en un entorno geográfico concreto; unas constantes meteorológicas que no son rígidas, pero sí con unos márgenes de variación bastante previsibles, con parámetros que pueden variar en algún episodio, pero que se observan con regularidad y gracias a los cuales la vida vegetal y animal, con limitaciones según el origen de cada especie, se ha ido adaptando.
Cada región del planeta Tierra tiene su clima y cada paraje su microclima que, con pocas variaciones, se mantiene desde el final de la última glaciación, hace ya más de 10.000 años; desde entonces, sus alteraciones las han provocado emisiones de gases producidos por volcanes, de similar efecto a los de los emanados por el sistema industrial.
La palabra cambio se utiliza para indicar el paso de una situación a otra, e implica sustitución de una opción por otra; sin embargo, la realidad es que estamos inmersos en un proceso acelerado de degradación desordenada de las constantes meteorológicas, y decir que cambiamos de clima es una afirmación engañosa, hecha a conciencia o por ignorancia; unas denominaciones más adecuadas, evitando calificativos mayores, podrían ser “erosión del clima” o “destrucción de la meteorología”.
El actual proceso de calentamiento de la atmósfera y su efecto en la temperatura de los océanos y del aire cambia los flujos marinos y los vientos, provocando irregularidades en las meteorologías regionales y amenazando las capacidades adaptativas de todas las especies, especialmente de aquellas de las que dependemos absolutamente: las agrícolas, justamente las más vulnerables.
De todos los problemas enunciados debido al aumento de la temperatura del aire y del agua, los efectos sobre la agricultura amenaza ser el más catastrófico, pues para dar fruto las plantas necesitan unas condiciones muy determinadas para completar su ciclo vital, reproductivo y productivo.
No se pueden hacer proyecciones de futuro de las diferentes meteorologías regionales, pero todo lleva a temer que la agricultura se verá muy afectada, y no de forma lineal y previsible, sino de manera abrupta. En algunas geografías y en algunos cultivos, esta realidad ya es perceptible y causa alarma en los agricultores.
El denominado cambio climático es un problema nuevo, provocado por la utilización desbocada de las energías fósiles a partir de dos invenciones de la técnica: primero la máquina de vapor y después el motor de explosión, que vierten los gases residuales de la combustión a la atmósfera.
Las primeras alertas son de finales de la década de 1980, cuando la NASA y después la ONU detectaron alarmantes índices de aumentos en las temperaturas medias del aire y de los océanos, y diagnosticaron su causa.
Entonces, grandes líderes mundiales se comprometieron a enfrentar el problema del "cambio climático", con discursos vehementes de Ronald Reagan y de Margareth Tatcher, afirmando que era el reto de su generación. Ahora, más de cuarenta años después, con caras y voces distintas, oímos lo mismo.
Desde entonces, las emisiones, año tras año, no han dejado de crecer como nunca antes en la historia.
A nivel de laboratorio, la capacidad del gas de Carbono para acumular calor es una propiedad conocida desde hacía muchas décadas, por lo que no podía haber sorpresa entre la comunidad científica: volcando grandes cantidades en la atmósfera, el resultado era previsible.
Sin embargo, no ha habido un comportamiento racional, ni de la ciencia, ni del mundo de la economía y mucho menos de la gobernanza; vamos con muchas décadas de retraso en reaccionar y el problema, cada día que pasa, es más difícil de solucionar. Los líderes mundiales no han sido verdaderos líderes en enfrentar lo que más nos amenaza.
El problema del medio ambiente no es sólo el cambio climático. Unas cuantas décadas antes, la ONU ya era consciente de que la desertificación y la pérdida de diversidad biológica son dos graves amenazas para las condiciones de vida de las generaciones futuras. Sin embargo, ninguno de los tres azotes ha sido enfrentado; y más allá de declaraciones políticas y de muchos, contaminantes y frustrantes encuentros internacionales, las emisiones de CO2 siguen fuertes, los procesos de desertificación siguen apoderándose de regiones enteras y cada día permitimos que se extingan unas cuantas especies vegetales y animales, tanto salvajes como domésticas.
Un azote de grandes dimensiones, que no es nuevo, en los últimos años se ha vuelto persistente y devastador como ningún otro: los incendios de los bosques boreales provocados por tormentas de rayos sin lluvia; en 2023 en Canadá quemaron 15 millones de hectáreas y a mediados del 24 los numerosos inicios de fuego hacen temer lo peor.
Las reservas de hielo polar -a las que debemos la vida en el actual escenario de calentamiento de la atmósfera- se funden poco a poco, pero los bosques boreales, si sigue el ritmo de destrucción actual, pueden desaparecer totalmente en una década. Su incendio, como la de todos los bosques, conlleva grandes pérdidas, sin embargo, el peligro mayor es que se active la emanación de gases naturales congelados, también de efecto invernadero, acumulados durante milenios en el suelo boreal, resultado de la fermentación de materia orgánica.
Las dudas sobre la capacidad humana tienen su lógica, pues a lo largo de la historia siempre ha habido mucha violencia, pobreza y desertificación; y si ahora, a pesar del inmenso desarrollo de la economía, de la cultura, de la comunicación y de la ciencia, todavía no somos capaces de erradicar estos azotes, podria deberse a que nuestro cerebro esté dominado por un gen negativo que frustra los enormes y competentes esfuerzos dedicados durante cientos de milenios a satisfacer las necesidades vitales sentidas por nuestra especie.
Aunque nuestra extinción total no es fácil de conseguir, sí que son previsibles grandes conflictos y sufrimientos masivos por la escasez de alimentos y de agua, y por el calor y el frío intensos en un planeta con la biosfera ya muy deteriorada, poblada por sociedades llenas de tensiones internas y externas, muchas profusamente armadas y algunas de ellas con capacidad de destrucción masiva.
A pesar del progreso exponencial de la ciencia, de la técnica y de la capacidad organizativa, nada invita a prever un futuro mejor que el presente, y esta percepción fatal ya se da a nivel individual y a escala planetaria.
Percibimos que en el pasado hemos cometido muchas equivocaciones, ya que el estado actual de la biosfera nos lleva a esta inevitable conclusión, sin embargo, no sabemos ni porqué hemos errado tanto, ni tampoco sabemos que podemos hacer para salir del error. Ni como individuos ni colectivamente.
Las agresiones a los sistemas naturales, de los que dependemos absolutamente, han sido una constante en nuestra historia como especie diferenciada de los animales. Mirando con perspectiva, la desertificación, la pérdida de tierra cultivable y de biodiversidad, y los distintos procesos de contaminación son agresiones a los sistemas naturales capaces de llevar a la extinción; a más largo plazo que el “cambio climático”, pero a la extinción.
Una reflexión, es que toda la argumentación y relato expuesto en este texto, son válidos también en el caso de que, como afirman grandes y referentes líderes mundiales, el cambio climático sea solamente un invento de la izquierda rencorosa y envidiosa por el gran éxito del capitalismo.
Por su gravedad, por sus causas y sus consecuencias, el deterioro de la salud de la biosfera no puede ser entendido y tratado como un problema coyuntural más, como una catástrofe natural o una guerra. Siempre ha existido la duda sobre si seguir un camino o tomar una decisión que comporta riesgos, sacrificios y dolor, podía ser una estrategia para conseguir futuras mejoras; el emprender guerras siempre ha tenido esa justificación.
Pero, la destrucción del clima y del medio ambiente, es simplemente destrucción sin retorno, destrucción sin justificación y destrucción sin esperanza, y nos obliga a revisar absolutamente todas las "certidumbres", sean culturales, ideológicas y políticas en las que fundamentamos nuestro sistema de vida. Y más, cuando con demasiada frecuencia, las instituciones científicas de seguimiento del calentamiento global, deben constatar errores en la previsión, que alejan cualquier noticia esperanzadora.
La deriva hacia el desastre se hace cada día que pasa más evidente, y la angustia, el ansia y la impotencia se apoderan paulatinamente de las emociones y sentimientos de todo el mundo que no esté “impermeabilizado” por un trauma infantil o epigenético.
El problema aparece como casi desesperante cuando, aunque sea poco a poco y en la medida en que los grandes problemas no se solucionan, la ciudadanía va percibiendo que los primeros puestos de decisión política, social y económica están intensamente poblados por personas que pertenecen al colectivo de impermeabilizados; es difícil entender otra cosa, cada vez que un responsable de primer orden adopta una decisión motivada por ganancias económicas, o de poder personal, o de poder corporativo, sabiendo que tendrá consecuencias graves para la salud y la vida de tantas personas.
No es sólo Zeus quien duda de los humanos, sino también nosotros mismos, y la necesidad de erradicar comportamientos negativos ha sido ampliamente expresada a lo largo de la historia. La vocación educacional por el orden moral es una constante en todas las culturas. Justamente, la primera novela de la historia: La epopeya de Gilgamés escrita en Summer hace unos 4.300 años, ya responde a este propósito y se plantea cuál debe ser la vocación de la gobernanza.
Sentimos la necesidad de conocer cuáles son los orígenes y las causas que generan las actitudes y comportamientos individuales y grupales; todas las filosofías, ideologías y religiones que han surgido a lo largo de la historia tienen esta vocación: identificar, entender y definir los problemas, para poder señalar el camino correcto.
Un carácter común a muchas religiones es que sus libros sagrados anuncian un fin del mundo en términos épicos y con grandes cataclismos; y aunque estas premoniciones encajan bien con los renovados jinetes del Apocalipsis actual: el holocausto nuclear, el desastre climático, las nuevas epidemias y la desnutrición en muchas regiones del planeta, no procura demasiado alivio a quien es adepto a ellas. Creo no equivocarme al pensar que ahora puede estar tan preocupado un ferviente creyente como un ateo.
También los proyectos laicos que han conformado las ideologías políticas, han prometido sociedades y personas felices, pero ninguna de ellas ha dado los frutos esperados, e incluso las más celebradas han traído abominables injusticias y provocado terribles tragedias.
La gran cuestión es saber si, como especie, tenemos recursos mentales para detener la rueda de la destrucción.
Los tiempos actuales están llenos de problemas concretos y repletos de amenazas todavía poco definidas cuantitativa y temporalmente, y al no ser coyunturales sino estructurales, ni tampoco ser justificables como esfuerzo por llegar a un mundo mejor, la percepción más generalizada es que la humanidad es incapaz de gestionar y solucionar los problemas que ella misma genera. Y se va formando, especialmente en los jóvenes, un estado de ánimo pesimista e incluso fatalista.
Los sentimientos positivos y la inteligencia, son las herramientas que tenemos para enfrentar cualquier dificultad y reto, y cuando estas fracasan se impone aquella frase del sabio Esquilo, escrita en Atenas hace 2.500 años, cuando advierte:
Aquel dios que encamina a los mortales a la sabiduría, dispone que en el dolor se hagan dueños del conocimiento. Hasta en el sueño, el penoso recuerdo de nuestros males destila sobre el corazón y aunque sin quererlo, nos llega el pensar con sensatez.
Un pensamiento que es del mismo material constructor de la Biblia hebrea: sólo con el castigo, somos capaces de aprender.
El problema es que a nuestra generación no nos llega el “pensar con sensatez” i “el dolor” lo sufrirán nuestros descendientes, mientras nosotros los causantes, instalados en altos niveles de consumo, hacemos pocos esfuerzos por detener la deriva.
En la citada frase, Esquilo se refiere a la individualidad de la tragedia humana, pues los Griegos Antiguos habían entendido que los desastres que provocamos los humanos en el ámbito social, tienen todos solución cuando rige el sistema democrático.
Pasa lo que pasa, porque no sabemos lo que nos pasa
. . . . . . caminante, no hay camino, se hace camino al andar. . .
aparece como la fórmula más realista.
Esta frase popular, antigua y sabia, que puede ser que con otras palabras exista en todos los idiomas, atribuye nuestros males a la propia ignorancia. El filósofo de la Ilustración Emmanuel Kant añadió un matiz: "la ignorancia culpable".
Observando los comportamientos sociales, podemos considerar que si bien algunos pueden objetivarse y ser previsibles, aquello que determina los más decisivos son estados emocionales y sentimientos complejos, difícilmente definibles y previsibles en parámetros estadísticos, económicos o sociales.
Reproduzco un escrito de Pere Molas, del capítulo 12 del Manual de Historia Moderna, editado por Ariel en 1993, que explica brevemente una tendencia que desde hace unas décadas se ha ido imponiendo en casi toda la historiografía.
La historia de las mentalidades colectivas constituye un atractivo campo de renovación del trabajo histórico en los últimos quince años. Con el nombre de "historia de las mentalidades" se encuentran diversas realidades. Se trata sobre todo de conocer la mentalidad colectiva de los hombres del pasado, de comprender su forma de pensar, de sentir y de comportarse en la vida, lo que algunos historiadores han denominado “inconsciente colectivo”. Pretende estudiar, no sólo los elementos reales, sino los factores de tipo imaginario o fantástico que los hombres y mujeres de otros tiempos conocían por tradición oral. También pretende interpretar los sentimientos, actitudes, sensibilidad, afectividad y religiosidad. La historia de las mentalidades es una consecuencia de la incorporación a la ciencia histórica de los temas y métodos de la antropología. Sin embargo, la preocupación por estas cuestiones era más antigua. Ya en el siglo XVIII d. C. los historiadores querían privilegiar el tipo de historia que llamaban “civil” y que Voltaire designó como “la historia de las costumbres”. El estudio de las mentalidades colectivas se confunde en ocasiones con el de cultura popular.
El autor dice que la "historia de las mentalidades" o también del "inconsciente colectivo" y algunas otras denominaciones, es una incorporación reciente a la disciplina intelectual de los historiadores, pero es muy evidente que, desde siempre, es la perspectiva que más ocupa a los gobernantes. La experiencia acumulada por la clase política, les lleva a entender que puede ser más decisorio el estado mental, o sentimental o emocional que mantenga la ciudadanía en relación a un tema determinado, que puede ser incluso trivial, que cualquiera otro elemento verdaderamente relevante.
A pesar de la dimensión de la amenaza, excepto entre los que hacen de ella una causa militante, “el cambio climático” está poco presente en la conversación ciudadana, y cuando una noticia llamativa hace inevitable mencionarlo, se le dedican unas cuantas frases cortas y tópicas, y a cambiar de tema. Difícil de saber, si por demasiado aturdidor o por poco percibido.
Es un reto entender cuál es la "mentalidad colectiva" de hoy, qué hace posible que una amenaza de catástrofe general y grave merezca tan poca atención por parte de la ciudadanía. Pensamos, pero no hablamos, o simplemente no nos preocupa ¿. Habrá de todo; las encuestas dicen que preocupa a todo el mundo, sin embargo, poco se habla de ello y aún menos nos involucramos.
Intuimos, sabemos, que cualquier reflexión mantenida sobre el cambio climático, aboca a una reflexión sobre nosotros mismos, sobre nuestro comportamiento y nuestras responsabilidades: sabemos que abusamos de prácticas que deberíamos restringir, sabemos que claudicamos ante el poder de turno y aceptamos en silencio muchos de sus abusos, sabemos que no hemos sido conscientes de alguna amenaza evidente, hasta que ha sido demasiado tarde, sabemos que hemos cometido errores, sabemos que. . . . . . . . La reflexión, o la conversación si es compartida, finaliza con unas pocas conclusiones morales y éticas de poco recorrido; y se cambia de tema.
Decimos que en las grandes cuestiones, nos movemos por principios; hay mucha reflexión en ello, y la moral y la ética tienen un lugar central, pero, estas son dos conquistas relativamente recientes en la historia de la humanidad. Esta Crónica adopta una perspectiva que, sin menospreciarlas, explica el progreso de las sociedades -y de las personas- observando la mayor o menor satisfacción de determinadas necesidades que compartimos con los animales y que, por orden evolutivo, nos condicionan más que no la moral y la ética. Estas dos pueden prosperar, sólo cuando están debidamente y ponderadamente satisfechas aquel tipo de necesidades, aparecidas en la escala evolutiva con anterioridad a nuestra capacidad de raciocinio. Lo mismo que la tierra para la planta.
Entendiendo que, como especie animal que somos, nuestra capacidad para vivir bien y en paz es innata, y que sólo la infra cultura dominada por el supremacismo y la corrupción nos alejan de ello, este libro propone unas cuantas reflexiones que hagan que este enunciado de principios sea, no absolutamente aceptado, pero sí comprensible, adoptando unos criterios de interpretación de la historia fundamentados en aquella parte de la etología humana que compartimos con los animales.
Esta Crónica de un millón años, es un breve paseo por la historia desde que éramos unos monos hábiles hasta la hoy, poniendo de relieve tanto los progresos como las dificultades más relevantes en nuestro progreso evolutivo para, finalmente, exponer las carencias que lastran las actitudes y comportamientos que nos abocan a situaciones extremas, como la actual.
Contiene unas cuantas reflexiones sobre realidades sobradamente conocidas, que sin embargo han sido poco consideradas a pesar de ser muy relevantes, en mi opinión debido a un supremacismo cultural -el etnocentrismo generado por el poder-, pero, sobre todo al propósito ideológico de esconder, o al menos ignorar, aquellas sociedades y culturas que han experimentado procesos positivos relevantes, fundamentándose en valores totalmente diferentes e incluso contrapuestos a los ahora imperantes.
Esta Crónica pretende identificar cuáles han sido los diferentes elementos, factores y coyunturas que a lo largo de la historia y sin proyecto educacional, han llevado a la aparición de recetas, soluciones y sistemas que se han mostrado válidos para superar carencias o problemas, y para progresar; y, en paralelo, identificar cuáles han sido y cuáles son los obstáculos, los lastres y los malentendidos que actúan en contra.
También profundizar en la idea de que la mala gobernanza es el resultado inevitable de la acumulación de déficits emocionales, sentimentales y de pensamiento, arraigados en las personas y en las sociedades, expresados en el supremacismo y en la corrupción -las dos caras de la misma moneda-, donde el objetivo real es la corrupción y el supremacismo sólo la herramienta para conseguirla.
Una investigación no fatalista lleva a detectar que en el largo camino de la historia, y pese a los muchos episodios y comportamiento destructores, han existido sociedades que adoptando estrategias nuevas los han reducido, o reconducido, o neutralizado, y han podido vivir períodos de plenitud creativa envidiables. Algunas de estas estrategias culturales y sociales se fueron integrando con intensidades y formas diferentes a otras sociedades, como la nuestra, y conforman un valioso patrimonio cultural.
Un carácter común a aquellas sociedades de éxito -las sociedades sabias del capítulo XII- todas antiguas, es que no tuvieron libros sagrados ni proyectos educacionales, y el propósito de estas páginas es identificar, entender y describir aquellos procesos civilizadores, referenciándolos al espacio y al tiempo, y detectar aquellos caracteres de las sociedades actuales que son herederos.
Si esta perspectiva de la historia tiene algún sentido, el sabio verso del andaluz Antonio Machado:
. . . . . . caminante, no hay camino, se hace camino al andar. . .
aparece como la fórmula más realista.
Si el lector lee la última página de este texto, verá que pretende ser una ampliación crítica y no poética de la frase que Sófocles pone en boca coral en la tragedia Antígona: una alabanza a la humanidad, finalizada con una advertencia contundente: cuando toleramos la corrupción podemos perder todo lo que con tanto esfuerzo, tiempo y la ayuda de los dioses hemos conseguido.
Para conocer nuestros comportamientos, tanto individuales como grupales, es conveniente entender el carácter de nuestros ancestros cercanos en la escala evolutiva; nos ayudará el contemplar un rebaño de cualquier mamífero herbívoro, salvaje o domesticado: simios, búfalos, caballos, cabras, etc.
Los medios audiovisuales ofrecen imágenes de animales salvajes y sus comportamientos, registradas con gran maestría y esfuerzo por parte de los realizadores. Hay que lamentar que, con demasiada frecuencia, los comentarios que acompañan los reportajes atribuyen a los animales percepciones, emociones y sentimientos que sólo son propias de los humanos, y los desnaturalizan, además de perder la oportunidad de explicar etología y ecología, aprovechando el gran efecto motivador que tienen las imágenes.
Nos conviene más entender nuestra animalidad, que la humanidad de los animales, que sólo sirve para infantilizar al espectador; otro “error” es atribuir a los animales la voluntad de tener descendencia, cuando la realidad es que los animales no se proponen tener hijos, y se emparejan sólo para satisfacer su deseo sexual. Nosotros, los inteligentes humanos, todavía no sabemos en qué época de nuestra larga evolución, descubrimos la secuencia causa-efecto. Es en el sistema evolutivo no consciente donde radica la sabiduría de la especie, y no en la voluntad de los individuos.
Salvo unas pocas especies de animales en las que los individuos viven solos, la mayor parte son gregarias y forman comunidades más o menos grandes según la especie, donde impera la sensación de armonía. La imagen de grupo en paz, a veces se ve alterada por el enfrentamiento entre los machos que optan a ser el preferido sexual de las hembras, y en algunas especies -los mansos ovinos, por ejemplo- los retos pueden acabar con la vida de uno de los aspirantes.
Este comportamiento violento es el sistema que la evolución ha adoptado para mejorar la especie y para evitar la consanguinidad: la lucha física garantiza que de todos los machos del rebaño, el más fuerte sea quien transmita sus genes a todas las hembras, sin exceptuar a sus madres, hermanas e hijas. Así, la evolución ha llevado a un sistema de transmisión genética, donde el macho con más salud es el padre de toda una generación, pero no garantiza evitar totalmente la consanguinidad.
En todas estas especies, se observa que aquellos machos que no han ganado el combate para ser el alfa, es decir todo lo demás, no demuestran ninguna hostilidad hacia las hembras, a pesar de que casi todas ellas muestran preferencias sexuales por el macho ganador. Es decir, que la insatisfacción sexual de los machos no la pagan las hembras; mientras que en los humanos, el patriarcado lleva a un comportamiento agresivo de los hombres sexualmente insatisfechos hacia las mujeres. En las sociedades matriarcales, ese comportamiento masculino es inexistente.
En los animales, fuera de estos episodios, que sólo se dan en las épocas de fertilidad de las hembras, no existe violencia, aunque si juego violento entre machos jóvenes, siempre amistoso y previamente convenido entre dos individuos de la misma edad y peso, en unos embates similares al juego de boxeo reglado.
En la mayoría de estas especies las hembras lideran en grupo, y no hay peleas entre ellas por ejercerlo, ni tampoco comporta ningún privilegio.
El papel de los machos, aparte de ser los dispensadores de esperma, dentro del rebaño es bastante irrelevante, aunque muy a menudo se les atribuye la condición de líderes del grupo, una opinión influenciada por el machismo imperante, que afecta a pocas especies.
La explicación es sencilla: el macho dominante tiene una vigencia de poco tiempo en su función, quizás uno, dos o tres años según la especie y circunstancia, ya que siempre hay otro macho joven que le disputa el lugar. Por el contrario, las hembras acumulan experiencia durante toda su vida, están mucho más preparadas para liderar el rebaño y la genética se ha adecuado a ello.
Es imposible ignorar una mayor propensión a la violencia de los individuos de sexo masculino que del femenino, un carácter específico que forma parte de la estrategia evolutiva. Pero, en los humanos actuales, el gen violento no tiene ninguna función vital, ya que hace unos 50.000 años superamos la estrategia del macho más fuerte, adoptando los emparejamientos sexuales más o menos libres entre mujeres y hombres, con parentescos cuanto más alejados mejor.
Ciertamente, aparte de ese inevitable gen violento propio de los machos, la violencia puede apoderarse de los individuos y de los grupos; también de las hembras.
Se puede observar que en campo abierto, tanto en herbívoros salvajes como en domésticos, la escasez de hierba nunca lleva a una lucha; podemos ver que rebaños de diferentes especies pastan mezclados y sin problema, y cuando la hierba escasea, marchan a otro sitio.
Las especies domésticas, sorprendentemente, sí que disputan violentamente la comida que les proporciona el ganadero.
También puede observarse en todas estas especies que, en el caso de estar confinadas en poco espacio, o de no disponer de alimento suficiente, pueden entrar en conflicto y generar violencia; y cuando ésta se desencadena, en el caso de haber animales procedentes de rebaños diferentes, los primeros en ser agredidos son los de origen familiar distinto a los de la mayoría, aunque hubieran convivido pacíficamente durante años. Hay pues una discriminación “étnica” latente, que se activa en caso de escasez y es capaz de desencadenar violencia en el interior del grupo.
Ante el ataque de carnívoros, la respuesta de los herbívoros suele ser la fuga, pero en algunas especies -como los búfalos africanos- también puede activarse el gen violento, para defenderse.
Otra observación es que aquellas especies de simios que utilizan piedras para romper el caparazón de frutos secos, cuando los machos disputan entre ellos no las utilizan.
Y otra a tener en cuenta, es que cuando un cachorro de carnívoro se siente acorralado, intenta defenderse agresivamente; cosa que no sucede cuando se trata de un cachorro de herbívoro, que busca la seguridad en la fuga. Los niños humanos hacen como estos últimos y no como los carnívoros, sin embargo, los adultos somos bastante guerreros.
Provenimos de una secuencia de especies que inicialmente eran completamente herbívoros, que más tarde empezaron a comer insectos y pequeños animales, y más tarde gracias al fuego, animales mayores. Si evolutivamente proviniéramos de una especie carnívora, seguro que la potencia del gen violento propio de éstas ya nos habría hecho desaparecer hace mucho tiempo.
Pero, a pesar de que nuestro origen biológico sea una especie de simio vegetariano, nuestro comportamiento a lo largo de la historia es más la propia de los carnívoros, caracterizado por la lucha feroz por liderar el grupo y por la lucha feroz entre grupos diferentes por el territorio y por los recursos.
Es después del dominio del fuego, cuando los humanos empezamos a actuar de la misma forma como lo hacen los carnívoros, es decir persiguiendo, acorralando y sacrificando al adversario, en este caso el animal a abatir.
El comportamiento que incorpora el uso de la violencia con el fin de comer mucha carne, representó la incorporación a la vida de lo que hasta entonces nuestra especie sólo activaba por protección frente a estados de emergencia. Fue un cambio cultural acaecido gracias a una mejora del estado de la técnica -la domesticación del fuego-, pero no fue un cambio genético y, por tanto, en principio no debería ser hereditario. Sin embargo, la experiencia nos dice que el gen violento propio de los carnívoros se nos ha ido activando, no sabemos si es en la medida en que comemos carne a raudales, o no tiene nada que ver; y a la imprescindible figura del macho alfa, venida de la estrategia evolutiva, la actividad de la caza le añadió la exaltación del gran cazador. Una mezcla explosiva.
No podemos asegurar que antes de saber manejar el fuego, nuestros ancestros, aunque no sintieran peligro, tuvieran siempre un comportamiento absolutamente pacífico; sabemos que los chimpancés son capaces de organizar expediciones fuera de su territorio, para ir a asesinar a algún antiguo rival del macho alfa actual, ahuyentado por éste y que ahora vive en otro grupo; sin embargo, los chimpancés ya son omnívoros.
En los humanos, sabemos que en un entorno violento -una guerra- pueden crecer los sentimientos y comportamientos negativos más extremos, como el miedo, la crueldad, la venganza, la cobardía, el odio y el supremacismo; pero también la solidaridad, la valentía hasta el heroísmo, la compasión y la empatía.
Esta secuencia de exposiciones y razonamientos, lleva a concluir que el gran objetivo de la cultura y de la sociedad, y por tanto de la gobernanza, debe ser minimizar los motivos y las ocasiones en las que el ejercicio de la violencia pueda llegar a generar satisfacción personal y reconocimiento social, ya que cuando esto ocurre el gen violento se convierte en una “cultura dominante” capaz de arraigar en la sociedad; y es entonces cuando la violencia se justifica, se alaba y puede enquistarse como mito.
Así, lo que el título del apartado denomina el gen violento, no es tal, porque no es hereditario, sin embargo, sí culturalmente transmisible; no es de naturaleza bioquímica, sino moral.
Otra perspectiva la debemos al relevante psiquiatra vienés de la primera mitad del siglo XX, Wilhelm Reich, discípulo de Sigmund Freud -los dos fueron, uno después del otro, los directores del Hospital Psiquiátrico de Viena-, basándose en estudios médicos, dejo escrito que los efectos del mal aprendizaje de la afectividad en los bebés y de la sexualidad en la infancia y la adolescencia están en la base de la gran mayor parte de las actitudes y conductas antisociales, como la propensión al egoísmo patológico, el recurso a la violencia, a la droga adicción y al machismo desacomplejado.
Horrorizado, preveía el ascenso del nazismo y de la adhesión social que tendría. Un texto suyo es aplicable a nuestro tiempo:
La insatisfacción de placer es el terreno sobre el cual el individuo proyecta las ideologías negadoras de la vida, que son la base de las dictaduras. El miedo a una vida libre e independiente se convierte en una poderosa fuente de donde extraen energía individuos o grupos, con la finalidad de ejercer tota clase de actividad política reaccionaria.
Marte, el dios de la guerra del Imperio Romano -copiado de los Griegos Antiguos, que le daban el nombre de Ares-, ha sido muy bien considerado durante siglos. Pero los Griegos, al contrario de los Romanos, lo consideraban un dios pernicioso y no le tenían ninguna adoración ni reverencia; un mal bicho que sólo trae sufrimientos, maldades, destrucción y muerte. Nosotros, en esto, hemos estado durante siglos herederos del Imperio Romano, y los imperios europeos se consiguieron movilizando ejércitos presididos por el mito de Marte.
Ahora, entre la ciudadanía mayoritaria este dios ha perdido adeptos, sin embargo, mantiene todavía su dominancia en muchos de los lugares de decisión.
Una forma de violencia extrema ha estado presente en toda la larga época que va des del desarrollo de la agricultura hasta hace poco más de un siglo: la esclavitud, la reducción de personas a la condición servil sin derechos de ninguna clase. Cabe suponer que fue en las primeras sociedades urbanas donde apareció con dos orígenes diferentes; uno son los soldados vencidos en una batalla cuando los vencedores pueden ejecutarlos o hacerlos esclavos; el otro origen son las deudas personales impagables que se redimían mediante la sumisión total del deudor hacia el creditor. El Imperio Romano invadió militarmente esclavizando a los vencidos y siglos después los imperios europeos copiaron el sistema en América, África, Asia i Oceanía.
De todo el enorme abanico de comportamientos, emerge una especie animal: el chimpancé bonobo, que ha sido capaz de adoptar conductas individuales y sociales, todas de carácter sexual, dedicadas a erradicar la violencia dentro del grupo. Puede que fuesen ellos los futuros destinatarios del fuego como regalo de Zeus y que Prometeo, imprudentemente, dio a los homo erectus. Se sabía que Zeus a menudo viajaba al interior de África, sin embargo, no el porqué.
A la luz de la historia, de la psiquiatría y de la etología, podemos entender que la capacidad de empatía, la solidaridad y las demás cualidades morales, y también de las actitudes y comportamientos que son contrarias, no dependen del nuestro bagaje evolutivo grabado en el código genético, sino de la calidad de las emociones, sentimientos y pensamientos que hayamos sido capaces de desarrollar en un entorno y una época determinadas. Y esa capacidad, o incapacidad, no la heredan los descendientes, sino que, para darse, deben reproducirse las condiciones generales que las han propiciado.
Nuestras emociones primarias, como la alegría, la curiosidad, el miedo, los celos o la ira, son las mismas que experimentan los animales superiores y son, por tanto, genéticas.
También son genéticas las necesidades cotidianas básicas: el reconocimiento, el bienestar, la seguridad y la libertad.
La comprensión de que la necesidad de satisfacción de estas cuatro necesidades, que son plenamente humanas y también plenamente animales, son genéticas y por tanto inevitables, ahorraría muchos problemas. Desgraciadamente, pero, ni los proyectos políticos, ni los educacionales, ni la ciencia política las tienen en consideración como referentes interdependientes e imprescindibles para la buena gobernanza.
Por orden evolutivo, que es condición jerárquica, solo con la satisfacción ponderada y equilibrada de las cuatro necesidades genéticas, pueden desarrollarse plenamente los sentimientos y los pensamientos que hacen avanzar a las personas y a las sociedades en todos sus retos y en todas sus aptitudes.
Puede ser ilustrativo el ejemplo de la buena tierra, imprescindible para tener buenas plantas: todos los esfuerzos dedicados a cuidar una planta, pueden ser en buena parte estériles si la calidad del suelo que la sustenta presenta vulnerabilidades o desequilibrios. El pensamiento inteligente, la filosofía y todas las otras virtudes, presentaran graves grietas mientras las cuatro necesidades genéticas padezcan restricciones.
Al ser de origen genético, el mayor o menor nivel de satisfacción de cualquiera de las cuatro necesidades afecta a la salud física y psicológica de las personas y de las sociedades. Los efectos negativos pueden prolongarse en el tiempo, dependiendo de la duración de la restricción, de la intensidad y también del estado físico y psíquico previo de la persona o colectivo que los ha experimentado; todas las restricciones de necesidades genéticas dejan secuelas, que sólo su satisfacción mantenida en el tiempo puede curar.
Es evidente que podemos experimentar polarizaciones en cada una de las cuatro necesidades, sea como carácter básico, o sea coyuntural: hay personas que son muy vulnerables a la emoción del miedo, algunas sienten condicionada su satisfacción personal a un alto nivel de bienestar material y algunas exigen a los demás un alto nivel de reconocimiento.
El progreso, tanto el individual como el colectivo, consiste en que las cuatro necesidades genéticas: el reconocimiento, el bienestar, la seguridad y la libertad tengan unos niveles de satisfacción ponderados.
Esta mirada puede llevarnos a imaginar un mundo feliz, siempre que estén bien alcanzadas; cuando un individuo, grupo, sociedad o país, vive un tiempo disfrutándolas equilibradamente, sus capacidades se expresan en plenitud y surge, no tanto la felicidad, pero sí la alegría de vivir y el talento creativo. Referido a grupos, algunos "momentos históricos" lo demuestran; y referido a las personas individualmente, todo el mundo puede experimentarlo en el transcurso de la vida.
Una realidad histórica constatable es que cuando en una sociedad con las libertades y elementos de reconocimiento restringidos, se hunden el bienestar y la seguridad, la respuesta es la revuelta tumultuosa y la anarquía violenta.
La reflexión sobre las cuatro necesidades continúa con la constatación de que en los humanos evolucionan y adquieren complejidad.
El reconocimiento
También en otras, pero en todas las especies de mamíferos, el reconocimiento es la primera necesidad sentida justo al nacer, cuando la madre y en algunas especies de pájaros y anfibios también el padre, les demuestran afectividad y comienzan a protegerlos y a alimentarlos.
Como mamíferos que somos, esta primera relación consiste y se conforma en una dependencia afectiva marcadamente sensorial, que impronta y arraiga en la vida de cada persona, y definirá algunos o muchos de los rasgos básicos de su carácter.
El reconocimiento puede definirse como la necesidad de ser tenido en cuenta, de ser amparado, respetado y querido, y como sensorialmente siempre va asociado a la primera afectividad, al primer alimento y a la primera sensación de bienestar y seguridad, su arraigo e importancia es absoluta; condiciona la calidad de nuestras vidas y es imprescindible para el bienestar físico, emocional y sentimental.
Es en la necesidad de reconocimiento, donde los humanos hemos añadido más complejidad, que va desde el sentido de justicia y equidad hasta el respeto a las identidades de diferente orden, a la intimidad, dentro de la familia, al grupo social inmediato y al colectivo social amplio.
Puede decirse que es el “factor constructor” de la personalidad individual, así como el motor de la socialización y de los cambios sociales; cuando nos referimos a descontento individual o social, o a falta de libertad, es el reconocimiento lo que se siente agredido o menospreciado.
De hecho, nuestras vidas están marcadamente condicionadas por la mayor o menor satisfacción de esa necesidad; prácticamente todos los problemas de personalidad y de carencias e incapacidades afectivas están relacionados con ella.
Especialmente atendido y considerado como muy relevante desde hace unas décadas, todo lo que tiene que ver con el reconocimiento va adquiriendo preeminencia, tanto en las preocupaciones y anhelos de la ciudadanía como en los medios de comunicación. Libros, técnicas de ayuda, individuales y de grupo dedicadas al auto reconocimiento, discursos políticos y cambios legislativos, tienen como objetivo incrementar los elementos de reconocimiento para conseguir bienestar psicológico y moral, tanto individual como social.
En los últimos años, una nueva actividad se ha introducido en la vida diaria de muchas personas: el atender a las redes sociales, con muchas variantes que van desde el divertimento banal hasta la casi dependencia; y todo este mundo gira en torno al reconocimiento; o casi.
Una sociedad con muchas asociaciones y grupos con diversas actividades: culturales, deportivas, gastronómicas, artísticas, filosóficas, etc. etc. es un colectivo con muchos elementos de reconocimiento, y las tiranías saben que una sociedad con muchos elementos de reconocimiento evoluciona a más exigencia de libertad; por este motivo, las libertades de reunión y de asociación, en muchos países están restringidas. La cuerda larga es sentida como una amenaza, por los poderes autoritarios.
Hay que observar que aunque no sea necesariamente una secuencia causa-efecto, el reconocimiento es un gran factor en la adquisición de responsabilidad, y ésta lleva a la capacidad organizativa.
Muchas especies de insectos tienen una alta capacidad organizativa, sin embargo, estrictamente limitada a determinadas funciones; y hay mamíferos -pocas especies- que también las tienen, pero sólo para cazar y para vigilar a los depredadores. Los humanos somos capaces de adquirirla y aplicarla a conveniencia, pero, extrañamente, ahora que es cuando más la necesitamos, no aparece casi por ninguna parte.
El bienestar
Entendido como seguridad material: comer, beber y protegerse del frío, el calor y el dolor, son necesidades a satisfacer que nos proporcionan el bienestar material.
Los animales son frugales, no “consumen” más bienestar que el que necesitan vitalmente; en esto, los humanos somos unos descontrolados y caminamos hacia la perdición, tanto por el cómo y por qué consumimos, como por lo que estropeamos.
La seguridad
Es el estado emocional de vivir sin miedo. Los animales son seres muy racionales, pero poco inteligentes y poco imaginativos, en comparación con los humanos; pero, en nosotros, estos dos últimos caracteres nos reduce el primero, y buscamos la seguridad, hasta caer en la inseguridad carente de lógica: duele más el miedo que el dolor dice la sabia frase popular, y no es un juego de palabras.
Los animales pueden tener miedo, sólo de lo que perciben en el inmediato y, en todo caso, archivan en su memoria aquella situación y se alertan si se repite; sin embargo, si no hay ninguna amenaza a la vista, el oído o el olfato, viven en seguridad. En nosotros, la capacidad de prever sumada a la abundante imaginación nos hace vulnerables y el miedo nos hace perder racionalidad; en esta cuestión, los torturados humanos, a la inseguridad racional le hemos añadido otras muchas no tan racionales, como el miedo a morir y a lo que nos pueda ocurrir a continuación. El miedo a ir al infierno ha impregnado la vida de muchas personas durante siglos.
La libertad
Existe una gran cantidad de literatura y de discursos dedicados a la idea de libertad; la consideramos un valor humano, sin embargo, es seguro que tanto las sensaciones como las emociones que experimentan los animales que, habiendo sido recluidos recobran la libertad, son las mismas y de la misma intensidad que las que podemos experimentar nosotros; la diferencia es que nosotros podemos expresarlo en palabras y escritos, y ellos no.
La necesidad de libertad se manifiesta en los animales en libertad de movimientos y de emitir sonidos, actividades imprescindibles para poder satisfacer el reconocimiento, el bienestar y la seguridad; mientras que en los humanos se manifiesta además en la necesidad de expresar emociones, sentimientos e ideas, y de asociarse con otras personas.
Sorprendentemente, somos capaces de relativizar muchísimo la necesidad de libertad, cuando por exigencia biológica es la más relevante, puesto que es la que hace posible satisfacer a las otras tres. A un animal, lo que le es vital es la libertad: para relacionarse con sus iguales, para encontrar alimento, para emparejarse, para protegerse de la meteorología adversa y para defenderse, agredir o huir.
Los humanos, aunque a veces no seamos suficientemente conscientes de que es la más relevante, lo es por su condición de herencia genética y por su propia jerarquía, y toda restricción sea impuesta o auto impuesta, perjudica a nuestro sistema emocional, sentimental y cognitivo en parámetros que pueden ser más o menos conscientes y más o menos intensos, pero, inevitables.
La expresión común “vocación de libertad” es equívoca, pues una vocación presupone una capacidad de elección: pintor, mecánico, político, pastor, comercial, etc. y es por tanto una opción, mientras que la libertad es una necesidad vital, el equivalente a la de alimentarse o de protegerse. Puede decirse que la libertad es una necesidad primaria, que la filosofía ha convertido en un derecho y sorprende, por contraste, la poca atención, la poca importancia que se atribuye al ejercicio de la libertad dedicada a proteger la colectividad, sea el grupo o la sociedad; se reserva para la figura del héroe, casi sólo para pasajes antiguos y cuentos infantiles, salvo cuando se den casos de conductas excepcionales que pueden ser noticia. Pero, en mi opinión, en el actual estado de la atmósfera, el futuro depende de la mayor o menor satisfacción de esta libertad.
Tanto en individuos como en sociedades, cuando la libertad no está restringida con severidad o violencia, pero la consideramos un elemento transaccional y renunciamos a ella, a cambio de bienestar o de seguridad, entonces perdemos salud psicológica y capacidad de reacción ante situaciones adversas,
Es relevante que de las cuatro necesidades, hay dos: el bienestar y la seguridad, que se pueden relativizar; mientras que tanto la libertad como el reconocimiento deben estar siempre plenamente satisfechas, y cuando no es así, la persona, o la sociedad, vive en un estado mental deficiente que afecta a la calidad de las emociones, de los sentimientos, de los pensamientos y también la salud física.
Éste es el punto vulnerable de la aventura humana de todos los tiempos, la individual y la colectiva, porque el ejercicio de la libertad es una necesidad genética irreductible. Inhibir la actitud, la acción o la palabra por un cálculo de la cantidad de bienestar o de seguridad que podemos perder, a menos que el castigo sea insoportable, nos enferma. No soportamos sin daño psicológico, haber renunciado a la libertad de palabra o de acción, en aquellas ocasiones que hemos sentido que nuestras emociones y sentimientos requerían ejercerla.
Hoy la libertad, en los países con una democracia consolidada, forma parte del reconocimiento, ya que nos viene dada gratuitamente por el sistema político, sin embargo, no se siente como el elemento fundamental de la percepción de nosotros mismos, y por sesgo cultural y también por manipulación política, se presenta como una opción ideológica, cuando es una exigencia metabólica.
Ejercer la libertad en favor de la colectividad, es una conducta honorable, puede ser incluso heroica, y es en esta función donde la libertad adquiere su mayor valor. En esta Crónica, cuando se menciona la libertad, es siempre en este sentido: el ejercicio individual de la libertad a favor de la colectividad.
De todos los distintos sentimientos de libertad que los humanos hemos ido elaborando, la de pensamiento es el más complejo. En principio, puesto que se puede ejercer sin tener que pedir permiso a nadie, se podría suponer que todo el mundo y siempre puede ser una persona libre pensadora, sin embargo, la observación de las actitudes y las conductas lleva a entender que no siempre y no todo el mundo la disfruta.
Immanuel Kant, uno de los más notables teorizadores de aquel vigoroso movimiento cultural del siglo XVIII que fue la Ilustración, escribió:
La ilustración es la liberación del hombre de su incapacidad culpable. La incapacidad es la imposibilidad de servirse de su propia inteligencia sin la guía de nadie. Esta incapacidad es culpable, porque su causa no es la falta de inteligencia, sino de valor y decisión para servirse de ella por uno mismo, sin tutela de otro. "Ten el valor de servirte de la propia razón" es el lema de la ilustración.
Esta declaración de principios representa la recuperación de antiguas formas de sentimientos y pensamientos propios de la Grecia Clásica: Sócrates, Diógenes y todos los demás miembros que han trascendido de esa gloriosa época de la historia, se servían de la propia razón. Y debemos convenir en que servirse de la propia razón, es decir el pensamiento libre, representa el estadio más elevado de la conciencia humana y conforma el medio más propicio para el desarrollo de todas nuestras capacidades.
Esta virtud extraordinaria, puede que se tenga en plenitud sólo en la infancia: el pedir insistentemente ¿por qué? de todo parece indicarlo.
En los adultos, el pensamiento libre nunca se da de manera absoluta, ya que es el resultado de un ejercicio individual, difícilmente comunicable y persistentemente continuado de reflexión, de ensayar la aplicación del sentido común y la empatía, en paralelo al esfuerzo moral de depurar los sentimientos de separatividad y las necesidades exageradas de reconocimiento, de bienestar material y de seguridad. Andando bien, el trabajo de toda una vida; y ni así. Parece que el griego Sócrates era capaz de enseñar su camino, pero personajes como él no los hay a la vuelta de la esquina.
Identificadas las cuatro necesidades genéticas, el proceso de civilización consiste en la adecuación de cada una de ellas a los cambios llegados por cuatro categorías de condicionantes diferentes: la demografía, el estado del medio natural, el estado del medio social y el estado de la técnica.
Llegamos al fondo de la cuestión, cuando identificamos cuáles son los elementos que pueden interferir e impedir el progreso en la satisfacción de las cuatro necesidades, y llevar al conflicto.
Podemos encontrar a dos que tienen la capacidad de detener la armonía e incluso destruir el proceso civilizador: uno es la violencia y el otro el engaño. Dedico unas cuantas frases para ilustrarlas.
Los ganaderos y otros domesticadores de animales aplican estas dos estrategias, combinándolas según sus conveniencias, para guiarlos, para confinarlos, para apresarlos y cuándo conviene para sacrificarlos. En la gobernanza de los humanos, también; la historia está llena de ello. Un continuo, de hecho.
En los humanos, la violencia y el engaño pueden generarse en el interior del colectivo, o por una invasión externa.
La violencia puede ejercerse con diferentes expresiones e intensidades, provocando inevitablemente el dolor y el rechazo de quienes la padecen; mientras que el engaño puede manifestarse en formas diferentes, como la simulación o la mentira, y sobre todo en el autoengaño colectivo, al que se llega cuando una persona o un grupo implementan estrategias de seducción hacia una utopía fundamentada en sentimientos supremacistas, capaces de ser tan fuertes que retuercen la opinión individual y la pública, hasta auto inhibir las necesidades de libertad y de reconocimiento .
Cabe remarcar que todos los textos moralizantes de todos los tiempos, tanto los heterodoxos como los ortodoxos, consideran el supremacismo como el único pecado verdadero, dándole también otros nombres como separatividad, y considerándolo el mayor obstáculo para el progreso moral, tanto de los individuos como de los grupos y de la humanidad entera. Es la fuente que alimenta el complejo de superioridad y se expresa en supremacismo individual, familiar, de grupo organizado, racial, tribal o nacional, y todos tienen siempre efectos nefastos, primero para quien lo sufre y después para quien lo ejercita.
Prefiero la palabra separatividad a la de supremacismo, demasiado asociada a guerras; la separatividad es un mal moral, un pecado de origen incierto, puede ser un exceso patológico de la necesidad de reconocimiento, que concluye en atribuir un déficit moral, sea a personas, a colectivos, a etnias o a naciones. La separatividad puede engullir tanto a individuos como a grupos, a naciones y a civilizaciones enteras. No puede negarse que, en menor o mayor medida, afecta a todo el mundo y puede crecer ante cualquier restricción o cualquier conflicto, siempre impulsada por un engaño bien orquestado. El pecado radica en dejarse arrastrar, y ésta es una deriva que puede afectar tanto a personas como a sociedades cultas como a incultas, a ricas o a pobres de cualquier etnia y geografía.
En este ámbito de distorsión que es el engaño, otro aspecto a observar es la fascinación por el macho alfa heredada de nuestro pasado animal, que puede degenerar en sumisión, sea al líder político, al guerrero o al influencer mediático, y se contrapone al pensamiento libre.
La investigación arqueológica data los primeros indicios de manipulación del fuego, todos en África, en más de un millón de años, por parte de una especie de primate pre humano al que se le ha dado el nombre de Homo erectus, que pobló el planeta durante más de un millón y medio de años.
Los individuos de esta especie pesaban unos 50 kilos, medían unos 1'6 metros de altura y su cavidad craneal en los más antiguos, datados en 1.800.000 años, era de 850 cc, y en los últimos, datados en unos 300.000 años, de 1.000 cc
Los erectus pudieron aprender a manipular el fuego, porque tenían ya muy desarrollada la habilidad de los dedos y manos, heredada de sus antecesores, los Homo habilis, que son los primeros en nuestra línea evolutiva capaces de modificar piedras para hacerlas más cortantes.
La creciente habilidad de los dedos y las manos, parece ser el factor más determinante de la evolución de las primeras especies Homo, que se dio gracias a la capacidad de caminar erguidos..
En China se han hallado restos de fuego de hace unos 500.000 años; en Europa de hace 125.000, ya en asentamientos de la especie Homo sapiens del período Neandertal.
Las dificultades para conocer el inicio y el progreso en la manipulación del fuego son enormes, por la lejanía en el tiempo y por la imposibilidad de saber si los primeros indicios son sólo experimentaciones atrevidas: un juego con trozos de madera encendidos procedentes de un incendio natural. En cualquier caso, aquellos parientes lejanos habían perdido, a diferencia de todas las demás especies de animales, el miedo a acercarse a él y se atrevían a manejarlo.
Las investigaciones paleontológica y arqueológica, siguen obteniendo indicios y pruebas sobre la evolución de la domesticación del fuego y en el futuro se podrán conocer con mayor certeza tanto los itinerarios como el calendario de su dispersión por todo el planeta.
Hay indicios de que es ya en período del Homo sàpiens sàpiens -nosotros- unos 45.000 años atrás, cuando nuestros antepasados aprendieron a encenderlo artificialmente. Si es así, y puesto que eran obligadamente itinerantes, el trabajo de conservarlo vivo durante centenares de milenios y sobre todo en las largas epopeyas viajeras, aparece como gigantesco.
Las ventajas de la domesticación del fuego en este largo período de la prehistoria son obvias: ahuyentar a las fieras, cocer los alimentos, tener luz durante la noche y en las cuevas, y calentarse. Se puede decir que la llegada de la invención a cualquier grupo humano les cambiaba la vida y provocaba una verdadera revolución, la mayor de todos los tiempos experimentada por la estirpe Homo, que los situaba de repente y con grandes ventajas en la cima de todas las especies. Parece, pues, que inicialmente Prometeo acertó.
Una mejora muy importante en la vida de nuestros ancestros, fue que gracias a saber manejar el fuego pudieron empezar a vivir sin el miedo constante a la agresión de los grandes carnívoros, pudiendo dormir con tranquilidad, algo que nunca pueden hacer los animales salvajes; y dormir bien mejora la salud física y la mental.
Otra mejora importante fue un gran aumento de la capacidad de movimientos de manos y dedos; la necesidad de manipular el fuego -los errores son muy dolorosos- supuso en paralelo la activación de redes neuronales nuevas y el aumento de la organicidad fisiológica, en un ejercicio de aprendizaje que necesita alta concentración, un carácter que hasta entonces los pre humanos habían desarrollado poco.
Los depredadores sí que, genéticamente, tienen mucha capacidad de concentración, pues la necesitan para escoger a sus víctimas y para llegar a caerles encima; sin embargo, en los herbívoros esta facultad es mucho menor y se mantiene poco rato.
Además de las ventajas mencionadas, la de cocer carne fue la más inmediata y determinante, ya que haciéndola más digerible podían comer mucha más que cruda; además, sus olores y sabores eran, aparte de nuevos, del todo seductores. Y aquellos ancestros nuestros pasaron a comportarse como grandes carnívoros, y a ver los rebaños de herbívoros como su principal objetivo.
No podemos saber cómo el dominio del fuego fue transmitido de un grupo humano a otro, por el desconocimiento de cómo interrelacionaban entre ellos. Sin embargo, el larguísimo período que va entre los primeros indicios de fuego y su dominio por parte de todos los grupos del planeta, puede hacer suponer todo tipo de modos de dispersión de la técnica.
Aquellos antepasados nuestros, cazando, recogiendo hierbas, frutos y tubérculos para acompañar la carne, disponiendo de las pieles de los animales y de fuego para protegerse, calentarse y ver durante la noche y en el interior de las cuevas, tenían una vida bastante fácil; en cualquier caso y con mucha diferencia, la más fácil de entre todos los animales.
Eran físicamente muy fuertes y dado que la mayor preocupación que habían tenido, como todas las demás especies, era la amenaza continuada de los grandes carnívoros, con el dominio del fuego pudieron sentirse los dueños del mundo.
Un comportamiento sorprendente y admirable de aquellos tempranos antepasados nuestros fue su vocación viajera, pues se extendieron por todo el planeta.
La gran mayoría de especies animales, solucionan el aumento de su población formando núcleos familiares nuevos en la periferia del grupo de origen, pero aquellos ancestros nuestros, no todos procedieron así, pues mucho antes de poblar toda África, algunos grupos migraron hacia Europa, Asia y Oceanía y mucho más tarde, hace 40.000 años, a América.
Esta enorme expansión, no se puede atribuir a la necesidad de espacio vital, ya que África es muy grande y ellos eran pocos.
Lo cierto es que aquella temprana vocación viajera y de descubrimiento es propia de la humanidad.
En toda esta larga época de extensa dispersión, lo hicieron siempre caminando, obviamente sin caminos, abriéndose paso por territorios siempre difíciles de transitar y llenos de fieras, equipados sólo con bastones y huesos, pieles más o menos curtidas, trozos de piedra modificadas y el fuego, en un enorme esfuerzo individual y colectivo.
Viajaban a pie, llevando en las manos y a la espalda todo su equipamiento, ya que no conocían la posibilidad de utilizar animales de carga; una extrañeza que merece unas cuantas observaciones.
Los humanos no aprendimos a domesticar animales hasta mucho, mucho más tarde en el tiempo, hace sólo unos 11.000 años, en la misma época que descubrimos la agricultura.
Para cualquier conocedor del comportamiento animal y especialmente de los herbívoros, sea ganadero, etólogo o sencillamente amante de los animales, es un misterio aquella tardanza en su domesticación, pues sabemos que con poco esfuerzo y unas cuantas estrategias sencillas y de sentido común, los humanos podemos hacernos amigo de cualquier herbívoro, e incluso de carnívoros, ser aceptado dentro del rebaño y ser querido.
También de aquellas especies salvajes a las que se les atribuyen comportamientos agresivos, como búfalos africanos, rinocerontes e hipopótamos, en los últimos años hemos podido ver documentales con personas acariciándolos plácidamente; también a osos, leones, tigres y hienas.
Desde la perspectiva actual, ciertamente limitada por el desconocimiento de muchas de las realidades de nuestros antepasados, extraña que un recurso tan valioso como es el animal domesticado, se ignorara durante centenares de miles de años.
Quien tenga experiencia en su trato, sabe que los humanos les fascinamos y quieren que les toquemos; si no nos conocen, puede que no se acerquen a nosotros, pero es por miedo y por su natural timidez y no por hostilidad; con un ejercicio de empatía y suavidad de movimientos, podemos hacernos amigos suyos; es necesario darles tiempo para sentir nuestros olores y dejar que sean ellos que hagan el primer contacto. Agradecen las caricias suaves y las palabras amables, y nos sienten como amigos y protectores.
Las causas por las que los humanos no aprovechamos el potencial de comportamiento tan amistoso de los animales pueden ser muchas, aunque todas ellas poco comprensibles; ¿podria ser, porque la mente de aquellos ancestros nuestros todavía no había desarrollado las cualidades necesarias para establecer relaciones de confianza?. También hay que contemplar que fueran incapaces de “simular” un comportamiento amistoso, frente a un animal al que querían matar.
Sin embargo, esta última observación no sirve para los sàpiens sàpiens ya que “nosotros” sí sabemos disimular; sin embargo, seguimos ignorando la domesticación durante muchos miles de años.
También puede ser debido a que desde el primer momento en que dispusimos del fuego, el delirio por comer mucha carne nos llevó a actuar de manera violenta, agrediéndolos hasta quitar la vida a unos y ahuyentar al resto del rebaño. Y nos sentimos bien en ese papel.
Cuando una actividad que expresa el gen violento es objeto de reconocimiento por parte del grupo, se refuerza, se enquista y no deja ver alternativas. Esta explicación denotaría una enorme carencia en la elaboración de sentimientos inteligentes, pero parece la más probable.
Durante centenares de miles de años, cada grupo humano tuvo la oportunidad de “hacerse amigo” de algunos herbívoros; sin embargo, si algunos de ellos lo hicieron, no tuvieron seguidores, ya que aquellos ancestros nuestros, en sus largos viajes primero por África y después por el resto del planeta, habrían llevado con ellos algunos animales y, lejos de su origen, las razas habrían experimentado cambios morfológicos; sin embargo, no hay indicios de su existencia.
La arqueología se fundamenta en hallazgos de dónde sacar las interpretaciones, y como lo que ahora quiero decir sólo es especulativo, tiene poco valor. Me refiero a un objeto muy valioso y prácticamente imprescindible para viajar: un recipiente por agua. Aquellos antepasados tan lejanos surgidos de África, lo tenían a mano: la calabaza, no la que comemos que es originaria de América, sino la africana capaz de contener líquido. Al ser de naturaleza orgánica no se pueden encontrar restos, sin embargo, la conocían y seguro que comían sus semillas. Yo, de muy joven recuerdo que cuando acompañaba a mi abuelo en la viña, él llevaba siempre una calabaza llena de vino
Aunque en el planeta hay desiertos de origen natural, como Nabib en África occidental, Gobi en el noreste de Asia u otros de menor dimensión, la gran mayor parte de las regiones áridas y desérticas son resultado de abuso de pastoreo, sea de especies salvajes o domesticadas, provocado por los humanos; el Sáhara es el más relevante, por dimensión y también porque ha sido la primera gran región que durante muchos milenios había albergado a una enorme población humana de cazadores-recolectores, y que acabó en un verdadero desastre, irreversible por su gran dimensión. La orografía de su paisaje muestra una gran red de ríos y lagos -ahora todos secados, excepto Chad- donde vivía una población dispersa que se alimentaba sobre todo de bovinos.
En muchos lugares del Gran Desierto, allí donde aparentemente no hay ningún vestigio de presencia humana, cribando la arena se obtienen puntas de flecha, cuchillos y otros utensilios de sílex, fabricados por humanos de diferentes épocas antes del inicio de la domesticación de animales y de la agricultura; y en algunos lugares de su extensa geografía, se pueden encontrar pinturas sobre piedras que representan rebaños de bóvidos.
También extensas regiones semi áridas y áridas de Oriente Medio, son el resultado de la entronización de sociedades de cazadores, así como las grandes estepas asiáticas.
El interés por conseguir que los rebaños de herbívoros fueran lo más numerosos posibles y de grandes dimensiones, provocó la reducción tanto de los carnívoros depredadores como de las superficies arboladas, a favor de las praderas.
Pero, cuando en un paraje desarbolado y muy presionado por el pastoreo, se abate un período de sequía, aunque sea de pocos años, provoca la vulnerabilidad de la cubierta vegetal, que puede acabar desapareciendo. El pastoreo continuado elimina las especies anuales, pues la mayoría no llegan a dar semillas.
Así, hay que ver el inicio de la agricultura como el gran cambio que evitó la total desertificación de las llanuras de las regiones templadas del planeta.
En todo el planeta hay regiones semi áridas, regiones áridas y regiones desérticas, resultado de una pérdida progresiva de la cubierta vegetal, primero la arbórea, después la arbustiva y después la herbácea, hasta desaparecer la micro flora y micro fauna.
Cuando la pérdida de fertilidad de la tierra se debe atribuir a las actividades humanas, la Convención de Lomé organizada por la FAO en 1992 acuñó una palabra nueva: desertificación, que es la aparición de las condiciones de desierto provocada por una mala gestión, atribuible a los humanos.
La construcción de imaginarios colectivos en toda la larguísima época, que comienza con la domesticación del fuego hasta el inicio de la ganadería y la agricultura, respondió a emociones y sentimientos que afectaban, sobre todo, a la vida de los machos del grupo, ya que la caza de animales fue el ámbito de empoderamiento de los hombres. En sociedades recientes, este modelo tiene todavía vigencia, y en aquellas épocas la épica del cazador valiente, fuerte e ingenioso se erigió en la dominante del grupo y de la sociedad. Y se enquistó. Seguro que las mujeres participaban en la caza, pero, por disponibilidad de tiempo y sobrante de fuerza física, los hombres debían ser sus mayores protagonistas.
Es posible que un reflejo espontáneo que afecta a prácticamente a todo el mundo: la fascinación por el macho alfa, se formarse y reforzarse en aquella época tan lejana; lo cierto es que ha llegado a nosotros como un elemento de desorientación en la gobernanza, erigiendo liderazgos cercanos a la caricatura. La fascinación por el alfa es normal en el mundo del deporte y en el de la estética, donde el físico lo es casi todo, pero es letal cuando contamina el poder político.
Unas cuantas especies de simios actuales, rompen hábilmente frutos secos, golpeándolos con piedras; y yendo atrás en la historia, antes de aprender a manejar el fuego, nuestros lejanos antecesores, los homo habilis, ya modificaban piedras para obtener herramientas de corte.
De la utilización de la piedra como herramienta, casi todo lo que sabemos de nuestros antepasados más lejanos es el uso de piedras modificadas por ellos mismos, utilizadas para golpear y cortar, cuya eficiencia fue mejorando con el paso del tiempo. En el estado de la técnica del trabajo en piedra, se detecta un progreso lineal a lo largo de más de un millón de años.
De los diferentes tipos de roca, aprendieron que la más adecuada como herramienta de corte era el sílex, uno de los minerales más duros, aunque bastante frágil cuando se conforma en láminas de poco grosor.
El mineral sílex no es muy abundante en superficie, aunque sí bastante disperso en muchas geografías; se encuentra en estado puro, sobre todo de formas casi esféricas y tamaños relativamente pequeños, formados en períodos de muchos miles de años en un ambiente geológico de presión alta y humedad y temperatura medias. Su composición molecular es SiO2: un átomo de Sílice o dos átomos de Oxígeno, la misma que el mineral cuarzo, pero amorfo, sin cristalizar.
Otro mineral empleado fue la obsidiana, éste de origen volcánico, que por su facilidad de fragmentación y sobre todo por su elevada dureza, también se presta a ser utilizado como herramienta de corte; la cultura Maya de Centro América la hizo su objeto ritual más característico.
Los homo erectus modificaban trozos de sílex para hacerlos más eficientes, pero solo los sàpiens sàpiens adquirieron la habilidad de percutarlos en caliente, para obtener sofisticados cuchillos, cortantes, raspadores, puntas de flechas, punzones y otros útiles. Los primeros objetos fabricados con esta avanzada técnica son de hace 60.000 años.
La arqueología determina la evolución de la técnica de la talla del sílex, midiendo una relación que demuestra la mayor o menor eficiencia del tallador: cuántos centímetros lineales de corte se han obtenido de un volumen determinado de piedra de sílex. Cuanto más acá en el tiempo, más aprovechamiento del mineral.
La habilidad de percutar el sílex en caliente representa un paso adelante en el estado de la técnica que va más allá de la habilidad manual, ya que consiste en el previo tratamiento térmico de la piedra y comporta una asociación causa-efecto que requiere capacidad de observación e intuición.
Esta técnica persigue la exfoliación de la piedra siguiendo las líneas de menor resistencia interna, resultantes del proceso físico y químico de la formación del mineral; y la habilidad de los cortadores de sílex consiste en detectarlas y ejercer presión percutando sobre ellas, fracturándolas para obtener formas diversas.
Con diseños de gran belleza y minuciosidad, propia de orfebres experimentados y con estilos estéticos que arqueólogos y antropólogos han aprendido a catalogar, que sirven para datar la cronología de los yacimientos, los utensilios de sílex son casi el único testimonio de la larguísima época bautizada con el nombre de Edad de Piedra y son objetos preciosos muy estimados por científicos, coleccionistas y museos.
Desde aquellos tiempos remotos, la interpretación de los puntos y las direcciones de las líneas naturales de exfoliación de la piedra, son de conocimiento obligado en el trabajo diario de todos los profesionales canteros, sean de mármol, de granito, de piedras preciosas o de cualquier otra.
Cuando en el siglo XX aparecieron los sistemas mecánicos de corte, este conocimiento pasó a ser de menor exigencia, sin embargo, sigue siendo imprescindible.
Hay un período de la historia ya muy cercano, que se manifiesta en diferentes lugares del planeta, cuando grupos humanos, no sabemos si con o sin comunicación entre ellos, emprendieron la construcción de grandes monumentos de piedra: como las grandes losas del valle de la Beka en el actual Líbano, con bloques prismáticos regulares y bien careados de 4'5 metros de espesor por 20 de longitud y 1.000 toneladas de peso, datados entre 4.000 y 5.000 años a. C.; también los monolitos de Stonenghe y de otros lugares de Gran Bretaña, las Taules de Menorca, las construcciones de Malta y de Turquía; más tarde los millones de bloques de las pirámides y los grandes obeliscos de Egipto; y mucho más acá las pirámides Maias y las inmensas piedras de medidas irregulares y exactas de Cusco de la sociedad Inca.
Sabemos que las pirámides formaban parte del sistema político-religioso, psicológico, social y económico de los gobiernos Egipcios, de los Mesopotámicos y de los Maias, y aunque no sabemos las motivaciones de las construcciones megalíticas -excepto la de los Incas de Cusco que eran de protección-, se pueden interpretar como testigos de una fuerte voluntad de trascender el presente.
Aún no sabemos con certeza, ni cómo extrajeron de la roca madre, ni cómo cortaron, ni transportaron esas inmensas piedras, a veces desde cientos de kilómetros.
En cuanto al estado de la técnica en aquel fenómeno constructivo mundial, la herramienta de trabajo primera e imprescindible fue el canto rodado de piedra empleado como percutor, tanto para extraer los bloques de la roca madre como para desbastarlos y darles la forma deseada. Eran, son, cantos rodados del mineral diorita, una roca muy compacta, dura y pesada, que los canteros manejaban con destreza, interpretando continuamente las líneas de menor resistencia y aprovechándolas eficientemente, tanto por la fractura como por los acabados; la misma técnica que para obtener piezas de sílex.
Cabe mencionar que estas gigantescas construcciones, temporalmente coinciden con la primera agricultura y ganadería, que permitieron la sedentarización y la formación de pueblos con un cierto número de habitantes.
La construcción de estos gigantescos monumentos debía reunir muchísimas voluntades durante mucho tiempo, evidenciando la existencia de una sociedad con mucha vocación y capacidad organizativa, que llevaba al individuo a aumentar el sentido, tanto de pertenencia como de subordinación al colectivo.
Es en estas épocas y actividad, cuando se conforma y desarrolla el carácter gregario de los humanos y su tendencia a formar a grandes colectivos, donde el individuo busca seguridad y reconocimiento. Y es cuando surgen poderes con vocación dominante.
El rápido crecimiento de las ciudades en los valles del Tigris, Éufrates, Indo y Nilo, puede entenderse mejor si se tienen en cuenta las sociedades megalíticas, que es cuando habían aparecido las tendencias al gregarismo y también la imprescindible jerarquía que precisa cualquier sistema organizativo.
Una gran suerte, para nosotros, es que gracias a las numerosas pinturas rupestres conservadas y localizadas en varios lugares del planeta -la mayor parte de ellas de la misma época que los grandes monumentos megalíticos, aunque en geografías diferentes- tenemos imágenes de cómo vestían, de sus bailes rituales, máscaras, escenas de caza y una idea del paisaje humano.
Con pocas excepciones, como los orangutanes, los tigres, los leopardos, los pumas, los diferentes gatos y otras, que viven en solitario, en todas las especies mamíferos sus ejemplares viven agrupados en núcleos familiares en cantidades de individuos diferentes. Los rebaños de herbívoros, según la especie, pueden estar formados por centenares de individuos como los búfalos africanos, o docenas como los caballos, asnos, bovinos y cerdos; o miles, como los ñus, las cebras y los renos, especies trashumantes.
En los primates, diferentes especies de monas pueden formar grupos familiares de varios cientos, los chimpancés no sobrepasan los 100 y los gorilas viven en familias de 8 o 10.
Los indicios arqueológicos explican que al menos hasta la adopción de la cultura agrícola, los grupos humanos de cazadores-recolectores estaban formados por unas veinte o treinta personas de la misma familia, lo suficientemente ágil para reaccionar con rapidez ante cualquier alerta, peligro o necesidad. Por los restos fósiles de huesos, también sabemos que estos grupos humanos sufrían problemas de consanguinidad.
No sabemos cuáles eran las costumbres dentro del grupo familiar; no sabemos si se erigía al macho como lo hacen los animales, es decir a base de fuerza física o habían encontrado otras maneras, pero, el hecho es que en hallazgos humanos de hace unos 50.000 años, se diagnostican malformaciones de algunos huesos provocada por endogamia.
Pero, a partir de aquella época, algunas familias de sàpiens sàpiens y de Neandertales contemporáneos y vecinos suyos, habían detectado el problema y encontrado la forma de evitarlo, pues hay evidencias por datos genéticos, de que las mujeres adultas de una familia provenían todas de otros grupos.
Los yacimientos que han dado esta relevante información están ubicados en Asturias, en el norte de la Península Ibérica, y nos informan de un gran paso en la historia cultural, social y evolutiva de la humanidad, lastrada hasta entonces por malformaciones físicas y afectaciones psíquicas.
Así, mientras la investigación no diga otra cosa, debe suponerse que debido a que vivían en grupos pequeños y a que no eran conscientes ni de las causas ni de los efectos de la endogamia, durante un larguísimo período de la historia, nuestra especie sufrió "limitaciones hereditarias" de la mayor gravedad en su proceso evolutivo.
Hay que reconocer a aquellos parientes nuestros anteriores a esta época, el enorme esfuerzo realizado por cada generación para preservar la vida, adquiriendo paso a paso nuevos conocimientos, a pesar de estar sometidos a graves restricciones físicas y mentales.
Por la dificultad de encontrar yacimientos arqueológicos de familias nómadas, no sabemos cuáles fueron las estrategias de los diferentes grupos y diferentes sociedades y culturas, en el objetivo de que las mujeres que procreaban en una familia, provinieran de grupos distintos que los hombres
Nuevos trabajos fundamentados en análisis de ADN de otros yacimientos, en un futuro no muy lejano podrán determinar cuándo y dónde de esta larga época, se fue adoptando esta estrategia.
Mucho más acá en la historia, en las páginas de su libro primero, el historiador y viajero griego Herodoto cuenta varios episodios de guerras motivadas por el robo de mujeres. Hay muchas otras noticias de que ésta era una práctica bastante común en muchas sociedades, como el propio inicio de Roma: ir lejos a secuestrar o comprar mujeres, en algunos casos para reducirlas a esclavas y en otros para ser esposas formales. No sabemos todavía la dimensión, ni en el espacio ni en los tiempos más antiguos, de estas prácticas.
La estrategia de emparejarse con familias lejanas, combinada con la diversidad de grupos familiares de todo el planeta, podía haber llevado a que en algunas familias fueran los hombres quienes abandonaran la suya, para ir a buscar pareja en otra familia lejana. ¿Podría ser éste el origen de aquella excepción cultural que son las sociedades matriarcales? ¿Podría ser que las familias donde los hombres jóvenes se marchaban a buscar pareja y se establecían en otras configuraran las sociedades matriarcales, y las familias que recibían mujeres provenientes de otras familias formaran las patriarcales?
Los primeros humanos, aún sin haber domesticado animales, debían trasladarse con toda la carga encima: reservorio para el fuego encendido, pieles, utensilios de madera, de sílex y de hueso, y algún abastecimiento de alimento y de agua. Recogiendo plantas y cazando animales, aquellas familias de las que descendemos tenían una movilidad muy condicionada, que no les permitía mantenerse en grupos de mayor dimensión.
En la mayoría de especies animales, cuando el grupo es demasiado grande para ser operativo, una hembra de segundo rango y su descendencia directa, se separan de el para formar otro rebaño, a una distancia suficiente para no estorbarse en el abastecimiento de alimento, pero, sin alejarse demasiado ni perder el contacto.
En los grupos de humanos debía suceder lo mismo, y los vínculos entre las familias que se habían separado seguro que se mantenían vivos, encontrándose en lugares y días convenidos; los encuentros se convirtieron en celebraciones, cada vez más concurridas e importantes: un lugar de intercambio de sentimientos y también de objetos. Es en esta temprana época cuando nace la tribu, como continuidad relacional y afectiva de los descendientes de una familia primigenia.
Y desde entonces hasta hoy, en muchas regiones del planeta, los miembros de cada familia tienen conciencia de pertenecer también a la tribu entendida como Gran Familia, compartiendo las distintas señales que las identifican; así, la tribu mantiene sus caracteres más relevantes, que son continuidad de los familiares y es por tanto la mejor organización relacional de afectividad y solidaridad que la humanidad ha sabido componer desde los inicios de su existencia hasta la fecha.
Las sociedades democráticas modernas actuales "aspiramos" a que la solidaridad sea el comportamiento a adoptar; en las sociedades tribales, la solidaridad es la forma “natural” de vivir, como lo es en la familia.
Se puede argumentar que en el interior de la familia, la solidaridad a veces puede flaquear, sin embargo, de todas las formas de asociación y convivencia es donde hay más. Y en la tribu, su segundo nivel, lo mismo.
Con la primera agricultura, hace sólo 10.000 años, se formaron los primeros poblados estables gracias a la abundancia de alimento obtenido cerca, y pudimos empezar a vivir en grupos familiares más grandes, es decir en sociedad. Podemos entender, pues, que las tribus se forman desde el inicio del largo período caracterizado por la vida nómada en pequeños grupos familiares, y que mantienen su vigencia cuando se entra en la sedentarización traída por la agricultura.
El paisaje de la tribu puede ser, pues, nómada durante la Edad de Piedra y sedentario desde la primera agricultura, establecida en un espacio determinado que ha hecho suyo, cultivando las tierras más fértiles y dedicando el resto al pastoreo y a la obtención de madera.
Es después de la sedentarización en espacios determinados sobre el terreno, donde cada grupo conoce sus límites, cuando los valores tribales se ponen a prueba, ya que pueden plantearse conflictos entre poblados vecinos de la misma tribu o de la vecina, sea por el agua, por los espacios cultivables, por los rebaños o por cualquier otro motivo.
Y siempre, históricamente, estos conflictos internos encuentran soluciones mediante la mediación, aunque, obviamente, cuando crecen en dimensión demográfica y aparece el problema del ejercicio del poder, aquellos caracteres benéficos de la tribu pueden perder vigor.
Ciertamente, la historia registra guerras inter tribales, sin embargo, la literatura occidental surgida de la colonización, para justificar su propia violencia, las exagera, y confunde guerras entre naciones -algo frecuente- con guerras entre tribus de la misma nación -algo muy infrecuente -.
La historia está llena de comportamientos enquistados durante largas épocas en algunas sociedades, que generan horror, y uno de ellos ha sido masivo en muchas regiones del planeta durante los 2.300 últimos años, donde las tribus han sido destruidas físicamente mediante la violencia militar, hasta hacerlas desaparecer o, en el mejor de los casos, hasta minimizar su vigencia como estructuras sociales y formas culturales.
El admirado y alabado Imperio Romano, mediante sus legiones, fue el primer destructor sistemático de tribus de la historia, eliminándolas físicamente del mapa, matando a sus líderes, sometiendo al resto a la servidumbre y la esclavitud, y emparejándose con las mujeres, en una exitosa devastación social, cultural y moral que impuso en todas partes.
Los anteriores imperios, en sus conquistas de sociedades vecinas o lejanas, no tenían como objetivo la destrucción de las sociedades tribales; cuando invadían un país, ni egipcios, ni asirios, ni hititas, ni babilonios, ni persas, etc. etc. no destruían sus tribus. Fue el Imperio Romano quien inició esta trágica estrategia, que siglos más tarde tuvo muchos seguidores en Europa, paradójicamente, todos ellos sociedades formadas a partir de la destrucción tribal ejecutada por las legiones romanas.
Desde el siglo XV d. C. varias sociedades europeas -todas ellas carentes del sentimiento tribal por extirpación violenta- manifestaron vocación expansiva y Portugal, Castilla, Holanda, Gran Bretaña, Francia y Turquía, y más tarde España, Bélgica, Italia y Alemania, siguiendo el modelo inventado por el Imperio Romano, destruyeron las tribus de las regiones que sus ejércitos conquistaron en Asia, en América, en África y en Oceanía.
Los europeos y los otros occidentales que somos herederos del Imperio Romano, siempre hemos estado faltos de los sentimientos de afectividad y de solidaridad que son propios del mundo tribal; los desconocemos porque los perdimos hace ya más de dos mil años, y cuando viajamos a un lugar donde todavía están vivos, experimentamos inevitablemente sentimientos, inseguridades, perplejidades, sorpresas y placeres diversos.
El lenguaje común, también el literario, el político y el de la historiografía, tienden a definir a la tribu como una organización humana primitiva y de bajo nivel, propia de la barbarie e incompatible con cualquier idea de modernidad.
Cuesta poco despreciar lo que se desconoce, y hacerlo desde la superioridad moral y la intelectual -fundamentadas en la ocupación militar- es muestra de un etnocentrismo que es necesario revisar, por erróneo, por injusto y porque es una demostración más de incapacidad de reflexión en relación a uno de los problemas que en los tiempos actuales aparece como muy perturbador, que es la pobreza de muchos de los países que se habían denominado Tercer Mundo y las migraciones masivas de parte de su población hacia los países ricos, los colonizadores.
El menosprecio de las culturas y sociedades tribales ha sido, y es todavía, la actitud generalizada, y hoy las estrategias de desarrollo implementadas por la propia ONU, por los gobiernos de los estados post coloniales e incluso por las ONGs de desarrollo, las ignoran como interlocutoras. Por todas partes y exhibido como señal de modernidad, se niega el reconocimiento de la identidad tribal.
La primera lectura, la que hacemos los ricos occidentales, es obvia: las tribus son sistemas identitarios antiguos incompatibles con el progreso, y en consecuencia su eliminación durante la colonización y también después, era y es inevitable para conseguir la modernización de aquellos países.
Sin embargo, el discurso y la doctrina benéfica son falsos, porque el motivo real para hacerlas desaparecer es, sencillamente, que las tribus se sienten, porque lo son legítimamente, las propietarias del territorio. La negación y la destrucción de las identidades y organizaciones tribales, desde el Imperio Romano hasta la fecha, no persigue otra cosa que apropiarse de sus tierras y obligar a los naturales a trabajarlas sean agrícolas, mineras o forestales.
El resultado directo de la destrucción o erosión del sistema tribal en casi todos los países que han sido colonizados es mucha corrupción de la gobernanza, baja actividad cultural y pocas iniciativas sociales y económicas.
Para buena parte de la ciudadanía del planeta, su elemento de reconocimiento más relevante es la pertenencia a la tribu, y erosionada o desaparecida ésta, existe un gran vacío, que en algunos lugares se expresa en que, más allá de la tribu, el primer sentimiento de pertenencia colectiva sea el equipo nacional de fútbol, antes que el Estado.
En la Europa del post Imperio Romano, con el sistema tribal destruido completamente, se necesitaron muchos siglos para rehacer identidades que pudieran ser adoptadas y compartidas sin demasiada violencia, y todavía no lo hemos logrado del todo. Y el trazado rectilíneo de muchas fronteras africanas y asiáticas actuales, decidida por los estados colonizadores, obedece a un criterio destructor de las realidades tribales.
En la mayor parte del planeta, la erosión de las sociedades tribales es una realidad constante, incluso en las regiones donde el impacto de la colonización ha sido bajo. La modernidad las menosprecia y las personas que forman parte de ella, ante los impactos de la gobernanza post colonial, casi en todas partes copia de la del colonizador, poco a poco dejan de sentirla como su identidad primera.
Pero, a pesar de la pérdida de caracteres, las tribus son una realidad todavía muy vigente; viajando por autopistas, carreteras, pistas forestales o caminos, a cada pocos kilómetros, sin rótulos ni señales, pequeños pueblos y casas aisladas conforman sociedades tribales, con nombres diferentes y límites territoriales para cada una de ellas, no registrados en los mapas, pero, conocidos geográficamente y sentidos por la población.
Me permito invitar al lector a una excursión por la región más cercana a Europa, donde la sociedad tribal es todavía una realidad, con pocos atributos y ningún reconocimiento institucional, aunque, cultural y sentimentalmente viva, donde la solidaridad entre sus miembros y la gestión de los asuntos colectivos menores son sus expresiones en el día a día.
En las muy pobladas regiones de montaña del Magreb, la sociedad está formada por tribus Amazighs, conocidos popularmente como Bereberes. Su pervivencia se explica porque la tierra cultivable es muy poca y los estados colonizadores, España y Francia, desistieron de destruirlas, limitándose a controlarlas militarmente después de una larga y cruenta guerra.
El viajero extranjero no percibe diferencias entre una tribu y la vecina, sin embargo, están ahí. Hablan todas la misma lengua y para cada persona la tribu a la que pertenece era hasta hace poco tiempo -unos pocos años- el elemento identitario primero y el más sólido.
Menciono las más cercanas a Europa -la distancia menor son sólo los 15 kilómetros de mar que separan Gibraltar de África- como reconocimiento a ellas, y con ellas a las tribus de todo el planeta. Invito a leerlas como homenaje a las instituciones más antiguas de la historia de la humanidad.
En esta pequeña región del norte de Marruecos, el Rif, de una longitud de 300 kilómetros por unos 50 de ancho, justo el territorio ocupado por el ejército colonial español desde principios del siglo XX hasta el año 1957, hay sesenta seis, todas sentidas todavía como señal de identidad emocional y sentimental, vividas en un ámbito territorial y social determinado, donde perdura un verdadero y palpable sentimiento fraternal y solidario.
La más cercana a Europa es Anyera justo en la ribera sur del estrecho de Gibraltar y cercana a la ciudad de Ceuta, Quebana en el extremo oriental del Rif, y en medio: El Fahs, con la ciudad de Tánger, Haus con la ciudad de Tetuán, Ahmar el Fhas, Garbia, Uadras, Sahel, Jolot, Tilig, Bedor, Bedaua, Uadras, Beni Mesauar, Hebib, Beni Ider , Beni Hosmar, Beni Said, Beni Hassan, Beni Aros, Beni Gorfet, Sumata, A Serif, Beni Scar, Beni Lait, Ajmas, Beni Siat, Beni Sechvel, Beni Buseha, Beni Guerir, Beni Mansor, Beni Selman, Beni Smih, Beni Ersin, Beni Jaled, Guesaua, Ketama, Metiua, Mestasem, Beni Bufrah, Sarcat, Jannus, Bunsar, Tagsuf, Beni Buchivet, Beni Ahmed, Beni Bechir, Beni Messui, Beni Titteeft, Boccoia, Beni Ammart, Beni Uriaguel con la ciudad de Al Hoceima, Temsamam, Beni Tusin, Beni Uliech, Metalsa, Beni Said, Bugafa, Beni Sicar, Beni Sdel, Mazuza con la ciudad de Nador, Beni Buifrur, Beni Buyahi y Ulad Settut .
Beni significa descendientes de.
En las últimas décadas, el crecimiento de algunos de sus pueblos tradicionales hasta la condición de ciudad, ha modificado el paisaje humano, y la de mayor dimensión ahora puede tener unas 40 mil personas y unos 400 kilómetros cuadrados, y la menor unos pocos miles personas y unos 100 kilómetros cuadrados.
En todas las demás regiones montañosas del Magreb, el paisaje humano es tribal y en muchas zonas de las llanuras también, como en la totalidad de los países africanos y también muchos de Asia y de Iberoamérica.
En todo el mundo tribal, el ambiente humano es especialmente amable y se tiene la sensación de que aquí nadie llega a sentirse solo; hay un movimiento continuo de personas entre casas de familias diferentes, de platos cocinados y de niños que se quedan unos días en casa de los vecinos.
Al visitante se le escapan muchas cosas, pero lo que percibe es que está dentro de una gran familia; cuando existe una reunión vecinal para organizar cualquier trabajo o evento, parece que todas las opiniones son escuchadas: mujeres, hombres y jóvenes, y a la hora de decidir parece que sean los cabezas de familia quienes procuran llegar a un acuerdo de consenso.
Primero la presión militar combinada con la política y el desprecio social, y más tarde la televisión, la emigración y finalmente la telefonía móvil, han hecho perder vigor al sistema tribal, y ahora es sólo una tradición cultural y social que en pocos países conserva elementos de carácter institucional.
Con muy pocas excepciones, no hay jefes de tribu con poder institucional político ni judicial, y los atributos de dirimir conflictos atienden sólo a las disputas vecinales que no conllevan delitos graves.
Aunque pocas, hay algunas sociedades en las que las instituciones tribales mantienen buena parte de sus atribuciones antiguas, reconocidas por las estatales. Ghana, en el África Occidental es un ejemplo.
En cuanto a la compatibilidad o no con el “progreso” tal y como lo entendemos nosotros, aunque sin normas escritas y como extensión de la familia, la moral y la ética tribales no permiten la explotación de un individuo por parte de otro, un carácter incompatible con el modelo capitalista.
En el interior de la tribu hay personas, o mejor dichos familias, que poseen más tierras y más animales que otras, pero estas diferencias en patrimonio son pequeñas, ya que la propiedad de la tierra cultivable se conforma en minifundios y la no cultivable es comunal. Y no hay grandes propietarios ni caciques, aunque la literatura colonial explica un mundo lleno de injusticias y de abusos. Sí que había unos principios y normas severas para aquellos individuos que fueran considerados perniciosos para la convivencia, ya que la tribu no era un campamento de felices y desocupados hippys, sino un sistema organizativo que debía enfrentar cualquier conflicto, tanto interno como en relación a las tribus vecinas y a las eventuales agresiones externas.
La ideología colonial ha determinado que identidad tribal y progreso son incompatibles, a pesar de que la historia ha demostrado la falsedad de esa idea; pero el colonialismo fundamentado en el supremacismo y perseguidor de la propiedad de las tierras, no permite reflexión alguna.
Debemos remontarnos al año 507 a. en la antigua Grecia, cuando la reforma de la constitución de Atenas promovida por Clístenes, da una lección a la dificultosa historia de la humanidad.
Como todos los pueblos, los griegos también eran una nación formada por tribus sentidas como continuidad de la familia, y en su sistema de toma de decisiones, los jefes familiares eran quienes finalmente tenían la palabra.
Pero los atenienses querían más; querían que cada persona tuviera el mismo nivel de derechos en la Asamblea y en los Jurados de la República: cada persona un voto, es decir, la democracia.
La reforma de Clístenes superó el sistema tribal de toma de decisiones, y a partir de ese momento las tribus griegas, sin ruptura cultural ni conflicto social ni político, fueron perdiendo vigencia como referente social.
La natural aspiración democrática de ser todos iguales -el factor de reconocimiento más intenso– superó la tradición tribal basada en la representación familiar. En Grecia, se superó la forma tribal, sin menospreciarla ni destruirla, manteniéndola como un elemento de reconocimiento de la mayor importancia.
En la literatura política actual, el concepto de nación tiene dos vertientes muy diferentes e incluso contradictorias, ya que mientras la institución representativa de mayor nivel que nos hemos dado la llamamos Organización de las Naciones Unidas y prácticamente todos los estados se auto definen como nación, se describe el nacionalismo como uno de los azotes más nocivos para la paz y la seguridad del mundo.
La confusión semántica puede ser sospechosa, puesto que la nación es la continuidad natural de la familia y de la tribu, y el nacionalismo su expresión cultural o política, o también económica.
La nación es la agrupación de las tribus, e históricamente siempre ha tomado forma política debido a la aparición de algún peligro exterior común a todas ellas, ante el que emerge un líder carismático que las agrupa.
Definir la nación es fácil, puesto que en origen no es otra cosa que el nivel superior de la organización tribal, compartiendo mitos, símbolos e idioma, aunque no siempre religión.
La confusión se debe a que el concepto de estado como organización política ha sustituido al de nación, y la geografía política explica que algunos de los estados que aparecen y se reivindican como nación, no siempre son una sola nación sino que agrupan diferentes. Y en algunos casos, existe una situación de dominancia de una nación sobre otras.
Extrañamente, en una confusa percepción ideológica, los individuos que criminalizan los ”nacionalismos” reniegan de la existencia de su propia nación, mientras mantienen actitudes y comportamientos de carácter imperialista, es decir de dominio -militar y de imposición lingüística si es necesario- sobre las otras naciones.
Ciertamente, puede asociarse como causa-efecto la unificación nacional de Italia y de Alemania a finales del siglo XIX, con el nacimiento de la ambición imperialista que llevó a la I Guerra Mundial y a continuación la II; es después de esta guerra, cuando se expanden las opiniones políticas sobre la maldad de los nacionalismos. Pero lo que practicaron el fascismo y el nazismo fueron imperialismos, es decir el dominio de otras sociedades mediante la violencia; Italia y Alemania, ciegamente y con estrategias de pura maldad, sólo querían imitar lo que Portugal, España, Gran Bretaña, Francia, Bélgica y otros estados europeos habían hecho durante siglos: llevar a ejércitos fuera de su nación para dominar a otras. Y a esto se le llama imperialismo.
Es más que probable que si Alemania e Italia hubieran sido bien recibidas en el consorcio colonial europeo formado por Francia, Gran Bretaña y España, y hubieran podido participar en el indecente "reparto" de todo el norte de África, probablemente aquella primera guerra mundial no habría existido. Y puede que la segunda, tampoco.
La nación es sólo la escala natural de reconocimiento que sigue a la tribu y no comporta ningún germen destructivo. El imperio es maldad en estado puro, y confundirlos sólo es un intento imperialista de atribuir un carácter malévolo a los sentimientos de nación.
Puede añadirse que cuando el supremacismo se expresa mediante el nacionalismo, es peligroso, pero que cuando se expresa con imperialismo, resulta trágico.
En la década de 1960, en Europa se dio un debate político y cultural en relación a cómo debía estructurarse una Europa unida, a partir de las exitosas bases que había generado el Mercado Común del Carbón y el Acero, y la controversia era: la Europa de las Naciones o la Europa de los Estados.
La buena vía habría sido la que se descartó, pero en esa discusión, el gran poder del sistema militar, el industrial y el financiero decantaron la balanza a favor de la Europa de los estados.
Detrás de la confusión más que semántica, existe otra denominación: la de imperio, que es una vocación política firmemente arraigada en muchas naciones, consistente en la necesidad de dominar a otra nación.
Al Antiguo Egipto se le denomina Imperio, cuando en realidad nunca lo fue; ciertamente, en algún episodio los ejércitos de diferentes faraones salieron del territorio egipcio, pero siempre fue para protegerse de invasiones externas, como la de los Hititas y los Etíopes; finalizada la amenaza, volvían a casa. Los egipcios, ni querían colonizar a nadie, ni querían que nadie que no fuera egipcio adoptara su religión ni sus mitos; vivían cara adentro, sin ambiciones externas, y a pesar de este ejemplar talante mantenido durante 3.000 años, lo denominamos Imperio Egipcio. De hecho, fue la nación egipcia, con todos los rasgos que caracterizan a las naciones: idioma, cultura y mitos compartidos, y sentimientos de identidad y de unidad.
Sí que fueron imperios, primero los Hititas, después los Asirios y después los Babilonios, y todos ellos invadieron Egipto con la voluntad de quedarse.
Roma se hizo reconocer como Imperio, y lo hizo sin escrúpulos de ningún tipo. Y siglos más tarde, sus herederos europeos siguieron al pie de la letra el sistema imperialista romano, destruyendo las sociedades tribales en América, en África, en Asia y en Oceanía,
Sería necesaria una investigación histórica sobre la vocación de determinadas Naciones para ser Imperios; curiosamente, se da en aquellas que en su origen antiguo han sido sociedades de ganaderos; por el contrario, aquéllas que han sido fundamentalmente sociedades agrícolas no padecen esta enfermedad ni la hacen sufrir a nadie; este comportamiento puede observarse, a pesar de los cambios llevados por la historia.
Además de Egipto, el ejemplo más relevante es China, una sociedad agrícola antigua que ha sido siempre un gran gigante sin ambiciones imperialistas, y sí víctima de éstos en distintos episodios de su larga historia. China, persigue dominio de mercado, sin embargo, no piensa en enviar un ejército a ninguna parte, excepto al Tíbet, un comportamiento político que reniega de su honorable historia.
En muchas historias más o menos documentadas, se puede detectar que el sentido de justicia existe desde tiempo inmemorial; y aunque se puede interpretar desde diferentes condicionantes y dar resultados diferentes, se puede considerar que su adquisición representa el punto más elevado de lo que entendemos por espiritualidad, y es un sentimiento que afecta a todos los humanos, y sólo a los humanos.
Como es inexistente en ninguna de las otras especies y los niños lo tienen pronto desarrollado, y no por aprendizaje de los mayores, es un misterio cómo nos ha llegado y cuándo. ¿Ha evolucionado con la especie y el sentimiento ha existido siempre desde especies humanas remotas?. Más difícil saber que en el caso de la estética, otro sentido propiamente humano.
La primera construcción mental en relación a la justicia y a la espiritualidad fue la diosa Maat del Antiguo Egipto, hermosamente elaborada y profusamente seguida; mirando con atención, des de entonces no hemos progresado y en muchos aspectos hasta hemos decaído; 700 años antes de que los griegos hablaran de justicia y 1.700 años antes que Jesucristo hablara de empatía, Maat contempla la justicia com la restauración del equilibrio roto y considera que pocas veces el castigo es el mejor camino para recuperarlo, sino que lo es la comprensión del otro, es decir la empatía.
La arqueología localiza indicios y restos, los identifica y con la mayor información posible los interpreta; y en el último período del Homo erectus, hace unos 300.000 años, los primeros enterramientos de humanos y los primeros objetos elaborados acompañando los cadáveres, indican que aquellos antepasados nuestros tenían sentimientos y pensamientos complejos en cuanto a la vida y la muerte.
Hay evidencias de que los elefantes también recuerdan a sus muertos, pero, la acción de enterrarlos y de acompañarlos de objetos, sitúa la conducta de aquellos humanos primitivos a otro nivel, y son el primer indicio del sentimiento de trascendencia.
No hay ninguna observación de animales, ni siquiera en simios, que permita pensar que perciben energías metafísicas ni estados trascendentes. Sin embargo, el Homo erectus tardío es ya un gran observador y un notable imaginador, y necesita encontrar explicaciones para todo: por el rayo y por el trueno, por las enfermedades y por el morir, por el sol y por la luna, por la buena o la mala suerte.
Es en esta larga y madrugadora época, cuando aparecen las primeras señales de que la mente humana genera sentimientos y pensamientos complejos, que pueden llevar a la creencia en seres mágicos superiores y en la continuidad de la vida después de morir.
Una realidad que se manifiesta constante y común en todas las sociedades antiguas, y no tan antiguas, es su inmensa capacidad para creerse historias mágicas e inverosímiles, que retan el pensamiento lógico y el sentido común. Las magias y los milagros han estado en el centro de la vida individual y la colectiva, y creer en lo más alejado de la realidad percibida ha sido una constante en nuestra historia.
A pesar del enorme progreso de la ciencia, la fe no pierde capacidad de atracción. Hay personas que las compaginan.
Un premio Nobel de física, cuyo nombre no recuerdo, dijo que impartiendo clases en el prestigioso MIT de Boston, donde todos los alumnos habían cursado al menos dos o tres grados universitarios, asombrado y preocupado se dio cuenta de que casi la mitad de ellos se definían como creacionistas.
Sin embargo, el problema urgente que debemos enfrentar: el cambio climático, está fuera del dilema creacionista-darwinista; unos y otros estamos asustados y sin capacidad de respuesta.
Hace unos 2.500 años, el historiador griego Herodoto, en el volumen segundo donde explica el viaje a Egipto, escribe que los sacerdotes creían que unos 13.000 años atrás -es decir hace unos 15.500- los primeros reyes de Egipto fueron dioses.
Cuando explica estos temas, Herodoto, el primer periodista de la historia y uno de los mayores, lo hace con tanto respeto como incredulidad, y cuando el relato le lleva a opinar sobre la veracidad o falsedad de las creencias, sencillamente, dice que deja de hablar del tema pues no quiere ofender a nadie.
A lo largo de la historia, ha habido otros personajes notables que han hecho lo mismo, e incluso más allá; a mediados de 1.600 d. C. el gran pensador francés Rene Descartes, el sistematizador moderno del método científico, en su libro El Discurso del Método, una vez expuestas las bases teóricas, dedica la segunda parte a demostrar científicamente la existencia de dios.
Para los sacerdotes cristianos que acompañaban a Pizarro mientras asesinaban al rey Atahualpa, la religión del Inca era una aberración; una opinión idéntica a la que este tenía de la de sus verdugos. Y es necesario convenir que están en la misma categoría psicológica y la misma intensidad de sentimientos, la fe de unos que la fe del otro.
Las grandes ideologías políticas que han marcado con violencia el siglo XX: el anarquismo, el marxismo, el fascismo y el nazismo, impregnaban a sus seguidores de estados emocionales y sentimentales parecidos a los de las religiones.
Cada fe es un producto de la diversidad cultural en una coyuntura histórica, y deben considerarse en plural.
Las últimas investigaciones biomédicas en neuronas de humanos y animales, lideradas por los científicos más eminentes, como los astrofísicos Roger Penrose, Stephen Hawkigs y otros, apuntan a la comprensión de unas realidades físicas, hasta ahora desconocidas, que pueden interpretarse como cercanas a algunas creencias de carácter espiritual presentes des de tiempos antiguos en muchas culturas.
Sus investigaciones en física cuántica -desconozco el significado de esta expresión- explican que conjuntos de fotones y otras nano-partículas que forman parte de cada célula cerebral animal, vibran a velocidades cercanas a la de la luz, en oscilaciones y frecuencias determinadas a modo de mensajes codificados; también especulan con que estas vibraciones orientan el proceso evolutivo de cada especie; y que, teniendo en cuenta sus especiales propiedades físicas -cuánticas- pueden proyectarse en el tiempo y el espacio.
Esta teoría física presenta fuertes coincidencias con una línea del pensamiento de Buda -siglo V a.C.- consistente en considerar que los sentimientos y pensamientos de los humanos que han fallecido, no desaparecen, sino que mantienen una continuidad y coherencia duraderos.
Algunos colonizadores ingleses que formaban parte de la masonería, a mediados del siglo XIX trajeron estas ideas orientales a Europa, donde surgieron varias escuelas teosóficas y esperitistas, proponiendo un nombre nuevo para esta fenomenología: “los registros akkásicos”, entendido como un “gran nube cuántica” conformada por la suma de las conciencias individuales, que almacena y procesa contenidos emocionales, sentimentales y mentales; y que es capaz de devolverlos.
Las religiones reveladas y las escuelas que siguen estas creencias afirman que existen determinadas personas excepcionales, que tienen la virtud de conectar con los registros akkásicos y de leerlos, para poder trasladarlos a los mortales comunes.
Ahora, al amparo de la interpretación libre de esta nueva hipótesis enunciada por la ciencia más avanzada, donde sin cuestionar la evolución darwiniana, caben el cielo y el infierno, los dioses y los demonios, la reencarnación, la vida eterna, profetas y milagros, etc. etc. etc.
La hipótesis menor que puede derivarse de estos avances teóricos, es que las partes más sofisticadas -las más modernas- de las células del cerebro de cada especie, se expresan en vibraciones cuánticas que rigen su propia evolución; y la mayor es que la suma de las conciencias individuales, es la equivalente al dios creador. De nuevo, aquel bello verso de Antonio Machado: caminante no hay camino, se hace camino al caminar.
Parece, pues, que la ciencia y las antiguas teorías y tradiciones espirituales, ya no son incompatibles, y el principio de que el espíritu es la forma evolucionada de la materia puede contentar a todos.
Todos los principios y prácticas propias de sanadores, chamanes, videntes, brujas, adivinadores, profetas, etc. pertenecen al mismo principio: hay un mundo inmaterial y sabio al que pueden acceder determinadas personas, unas con la ayuda de ceremoniales y preparados químicos, otras con prácticas de respiración y concentración y otras como un regalo de la naturaleza, o de dios.
Acceder, o por lo menos acercarse a estos principios y prácticas ha sido una tendencia humana, desde aquellas primeras conductas de respeto a los fallecidos de hace 300.000 años. Ahora, con la brecha de luz abierta entre ciencia y mística, la proliferación de ofrecimientos de técnicas y acompañamientos para acceder a los registros akkásicos es un continuo en expansión, que debe ubicarse en la necesidad de reconocimiento y donde, como en muchas otras actividades potencialmente lucrativas, pueden existir oportunismos e imposturas.
Durante cientos de miles de años, nuestros antepasados habían ido aprendiendo a distinguir a diferentes personas, animales, plantas, minerales, formas, colores, olores y texturas y lugares, etc., pero eran incapaces de expresarlos verbalmente. Seguro que llegamos a ser muy capaces en expresión corporal.
Muchas especies animales emiten sonidos diferentes para alertar peligros y manifestar estados de ánimo, y algunas, como los simios, los grandes mamíferos marinos y muchas especies de pájaros, pueden enriquecer su “diccionario” con sonidos diferenciados, cuyo significado es entendido por el grupo. También se observa que existen grupos familiares con más vocabulario que otros de la misma especie; es decir que existe una construcción progresiva de lenguaje, limitado por la incapacidad de emitir sonidos complejos.
En muchos procesos evolutivos, la necesidad genera el órgano, siendo la necesidad la creciente capacidad de observación de los sapiens y la voluntad de comunicarla con sus compañeros de grupo.
Todo cambió, cuando gracias a que una mutación genética modificó la fisiología del sistema vocal, los humanos pudieron emitir muchos más sonidos diferentes y dar nombre a todo lo que conocían y experimentaban. La especie había adquirido, por evolución natural, una herramienta de alta eficiencia para expresarse y comunicarse.
La investigación científica de laboratorio ha datado esta mutación tan esencial en unos 130.000 años, en época del Homo sàpiens sàpiens y los Neanderthal .
El lenguaje permite aumentar la capacidad de comunicación, y es con la aparición del habla cuando los humanos emprendemos el largo camino de la civilización. Aunque sea una simplificación, se puede decir que antes del habla éramos poco más que unos monos muy espabilados, bastante hábiles y algo trascendentes, y que el habla nos hace humanos.
Desde tiempos remotos, ha habido cinco momentos estelares en el progreso de nuestra especie: el trabajo de la piedra, el dominio del fuego, el cambio fisiológico que nos permitió el habla, la erradicación de la consanguinidad y la domesticación de animales y plantas. De éstos, sólo el habla fue un cambio propiciado por la evolución natural, siendo los otras cuatro conquistas de la voluntad humana. Un brindis por nuestros ancestros!
Desde los inicios de la facultad de hablar hasta la fecha, se han generado varios miles de idiomas diferentes. Unos han desaparecido, o por extinción, o por mestizaje, o por destrucción malévola, y puede decirse que todos los más de 7.500 todavía existentes tienen prácticamente las mismas capacidades de expresión. Hay matices importantes en esto, que la sociolingüística trata desde hace unas décadas.
El idioma, es un elemento de identidad primero, y aunque el dominio de varias lenguas es hoy en día bastante normal en muchas personas, sentimentalmente el idioma mantiene su carácter identitario-familiar. Una cosa es conocer una lengua y otra muy distinta es sentirla como propia. Obviamente, existen excepciones personales en esto.
Como todos los elementos identitarios, los idiomas han sido y son objeto de conflictos, tensiones y/o prohibiciones, ejercidas por poderes políticos y sociales que persiguen ser dominantes. Ha habido y hay guerras de idiomas.
Los idiomas representan la diversidad cultural, y la extinción de cualquiera de ellos debe verse como una pérdida real, comparable a la extinción de una especie de animal o de planta.
Cada sociedad, y cada individuo, dependiendo de cuál sea su nivel cultural, su ideología y su vocación política, puede tener una perspectiva diferente en relación al significado y al valor cultural y social de una lengua, según se trate de la suya o la de otros.
Y según la ideología, se puede llegar a pensar que el idioma del otro es prescindible, ya que el propio tiene mayor capacidad de expresión, o más riqueza literaria, o más utilidad práctica. Y cuando esto ocurre, la lengua con menos capacidad política corre el riesgo de ser arrinconada y finalmente olvidada.
En todas partes y a lo largo de la historia, cuando los hay, el conflicto entre idiomas no se puede plantear sólo como una cuestión de derechos políticos lingüísticos, sino, sobre todo, de estima y de responsabilidad cultural, ética y estética.
Aunque posiblemente, los yoguis y los monjes budistas no estén totalmente de acuerdo, el sabio argentino de finales del siglo XX, Ernesto Sabato, literato y político por responsabilidad, afirmó que la escritura es la forma más profunda de pensamiento.
Pero no fue esta gran y excepcional virtud la causa de su nacimiento, hace ya más de 8.000 años en la antigua Mesopotamia; fue la necesidad de disponer de una herramienta contable para la gestión y el control de las propiedades de los reyes, cuya gran dimensión había convertido en imposibles de gestionar, empleando sólo la memoria. Los funcionarios del rey necesitaban una "memoria externa".
Como demostración de la necesidad, menciono varios “datos contables” de la ciudad mesopotámica de Ur, 4.000 años a.C. grabados en plaquetas de cerámica con signos cuneiformes: durante un año, por los almacenes reales han pasado 6.000 toneladas de lana, y durante tres años 28.601 bovinos, 404 ciervos, 236 ovinos salvajes, 38 caballos, 360 onagros, 2.931 asnos, 347.394 ovinos domésticos, 3.880 gacelas, 457 osos, 13 monos y un animal sin identificar. Datos obtenidos de Los Orígenes del Hombre, edit. Folio.
Para administrar y controlar la cantidad y calidad de reses, de ánforas de cerámica, de pieles curtidas, de sacos de cereales o de trabajadores, y para conocer las dimensiones de las propiedades del rey, etc. etc. se inventaron diferentes sistemas gráficos, que inicialmente eran representaciones esquemáticas de lo que se quería referenciar, grabadas por medio de incisiones hechas con punzones de madera en pequeñas baldosas de barro cocido o crudo, que constituyen al mismo tiempo las primeras escrituras y las primeras contabilidades de la historia; más tarde también sobre cuero y papiro.
Con el paso del tiempo, se fueron adoptando signos cada vez más fáciles de reproducir, que recordaran a que se refería cada anotación, e inventaron la primera escritura ideográfica: signos esquemáticos para representar a cada tipo de producto: ovejas, cerdos, cabras, asnos, cebada, trigo, lentejas, carros, personas, distancias, pesos, volúmenes, etc.
A estos signos de anotaciones contables, se le añadieron otros para designar nombres, acciones, situaciones y características, hasta ir disponiendo de un listado de signos -un diccionario ideográfico- cada vez más extenso y rico.
Lo mismo sucedió unos siglos más tarde en Egipto, con su sistema de escritura en forma de jeroglíficos.
En todas estas escrituras el sistema fue el mismo: un dibujo que recuerda a cada objeto o idea a anotar, esquematizados para hacerlos más fáciles de grabar o dibujar.
Sin embargo, este sistema presenta una condición limitadora, ya que si para cada cosa, nombre, estado o verbo, es necesario un signo identificable diferente, el aprendizaje de tantos signos se ve reducido a aquellas personas que hacen de la escritura y la lectura su profesión, que en aquellas sociedades se limitaba a la clase sacerdotal al servicio de los reyes. Así, la escritura estaba sólo al alcance de los poderosos, que educaban a especialistas para hacer profesionales, conocidos como escribas.
En la cultura Summer, la arqueología ha llegado a identificar hasta 3.000 signos distintos, y en Egipto el número de jeroglíficos que se empleaban en frases con significados corrientes eran unos 800.
Tuvieron que pasar varios miles de años, hasta que una sociedad diferente, los cananeos, denominada más tarde Fenicios, aportó a la humanidad una idea, una realidad y una herramienta nueva y revolucionaria, inteligente, imaginativa y sobre todo práctica.
Los Cananeos eran una sociedad de agricultores, artesanos, comerciantes y navegantes que habitaba el valle del río Jordán y la cordillera litoral de la costa este del Mediterráneo; tenían por capital la antigua Jericó y figuran entre los grandes innovadores de la historia.
Su primera gran aportación conocida fue dejar obsoleto el sistema ideográfico, que necesitaba emplear muchísimos signos diferentes, sustituyéndolo por uno nuevo, el alfabético, que sólo necesitaba 27 muy sencillos.
Estos signos representan los distintos sonidos, que nuestro aparato del habla emite de forma claramente identificable por el oído. Resumiendo, lo fácil: escribir tal y como se habla.
Los cananeos inventaron el alfabeto que ahora utilizamos, democratizando el aprendizaje de la escritura y la lectura, mejorando de forma espectacular la transmisión de la información.
Muy recientemente -en 2017- en el antiguo territorio del pueblo cananeo -hoy Líbano, Israel, Cisjordania, Gaza y occidente de Siria-, una excavación arqueológica realizada por la Universidad de Tel Aviv, encontró un pequeño objeto datado en el año 1.700 a.C.: un peine de marfil, que tiene grabada la primera frase en signos alfabéticos de la historia:
. que este colmillo arranque de raíz los piojos del cabello y la barba .
Gozosamente, el primer documento escrito en signos alfabéticos de lo que tenemos conocimiento es un regalo bonito, amable y una muestra de buen humor.
A partir del invento cananeo, el arte de la escritura pudo ser participado por todos, ya que es fácil y rápido aprender. Fueron los griegos quienes le dieron grandeza, produciendo aquel maravilloso y creativo período literario de la historia; también la Biblia de los israelitas fue escrita en el alfabeto cananeo, y el latín, y el árabe del Corán y, excepto los del Lejano Oriente: el Chino y el Japonés, todos los demás idiomas.
Se puede decir que aquella imaginativa innovación abrió la puerta a la transmisión eficiente y rápida de la cultura. Una invención relevante de la historia de la humanidad.
Las sociedades que no adoptaron la escritura alfabética no son menores ni menos cultas. China y Japón mantienen el antiguo sistema de escribir mediante ideogramas; un texto chino culto emplea unos 1.000. Obviamente, en estas sociedades, el esfuerzo y el tiempo para aprender a escribir y a leer es mucho mayor que en el resto, y sin embargo, prosperan tanto com las otras. Parece que, en algún momento, el líder comunista chino Mao Tse Tung se planteó adoptar la escritura alfabética, pero no se atrevió a decretarlo.
Otra cuestión en relación a la escritura, es la constatación de que muchos de los 7.500 idiomas que se hablan en el mundo, todavía no han tenido a nadie que los traslade a la escritura, y ésta es una grave carencia que empobrece el patrimonio cultural de la humanidad.
Las virtudes de la escritura son muchas, lo primero es que permite disponer de más información para ser procesada, más allá de la capacidad memorística de nuestro cerebro. Con el paso del tiempo, se ha revelado como una de las actividades humanas más enriquecedoras.
Mientras escribimos, el cerebro se mantiene en actividad intensiva, pues implica simultáneamente memoria e imaginación, prospectiva, semántica, sintaxis, ortografía y sentimientos, en un ejercicio continuado de retroalimentación del intelecto.
En el ámbito escolar existe un vivísimo debate en relación a las virtudes de la lectura, como conformadora de aptitudes intelectuales, pero el leer es una estrategia de información subordinada a la escritura, mientras que el escribir es un ejercicio de construcción de imaginarios utilizando el contenido integral de la conciencia.
Hay que valorar que el ejercicio de escribir mejora la capacidad de concentración, mientras que la lectura no tiene, necesariamente, esa virtud.
El estudio de las matemáticas mejora la capacidad intelectual, sin embargo, el escribir también desarrolla la capacidad de abstracción y además interpela a la totalidad de nuestro bagaje sentimental, lo que no ocurre con las matemáticas. Hay que decir que las fórmulas matemáticas también tienen un componente estético.
Muchas especies de peces, aves e insectos, tienen capacidades innatas para dotar a sus nidos y madrigueras de formas simétricas o conjuntos armónicos en la forma o el color; los mamíferos no poseemos esa virtud y el sentido de la estética presente en la especie humana es adquirido.
Es un trabajo a realizar, que nos distingue de aquellas especies de animales que lo tienen por herencia genética; pero, de éstas, cada una de ellas tiene un único proyecto estético, mientras que nosotros podemos aprender a expresar la belleza de muchas formas y en muchos campos. Este camino ha sido largo y con algunos altibajos, algunos todavía poco explicables.
Sobre el pensamiento y los sentimientos de nuestros lejanos antepasados, nada podemos saber con certeza, que no sean suposiciones orientadas y justificadas por los objetos que fabricaban: pequeños objetos cortados en sílex y otras piedras, huesos, barro y madera son las primeras expresiones de arte.
A primera vista, pueden parecer rudimentarios, sin embargo, muchos son verdaderas obras de arte: observando con atención una punta de flecha de sílex, cuya superficie es inferior a un centímetro cuadrado, se pueden contar más de treinta puntos de percusión en cada una de las caras.
Los útiles de sílex no son todavía la expresión del arte libre, creativo de formas y colores, pero sí la primera manifestación evidente del sentido de la estética participada por todos.
La preocupación por la simetría y por las formas aerodinámicas, el añadido de la elevada funcionalidad, una gran capacidad de corte y un aprovechamiento exhaustivo del material, son una muestra física de que la idea de diseño es una de las primeras adquisiciones sentimentales e intelectuales de nuestra especie.
¿Podemos suponer que el sentido de la estética se desarrolla en la medida en que somos capaces de fabricar objetos, en una dinámica que se retroalimenta?
Cualquier observación de animales nos lleva a entender que ninguna especie disfruta de la belleza de un paisaje, o de una flor, o de otro animal. Hay escenas donde un gorila contempla atentamente un lagarto, pero, más allá de la evidente capacidad de observación y de interés, no podemos saber si experimenta algún bienestar contemplativo, motivado por la belleza del bicho observado.
Sería de gran interés saber en qué época de la historia, por primera vez un grupo humano se detuvo ante un gran paisaje y experimentó placer emocional.
El nacimiento del sentido de la estética no aportó mejoras ni en la alimentación ni en la seguridad de nuestros ancestros, pero ha adquirido importancia capital en el desarrollo humano.
El sentido de la estética es un ámbito de aprendizaje de gran recorrido, que llevará a la aparición del arte y de los ismos culturales, hasta ser uno de los elementos civilizadores con mayor capacidad de proyección y de seducción, y la herramienta primera para la construcción de símbolos, tótems, banderas, objetos útiles, arte, arquitectura, urbanismo, publicidad, cine, fotografía, etc.
También el sonido, de cuya historia sabemos poco; hay dibujos egipcios con instrumentos musicales parecidos a algunos actuales, pero desconocemos absolutamente su música; seguro que el canto y el ritmo por percusión fueron las primeras manifestaciones de estética, todavía vivos en algunas sociedades.
En cualquier estilo estético se detectan siempre unos antecedentes, puede ser una continuidad y puede ser su desaparición, pero nunca un estilo aparece de repente.
Hay incógnitas en relación a las obras más notables de arte temprano; recientemente, en Indonesia, se han datado murales pintados de más de 50.000 años, con figuras humanas y animales; más próximas, de entre 17.000 y 30.000 años son el conjunto de pinturas de las cuevas de la región del golfo de Vizcaya -Altamira y Lescaux- que por su realismo, sentido de la perspectiva, dominio de la técnica y dimensión de las imágenes, son excepcionales de entre todas las descubiertos hasta hoy.
Extrañamente, en estas dos cuevas no hay imágenes humanas, y no es por incapacidad técnica de los artistas; la creencia de que una fotografía puede robar el alma, no hace mucho que era todavía bastante extendida, y puede que también rigiera en aquella época y lugar.
El sentido común indica que no podemos considerar las pinturas que nos han llegado -en todo el planeta de la misma composición química y mismo color- como las primeras, pues, obviamente aquellos artistas antepasados nuestros no empezaron a pintar hasta disponer de unos pigmentos que resistieran el paso del tiempo; probaban colorantes mientras iban pintando y una de las mezclas, hallada en distintos lugares del planeta de la misma composición, resultó duradera. No podemos saber cuánto tiempo -décadas, siglos o milenios- tuvo que pasar, antes de disponer de las mezclas minerales de color indeleble que ahora podemos disfrutar; aquellos artistas no pintaban para nosotros. Ahora, donde las pinturas están en cuevas o grutas protegidas de la intemperie, se mantienen como el primer día y sí que son para nosotros.
Las más numerosas, encontradas en diferentes regiones del planeta, fueron pintadas en épocas más recientes -de unos 6.000 años hasta unos 1.500- y se encuentran en regiones donde todavía no había llegado ni la agricultura ni la ganadería; muchas con representaciones de figuras humanas y todas realizadas siguiendo la denominada por arqueólogos y antropólogos ley de frontalidad, consistente en representar las imágenes en su mayor proyección y con el mayor perfil posible; y siempre resultan estáticas y rígidas.
Con variantes según geografías y época, las composiciones pictóricas de esta época son figuras de personas en escenas de fiesta, con bailes, disfraces y también caza de animales; otros son motivos de carácter simbólico y algunos son formas geométricas inexistentes en la naturaleza.
Este período artístico no tiene conexión con la gran expansión de las artes en las primeras ciudades mesopotámicas, más o menos de la misma época; después en Egipto y en unas pocas islas del Mediterráneo oriental -en Creta de manera especial- se genera una fuente inagotable de hallazgos visuales con vocación y capacidad estética, en forma de imágenes de diosas y dioses, reyes y reinas, monumentos, tejidos, objetos de madera, hueso, metal, cerámica, decoraciones murales, edificios, etc.
Con la excepción de las pinturas murales de la región del golfo de Vizcaya, en todo este período, primero en las cuevas y abrigos naturales y más tarde en las primeras ciudades, existe una constante que denota la falta del dominio de la perspectiva. Todas las figuras se adecuan a la ley de frontalidad en la que la mayor ocupación del espacio provoca una posición estática e impone una expresión limitada.
Los inventores de la perspectiva tridimensional, que supera la ley de frontalidad, fueron los alfareros de la Grecia Clásica, hace unos 2.600 años, donde la decoración con personas, plantas y animales, tiene expresión plena desde cualquier punto de observación. A partir de unos tímidos inicios de ensayos de perspectiva en dibujos sobre ánforas de cerámica, en muy pocos años el arte experimentó su gran revolución, y Atenas y las ciudades de su influencia se convirtieron en el punto del planeta con mayor excelencia creativa, que encontrará su mayor esplendor en la escultura, siendo aún el referente de mayor nivel.
La derrota militar de Grecia por parte del Imperio Romano no hizo desaparecer aquella estética, puesto que los mismos romanos la habían adoptado antes. Sin embargo, con el derrumbe de Roma aquella excelencia desaparecerá durante toda la Edad Media -donde se retrocede hasta reencontrar la ley de frontalidad- y no se recuperará hasta los grandes artistas aparecidos a partir del Humanismo y el Renacimiento italiano, inspirados en la escultura y la pintura clásica griega. Luego se extenderá a todas las sociedades del planeta, siendo la expresión pictórica la que genera más ismos.
Hay más incógnitas en la sucesión de los ismos estéticos, además de los citados del Golfo de Vizcaya. Otro punto en la historia donde la evolución del estilo y de la técnica son una incógnita es en las pinturas de las paredes de los palacios de la isla de Creta, durante la cultura Minoica de hace unos 4.500 años, que lucía sus casas con frescos de mujeres esbeltas, pájaros y flores con perspectivas mucho más libres y expresivas que las contemporáneas suyas de Egipto y Mesopotamia.
Las primeras imágenes humanas encontradas por la arqueología, datadas de más de 30.000 años atrás, son pequeñas esculturas de barro y piedra que representan a mujeres; con pocas excepciones, las primeras figuras de varones no aparecen hasta 10.000 años después.
En sociedades actuales donde perviven formas culturales ancestrales, la medicina incorpora la salud fisiológica, emocional, sentimental y espiritual en el mismo diagnóstico; y se detecta que las personas que tienen el papel de sanadores son mayoritariamente mujeres, merecedoras de gran respeto social; y podemos suponer que mujeres con estas reconocidas virtudes, asumieron los liderazgos de aquellas primeras sociedades, por la confianza y respeto que se les tenía.
Como continuidad de este reconocimiento ancestral, las primeras figuras de representación del poder en las ciudades de la Mesopotamia fueron Reinas, y en la medida en que las ciudades crecían fueron sustituidas por Reyes, y cuando éstos aparecieron iban acompañados por Dioses. Parece ser, pues, que los hombres necesitaron asociarse a los dioses, para legitimarse, o hacerse respetar, o hacerse obedecer, o temer.
A pesar de este panorama de poder dominado por hombres, excepcionalmente, tanto en Mesopotamia como en el Egipto faraónico, algunas mujeres -seis en Egipto- fueron reconocidas como reinas. También en la ciudades fenicias.
Sabemos poco de la vida de las mujeres en las sociedades antiguas. En Egipto, la institución familiar era la norma y podían divorciarse; por Herodoto sabemos que salían de casa solas, que iban al mercado y que participaban activamente en las grandes fiestas, pero no sabemos mucho más. De las mujeres fenicias, sabemos que a menudo participaban en los grandes viajes, sin embargo, tampoco nada más. Y las de la Antigua Grecia, aunque en teoría podían ir a casi todas partes, sabemos que en la práctica se quedaban en casa y participaban poco en las actividades públicas. Hubo excepciones relevantes.
Todas estas sociedades eran patriarcales, y aunque con notables diferencias entre ellas, las mujeres tenían un papel, cuanto menos, subordinado.
También se sabe que en muchas sociedades antiguas, la cacería de mujeres de una sociedad lejana era una práctica normal; el mismo inicio del Imperio Romano es un ejemplo; y según Herodoto, la Guerra de Troya se encendió por el “robo” de Elena, la esposa de un rey local griego.
También gracias a Herodoto, sabemos que la sociedad Lidia -un país contemporáneo de Grecia situado al oeste de la actual Turquía-, había encontrado una solución imaginativa al problema "mujeres-hombres"; el gran historiador y periodista lo describe así, algo asombrado y sin juzgarlo:
. . . . . . . .Es que en el país de los lidios todas las hijas se prostituyen, con lo que se hacen las dotes. Y así lo hacen, hasta que se casan: el marido, lo eligen ellas personalmente. . . . . . Salvo esto, que sus hijas se prostituyen, los lidios tienen unas costumbres muy parecidas a las de los griegos. Son los primeros de quienes sabemos que acuñaron moneda de oro y de plata, los primeros de quienes sabemos que se dedicaron al comercio.
En tres líneas, Herodoto repite lo que más le ha sorprendido de Lidia. No podemos saber cuál era la “satisfacción” o la “insatisfacción” de las mujeres en este juego de intercambio sexual, y en esto radicaría la bondad o maldad del sistema. No puede olvidarse que el sistema dominante en todas las sociedades de la región, era el patriarcado.
En nuestro mundo de hoy, en muchas sociedades democráticas, ricas y cultas, la violencia contra las mujeres es todavía una lacra omnipresente; ahora se conocen hechos y estadísticas, sin embargo, no es necesario ser malpensado para entender que en el pasado y desde tiempo inmemorial siempre ha sido así, y peor.
Atendiendo estrictamente a la Vida en mayúscula, es decir a la continuidad de la vida, sólo las hembras pueden engendrar y consecuentemente, es necesario reconocer a las mujeres una jerarquía, que las hace diferentes y en buena parte vulnerables.
Pero, a pesar de estas realidades no cuestionables, las discusiones sobre igualdad, que es lo mínimo a reivindicar, son siempre polarizadas por intereses ideológicos y políticos que enturbian. La realidad y el sentido común son ignorados, y ahora todavía, al tiempo que los valores del feminismo van tomando fuerza, aparte de discutirlos, muchos hombres de muchas sociedades de casi todo el planeta, agreden física y psicológicamente a mujeres, a adolescentes y a niñas.
Un horror especialmente perverso ha sido, y sigue siendo en diferentes países, la persecución de la homosexualidad. Y preocupante es la permanencia de sentimientos negativos hacia ellos y ellas.
Se puede especular en saber cuándo o cómo aparecen los caracteres y comportamientos que definen a una sociedad como patriarcal, misógina y machista. Especulemos sobre ello, ya que es relevante.
Cuando los humanos todavía vivían en grupos familiares de no más de 30 personas -que es la estimación que se hace a partir de indicios paleontológicos y arqueológicos-, pero ya conocían los males de la consanguinidad y le habían encontrado la solución con apareamientos entre hombres y mujeres sin parentesco cercano, surgió un problema nuevo e imposible de solucionar sin conflicto, porque, la incapacidad olfativa de la nuestra especie para reconocer a los de su estirpe familiar trajo inseguridad a los teóricos padres.
No sé si todas, pero sí la mayoría de las especies de mamíferos, tienen la facultad de identificar por el olor a los individuos de su estirpe genética. Puede que la sedentarización y la inmersión en olores no naturales nos hicieron perder capacidad olfativa -com el pelaje-, o es que en origen ya la teníamos poco desarrollada, pero, lo cierto es que las dudas y la inseguridad sobre la paternidad han marcado la vida de la gran mayor parte de la humanidad desde hace por lo menos 50.000 años, sobre todo la de las niñas, adolescentes y mujeres. Los hombres, muy preocupados y las mujeres castigadas duramente.
La aparición del análisis del ADN hace unas décadas, ha aportado un referente incuestionable, que debería haber dejado inmediatamente obsoletos al patriarcado, el machismo y la misoginia. Pero las inercias son muy fuertes, sobre todo cuando conllevan privilegios.
Cuando en este escrito se habla del estado de la técnica, siempre se asocia a cambios que han tenido un impacto relevante en las personas y en la sociedad, pero en el caso del ADN, a pesar de ser ciencia, no ha cuestionado demasiado las costumbres. Lo grave es que estas “costumbres” están en la raíz de la mayor parte de nuestros problemas, los personales y los colectivos. Nunca en la historia, una mejora relevante del estado de la técnica ha tenido un impacto tan bajo.
El patriarcado fue el sistema surgido de la desconfianza de los hombres, que pusieron a todas las mujeres bajo sospecha, decretando la necesidad de controlarlas férreamente para asegurar la autenticidad de su descendencia, e inventamos el obligado precepto de protegerlas de su "fragilidad", de sus "vulnerabilidades" e incluso de "protegerlas de sí mismas". Protección, seguimiento y control, ejercido desde la inseguridad combinada con el supremacismo de género, es la secuencia típica del maltratador. Llevado a la aberración, la mutilación genital de las niñas es la misma historia justificativa.
Benévolamente, se puede considerar al machismo como una erupción descontrolada de testosterona, y mientras no haya abuso ni violencia, no es éste el mayor problema para las mujeres y para la sociedad; sí lo es la misoginia, un sentimiento y un comportamiento de desprecio fundamentado en el supremacismo.
En los últimos años, el machismo y la misoginia se van encontrando ante realidades que los ponen en crisis aguda, siendo los revulsivos de mayor impacto los movimientos de denuncia como MeeToo, la aparición de colectivos LGBTI y la eclosión mediática de los deportes de equipo femeninos. El primero y el segundo generan polémica, y hay defensores y detractores; sin embargo, el tercero mencionado proporciona escenas psicológicamente muy impactantes, imposibles de imaginar y sobre todo de cuestionar unos pocos años antes por parte de cualquier hombre: talento, fuerza, resistencia, habilidad, técnica, velocidad, capacidades de concentración y organizativas, son cualidades que habían sido reservadas a los hombres, y que ahora, de repente, han dejado los misóginos literalmente fuera de juego. Antes, algunas mujeres se habían significado, sin embargo, era a título personal: una trapecista de circo, o domadora de leones, o hábil con el rifle, o rápida en una carrera, sin embargo, la nueva realidad derriba murallas y gana batallas cada día.
Somos hijas e hijos de una severa educación inmersa en la misoginia; aún ahora, en muchos filmes, cuando una pareja -hombre y mujer- se escapa de alguna amenaza, los guionistas, para dar dramatismo a la escena, hacen que sea siempre la mujer quien cae al suelo, o quien chilla histérica y lo estropea todo. La mujer debil e insolvente, el hombre generoso y valiente que no la deja atrás.
La sociedad patriarcal también reconoce la necesidad de proteger a las mujeres, sin embargo, sólo en situaciones de peligro extremo; en el día a día, parece que el abusar con mayor o menor intensidad es casi la norma. Somos todavía herederos de aquella moral medieval, donde los caballeros protegían públicamente a las damas, mientras ponían cinturones de castidad a sus esposas y exigían “estrenar” las nuevas casadas del pueblo.
Hay que advertir que los comportamientos misóginos y machistas, empujan a la formación de un estado de opinión que en un futuro puede llegar a imponerse, y es que los hombres somos del todo prescindibles; ahora los conocimientos en medicina y genética lo hacen posible, sin que se ponga en peligro la continuidad de la especie. Como curiosidad, como en un zoo se mantienen vivos varios ejemplares de una especie extinguida, una sociedad de mujeres preservaría un rebaño de no más de 1.500 hombres vivos, los imprescindibles ante cualquier emergencia, o cambio de paradigma, o simplemente de moda.
Se dice, como justificación, que los comportamientos y opiniones machistas que se expresan en los últimos tiempos, son la reacción de algunos hombres frente al ascenso del feminismo y sus reivindicaciones, que consideran demasiado exigentes y crispadas. Es necesaria una reflexión en esto -cosa difícil-, y entender que las mujeres de hoy que protestan contra la misoginia, el machismo y el patriarcado, expresan también -sea explícita y conscientemente, o no- los sufrimientos de la generación de sus madres, la de sus abuelas, la de sus bisabuelas, la de sus . . . . . . . . . . . , mientras que los hombres quejantes sólo se representan a sí mismos; las organizaciones y expresiones de “solidaridad” entre hombres, para defenderse de las mujeres, no tienen recorrido.
Cuando el futuro se presenta, no incierto, sino lleno de amenazas, toda la ciudadanía se resiente; pero, para gran parte de las adolescentes y las jóvenes, conlleva un mayor nivel de angustia o, al menos de duda, ya que en ellas, la idea, o expectativa, o sencillamente el deseo vital de ser madres, se hace enormemente complicada, pues comporta proyecto de futuro.
Los hombres, muchos, también pueden querer ser padres, pero en el proyecto de vida de muchas adolescentes, jóvenes y mujeres, la maternidad puede tener una importancia vital, esencial.
En esta cuestión, existe una observación crítica a hacer, consistente en que “el cambio climático” es una deriva provocada directamente por el capitalismo y el consumismo enloquecidos, inspirados, liderados y defendidos por las ideologías y las estructuras de poder propias de la cultura patriarcal. Es decir, que el fracaso de los hombres, quien más lo paga son las mujeres; esto no es nuevo en la historia. No puede obviarse que toda la violencia, sea política, sea sexual o sea climática, tiene una decisiva huella masculina.
A pesar de estas realidades, algunas ya superadas por la historia, pero otras aún no, la sexualidad, en todo el planeta y con unas pocas desgraciadas excepciones por todos conocidas, se reivindica y vive cada año que pasa con más naturalidad. En un proceso al revés de la destrucción del clima, el mundo progresa en libertad sentimental y sexual, y ésta es la única brecha de luz en un panorama de futuro lleno de sombras. ¿Puede que, a pesar de los persistentes intentos de mantener algunas costumbres atávicas, evolucionemos hacia bonobos ?.
Esta monstruosa agresión por privarlas de la posibilidad de placer sexual, en muchas sociedades del planeta es destructora del cuerpo, de las emociones y de los sentimientos de las niñas. No se sabe de dónde proviene ni desde cuándo se practica, y en muchos aspectos es peor que la esclavitud.
Hay que reconocer que, a pesar de las muchas iniciativas legislativas y sobre todo de esfuerzos individuales y militancias verdaderamente heroicas, esta práctica sigue viva, y por el hecho de formar parte de la mitología popular y de estar fuertemente arraigada en las costumbres -no en las religiones-, los poderes públicos, pese a la conciencia de su maldad intrínseca, en pocos países se atreven a tomar medidas drásticas y erradicarla.
No puedo certificar su certeza, aunque parece probable que sea verdad la existencia de una carta pastoral dirigida a los sacerdotes católicos de un país africano, diciendo que Dios prefiere una iglesia llena de pecadores que una iglesia vacía.
Esa noticia, cierta o falsa, sirve para ilustrar las enormes dificultades para acabar con la expresión más agresiva del patriarcado, extrañamente practicada por mujeres. El horror.
Ahora, con las migraciones, esta infra cultura, prohibida severamente en las sociedades de acogida, persiste a escondidas y cuesta erradicarla.
Una cuestión de la que no he sabido encontrar referencias, es que las mujeres africanas esclavizadas y llevadas a América -también los hombres-, provenían de sociedades que no mutilaban a las niñas. Las esclavas debían tener buena salud reproductiva, y la mutilación las enferma.
La consideración otorgada a la mujer a lo largo de la historia en las distintas sociedades y culturas, es variada y con contrastes muy sorprendentes, si tenemos en cuenta que venimos todas de unos inicios comunes.
En el mundo actual, en diferentes geografías de África, Asia y América, hay sociedades que tienen unos caracteres bastante diferentes a los del resto: son las de cultura matriarcal, aquellas donde la función social de las mujeres y su reconocimiento dentro de la familia, del grupo y de la sociedad, son diferentes de las sociedades denominadas patriarcales en aspectos muy relevantes.
Las sociedades matriarcales son pocas, ninguna de ellas tiene reconocimiento institucional y ha habido, y hay, poca o nula comunicación entre ellas. No existe ninguna “normativa” para ser matriarcal y hay mucha diversidad de costumbres, sin embargo, atienden a los aspectos más relevantes de la vida con principios y estrategias similares.
En Europa no hay ninguna y no sabemos si la destrucción de las sociedades tribales por parte del Imperio Romano tiene nada que ver, pero, todo indica que sí.
En las sociedades en las que pervive aquella cultura, la vida cotidiana es diferente que en el resto del planeta; estoy seguro de que la sentimental es más placentera; también que las relaciones sexuales son más espontáneas, más ricas y con menos tensiones; también que el aprendizaje de la sexualidad se realiza sin las dificultades con las que se encuentra la infancia y la adolescencia de las sociedades patriarcales.
En las matriarcales, los hombres no se sienten ni amenazados ni oprimidos, mientras las mujeres viven mucho mejor; y no se agrede, ni se viola, ni se mutila, ni se asesina a nadie por su género.
En las sociedades matriarcales se reconoce lo evidente: el centro y referente de la familia y la casa es la mujer, pues la realidad biológica y vital exige que sean ellas quienes simbolicen la estabilidad y la continuidad, tanto en los aspectos físicos, emocionales y sentimentales como en los patrimoniales, condiciones que las hace merecedoras de reconocimiento y de protección por parte del conjunto de la sociedad. Y los hombres no se sienten ni amenazados ni oprimidos, sino plenamente realizados y sin la pesada carga de ejercer de líderes familiares.
La vida diaria de los niños y los adolescentes se desarrolla en un ambiente libre de los sufrimientos emocionales y sentimentales provocados por las posibles roturas entre la pareja progenitora, pues su marco de referencia vital no hace imprescindible la presencia protectora del padre. Para los pequeños, el cariño y atención que les viene del padre es un regalo añadido, no imprescindible para su salud emocional y sentimental. Los padres se relacionan sin trabas con ellos, pero, no actúan como “propietarios” suyos.
La evolución de la historia mundial ha hecho que sociedades matriarcales de grandes dimensiones demográficas, aparentemente ahora ya no lo sean. Kerala en la India -donde las autoridades coloniales inglesas derogaron la legislación propia-, y lo mismo en la sociedad Ashanty en África occidental y la Messoufita en el Shael occidental, puertas adentro son todavía sociedades matriarcales. Hay otras muchas, algunas de pocas centenas de personas.
De la primera y última de las mencionadas, el testimonio del viajero marroquí Ibn Battuta, en los años 1330-1340 d.C., describe costumbres y situaciones que a él, que se reconoce como musulmán de sociedad patriarcal, le dejan boquiabierto. De hecho, en las sociedades patriarcales actuales, gracias al ascenso del feminismo, existen realidades nuevas que recuerdan escenarios y costumbres propias de las matriarcales.
Es relevante remarcar que estas sociedades exhiben una alta capacidad organizativa -ya observada por Ibn Batouta- y un mundo de los negocios mucho más desarrollado que las sociedades vecinas de cultura patriarcal. Un ejemplo, explicado por el propio viajero, era la explotación por parte de mujeres de Oulata, en la actual Mauritania, de un yacimiento de sal mineral en pleno Sáhara. Ahora, la sociedad Ashanty de Ghana presenta también un alto nivel de desarrollo; también la de Kerala en la India.
Es del mayor interés acercarse a comportamientos detectables en las sociedades patriarcales actuales, que se acercan a la cultura matriarcal, pues representan un antes y un después en el dominio del sistema patriarcal y de sus burdas excrecencias, que son el machismo y la misoginia.
La actitud empática y el comportamiento protector de las madres hacia sus hijas, es un fenómeno social nuevo en la historia de las sociedades patriarcales, ciertamente no asentado en todas partes, pero significativo. Hace sólo unas décadas, las madres podían ser enormemente injustas con hijas suyas que sufrían malos tratos del marido y, muy a menudo, si la joven pedía amparo, le cerraban la puerta. Y pocas madres hablaban de sexualidad con sus hijas, ni de nada parecido, inhibidas por un pudor que hay que considerar enfermizo, fruto de la violencia machista bendecida por las religiones monoteístas. Ahora, por primera vez en la historia de las sociedades patriarcales, existen horizontes en esta cuestión vital.
Para terminar este capítulo, es de extrañar el gran desconocimiento y desinterés del feminismo militante de los países ricos, tanto por las sociedades matriarcales como por las patriarcales que practican la mutilación genital de las niñas.
Durante el largo período de formación de nuestra especie, los grupos de convivencia eran dos o tres docenas de personas, transitando continuamente en grandes entornos geográficos, recogiendo vegetales y cazando animales, hasta que hace unos 10.000 años, en varios lugares del planeta -pocos-, unas cuantas familias de estos cazadores recolectores aprendieron a domesticar unas cuantas especies de animales y a cultivar unas cuantas especies de plantas, escogidas de entre aquellas que más apreciaban desde hacía miles de años.
Los primeros conocimientos de esta realidad histórica no se deben a la arqueología, ni a la antropología ni a la etnografía, sino a la botánica. Dedico este capítulo a explicar los inicios de esta revolucionaria innovación en la estrategia de abastecimiento de alimentos, que provocó grandes cambios en nuestro sistema de vida ancestral, como la vida en grupos humanos de dimensión, pues ya no estuvieron obligados a transitar continuamente para proveer la comida diaria; nos volvimos sedentarios, formando pueblos cada vez mayores, confortables y seguros. Y empezamos a inventar productos y objetos, cada vez más útiles, eficientes y al alcance de todos.
La ciencia ha bautizado a este nuevo período de la historia con el nombre de Neolítico, poco explicativo, caracterizado por la explosión de innovaciones definitivas.
Como introducción a este capítulo, que trata de las fuentes de nuestra alimentación, propongo una observación referida a las distintas “culturas gastronómicas” del planeta; en mi opinión, hay dos bien identificables y bien diferenciadas: una consiste en comer lo más abundante y lo más sabroso posible, y la otra en comer lo más saludable y también lo más sabroso posible.
Puede decirse que la cocina India y de otros países asiáticos es la mayor expresión de la segunda, y que en casi el resto del mundo rige la primera. Con excepciones individuales, ciertamente.
Dos modelos muy diferentes, siendo el de la India el que debe prevalecer, por sentido común, por protección de la salud humana, por protección del bienestar animal y por la salud del medio ambiente; ahora también por economía, debido al enorme sobre coste que comporta alimentarse prioritariamente con productos de origen animal.
Nutrirse directamente con cereales, legumbres, verduras, etc. resulta 8 o 10 veces menos costoso, energética y económicamente, que hacerlo con productos cárnicos. Y como la población humana sigue creciendo, mientras los espacios de aprovechamiento agrícola son limitados, es evidente que se necesitan proyectos y estrategias productivas y de consumo diferentes a las actuales.
La perspectiva es independiente del cambio climático, aunque obviamente, éste lo acelera.
En el tercer apartado de este escrito se expresa la extrañeza por el retraso en la domesticación de animales, pues ya hace unos 50.000 que los sàpiens sàpiens teníamos desarrollados todos los caracteres para iniciar su domesticación, utilizándolos para llevar cargas y criándolos como alimento y vestido, ahorrando el esforzado trabajo de su caza. Había oportunidad y necesidad, los dos elementos conformadores de cualquier decisión, sin embargo, durante muchísimos milenios no lo hicimos.
Desde el dominio del fuego y durante el larguísimo período anterior a la domesticación, la cacería se había convertido en la actividad socialmente más valorada de todas, porque representaba la alimentación del grupo, pero también porque resultaba muy atractiva para los hombres y otorgaba prestigio a los mejores. Fortaleza física, estrategia organizativa y capacidad de matar son los caracteres distintivos de los cazadores; y cuando la presa es un animal peligroso, una gran valentía. Hay historia reciente en algunas sociedades africanas, americanas y australianas que responde a ese modelo. Y aquellos parientes nuestros, establecidos confortablemente en una dinámica de éxito, durante milenios ignoraron las enormes ventajas de la domesticación de animales.
Los primeros hallazgos en excavaciones arqueológicas indican que la domesticación comenzó con el perro, cuyo primer fósil fue encontrado en EE.UU. y datado en 11.000 años; la oveja hace 10.500, domesticada exclusivamente en Oriente Medio, la misma región que bovinos y caprinos entre 9.500 y 7.000 años atrás; como los porcinos en el Sur Este Asiático; el gusano de seda, en China hace 5.500, al tiempo que los caballos al sur de la actual Rusia y de la llama en los Andes; los asnos y abejas en Egipto hace 5.000; los camellos bactrianos en el sur de Rusia y los dromedarios en Arabia hace 4.000; los elefantes y también las gallinas en el valle del Indo, también unos 4.000; el gato en Egipto hace 3.600; la alpaca en Perú, 3.500 y el reno en el norte de Eurasia hace 3.000.
Sin embargo, esta interpretación de los inicios de la domesticación de animales es insuficiente. La historia sitúa cronológicamente su inicio a partir del hallazgo de fósiles de ejemplares domesticados, identificables gracias a que la observación del esqueleto permite clasificar, por pequeñas diferencias morfológicas, si un animal es salvaje o domesticado, debido a que en los últimos siempre se detectan caracteres adquiridos en el proceso de domesticación.
La imagen que nos podemos hacer es la de una familia de 20 o 30 personas que, en vez de sacrificar a un animal de poca edad, lo han adoptado y con muy poco esfuerzo lo han domesticado, pasando a formar parte del grupo, para aprovechar la leche, puede ser la lana, sacrificándolo para carne y piel, o utilizándolo para llevar cargas en la espalda, dependiendo de la especie.
Esta primera domesticación no habría dejado huella en el esqueleto, ya que los cambios vienen dados por la mayor consanguinidad, y los pocos animales -seguro que sólo hembras- que habían domesticado a una familia nómada, se emparejaban con machos de los rebaños salvajes que vivían en el entorno, de donde provenían los adoptados, y no dieron lugar a cambios morfológicos.
Este período inicial de pre-domesticación no sabemos a cuánto tiempo se remonta, debido a que los yacimientos localizados de este período son muy pocos, dejando poca huella ya que todavía éramos itinerantes en grupos de pocas personas.
La formación de rebaños de animales domesticados a partir de varios ejemplares salvajes, comporta una serie de cambios morfológicos, resultado de su evolución en unas cuantas generaciones como grupo separado de éstos.
Las diferenciaciones vienen de varias causas: la primera es la consanguinidad, provocada por el hecho de separar a varios animales para generar un rebaño nuevo; se considera que una especie contiene toda su variabilidad genética por encima de los 1.500 ejemplares, sean animales o vegetales, y como que un rebaño nuevo se forma con pocos animales, comporta una restricción del genoma que se manifiesta en cambios en la conformación del esqueleto y de los cuernos, si los tiene.
El segundo origen del cambio responde a que ahora es el ganadero quien escoge al macho reproductor, y lo hace según sus preferencias; puede que sea hijo de una madre que produce mucha leche; o de que sea el más bajo del rebaño, debido a que encuentra la raza demasiado alta, o al revés; o un animal más manso y fácil de manejar; o si los prefiere con cuernos más grandes o más pequeños; o por la forma de los cuernos, o el color del pelaje, o por la resistencia a determinadas enfermedades, o más prolíficos, etc.
Un tercer origen de cambio, éste a más largo plazo, es la adaptación de los animales al clima, a la vegetación y al relieve de nuevos entornos.
Así, podemos considerar que hubo un período de tiempo difícil de determinar, donde las familias nómadas de cazadores recolectores aprendieron a domesticar a unos pocos animales, y un período posterior con los humanos sedentarizados gracias a la actividad agrícola, cuando se formaron rebaños de mayores dimensiones y aparecieron los cambios en la morfología del esqueleto que los clasifican como domesticados.
Este conjunto de condiciones provocadas por la domesticación a lo largo de 10.000 años, ha dado como resultado una enorme proliferación de razas de cada una de las especies domesticadas; una multiplicación de la variabilidad genética que conforma una gran riqueza vital, biológica, económica, cultural y estética. Como datos, a pesar de la extinción de muchas en las últimas décadas, en el mundo existen unas 450 razas de ovinos y unas 900 de bovinos, unas y otras herederas de las primeras hembras domesticadas en tiempos remotos por unas cuantas familias de una pequeña región del planeta.
El resumen de la aventura de la domesticación de animales es que, finalmente, los humanos aprendimos a tratarlos con buenas, pero engañosas formas; el ganadero cuida lo mejor posible a sus animales, para comérselos o para hacerlos trabajar.
Históricamente, nunca hemos mostrado mucha empatía hacia ellos, sin embargo, ha habido fantásticas excepciones; unas actitudes y comportamientos más que sorprendentes para nosotros, se dieron en el Antiguo Egipto. Herodoto lo explica con tanta admiración como perplejidad:
. . . . todos los que existen se consideran sagrados, tanto los que conviven con los hombres como los que no. Pero, si yo quisiera decir porqué los consideran sagrados, mi discurso tocaría temas sagrados, y yo evito mucho tratar de estos temas”. . . . “Si alguien mata expresamente a un animal, el castigo es la pena de muerte; si le mata sin querer, recibe el castigo que determinan los sacerdotes. Pero, el que mata a un ibis o un halcón, tanto si lo hace expresamente como si lo hace sin querer, muere irremediablemente”. . . “Si en casa de alguien muere un gato, todos los que viven allí se depilan las cejas; pero, si se muere un perro, se cortan el pelo de la cabeza y se afeitan todo el cuerpo”. . . . ”Los cadáveres de los gatos, los embalsaman y los trasladan a la ciudad de Bubastis, donde están enterrados en una cámara sepulcral sagrada. Los perros, en cambio, son enterrados en su ciudad, en féretros sagrados”. . . .
. . . . .Algunos egipcios tienen el cocodrilo como animal sagrado; pero otros, en cambio, le persiguen como enemigo. También los que viven en Tebas y en los alrededores del lago Meris creen que los cocodrilos son animales sagrados. En cada una de estas regiones crían entre todos un cocodrilo y lo domestican hasta que se les hace familiar. Le ponen pendientes en las orejas con colgantes de cristal y de oro y lo exornan con brazaletes en las patas delanteras. Le dan una comida sagrada prescrita, y durante su vida la tratan a cuerpo de rey. Cuando muere, lo embalsaman y lo entierran en un féretro sagrado. La población de Elefantina, en cambio, no considera que el cocodrilo sea un animal sagrado, llegando incluso a comérselo.
Una realidad observable merecedora de atención en relación al aprendizaje de la domesticación de animales, es que cuando les naciones nativas de América del Norte conocieron el caballo, aprendieron a domesticarlo con otras maneras, dulces maneras, y ara este sistema se ha impuesto; pero durantw milenios los habíamos maltratado mucho a la hora de domarlos. Podemos pensar que la manera com una sociedad trata a sus animales es un reflejo de com se trata a ella misma?
Excepto en el mágico Egipto de los faraones y en la India, también propiciada por una idea de carácter religioso, la empatía hacia los animales es un fenómeno reciente en la historia de la humanidad.
El respeto por su bienestar es un sentimiento aparecido hace pocas décadas, y representa un cambio radical en la forma en que hemos percibido el dolor que les pueden causar las condiciones de domesticación y el proceso para quitarles la vida a que les sometemos. La sensibilidad social va en aumento y se redactan leyes sobre el bienestar de los animales.
Este cambio de sentimientos hacia ellos está apenas en sus inicios, y su desarrollo es paralelo al de tomar conciencia de las limitaciones que afectan a la ganadería industrializada, tanto por la dimensión de espacio agrícola dedicado a su alimentación, como por la acumulación de residuos y la mayor vulnerabilidad a enfermedades.
En este progreso incuestionable existe una grieta importante, que es la “discriminación” que la sensibilidad protectora demuestra, magnificando los “derechos” que se reconocen a unas determinadas especies -pienso en las que ahora conocemos como mascotas-, mientras se ignoran absolutamente otras especies, en una incomprensible distorsión de sentimientos. Mientras se clama al cielo porque un perro ha sido abandonado, ignoramos completamente ese camión que pasa por delante nuestro lleno de cerdos, en su viaje hacia el matadero. Los cerdos son tan sensibles, tan inteligentes y tan empáticos como los perros.
Comparto absolutamente todas las críticas a la cría de animales para sacrificarlos, y más, y creo firmemente que las prácticas ganaderas, todas, deben modificarse radicalmente porque les causan muchos sufrimientos. Si queremos animales domesticados, debe ser a condición de que no deben sufrir ni angustias, ni miedos, ni dolores de ningún tipo.
Sin embargo, en mi opinión es un mal criterio el abandono de la ganadería, por unas cuantas razones; una de ellas es que conllevaría la reducción de vidas animales y la extinción de muchas razas.
Otra, es que los animales, cuando no se les maltrata, son felices, realmente felices, y suprimir la existencia de esta felicidad natural es algo más que un error de perspectiva, es una aberración hacia la naturaleza. Nosotros, los humanos, en la mejor de las circunstancias podemos llegar por un tiempo corto a ser felices, y a estar contentos en un período de tiempo mayor; sin embargo, la felicidad como estado de normalidad es un privilegio de los animales no humanos.
Puede que el estado de iluminación búdica, el zen japonés y la ataraxia griega, sean estados permanentes de felicidad; personalmente, creo que la de los animales es superior o, al menos, así me lo parece, contemplándolos cuando no sienten ninguna amenaza ni restricción. Es su “envidiable” modo de vivir.
Creo que las opiniones y actitudes contrarias a la ganadería se deben a un exceso de celo, expresado por personas sin experiencia en el trato continuado e intenso con animales domésticos, que no sean mascotas.
Durante los últimos 10.000 años, ha habido un continuo proceso de generación de nuevas razas de cada especie doméstica que generó una enorme diversidad. La cultura ganadera propició un éxito de la genética hasta hace pocas décadas; después, salvo en el aspecto estrictamente crematístico, ha derivado en un verdadero fracaso; en los tiempos actuales, la dinámica de generación de razas nuevas está -excepto en las especies dedicadas a mascotas- no sólo estancada, sino que desafortunadamente las menos rentables dejan de ser criadas. Y desaparecen.
La Conferencia sobre Biodiversidad de Río de Janeiro del año 1992, organizada por la ONU, logró un gran acuerdo de todos los estados del mundo, para proteger las razas en peligro de extinción. Sin embargo, el éxito sólo ha sido a medias, y hoy todavía hay animales domésticos de algunas especies que, siendo los últimos ejemplares de una raza ancestral, son llevados al matadero; también en la culta y rica Europa. De algunas, hay fotografías, pero de la gran mayoría, ni eso.
Como todas las especies comedoras de vegetales, los pre humanos y los humanos habíamos recolectado durante millones de años aquellas plantas silvestres propias de cada entorno, escogiendo las más sabrosas, las más digeribles, las más nutritivas y las más aptas para su conservación.
Hasta que hace unos 10.000 años, en varios lugares diferentes del planeta y sin comunicación entre ellas, varias familias aprendieron a reproducir las semillas de aquellos vegetales que más apreciaban, sembrándolas y cuidándolas hasta el día de recoger sus frutos.
En pocos milenios, aquella nueva actividad pasó a ser la más importante de todas, y el sembrar, cuidar y recoger cereales, legumbres, verduras, frutas y tubérculos se convirtió en imprescindible para casi toda nuestra especie.
De hecho somos, sobre todo, una cultura agrícola, pues de todas nuestras actividades, ésta es la más determinante y la única obligada.
La arqueología establece el inicio de la agricultura, cuando en un yacimiento arqueológico se encuentran semillas obtenidas por cultivo. La forma de distinguir, es comparar las semillas encontradas en asentamiento humanos con las silvestres de la misma especie existentes en el entorno; los mismos criterios ya explicados para detectar los inicios de la ganadería: mientras las semillas no son llevadas a una geografía lejana, donde no exista la especie silvestre capaz de polinizarlas, no se generarán variedades nuevas, distintas de la original.
Así, hay que entender que los lugares donde se inició la primera agricultura, no son exactamente aquellos donde la arqueología detecta las primeras sociedades agrícolas, sino, en otros parajes relativamente cercanos; llevadas la semillas a otra región, donde no existe la misma variedad silvestre, la polinización solo tiene lugar entre la ellas mismas, generando una variedad nueva.
El descubrimiento de la agricultura se asemeja mucho a un juego de niños, observando como una semilla enterrada en el suelo, al cabo de unos días es capaz de generar una planta, que un tiempo después da frutos idénticos a la semilla sembrada. También en esto, como en la domesticación de animales, nuestros antepasados parece que despertaron tarde, pero en la agricultura es más comprensible, ya que comporta de repente un conjunto de cambios radicales: el primero la necesidad de vivir en el mismo lugar durante los meses que hay entre sembrar y cosechar; también comporta la necesidad de proteger los campos de cultivo para evitar que los herbívoros se los coman; también encontrarse de repente con toda la comida del año y la necesidad de guardarla a buen recaudo. Muchos aprendizajes y comportamientos nuevos, para ser un agricultor.
Una posibilidad plausible es que cuando en los inicios de la domesticación de animales, los humanos superamos la necesidad de transitar continuamente para obtener caza, empezamos a ser sedentarios, no siempre en el mismo sitio, pero casi, y entonces tuvimos la oportunidad de experimentar con las semillas silvestres que recogíamos y comíamos.
Uno de los elementos, y valor fundamental, de la cultura agrícola es que durante los últimos 10.000 años, los agricultores de todo el planeta, fueron seleccionando, cosecha a cosecha y año tras año, las semillas más prometedoras de acuerdo con sus preferencias sensoriales y los conocimientos adquiridos en su cultivo. La imagen de la familia campesina, en las largas noches de invierno entretenida seleccionando las semillas más grandes y de mejor aspecto, para sembrarlas al año siguiente es ilustrativa; la selección puede perseguir la reproducción con las semillas que se consideran de mejor sabor, o más grandes, o que han resistido mejor alguna enfermedad, o mejor adaptación a un microclima. El mismo sistema que ha inspirado a los ganaderos: seleccionar los ejemplares que más aprecia y hacerlos reproducir.
El enriquecimiento de diversidad biológica que ha generado la agricultura a partir de una única variedad silvestre local, mediante el proceso de selección de semillas y su evolución por adaptaciones a nuevos climas y a diferentes preferencias culturales, ha llevado a engendrar muchos miles. Como ejemplo de éxito de evolución biológica llevada por la mano humana: muy probablemente, todas las más de 40.000 variedades de arroz que se cultivan en el mundo, provienen de una única espiga silvestre, sembrada por una primera familia agricultora del sudeste asiático, que es la única parte del mundo donde se puede encontrar la misma especie de arroz, pero, silvestre.
Una cuestión de interés es la forma en que, desde los Centros de Origen Geográfico, las plantas agrícolas y los animales domésticos se fueron extendiendo por todo el planeta. La agricultura y la ganadería la conforman un conjunto de conocimientos y técnicas complejas, cuya transmisión a otras personas y grupos requieren tiempo y un ambiente humano tranquilo, y especialmente en la agricultura, pues entre sembrar y cosechar pasan varios meses durante los cuales los cultivos son muy vulnerables.
En la época primera de la agricultura, los grupos humanos eran pocas personas y había todavía suficiente espacio vital, dos condiciones que invitan a pensar que el proceso de transmisión de la cultura agrícola, como la técnica de talla del sílex miles de años antes, se fue extendiendo por ósmosis y por viajeros, en un mundo tribal en buena vecindad, paz y amistad, proclive al intercambio win win .
Debemos el conocimiento de la historia de los inicios de la agricultura, no a la arqueología, sino a la investigación botánica. En la década de los años 1930 el gran botánico ruso Nikolai Vavilov, mediante viajes por todo el planeta, determinó que, con pocas excepciones, cada una de las especies cultivadas tiene un único Centro de Origen Geográfico.
Tomando la cebada y el trigo como ejemplos, se sabe que los miles de variedades que se cultivan en todo el planeta, todas provienen de unas únicas espigas silvestres cosechadas en aquel entorno geográfico bastante limitado que son las montañas Zagros, al sur del actual Irán.
Es decir que, aunque diferentes variedades de trigo y cebada silvestres crecen en muchas geografías del planeta, todas las cultivadas provienen de aquel lugar. Claramente, pues, debemos la agricultura a unos pocos grupos humanos muy determinados, residentes en diferentes regiones del planeta y de cuyas identidades y caracteres no sabemos nada; la investigación arqueológica en esos territorios podría aportar nuevos hallazgos y nuevos indicios.
Deduciendo que las primeras agriculturas se iniciaron en las regiones donde todavía se pueden encontrar las especies silvestres que son que las ancestros de las cultivadas, Vavilov emprendió prospecciones botánicas en muchos puntos del planeta, hasta establecer unos criterios y unos mapas asociados a las especies cultivadas que, más tarde, la arqueología les ha ido confirmando como los lugares cercanos a las primeras sociedades agrícolas.
Hay unos pocos Centros de Origen Geográfico de plantas y animales domésticos: Oriente Medio es el más prolífico; en Europa, distintos puntos de la región mediterránea oriental; en Africa, Etiopía; en Asia hay uno en China, otro en la India, otro en Malasia y otro en la estepa al norte del Tíbet; y en América, uno en México, otro la región que abraza parte de los actuales Perú, Ecuador y Colombia, otro en Chile y otro en la costa de Brasil.
Hay que entender, pues, que cuando algunas familias de estas geografías eran ganaderas y agricultoras expertas, el resto del ancho mundo todavía mantenía la caza de animales y la recolección de vegetales silvestres como única actividad de abastecimiento de alimentos. En muchos lugares tuvieron que pasar varios milenios antes de conocerlas y adoptarlas.
En la cultura agrícola tradicional, durante milenios y hasta hace pocas décadas, las semillas para cultivar han viajado por el mundo sin trabas; sin embargo, el panorama cambia a primeros de siglo XX, con la entrada en el mercado de variedades de cereales esterilizados artificialmente, a los que se ha extirpado la capacidad de reproducirse más allá de la primera generación; una condición que, obviamente, comporta la necesidad de tener que adquirir nuevas semillas para cada sembrada.
Pese al coste que la obligada compra anual representa, el elevado rendimiento de las nuevas variedades de semillas conseguidas con cruces forzados -no las transgénicas, aparecidas en la década de 1980- les dio un gran éxito comercial, provocando que las antiguas variedades perdieran presencia en el mercado, e iniciando el proceso de extinción de muchas de ellas: las menos productivas en cantidad.
En lenguaje profesional, al conjunto de variedades agrícolas y de razas de animales domésticos se les da el nombre de Recursos Genéticos Domésticos, un nombre muy acertado, pero poco respetado.
En la Conferencia sobre Biodiversidad de Río de Janeiro del año 1992, convocada por la FAO, que es la agencia de ONU dedicada a velar por los temas alimentarios, todos los estados del planeta se comprometieron a preservar las razas de animales y plantas domésticas legadas por la cultura, pero este objetivo se ha cumplido de forma muy insuficiente y aunque hay muchísimas colecciones de semillas congeladas, en muchas de ellas las medidas de preservación son demasiado insatisfactorias, por inseguras. Y sobre todo en árboles frutales, muy insuficientes; existen pocos jardines protectores, y no albergan todas las variedades de cada especie.
Aparte de que en los países ricos no se han protegido todas, en muchas geografías lejanas de países con poco desarrollo económico, hay todavía variedades que si no las guarda nadie, seguro que acabarán por extinguirse. En la preservación de las razas de animales, los objetivos también se han alcanzado a medias, dejando extinguir muchas razas de todas las especies.
La pérdida, aunque sea parcial, de este inmenso patrimonio vital es un problema de magnitud, ya que cualquier raza o variedad de futuro, aunque sea el resultado de una mejora tecnológica, necesita los genomas de aquellas conseguidas por el trabajo de selección realizado por agricultores y ganaderos de todo el planeta durante milenios. Se han perdido, y todavía se pierden, sabores y texturas en un injustificable fracaso de la cultura gastronómica, propiciada por la desorientación del campesinado y acompañada de la inhibición de las administraciones públicas.
En los árboles frutales, la reproducción se realiza mediante esquejes y no por semillas, ya que mientras la pulpa es material genético exclusivo de la variedad, el de las semillas es fruto de la polinización aérea y, por tanto pueden ser otra variedad; y el trabajo de selección de semillas, cómo se practica con los cereales, las leguminosas, etc. en los frutales no aportaría nada. Así, la mejora de los sabores, colores, formas y volumen de los frutos, no fue posible hasta la invención de la técnica del injerto, quizás en la época de la Grecia Clásica, o puede que los Persas ya la dominaban, o los Indios, o los Chinos.
Es una paradoja que sea la sociedad actual, tan llena de conocimientos científicos, de sofisticaciones gastronómicas y de exhibiciones culturales, la que por primera vez en la historia de la ganadería y la agricultura, haya entrado en una dinámica acelerada de pérdida de variedades y de razas. Esta irresponsabilidad generalizada, conlleva una reducción de las opciones de futuro de toda la humanidad, y ya los azotes que a finales del siglo XIX se abatieron en Europa sobre las patatas y sobre la viña, demostraron la necesidad de preservar la mayor cantidad posible de variedades y razas, porque son las únicas fuentes de genoma disponibles, como reserva frente a enfermedades y restricciones futuras, y como riqueza sensorial.
Haciendo un paréntesis total en la narración, para quién pueda interesar, a continuación explico un sistema técnico para conservar semillas vivas durante décadas. Recomiendo realizar pruebas de vivacidad con pocas semillas, antes de utilizarlo.
Las semillas, todas, una vez cosechadas y secadas, contienen entre un 10 y un 12 % de agua molecular, y para que se conserven bien es necesario rebajarla a un 4 o 5 %; sin embargo, calentarlas para que pierdan agua puede lesionarlas; se debe absorber su humedad de forma lenta y a temperatura ambiente, que es como no se lesionan internamente hasta perder la capacidad de reproducirse. El secado suave de las semillas se consigue gracias a la capacidad higroscópica de algunos productos minerales como el yeso, o de químicos como el hielo de sílice.
En esta “guía casera” para conservacionistas, recomiendo el yeso que se utiliza en la pizarra de las escuelas o también en forma de polvo que se puede encontrar en el comercio. El yeso es un mineral altamente higroscópico, capaz de absorber humedad. El procedimiento es sencillo: primero hay que calentar el yeso en el horno, para que pierda toda la humedad que ha ido acumulando desde su fabricación; después de calentarlo unos minutos, se deja enfriar dentro del horno y a continuación se pone en un envase que pueda encerrarse hermético, donde se han colocado las semillas en una bolsa de papel o de ropa; la proporción aproximada es el cuàdruple de peso de yeso que de semillas; se cierra el envase y entonces comienza la lenta traslación natural de la humedad de las semillas hacia el yeso absorbedor, que dura una semana. Después, se extrae el yeso del envase, que se cierra con un tapón de seguridad y finalmente se sella el cuello con cera o parafina, para evitar la penetración de humedad. Los envases con las semillas, pueden almacenarse protegidos de la luz, en un frigorífico o en un congelador, dependiendo de si se quieren guardar varios años, varias décadas o muchas décadas.
Hay opiniones que dicen que en un futuro no muy lejano, la ciencia podrá conseguir cualquier tipo de material genético, pero esta afirmación presenta grietas; sin ponerla en cuestión -me falta conocimiento- lo que los laboratorios no van a producir es la gran variedad de sabores ni de adaptaciones, que la evolución de la cultura agrícola nos ha regalado.
En cualquier caso, sea por incompetencia organizativa, sea por ignorancia científica o sea por cálculo de intereses, menospreciar hasta propiciar la extinción de parte de aquella herencia que el campesinado de todo el planeta trabajó cuidadosamente durante 10.000 años, es un error grave imposible de subsanar.
Sólo hay una lectura válida para explicar el desastre, y es que a partir del nuevo panorama iniciado a principios del siglo XX con la obtención de semillas “mejoradas” por parte de empresas privadas, las posibilidades de corrupción organizada ha entrado en el campo -valga la redundancia- de la agricultura, en una lucha por ocupar posiciones de dominio en el mercado de semillas. En el fragor de la batalla, los poderes públicos no han estado a la altura, dejando sin protección o con una protección poco segura, a muchas variedades de especias agrícolas. Con los animales, ha ocurrido más o menos lo mismo.
Desde hace décadas, diferentes estrategias agronómicas para conseguir una mayor producción han sido adoptadas sin reservas; pero, ahora, con las evidencias de que el cambio climático puede manifestarse con escasez de lluvia, episodios de viento y calor o frío inusuales extremos, difícilmente previsibles, las necesidades propias de las variedades mejoradas -que son prácticamente todas las que ahora utiliza la agricultura mundial- aparecen más como un problema que como solución, sobre todo porque necesitan más fertilizantes químicos que las variedades antiguas y más agua para disolverlos.
La persecución de mayor productividad agrícola como estrategia generalizada, no puede justificarse por la falta de alimentos a escala mundial, pues, desde la aparición de los barcos de vapor, de ferrocarriles, de camiones y de tractores, sólo en contadas ocasiones explicadas por causas políticas, ha habido carencia de alimentos en alguna parte del planeta, pero, no ha sido porque haya déficit de producción mundial.
La sobre explotación del espacio agrario y la deforestación para disponer de más cultivos y pastos, sólo auguran problemas para un futuro no demasiado lejano.
También la irresponsabilidad de edificar pisos, casas, almacenes y fábricas en los espacios agrícolas más fértiles, es un error absurdo, muy costoso y difícil de corregir, pese a los catastróficos efectos secundarios en forma de inundaciones que en algunas geografías comporta. La tierra cultivable es limitada, mientras la población es creciente.
Desde hace unas décadas, esta expresión se refiere a los aspectos de salud, sin embargo, no fue éste su primer significado; fue en Gran Bretaña, cuando en las primeras semanas de la II Guerra Mundial, el gobierno estableció una oficina dedicada a “conocer al momento” las reservas alimentarias del país, aislado por la marina de guerra alemana.
Deficitario en alimentos básicos, por su gran población, el gobierno necesitaba saber las cantidades de ellos que había de media en las casas, en las tiendas, en los almacenes y en los trayectos, para determinar cuáles eran los “mínimos” antes de sufrir hambre, y así poder importarlos de forma compatible con la necesidad de compartir los barcos que llevaban armamento desde Estados Unidos de América y Canadá.
Ahora, el “cambio climático” en algunas regiones afecta negativamente a la producción agrícola y todas las previsiones y proyecciones apuntan a que esta realidad irá aumentando; y hay que prever que habrá escasez de alimentos en un futuro no muy lejano.
Una de las consecuencias del "cambio climático" es la pérdida continuada de la regularidad y previsibilidad de la meteorología regional; así, aquellas regiones que ahora los avalistas del cambio climático ponen como ejemplo de favorecidas para la agricultura, como grandes áreas del hemisferio norte, tampoco quedan fuera de las derivas del clima; puede ser que sí a corto plazo, pero, no más allá.
Y como se mantiene la emanación de gases de efecto invernadero, en un futuro poco previsible, pero no muy lejano, en el planeta faltarán alimentos, y entonces “sobrará gente”; sin embargo, afirmar ahora que la causa de los problemas que sufrimos es la superpoblación, es una falsedad.
El aumento de la población mundial, a medio plazo, podría desencadenar carencias en la disponibilidad de alimentos; pero, atendiendo a que la obtención de un kilogramo de proteína animal resulta, menos o menos 8 veces más costosa de obtener que uno proteína vegetal, y que los humanos podemos ser vegetarianos sin dejar de estar bien nutridos, podemos concluir que si el cambio climático no existiera, las expectativas de futuro no tendrían nada de dramático.
Nuestro problema actual es estrictamente de acumulación de residuos -es decir de suciedad-, y propagar el discurso de que el problema es la sobrepoblación es enormemente peligroso ya que, ante posibles restricciones, sólo puede servir para alimentar propósitos excluyentes. Y si se tiene en cuenta que los más señalados como “sobrantes”, aunque no sea a la descarada, son en su mayor parte las familias pobres de las regiones pobres del planeta, justamente aquellas que menos gases perniciosos emiten, cualquier discurso demográfico-catastrófico es social y políticamente peligroso, además de ser erróneo de fundamento.
Para terminar estos apartados dedicados a las fuentes de alimentación, señalar que a pesar de toda la compleja problemática, ahora, debido al “cambio climático” el objetivo más relevante para la agricultura a nivel mundial, ya no es la preocupación por los Recursos Genéticos -lo perdido, perdido está- sino preservar y mejorar la fertilidad de los campos de cultivo. Para ello, cada agro ecosistema debe tener sus prácticas, con recetas distintas, persiguiendo el aumento de la diversidad biológica del suelo, a niveles micro y macro. Ahora la edafología es la prioridad de las estrategias agrícolas.
La agricultura y la ganadería, permitieron el crecimiento numérico de cada familia y su sedentarización, pues había desaparecido la necesidad de que algunos de sus miembros se separaran de ellos para formar otros núcleos. Podíamos seguir viviendo juntos.
A todo lo largo y ancho de las actuales Palestina, Jordania, Israel, sur de Turquía, Siria, Kurdistán e Irak, la arqueología encuentra muchísimos restos de asentamientos que demuestran inicios de sedentarización, construidos y habitados por grupos de personas cada vez números, poco antes o justo en los inicios de la primera domesticación de animales y plantas.
De los hallazgos obtenidos se sacan conclusiones, en el bien entendido que cualquier nueva excavación y nuevo descubrimiento puede cambiarlas, pues el territorio que protagonizó la entrada a la historia es muy grande. Se conoce la existencia de centenas de yacimientos aún sin excavar y existen todavía muchos miles de kilómetros cuadrados sin explorar.
Cultivando la tierra y domesticando animales, los humanos del Neolítico empezaron a vivir en un lugar fijo, o en todo caso fijo durante el período que va desde la siembra hasta la cosecha de vegetales. Parece que en los inicios de la cultura agrícola, esta estacionalidad era lo más corriente, pero pronto los primeros poblados empezaron a ser construidos con materiales duraderos y cada vez más confortables para, finalmente, su población sedentarizarse y formar los primeros pueblos estables.
Es en esa época de la historia cuando, liberados de la necesidad de cambiar de lugar de residencia, viviendo en espacios cada vez más confortables y disponiendo de más tiempo libre que nunca, nuestros antepasados pudieron empezar a dedicarse a inventar objetos y procesos.
Dieron un gran desarrollo al arte de tejer y muy pronto se inventaron los primeros utensilios agrícolas, y la primera cerámica para tener envases y para cocer la comida; y las primeras casas confortables construidas con materiales duraderos; los telares; también la rueda, como molino para obtener harina de cereales y legumbres, y como utensilio mediante el carro para transportar;
En relación al fuego, durante varios cientos de miles de años, su utilización fue sólo la descrita en las páginas anteriores, y no fue hasta esa época cuando empezamos a encontrarle otras funciones.
La primera fue la obtención de cal y yeso para la construcción de viviendas, dos materiales que todavía hoy son imprescindibles y que se obtienen calentando los correspondientes minerales hasta temperaturas de 900 y 1.000 grados Celsius respectivamente. Es evidente el enorme impacto positivo de esta aplicación del fuego, que permitió vivir en casas sólidas, además de construir canalizaciones de agua, monumentos y murallas defensivas.
La segunda fue la obtención de cerámica, una habilidad que permitió a nuestros antepasados poder fabricar ollas para cocinar y jarras para transportar agua y leche, y que de inmediato sirvieron para elaborar los primeros vinos de viña y de palma; y cerveza de cebada y de trigo; y para almacenar aceite. La datación de la primera cerámica de esa parte del mundo es de hace 10.000 años; en Japón se ha encontrado de mil años antes.
Además de su funcionalidad, muy pronto los ceramistas dieron a sus obras una función estética, expresada en la forma del recipiente y en la decoración de su superficie, y en poco tiempo ollas, jarras, platos, ánforas, vasos y muchos otros utensilios domésticos, con múltiples diseños en la forma y profusamente pintados y grabados, fueron los objetos más característicos de cada sociedad y cultura, y sirven a la arqueología para clasificar su origen cultural i geográfico, y datarlas.
El trabajo con cerámica llevó al invento del torno para fabricar piezas circulares -6.500 años atrás en Mesopotamia- y mejorando la técnica de mezclas y de cocción, se fueron consiguiendo más resistentes a la temperatura, permitiendo el progreso de la metalurgia, ya que intentar fundir mezclas de diferentes minerales metálicos no cuesta mucho; el reto es disponer de un recipiente resistente a las temperaturas requeridas para poderlos fundir.
Para obtener bronce, la aleación de cobre y estaño que funde a 900 grados C. tuvo que pasar mucho tiempo; el primero se obtuvo en Tailandia hace 6.500 años; en Europa se empezó a obtener hace 5.000, en la actual Grecia. Y no fue hasta hace 3.300 cuando una sociedad que habitaba en la actual Turquía, los Hititas, logró objetos de hierro -que funde a 1.300 grados C.- y gracias a este abundante, duro y tenaz metal, conquistaron un gran imperio llegando a dominar un tiempo el Egipto de los faraones.
Según la Biblia, los hebreos declararon la guerra a los filisteos -los ancestros de los actuales palestinos, que ya habitaban Gaza- porque éstos dominaban la técnica del hierro y ellos no. Muy probablemente, los filisteos fueron uno de los llamados pueblos del mar, que asolaron las regiones ricas del mediterráneo oriental unos 1.200 años a.C.; derrotados finalmente por los ejércitos del faraón egipcio, algunos de estos pueblos desaparecieron y otros se establecieron pacíficamente.
La forma artística y simbólica más notable de esta época, común a diferentes lugares, son pequeñas figuras de cerámica representando a mujeres desnudas; también paredes decoradas con dibujos geométricos, pequeñas figuras simbólicas referidas al mundo animal y a los difuntos; y la primera arquitectura con casas, algunas de dos plantas, con cubiertas inclinadas y paredes de ladrillos de barro y fibras vegetales. Los inventos nos civilizan en un magnífico y admirable proceso creativo.
A cada invención, más bienestar; y también por primera vez, objetos y materiales valiosos a proteger de los animales depredadores y, obviamente, también de los humanos ladrones. Y comienzan a aparecer los primeros muros perimetrales, que pronto serán murallas defensivas.
En esa evolución temporal, se evidencia el crecimiento de la diferenciación de nivel económico entre familias del mismo pueblo; la arqueología observa que los primeros poblados estables lo formaban casas de tamaños más o menos iguales, pero, con el tiempo, se evidencia la existencia de casas pequeñas y de casas más grandes, interpretable como el inicio de diferencias económicas y sociales dentro del mismo pueblo; es decir dentro de la misma gran familia, la misma tribu.
En el proceso de pasar de vivir de manera itinerante a vivir en un lugar estable, hay dos excepciones a mencionar, porque fueron verdaderas ciudades en un planeta donde todavía no había ni siquiera pequeños poblados.
Una es Jericó, en Cisjordania y la otra Çsal Hyuk, en Turquía, por ahora las dos primeras ciudades de la historia de la humanidad; la primera es ahora una ciudad habitada por 20.000 personas y la segunda un yacimiento arqueológico.
La parte excavada de Jericó es notable por su monumentalidad arquitectónica y por la dimensión de su espacio; datada en 10.000 años atrás, con una superficie de unas 3 hectáreas, la antigua ciudad estaba protegida por una gran muralla de piedra, aún conservada en parte, de la que sobresale una torre circular de 9 metros de altura.
No se han encontrado indicios de que practicaran la agricultura ni de que criaran animales, y la explicación de su dimensión en una época aún sin pueblos y menos ciudades, es una incógnita. Podría ser una ciudad de mercaderes ubicada en el centro de la mejor ruta entre Egipto y Mesopotamia, y también que la proximidad del Mar Muerto hubiera propiciado una aglomeración humana dedicada a la extracción y comercialización de sal.
Es difícil imaginar la existencia de pueblos estables, y menos de ciudades, sin una agricultura desarrollada, pero en ninguna de las dos se han encontrado restos de semillas obtenidas de cultivos agrícolas, ni huesos o cuernos de animales domesticados. Una posibilidad es que fueran centros de comercio y que se alimentaran cultivando las semillas y criando animales de especies silvestres, que la polinización aérea y la proximidad de rebaños salvajes mantenían sin cambios. Dos incógnitas para la arqueología y la historiografía.
La creatividad artística de Jericó se revela en un cráneo humano con añadidos de arcilla, bien logrado y con un caparazón de ciprea -un pequeño molusco- en cada ojo. Este molusco siempre ha fascinado a los humanos; en la época moderna se utilizó durante siglos como moneda de cambio en el comercio entre India y África, y ahora es frecuente como elemento decorativo. Así, la ciprea ha tenido y tiene una gran estima, al menos desde hace 10.000 años y hay que reconocerla como el adorno y el objeto simbólico más antiguo.
En Csal Hayuk se han encontrado frescos murales de gran tamaño con mucho color, también cerámica e indicios de mobiliario.
Un yacimiento cercano a Jericó, más tardío, es Beidha en la actual Jordania, especial por la abundancia de restos que proporcionan información para conocer la evolución social de nuestros antepasados en aquel momento. Beidha es mucho menor que las dos ciudades mencionadas, pero el hecho de haber sido abandonado diferentes veces y más tarde nuevamente habitado, ha permitido conocer aspectos importantes de la evolución de los primeros asentamientos humanos
En Beidha, los niveles más profundos de excavación, datados en 9.000 años atrás, identifican conjuntos de pequeños habitáculos, primero construidos con palos fijados en el suelo y más tarde con piedra y barro, dispuestos en forma circular, señal de un modelo de vida comunitario. En esta aldea sólo se encuentran restos de huesos de animales salvajes y de semillas silvestres, y no existen indicios de ningún sistema de protección perimetral.
Mil años más tarde, a un nivel superior de excavación, el poblado lo forman casas de piedra y barro dispuestas de forma aleatoria, y se han encontrado restos de animales y semillas de plantas domesticadas.
Y en niveles superiores de excavación, los hallazgos indican el crecimiento del poblado, la tendencia a la diferenciación entre casas y la construcción de muros perimetrales con función protectora.
En este pequeño poblado, que por sus dimensiones y por el número casas lo habitarían unos pocos centenares de personas, se han encontrado sorprendentes trabajos que demuestran el estado de la técnica por aquel entonces y lugar: mazos y morteros de piedra, restos de pinturas de origen mineral, dos pequeñas cestas de fibras vegetales que son los primeros tejidos de la humanidad, muchas herramientas de sílex y de hueso, y restos de yeso y cal en algunos muros.
La agricultura y la ganadería hicieron evolucionar hacia nuevas formas de practicar la vida en grupo y también las relaciones entre grupos diferentes; un nuevo escenario que paulatinamente se fue haciendo general en toda la región e hizo nacer formas de relación nuevas, tanto dentro del grupo como hacia las poblaciones vecinas. Hay que observar que la existencia de muros perimetrales defensivos no se puede interpretar necesariamente como un estado de hostilidad permanente entre ellas, ya que un elemento tan vulnerable como son los cultivos demuestra un ambiente humano razonablemente tranquilo. Los primeros caminos entre poblaciones y los primeros mercados regionales, deberían ser realizaciones iniciadas en este período.
Antes de los primeros pueblos, los valores que habían regido las relaciones entre grupos diferentes no debían experimentar demasiadas ocasiones de enfrentamientos, pues el mundo todavía era muy grande. Podríamos denominarlo el período libre.
Pero, con la práctica del cultivo y el pastoreo de animales, los grupos humanos de carácter familiar dejan de ser cazadores-recolectores nómadas, crecen espectacularmente en número, pues adquieren seguridad y comodidades, y se establecen en un territorio que, antes o más tarde, se irá delimitando en relación a grupos vecinos que siguen el mismo proceso.
No hay estadísticas sobre la demografía de aquellos tiempos, pero todo lleva a pensar que el bienestar y la seguridad que proporcionan las reservas de alimento y la casa propiciaron el aumento de la población.
Seguro que aquella primera conciencia de limitación del espacio condicionada por la proximidad de otros grupos, debería hacer aparecer el sentimiento de identidad en cada grupo diferente.
También cabe suponer que las celebraciones festivas que reunían a grupos cercanos, fue un continuo en la vida de nuestros ancestros; y en los poblados estables, las formas de relación exigieron sentimientos de mayor complejidad y encontrar elementos identitarios compartidos.
La desbordante imaginación humana a la hora de hacerse preguntas y encontrar respuestas, generó mitos que, dependiendo del interés despertado y del éxito que tuvieron, pasaron a ser patrimonio común de los grupos que los adoptaban. Y estas creencias serán los cimientos de las nuevas identidades urbanas.
Cuando algunos de aquellos proto agricultores de las montañas Zagros, se dieron cuenta que en los campos irrigados las cosechas eran mucho más abundantes, se trasladaron a un entorno cercano con mucha agua: los valles de los dos grandes ríos Éufrates y Tigris, que atraviesan la llanura de Mesopotamia. Y en esas tierras de inundación, en pocos siglos nacieron y se desarrollaron un continuo de prósperos pueblos, algunos de los cuales con el tiempo se convirtieron en ciudades, como Akkad, Summer, Ur, Uruk, Nínive y Babilonia.
A 2.000 kilómetros de distancia, el río Nilo vivió el mismo proceso, pero 3.000 años más tarde, cuando los grandes inventos como la cerámica, las técnicas y los útiles agrícolas, el molino, el telar, la rueda, el carro y otros muchos eran algo normal en Mesopotamia.
Así, cuatro regiones naturales: las montañas Zagros, Mesopotamia, Egipto y el pasillo natural que las comunicaba definido por el río Jordán, durante 6 milenios fueron las avanzadas de la historia en esta parte del planeta, y vieron crecer organizaciones y realizaciones humanas admirables de las cuales somos deudores.
Las ciudades se formaron en torno a un edificio que tenía dos funciones simultáneas: la de ser centro religioso y de recaudación de los tributos que los campesinos pagaban por el derecho a las tierras de cultivo y el suministro de agua; las familias vivían en el campo e iban a la ciudad a rezar y pagar los tributos reales.
Edificadas en lugares elevados de zonas irrigables, templos, palacios, almacenes y murallas, fueron los centros organizativos de una gran red de canales y diques, que conducen el agua hacia los cultivos o la drenan cuando conviene.
El éxito productivo del cultivo de cereales irrigados precisa de una organización eficiente, compleja y jerarquizada, que supuso necesariamente un enorme aprendizaje individual y grupal; y es en este período donde aparecen los sistemas de poder y de organización social que, con más o menos variantes, han regido la historia humana desde entonces hasta hoy.
Todo el mundo dependiendo del trabajo de ganaderos y agricultores, las ciudades generaron diosas y dioses, reinas y reyes, sacerdotisas con muy poco o sin poder y sacerdotes con mucho poder, funcionarios, muchos funcionarios, y muchos guerreros, también mercaderes y artesanos, y también muchos esclavos; y pese a la vulnerabilidad de los cultivos y los rebaños frente a los conflictos entre humanos y a las adversidades naturales, aquellas ciudades prosperaron, padeciendo riadas devastadoras, encajando crisis dinásticas, conflictos por el territorio y por el agua, o simples propósitos de robos a gran escala en forma de invasiones de la ciudad vecina, o de la lejana. Estamos de lleno en la modernidad.
El último de los grandes imperios mesopotámicos fue el Persa, una sociedad de pastores que arrebató el poder a los abusadores Asirios y desarrolló una cultura urbana admirable, ciertamente con esclavos y violencia a la hora de conquistar sociedades, pero, sin destruirlas, tal y como lo hicieron todos los grandes imperios antiguos, antes de la irrupción del Romano.
Los Persas aspiraban a una sociedad “ideal”, y construyeron ciudades de una modernidad que nos cuesta aceptar: además de una arquitectura sofisticada, había alcantarillado, sistemas de riego para fertilizar zonas áridas, jardines públicos, escuelas públicas, períodos de maternidad remunerados y otros detalles.
Uno de ellos, de máxima sofisticación, fue la adopción de la Proporción Áurea o Número de Oro: l618, para la definición de las tramas urbanas y las medidas de los edificios de la ciudad de Persépolis, la nueva capital imperial. El edificio del Partenón de Atenas también lo incorpora.
Inspirado en la ley de armonía natural, expresada biológicamente y visualmente en las líneas de crecimiento de moluscos, plantas y flores, los sabios persas supieron interpretarlas y traducirlas a una clave geométrico-aritmética, hasta encontrar que la cifra 1618 es mágica.
La Proporción Áurea otorga belleza y equilibrio estético a cualquier espacio que lo adopte como referente único de proporciones. La forma en que llegaron a determinar la cifra 1618 a partir de la observación de la naturaleza, es un misterio. Los Persas supieron inspirarse en la naturaleza, para conseguir formas arquitectónicas bellas, pero, no como imitación de ella, sino mediante su interpretación y traducción en una cifra concreta..
En tiempos modernos, en el siglo XII d. C., el matemático italiano Fibonacci profundizó en su estudio, sin embargo, fue con 1618 como resultado ya conocido.
También el concepto de jardín es un invento de los antiguos persas, y constituye un avance cultural y una mejora social importante: llevar la naturaleza a la ciudad es una señal de modernidad, desgraciadamente todavía poco extendida e implementada.
Una realidad geográfica, que no creo interpretable, pero sí curiosa, es que aquella nueva capital del Imperio Persa, fue construida muy cerca de las montañas Zagros: la sofisticación social, estética y cultural representada por Persépolis, justo al lado del lugar en el que nacieron las primeras ganadería y agricultura. Hay que observar que los persas debían ignorar aquellos orígenes remotos de la civilización moderna, que no se conocieron hasta los estudios botánicos de Vavilov, ahora hace 100 años.
En Mesopotamia, con variantes según ciudades y según épocas, los mitos y las imágenes de diosas todopoderosas fueron muy pronto sustituidas por dioses masculinos, dando paso a una figura de representación y de poder: los reyes, que en aquella región casi nunca fueron considerados dioses, sino sólo bendecidos por éstos y que en su representación ostentan la propiedad de la tierra y del agua. En Egipto, parece que ya desde sus inicios agrícolas, los reyes siempre lograron ser considerados dioses.
En Mesopotamia, los grandes monumentos más característicos son, como en Egipto, pirámides, pero escalonadas.
Desde que la expedición de Napoleón, a finales del siglo XVIII, puso el Antiguo Egipto a la mirada de Europa, el interés por conocer aquella sociedad y cultura ha dado nombre a una rama de la arqueología: la egiptología, y los trabajos de investigación nunca han parado. Cada día que pasa hay más información de cómo era aquella fabulosa sociedad que, hace milenios, fue capaz de edificar las más bellas e imponentes construcciones del sistema solar.
Hay miles y miles de trabajos sobre egiptología, y el propósito de este apartado es exponer sólo algunos aspectos, que sirvan para explicar algunos de los criterios adoptados en esta breve Crónica.
Centraré la perspectiva en el reto que supuso la construcción de las grandes pirámides de Guiza.
Antes de ellas, los arquitectos egipcios ya las construían, y una vez la arqueología las ha ido explorando, datando y estudiando, sabemos que sirvieron como “búsqueda” para construir las citadas. De esta línea de continuidad en la experiencia, destaca una familia de arquitectos: Nefernat y su hijo Eliuno, los constructores de las dos pirámides de mayor dimensión: la acodado y la de Keops.
Las primeras pirámides fueron escalonadas, como las de Mesopotamia, hasta que el faraón Snofru, que reinó durante 50 años y fue el padre de Keops, encargó al arquitecto Nefernat la primera gran pirámide no escalonada; éste experimentó, atrevido, construyendo la que presenta dos grados de inclinación diferentes, que es una rectificación obligada por las dificultades técnicas del proyecto inicial, que pretendía alcanzar los 150 metros de altura; demasiado ángulo de inclinación y demasiada altura, hicieron que a media construcción decidieran reducirla.
La experiencia y los errores de Nefernat, evidentes en la pirámide acodada, permitieron a su hijo Eliuno conseguir las formas geométricas perfectas de la posterior, y crear escuela.
Hay que valorar que la construcción de las cuatro grandes pirámides: desde la de Snofru hasta la de Micerino, tomó sólo un tiempo de cien años, aproximadamente desde el 2.620 a.C. hasta el 2.520.
Según Herodoto, la Gran Pirámide de Keops se construyó en sólo veinte años. Está formada por unos 2.000.000 de bloques de piedra, cada uno de ellos de más de un metro cúbico de volumen y unos 3.000 kilos de peso. Hechas cuentas, unos 274 bloques cada día, es decir unos 27 bloques cada hora y unos 2 cada minuto, durante veinte años.
Intrigantes, por desconocimiento, son qué técnicas empleaban para conseguir "cuadrar" cada piso y "cerrar" cada arista, sin desviaciones perceptibles; también intrigante es saber cómo conseguían iluminarse a tanta distancia del exterior, sin ahogarse ni dejar rastros intensos de humo en la fastuosa y detallada decoración.
Lo más sorprendente, además del impacto visual, es el enorme trabajo realizado en tan poco tiempo. Merece una reflexión, ya que la gran cantidad de bloques de piedra que conforman cada una de ellas, con los trabajos de extraerlos de la roca madre, cortarlos a medida, pulirlos, transportarlos y finalmente irlos subiendo para formar la gran estructura, sería un reto incluso para cualquier gran empresa constructora de hoy, que aceptaría con agrado construir una réplica de cualquiera de ellas.
Sin embargo, aceptaría construirla, sólo si pudiera contar con la tecnología actual: eficientes máquinas de extraer y cortar piedras, grandes grúas y otros artefactos para transportarlas y para construir el monumento; también sería fácil el cálculo y la obtención de proyecciones exactas, para definir los marcos horizontales y los perfiles de las aristas.
Sin embargo, si el encargo tuviera la condición de construirla empleando sólo el estado de la técnica disponible en aquella época, el concurso de adjudicación de obra permanecería desierto, ya que ninguna empresa tiene capacidad para hacerlo, aunque la financiación y el tiempo de construcción sean ilimitados.
En primer lugar, porque, a pesar de que los actuales arquitectos e ingenieros tengan conocimientos de geometría más avanzados que los que poseían sus colegas de hace 4.500 años, sin utilizar los instrumentos de cálculo y medición actuales el reto sería enorme. Hay razones mayores.
Para realizar los trabajos tenían poco a mano: punzones de cobre -un metal muy blando-, tenían mazos y punzones de piedras duras, tenían tejidos, cuerdas, madera, barcas de madera y la fuerza auxiliar de asnos y bueyes. Domesticados por primera vez en geografías lejanas, no disponían todavía ni de caballos ni de dromedarios.
Había equipos de arquitectos-ingenieros constructores más que notables, dotados de grandes capacidades de cálculo, organizativas y logística en general; y había hombres, al menos uno de cada familia egipcia, que le dedicaba cada año los meses indicados por los responsables de la construcción.
Y tenían poco más, excepto ese estado de ánimo que empapaba a la totalidad de la población del antiguo Egipto, desde el mismo faraón hasta las familias campesinas.
En cualquier proyecto constructivo actual, los arquitectos e ingenieros tienen muy presente la previsión de los posibles accidentes que pueden llegar en forma de traumas, lesiones o muerte. Existen unos índices técnicos de siniestralidad, previstos según la altura de la obra, el peso y el volumen del material y el tiempo de ejecución; y en cada obra nueva, el reto es reducir el índice de siniestralidad. Por este factor, ninguna empresa actual aceptaría emprender la construcción de una pirámide, empleando sólo el estado de la técnica de aquella época, ya que las probabilidades de accidentes graves deben ser altísimas. Y nadie, ni los trabajadores, ni las empresas, ni la propia sociedad, aceptarían asumir el nivel de riesgos que comportaría su construcción.
Por otra parte, la egiptología afirma con pleno conocimiento que los trabajadores constructores de las pirámides no eran esclavos, sino ciudadanos normales y que cada familia asumía las diferentes especialidades: la de canteros, lo eran tanto el padre como el hijo, talmente como lo había sido el abuelo; y la familia que eran transportadores de bloques de piedra, lo mismo; y los pintores y escultores, y los elevadores de bloques en la construcción de la pirámide. La profesionalidad permanente estaba garantizada, por decreto y por herencia.
La egiptología también explica que hubo algunos episodios de huelga, para mejorar condiciones de trabajo o de compensaciones por éste, y que la ganaron los obreros.
Herodoto viajó a Egipto cuando las tres grandes pirámides tenían ya más de 2.000 años, y escribe lo que los sacerdotes con los que conversa le explican: para construirlas, se colocaba cada bloque de piedra sobre una plataforma, que se subía escalón a escalón mediante palancas de madera; también escribe que, según los sacerdotes, dos de los faraones constructores, Keops y Kefren, dejaron malos recuerdos a la ciudadanía, por abusadores, pero que Micerino fue amado, aunque de él contaban barbaridades.
Herodoto no explica el porqué del mal recuerdo de los dos primeros ni de las bondades del tercero. Lo que es evidente, y que se desprende de los relatos de los sacerdotes al historiador, es que el nivel de fe en el faraón-dios había mermado mucho, en comparación con el que debían tener en la época que se construyeron las grandes pirámides. Había un evidente “revisionismo” de la figura del faraón, que se veía cada vez más como un rey que como un dios.
Sólo atendiendo a que la construcción de las pirámides es resultado de un estado de ánimo muy determinado, muy especial y referido a una época arcaica, podemos entender cómo los esforzados egipcios edificaron aquellos maravillosos monumentos.
Es sugestivo imaginar un paisaje, sea el extractivo de la roca madre, de preparación de cada bloque de piedra, de su transporte y el propiamente constructivo. Debía de ser lo más parecido a una gran comunidad de insectos, como las hormigas o las abejas, trabajando sin descanso, con una alta tensión organizativa; probablemente con acompañamientos corales e instrumentos musicales, y seguro que con cerveza de cebada.
Y sobre todo, con una elevada resiliencia psicológica a los peligros y accidentes de trabajo. Es necesario imaginar un paisaje humano entregado a una gran causa, maravilloso, pero, aterrador para quien no participara del imprescindible estado de ánimo colectivo.
Intentando definir ese estado de ánimo, identificándolo entre la ancha panoplia de sentimientos que los humanos hemos desarrollado a lo largo de la historia, el resultado es que se corresponde a la tan alabada virtud de la fe, que se puede definir como la confianza sin límites que sobrepasa cualquier consideración, por razonada y evidente que ésta sea.
Si esta secuencia de reflexiones e hipótesis tiene alguna verosimilitud, es en aquel Antiguo Egipto donde la virtud de la fe se ha expresado con más esplendores y dimensiones. Más adelante habrá otras culturas fundamentadas en la fe, como las religiones monoteístas, para las cuales la fe es un sentimiento íntimo y personal, aparte de las oraciones y ceremonias colectivas.
Ciertamente, en episodios con alta tensión, como una guerra o un accidente, surgen los heroísmos personales, pero, la construcción de una pirámide no es lo mismo y sin embargo, el heroísmo individual estaba del todo presente en cada punto de trabajo y de forma continuada.
Herodoto menciona que en el conjunto de trabajos necesarios para construirlas, participaban siempre 100.000 hombres, que se relevaban cada tres meses.
A lo largo de la historia, en distintas sociedades y en episodios diferentes, la fe ha impregnado la vida colectiva, sin embargo, la intensidad y continuidad de la fe de los egipcios es irrepetible, ya que realmente estaban dispuestos a dar la salud y la vida en cada momento y durante siglos, devotamente al servicio del faraón-dios, con el fin de que el río Nilo siguiera trayendo agua fértil.
Seguro que en los más de 3.000 años de historia de Egipto, esa entrega a la voluntad del faraón no tuvo la misma intensidad que cuando se construyeron las grandes pirámides. Sabemos que, poco a poco, el ir al cielo después de la muerte se fue democratizando, y con el paso de los siglos, primero los sacerdotes y después los personajes más relevantes, como grandes militares y altos funcionarios, fueron adquiriendo el precioso derecho.
Continuando con su búsqueda, Herodoto explica que, según los sacerdotes, los primeros humanos que inventaron la idea de que existe una continuidad de la vida después de la muerte fueron los egipcios, muchos miles de años atrás. Creían que después de morir, pasaban por diferentes etapas reencarnándose en animales diferentes: primero insignificantes insectos y cada vez en animales con mayor presencia, tanto domésticos como salvajes, hasta que pasado un ciclo de 3.000 años se reencarnaban otra vez en humano. El hinduismo tiene una creencia parecida.
Basándose en los hallazgos arqueológicos, la lectura de los jeroglíficos y ayudados por las suculentas narraciones de Herodoto, Egipto aparece como un país lleno de magia donde la gente era festiva y que comían y bebían bien, aunque austeramente; una sociedad que creía a ciegas que todo lo debía al faraón-dios que abastecía y controlaba el agua del río, donde todo el mundo trabajaba arduamente y estaba dispuesto a dar la vida para que éste, justo después de morir pudiera volver a su casa, el cielo.
La continuidad de la inmensa obra arquitectónica revela que los gobernantes de Egipto: faraones, sacerdotes, nobles y jefes militares tenían estrategias políticas de altura, muy ambiciosas y al parecer, muy exitosas. La egiptología, afirma que quienes trabajaban en la construcción de los monumentos provenían de toda la geografía egipcia, también que recibían buen trato, que aprendían y practicaban un oficio que era hereditario, y que terminado su período de trabajo retornaban a sus hogares, con muchas experiencias, muchas nuevas amistades y, por supuesto, con la convicción de pertenecer a un colectivo poderoso con creencias y convicciones compartidas. Toda una estrategia política para reforzar la identidad y la unidad de sentimientos nacionales y la perpetuación del mito interdependiente: faraón-dios-gran río.
Según Herodoto, en Egipto era evidente que había más esfuerzos y recursos dedicados a construcciones hidráulicas que en templos y pirámides: diques, canales, desecaciones de gran extensión, modificaciones del recorrido del agua por la compleja red del delta del Nilo y otros trabajos, enriquecieron su agricultura de forma esforzada y competente. Una obra inacabada fue el intento -700 años antes de nuestro calendario- de construir un canal para comunicar el Nilo con el Mar Rojo, de una anchura suficiente para la coincidencia de dos barcos, abandonado después de varios cientos de kilómetros de excavar en el desierto.
Una realidad que honra sobremanera a la sociedad egipcia es que no hubo rituales de sacrificios humanos; mientras en la muy antigua Grecia, en el mundo hebreo y en muchas otras sociedades de aquella región sí que se practicaban, al menos hasta alrededor del año 1.200 a.C.
Durante 3.000 años, Egipto fue lo más parecido a una colonia de hormigas, donde cada individuo conoce sus derechos y sus deberes, cuál será su trabajo y el de sus descendientes, donde cada año el río crece según el calendario previsto y donde la única fuente de ley y poder es el faraón, siendo los sacerdotes los altavoces e implementadores de su voluntad.
Podríamos decir que los egipcios nacían con el guión de su vida absolutamente previsto y detallado, y se sintieron bien, pues en su larguísima historia hay pocas noticias de revueltas.
Una diferencia entre Mesopotamia y Egipto, fue que en este último país, el rey, además de ser el dueño de todo, era considerado por la ciudadanía como un dios.
La causa de esta fuerte creencia venía de las crecidas periódicas, suaves y bien pautadas del gran río Nilo que daba la fertilidad a los cultivos, y que el pueblo egipcio reconocía como poder personal del faraón.
Un hecho observable para todos, pero, sin explicación en aquellos tiempos, es que en Egipto apenas llueve, y sin embargo, el río siempre lleva agua; en todos los demás ríos, cuando llueve poco el nivel de agua mengua, mientras que el Nilo es siempre muy regular, pues su agua proviene de la lejana región tropical, muy al sur de Egipto; ese entonces misterio fue hábilmente aprovechado por un rey espabilado, que se atribuyó el poder sobre el agua del río.
La creencia ciega en este “milagro”, se vio favorecida por el origen de la gran mayor parte de la población, sobre todo familias de ganaderos nómadas migradas del Sáhara, entonces ya muy desertificado, que llegaban a un espacio fértil para el agricultura y protegido, donde la naturaleza y el poder del faraón se habían institucionalizado gracias a una eficiente administración, e impregnaban el imaginario colectivo, y donde los recién llegados se integraban a ciegas.
Y el mito creció, propiciando la hermosa locura que 5.000 años después podemos contemplar.
En Egipto el poder político fue casi siempre uno solo durante 3.000 años; ciertamente, en tantos siglos hubo disputas dinásticas y algunas guerras, pero, comparativamente, ha sido el país con más períodos de tiempo de paz continuada de la historia, donde no hubo murallas defensivas en ninguna parte, condición que indica una sociedad poco sublevada.
El testimonio de Herodoto, a pesar de visitarlo en una época que gobernaban los invasores persas, describe una sociedad pacífica, sin pobreza y con muchas fiestas populares muy participadas.
Un carácter de Egipto de la mayor importancia es que sólo llevó ejércitos fuera de su territorio natural, para defenderse de las invasiones o las amenazas de pueblos externos, pero, nunca tuvo vocación de dominio sobre otros pueblos, ni quiso que el faraón tuviera adoradores fuera de los egipcios.
Tuvieron que defenderse de los etíopes que trataban de entrar por el sur, y que en una ocasión conquistaron el poder político y militar de Egipto, dando lugar al período conocido como de los faraones negros; y tuvieron que protegerse de invasores que entraban por el norte, como de los denominados Pueblos del Mar, de los Hicsos, de los Hititas, de los Asirios y de los Babilonios. De todos se libraron, con más o menos tiempo de ocupación, hasta que los macedonios de Alejandro Magno se instalaron sin conflictos durante casi trescientos años, hasta la derrota de la flota de la faraona Cleopatra, por el Imperio Romano.
La ciudadanía egipcia tenía garantizada por el faraón-dios el bienestar económico y la seguridad, aunque en varias ocasiones -pocas- fueron invadidos por ejércitos extranjeros. En este marco general, el reconocimiento, aparte del familiar y el vecinal, venía dado por la contribución que cada hombre aportaba al faraón, en forma de trabajo técnicamente especializado en los distintos oficios.
Así, el factor reconocimiento personal pertenecía a la organización social que tenía el faraón como vértice, y no iba más allá puesto que la gobernanza no contemplaba ningún tipo de derecho individual; el criador de cerdos lo era de por vida y su hijo obligadamente heredaba el oficio. Los sacerdotes, lo mismo.
Siendo la tierra y el agua propiedad del faraón, que podía cederla o arrendarla, y siendo el oficio obligadamente hereditario, se podría considerar el sistema social y económico del Antiguo Egipto como un comunismo puro y extremo, gestionado por los sacerdotes al servicio del faraón.
Sin ninguna alternativa de libertad y teniendo los elementos de reconocimiento social del todo reglamentados, Egipto vivió con bastante bienestar y seguridad, en un bucle sin fin durante prácticamente 3.000 años, dejándonos un fabuloso legado arquitectónico, mientras que la vida del pueblo transcurría plácidamente, sin grandes trastornos, sin grandes reivindicaciones y sin preguntas.
Egipto fue un modelo espiritual, cultural, social y político especial, económica y demográficamente poderoso, que dedicó todo el sobrante generado por el trabajo de su sociedad a generar belleza.
El filósofo francés Georges Bataille, de la primera mitad siglo XX, en su libro “La Parte Maldita” teoriza sobre la marcha de la historia, diciendo que la evolución de las sociedades es el resultado directo de las prioridades al dedicar “el sobrante ” que queda, después de haberse nutrido y cuidado en condiciones de salud reproductiva.
Y los egipcios dedicaron su "sobrante" a construir maravillosos monumentos y eficientes sistemas de riego, mientras que el resto de las sociedades contemporáneas -excepto la cananea y en parte la griega- dedicaron "la parte maldita" sobre todo a la guerra. El Antiguo Egipto, en esto, también es excepcional.
Un capítulo aparte, que fue muy importante durante varios años, es la misteriosa aparición en todos los países del Mediterráneo Oriental de unos invasores violentos, que la historiografía denomina pueblos del mar. Se sabe, por relatos y por gráficos, que llegaban en pequeños barcos y devastaban pueblos y ciudades; también se sabe que el ejército del faraón egipcio los derrotó y ahuyentó, pero, que durante un tiempo representaron un grave elemento desestabilizador, hasta que se dejó de hacer referencia a ellos, como si hubiera sido una plaga pasajera. Era alrededor del 1200 a. C. y la investigación histórica nunca ha podido determinar ni su origen geográfico, ni si eran una sola sociedad o unas cuantas.
La historiografía actual explica que estas oleadas migratorias fueron provocadas por el “cambio climático” regional que generó la erupción del volcán donde ahora se encuentra la ciudad de Santorini, en el norte de Creta; las grandes dimensiones del cono que formó la erupción y el espesor de las deposiciones de cenizas y lavas volcánicas, indican que fue uno de los cataclismos geológicos de mayor dimensión de los últimos 10.000 años; y se dio, desgraciadamente, en la región en la que se estaban desarrollando las primeras grandes sociedades de esta parte del mundo.
El episodio más conocido de estas invasiones es la destrucción de la ciudad fenicia de Ugarit, en la costa de la actual Siria. En Ugarit se han encontrado placas de cerámica grabadas con escritos dirigidos a reyes de la vecina isla de Chipre, pidiendo auxilio para contener a los invasores, y poco antes pidiendo cereales para resistir el hambre llevada por una sequía persistente. Ugarit era una próspera ciudad cananea -fenicio y cananeo son dos denominaciones para un mismo pueblo-, que en la medida en que se van leyendo los miles de plaquetas grabadas, halladas enterradas en los escombros, se van adquiriendo más conocimientos de aquella casi desconocida sociedad.
Es en esta época, cuando el pueblo cananeo -Ugarit era una rica ciudad de la costa cananea- sufrió invasiones violentas por parte de las tribus israelitas de pastores nómadas, que provenían de las regiones desertificadas del este y el sur, y también la de los filisteos, posiblemente uno de los pueblos del mar, que dominaban la metalurgia del hierro, lo que permite suponer su origen en la actual Turquía, donde el pueblo Hitita había aprendido a fundirlo y a trabajarlo.
Este título, que reconozco discriminatorio para las demás sociedades que a lo largo de la historia han poblado y pueblan el planeta, responde a un conjunto de realidades de carácter cultural y social que las hicieron diferentes de las sociedades anteriores, de las vecinas, de las lejanas y de las futuras, definiendo una continuidad de progresos en aspectos esenciales, que nunca se había dado antes en la historia y que, desgraciadamente, se interrumpió por circunstancias externas a su dinámica y evolución internas: Creta, Fenicia y Grecia han sido las tres sociedades sabias.
No quiero decir que no ha habido progreso humano fuera de estas tres, pero sí puede afirmarse que sin ellas, con toda seguridad todavía estaríamos transitando en un bucle de ignorancia, fanatismo y violencia. Cabe recordar que el bucle del Antiguo Egipto duró 3.000 años; y no se puede evitar el pensar que si aquellas tres sociedades sabias no hubieran existido, las dinámicas propias y determinantes de la suma del Imperialismo de Roma y el cristianismo, habrían mantenido esta parte del mundo en un bucle funesto y estéril.
Justifico centrar la reflexión en esta perspectiva de la marcha de la historia, porque el mundo actual, con pocas excepciones, está impregnado de las experiencias de reflexión existencial y de gobernanza vividas en aquella pequeña región del planeta, iniciada en el mar Mediterráneo y en las ciudades y las colonias fenicias, y desarrollada en la Antigua Grecia.
El Imperio Romano no las heredó, aunque sí las imitó en los aspectos superficiales, y reforzado ideológicamente por el cristianismo, conformó otro modelo de sentimientos y pensamientos, totalmente opuestos a los de fenicios y griegos.
Creta, la sociedad Minoica
Hay que considerar a Creta como el lugar de desarrollo de una de las sociedades sabias, porque hay indicios suficientemente evidentes para afirmar que la cultura de la Antigua Grecia se inició en esta isla, y también porque antes que los fenicios, los habitantes de Creta practicaron el sistema de vida marinera que aquéllos desarrollaron. De hecho, la emergencia de la marina fenicia, cronológicamente, se inicia cuando desaparece la civilización cretense.
La inclusión de la Minoica como una de las tres sociedades sabias tiene fundamentos sólidos, pero limitados ya que las informaciones que tenemos son pocas: escrituras grabadas en planchas de barro en un idioma pre-griego y magníficas construcciones que deben suponerse palacios para familias notables, con decoraciones fastuosas de una estética refinada -mencionadas en el capítulo- y canalizaciones para aguas limpias y para aguas sucias, antes de 1.200 a. C.
Parece que aquella civilización se extinguió de repente por una violenta secuencia de erupciones volcánicas, terremotos y tsunamis, rematada por las incursiones de los pueblos del mar ya mencionados.
Los hallazgos arqueológicos, datados en más de 4.000 años, señalan a la sociedad minoica de la isla de Creta como precursora de muchas de las innovaciones y los caracteres que se irán extendiendo hacia las sociedades vecinas más cercanas, especialmente Fenicia y Grecia. Aquella sociedad presenta, al menos, algunos atributos especiales y de calidad diferenciada: la más relevante es que fueron los primeros grandes navegantes a mar abierto.
Muy probablemente, ellos -u otros marineros de otros pueblos del mediterráneo, que no llegaron al gran desarrollo de fenicios y griegos, y que la historia ignora- fueron los primeros en llegar a Iberia e inspirar las pinturas sobre piedra que representan barcos, datadas a 4.000 años a.C.
Otro carácter es que en toda la isla, en los trabajos de excavación de los muchos pueblos que existieron, no se encuentran murallas defensivas; esto significa que pocas guerras podía haber entre ellos, aunque Creta es extensa.
Y otro carácter está en el ámbito de la estética, que ya se ha explicado en el capítulo VII.
Atendiendo sólo a la información obtenida en las excavaciones, la sociedad minoica de la isla de Creta puede ser considerada la verdadera cuna de la civilización moderna, como precursora de la griega por continuidad histórica y precursora de la fenicia por su condición de primera sociedad marinera. Los antiguos griegos creían que sus mitos empezaron en Creta, con la excepción de Herodoto, que afirmaba que provenían de Egipto; puede que no haya contradicción, ya que ambas versiones son compatibles.
Debemos considerarla sabia, porque la navegación marítima, como estado de la técnica innovador y del que fueron pioneros, propició nuevas experiencias vitales, como la vida de un grupo reducido de personas alejadas de reyes, dioses y sacerdotes, obligados a aprender a vivir según sus criterios de racionalidad y con la solidaridad como imprescindible valor. La peligrosa e insegura vida de navegante, formando parte de un grupo reducido de personas y lejos de casa, debería propiciar el desarrollo de un conjunto de nuevas percepciones, nuevos sentimientos y nuevos pensamientos, que abarcan la totalidad de la personalidad y llevan a descubrir la propia individualidad, atendiendo siempre al sentido de ser parte del grupo. En miniatura, la sociedad ideal que, al llegar a casa irá impregnando al conjunto de la ciudadanía.
El héroe homérico Odiseo -Ulises- es su prototipo, que podría haber sido minoico o fenicio, si su autor no hubiera sido griego. Las ideas que Ulises manifiesta son de una modernidad total: sentido de la propia individualidad, empatía y solidaridad con sus compañeros de viaje y consciencia de que los mensajes de dioses y diosas pueden estar llenos de trampas e inducir a la perdición. Me gusta pensar que los humanos nos hicimos modernos navegando por el mar Mediterráneo.
Hay que considerar a Creta como el lugar de desarrollo de una de las sociedades sabias, porque hay indicios suficientemente evidentes para afirmar que la cultura de la Antigua Grecia se inició en esta isla, y también porque antes que los fenicios, los habitantes de Creta practicaron el sistema de vida marinera que aquéllos desarrollaron. De hecho, la emergencia de la marina fenicia, cronológicamente, se inicia cuando desaparece la civilización cretense.
La inclusión de la Minoica como una de las tres sociedades sabias tiene fundamentos sólidos, pero limitados ya que las informaciones que tenemos son pocas: escrituras grabadas en planchas de barro en un idioma pre-griego y magníficas construcciones que deben suponerse palacios para familias notables, con decoraciones fastuosas de una estética refinada -mencionadas en el capítulo- y canalizaciones para aguas limpias y para aguas sucias, antes de 1.200 a. C.
Parece que aquella civilización se extinguió de repente por una violenta secuencia de erupciones volcánicas, terremotos y tsunamis, rematada por las incursiones de los pueblos del mar ya mencionados.
Los hallazgos arqueológicos, datados en más de 4.000 años, señalan a la sociedad minoica de la isla de Creta como precursora de muchas de las innovaciones y los caracteres que se irán extendiendo hacia las sociedades vecinas más cercanas, especialmente Fenicia y Grecia. Aquella sociedad presenta, al menos, algunos atributos especiales y de calidad diferenciada: la más relevante es que fueron los primeros grandes navegantes a mar abierto.
Muy probablemente, ellos -u otros marineros de otros pueblos del mediterráneo, que no llegaron al gran desarrollo de fenicios y griegos, y que la historia ignora- fueron los primeros en llegar a Iberia e inspirar las pinturas sobre piedra que representan barcos, datadas a 4.000 años a.C.
Otro carácter es que en toda la isla, en los trabajos de excavación de los muchos pueblos que existieron, no se encuentran murallas defensivas; esto significa que pocas guerras podía haber entre ellos, aunque Creta es extensa.
Y otro carácter está en el ámbito de la estética, que ya se ha explicado en el capítulo VII.
Atendiendo sólo a la información obtenida en las excavaciones, la sociedad minoica de la isla de Creta puede ser considerada la verdadera cuna de la civilización moderna, como precursora de la griega por continuidad histórica y precursora de la fenicia por su condición de primera sociedad marinera. Los antiguos griegos creían que sus mitos empezaron en Creta, con la excepción de Herodoto, que afirmaba que provenían de Egipto; puede que no haya contradicción, ya que ambas versiones son compatibles.
Debemos considerarla sabia, porque la navegación marítima, como estado de la técnica innovador y del que fueron pioneros, propició nuevas experiencias vitales, como la vida de un grupo reducido de personas alejadas de reyes, dioses y sacerdotes, obligados a aprender a vivir según sus criterios de racionalidad y con la solidaridad como imprescindible valor. La peligrosa e insegura vida de navegante, formando parte de un grupo reducido de personas y lejos de casa, debería propiciar el desarrollo de un conjunto de nuevas percepciones, nuevos sentimientos y nuevos pensamientos, que abarcan la totalidad de la personalidad y llevan a descubrir la propia individualidad, atendiendo siempre al sentido de ser parte del grupo. En miniatura, la sociedad ideal que, al llegar a casa irá impregnando al conjunto de la ciudadanía.
El héroe homérico Odiseo -Ulises- es su prototipo, que podría haber sido minoico o fenicio, si su autor no hubiera sido griego. Las ideas que Ulises manifiesta son de una modernidad total: sentido de la propia individualidad, empatía y solidaridad con sus compañeros de viaje y consciencia de que los mensajes de dioses y diosas pueden estar llenos de trampas e inducir a la perdición. Me gusta pensar que los humanos nos hicimos modernos navegando por el mar Mediterráneo.
Ya hace años que la historiografía ha dejado de preguntarse cuál era el origen primero de los cananeos: ¿venidos del sur?, ¿venidos del este?; ahora se sabe que eran una sociedad que mantuvo una continuidad cultural, al menos, desde los inicios de la agricultura, y puede ser que incluso antes.
Su capital, Jericó, era ya una ciudad amurallada hace 10.000 años; destruida varias veces, y siempre reconstruida. Querer ver continuidad histórica de la sociedad cananea con la antigua ciudad es demasiado especulativo, pero sí es probable que la haya con los canteros que cortaron las grandes losas del valle de la Bekà, de 1.000 toneladas de peso mencionadas páginas atrás, datadas a 4.000 años a.C.
Habitantes del valle del río Jordán hasta la costa Mediterránea, se detecta una evidente continuidad histórica, que Herodoto confirma cuando a su pregunta sobre la fundación de la ciudad fenicia de Tiro, los sacerdotes le informan que entonces -era el año 450 a.C,- hacía unos 2.300. Lo evidente es que en un espacio de geográfico reducido, hay señales de continuidad cultural durante miles de años.
A finales del siglo XIX se empezaron a excavar las ruinas de Ugarit, la ciudad marítima cananea destruida por los pueblos del mar, donde se encontraron miles de placas de cerámica grabadas con signos desconocidos, sin semejanza ni con los cuneiformes de Mesopotamia, ni con los jeroglíficos de Egipto. Pasaron años en la incógnita, hasta que se descubrió que eran los primeros testigos físicos de una nueva escritura: la alfabética, la nuestra. Así, existen "documentos" del año 1.200 a.C. encontrados en Ugarit escritos en lengua cananea con signos alfabéticos.
El hallazgo reciente ya mencionado, de un peine de marfil con la simpática inscripción dedicatoria: que este colmillo arranque de raíz los piojos del cabello y la barba, datada 1.700 años a.C. es el primer testimonio escrito con signos alfabéticos de idioma cananeo, retrotrae en 500 años la primera constatación de la existencia del alfabeto -en Ugarit- y lleva a pensar que aquella sociedad tenía ya una cultura tan consolidada y madura, que se permitió abandonar las escrituras de sus poderosas vecinas e inventarse y emplear la suya propia.
La Biblia explica la fascinación de los pastores nómadas hebreos, por encontrar uvas de viña gigantescas, una extrañeza que se explica porque las que comían los pueblos nómadas eran de vides silvestres, siempre más pequeños y menos sabrosos. Y fijaron su futuro en los viñedos y otros cultivos de los cananeos; una decisión que, según la Biblia era inspirada directamente por su Dios, y que resultó funesta para los cananeos, que tuvieron que encontrar refugio en la región costera.
El episodio bíblico de la destrucción de las murallas de Jericó, conseguida gracias a que el dios Iavhé iba a favor de los israelitas, según estudios de la Universidad de Tel Aviv es pura fantasía, pues en la época histórica que la Biblia explica el derribo de la muralla de la ciudad, ésta estaba deshabitada desde hacía 200 años, a causa de un terremoto.
Los cananeos, presionados desde el desierto, fueron perdiendo el fértil territorio interior y tuvieron que refugiarse en varios lugares abruptos de su costa, donde adoptaron y desarrollaron un modelo de sociedad y cultura fundamentado en la aventura marinera.
Las precarias condiciones a que les obligaba su condición de “refugiados” en la costa se expresa en una carta de un rey cananeo al faraón de Egipto, donde dice que tienen muchos problemas de espacio, tantos que no pueden agrandar el cementerio.
Los Antiguos Griegos los denominaron fenicios, debido a que siempre vestían alguna prenda de color púrpura -en lengua griega phoenica- , un tinte especialísimo que sólo ellos sabían elaborar, obtenido de un molusco. Ellos nunca se identificaron como fenicios, es decir que esa denominación era más bien un “apodo” resultado de cierta dosis de envidia, aunque los antiguos griegos los admiraban, les imitaron y reconocían como los avanzados en todo.
Hay señales e indicios antiguos y modernos que, extrañamente, maltratan a los cananeos; en adelante aquí también los denominaré Fenicios o Púnicos, recordando, sin embargo, que San Agustín, el celebrado obispo cristiano de Hipona escribió que cuando a la gente del país se les pregunta quiénes son, ellos responden que cananeos. San Agustín vivió en el siglo V de la era cristiana en el actual Túnez, donde los fenicios habían establecido la colonia de Cartago más de mil años antes. Así, la continuidad de la conciencia de pertenecer a la sociedad y cultura cananea fue sólida y duradera.
Los fenicios fueron pródigos en innovaciones: muchas mejoras en la construcción y la navegación naval, y en la orientación nocturna mediante la Estrella Polar; en sus astilleros se construían los mejores barcos de la época; inventaron el vidrio y el ya citado color púrpura; también fueron reconocidos como los mejores fabricantes de herramientas de bronce, como los mejores orfebres en oro, plata y piedras preciosas; como los mejores tejedores de telas finas -importaban de Egipto fibra de lino, que exportaban tejida y teñida-; como los primeros geólogos prospectores de yacimientos ricos en metales o en piedras ornamentales; de toda la ancha región, fueron los únicos cortadores de grandes árboles y de tablones de madera, y proveedores de ella para Egipto y las ciudades de Mesopotamia; según el Biblia, también fueron los constructores del Templo de Salomón, en Jerusalén, contratados por ese rey.
Testigos antiguos reconocen su maestría; quedando corto, Fenicia, durante 1.000 años, fue el equivalente actual a la suma de Silycon Valley, MIT de Boston, Suiza y el centro de construcción naval actual más reputado del planeta.
Cuando el Imperio Persa, con capital en Babilonia, decidió conquistar Grecia, antes ya había sometido a las ciudades Fenicias y Egipto; y como los persas no tenían barcos para construir el puente con el que llevaron a su ejército a la costa griega, reunieron 1.200 requisados de los territorios conquistados, de los que Fenicia aportó 300 y Egipto 200, unos datos si más no orientativos, para poder estimar la dimensión del conjunto de la flota Fenicia; y cabe suponer que muchas de sus naves estaban de viaje por el ancho mar.
Los imperios vecinos con vocación invasora, en algunas épocas los sometieron y les hicieron pagar impuestos, aunque sin ahogar sus actividades; con una única excepción, la conquista y destrucción de la ciudad de Tiro por Alejandro Magno, que quería ser un aviso para poder entrar en Egipto sin resistencias.
Otro carácter relevante, es que aunque la sociedad Fenicia la formaban unas cuantas ciudades costeras, tenían cada una sus propios reyes y estructuras de poder independientes totalmente unas de otras, y aunque a menudo disputaban entre ellas, no hay indicios de que fueran enfrentamientos violentos.
En algunos libros de historia y artículos de divulgación actuales, se les niega absurdamente la condición de nación; existe una especie de hostilidad hacia la realidad cananea, que inexplicablemente aflora todavía.
En muchos textos actuales, los fenicios son presentados como simples mercaderes oportunistas, un incomprensible y absurdo error de valoración, ya que en el ámbito de la economía eran ante todo productores, fabricantes técnicamente avanzados en todo lo que tocaban y está claro, comerciantes. De hecho, hay que considerarlos los primeros empresarios de la historia: compraban materias primas, fabricaban y tenían barcos que llevaban sus mercancías a muchísimos puntos del Mediterráneo y más allá, donde mantenían abiertas casas de comercio y donde residían muchos de ellos con sus familias.
Quizá debido a su larguísima experiencia histórica de estar viviendo en el valle del río Jordán, el espacio natural y obligado de comunicación entre Mesopotamia y Egipto, los llevara a adquirir un talante original, por la necesidad de supervivencia como sociedad y cultura diferenciada y al mismo tiempo aprovechando las oportunidades que presentaba su privilegiada ubicación geográfica. Y cuando se vieron obligados a depender -excepto de la madera de cedro y de encina de sus bosques- sólo del mar, se dedicaron a ello equipados con todo su bagaje cultural.
Un ejemplo, imaginario pero seguro que real en muchísimos lugares, en el campo de la minería; el primer viaje a algún paraje del Mediterráneo donde habían localizado terrenos con señales geológicas de que podía haber minerales de su interés, como oro, plata, plomo, cobre y estaño para fabricar bronce: después de extraer trozos del mineral, con permiso de los locales, los intercambiaban por mercancías suyas y se los llevaban; después de varios viajes, cuando ya había una relación de confianza, enseñaban a los naturales del país a extraer la parte del mineral con mayor contenido metálico y se lo llevaban; y más tarde enseñaban a fundir los metales y se los llevaban en barras.
Lo mismo con la viña: primero llevando plantas y enseñando a los del país a cuidarlas, después a elaborar vino para llevárselo; lo mismo con los olivos y los molinos de aceite; y a fabricar cerámica fina.
Después, el Imperio Romano convirtió en esclavos a quienes habían sido socios de los Fenicios y de los Griegos. Conquistados por las Legiones, los nativos hacían lo mismo que habían aprendido y practicado durante los 1.000 años de colonización Fenicia, pero ahora atados con cadenas, aquellos que rindiéndose habían evitado la muerte. Es evidente que el significado de colonia, no fue el mismo para los Fenicios que para el Imperio Romano, y más tarde para sus imitadores europeos.
Una economía muy próspera, la cananea, fundamentada en la inteligencia, el respeto, la empatía y el pacto; el win win universal practicado durante más de 1.000 años, muy lejos de su casa y sin ejército.
Durante más de mil años, los cananeos fueron los más ricos del Mediterráneo; Herodoto visitó el barrio fenicio en el mismo centro de Luxor, la fastuosa capital de Egipto donde vivían los faraones y su corte.
También fueron los primeros grandes navegantes de la historia, cuando el faraón de Egipto Neco -el mismo que intentó abrir un canal entre el Nilo y el Mar Rojo- les contrató con la misión de zarpar del Mar Rojo y seguir la costa de África, hasta regresar a Egipto llegando por el Mediterráneo; fueron tres años de viaje, más de 2.000 años antes que los europeos alcanzaran en cabo de Buena Esperanza.
Se puede considerar que les fenicios fueron “el departamento naval de Egipto” llegando hasta la India, para proveer de especies, resinas y piedras ornamentales exóticas. La función de proveer a occidente estos productos la reanudaron unos cuantos países árabes a partir del siglo XI d.C. hasta que fueron desplazados y sustituidos por Portugal, y más tarde por Holanda. El ocaso del mundo fenicio fue catastrófico para el progreso.
Otra navegada de altura, fue saliendo del Mediterráneo hasta el golfo de Guinea, en un viaje comandado por el cartaginés Hannon, que menciona haberse topado con “extraños humanos cubiertos de pelaje negro”; tuvieron que pelearse con los gorilas, hasta matar a unos pocos y llevar sus pieles de regreso a casa; también explica haber contemplado un enorme volcán cerca de la costa, que cabe suponer que era Camerún.
Establecieron colonias atlánticas en el actual Marruecos, en Portugal y también en la costa suroeste de Gran Bretaña muy rica en estaño, que siempre escondieron a sus imitadores y competidores griegos. Y en muchísimo sitios de la costa y en todas las grandes islas del Mediterráneo, algunos identificados y muchos otros con indicios, como las raíces de nombres cananeos de pequeños ríos del norte de la actual Marruecos.
También inventaron la vitivinicultura, clasificando y comercializando vinos de primera y segunda prensada, de calidades y precios diferentes, cultivando viñedos en bancales escalonados, reconociendo las primeras denominaciones de origen y otorgando contenido ceremonial y significado religioso al vino, en la figura de la diosa Astarè, denominada también Inanna, de procedencia Mesopotámica. Las piezas de cerámica halladas en Ugarit lo explican.
Llevaron la agricultura a todas sus colonias y zonas de influencia, y se dotaron de un exhaustivo tratado de técnicas agronómicas de 28 libros -desaparecido- escrito por el cartaginés Magon, que inspiró el del romano Columela, que se llevó la fama.
Los cananeos sólo pueden despertar admiración, por su inventiva, su valentía, su empatía y su capacidad emprendedora.
Por referencias de autores antiguos, los cananeos dejaron muchos escritos, prácticamente todos desaparecidos; tanta pérdida puede hacer pensar que alguien les tenía manía persecutoria y que, teniendo libros suyos a su alcance, los destruyó. Es especulativo, sin embargo, los romanos debían de tener mucha manía en los cananeos, ya que ellos fueron, en toda la larga historia del Imperio, la única nación que los derrotó por tres veces en la misma Italia. Y fueron los romanos, unas veces directamente y otras mediante los primeros cristianos, quienes destruyeron las famosas bibliotecas de Alejandría, de Pérgamo y de otras ciudades helénicas menores, donde debieron estar los libros en cananeo.
Como anecdotario, una historia simpática: recientemente, veterinarios israelíes han reencontrado a una raza de perro, mencionado en documentos antiguos como perro de Cananea, que se consideraba desaparecido desde hacía siglos; reencontrado en unas familias de pastores nómadas, manifiesta un carácter muy especial: es un perro pastor y guardián de calidad y leal, pero no sumiso, ya que si su amo le maltrata, se va de casa y no vuelve. No pretendo asociar etología animal como resultado de la cultura humana, pero, es divertido.
Prácticamente a medio camino entre Mesopotamia y Egipto, Fenicia desarrolló su innovador sistema de vida en plena pujanza de las dos, comerciando con ellas, en algunas épocas sometidas a alguno de los imperios mesopotámicos -primero a asirios y después a babilonios- y también al faraón egipcio en algunos episodios menores, pero, sin llegar nunca a perder su personalidad, ni su economía, ni su sistema de vida.
Una aportación más que remarcable para nosotros, se ha explicado en el capítulo dedicado al lenguaje: inventaron la escritura que ahora leemos y en la que escribimos -excepto Chinos y Japoneses- todas las personas no analfabetas del planeta, convirtiendo el aprendizaje del leer y el escribir en un reto muy fácil.
Un currículo extraordinario, el de los cananeos, pero, extrañamente poco reconocido como fundamento de nuestra cultura y de los elementos civilizadores que la caracterizan. Leyendo algunos escritos actuales, parece que todavía generen o menosprecio o envidia; unas actitudes incomprensibles y extrañísimas.
El obligado elogio de los Cananeos -a lo largo de la historia, conocidos también como Fenicios, como Cartagineses, como Púnicos y ahora como Libaneses- no es completo en esta larga lista de aportaciones a la cultura. Hay dos más que relevantes, que merecen una cierta extensión de texto.
La primera no pertenece al ámbito de la economía ni a la gobernanza, sino al de la psicología individual y la social, y se refiere al nacimiento de una nueva manera de sentir y vivir la realidad cotidiana, de percibirse a uno mismo y de percibir la colectividad. Una nueva forma de entender y vivir el mundo, generada sin proyecto educacional, sin clase sacerdotal, ni rey ni libro venerado, sino por una mejora del estado de la técnica en la actividad principal y más determinante de aquella sociedad: la peligrosa aventura de la navegación marítima lejos de casa.
Antes de existir la marina cananea, en los ríos de Mesopotamia y en el Nilo de Egipto, los barcos ya existían, sin embargo, poco navegaron por mar. Ellos fueron la primera sociedad de la que conocemos lo suficiente para saber que vivieron la experiencia de viajar un pequeño grupo de personas en riesgo constante, por los peligros inherentes a la navegación a mar abierta en unos barcos primitivos, poco seguros frente a las tormentas y difíciles de manejar. Sus buques no tenían más de treinta metros de largo y salir con ellos a descubrir mundo debía ser tan fascinante como temerario y extraordinariamente arriesgado; pero ésta fue la base de su vida durante más de mil años, muy peligrosos, pero, apasionantes y vital y económicamente muy bien aprovechados.
Aquella experiencia nueva en la historia, nada parecido a cualquier otra coyuntura que hubiera podido experimentar un grupo humano con anterioridad -Creta aparte- debía generar emociones y sentimientos nuevos.
Hay que ponerse en su sitio, para entender los cambios que la aventura marinera llevó a sus vidas; eran ciudadanos de una sociedad, como todas las de su tiempo muy estratificada, muy autoritaria y muy religiosa, donde el individuo vivía inmerso en un ambiente gregario, con la seguridad que da vivir en grupo, pero sin demasiadas posibilidades de pensar por su cuenta.
La evolución humana, desde justo antes de la sedentarización llevada por la actividad agrícola, hasta las sociedades urbanas de Mesopotamia y Egipto, fue un proceso continuo de agrupamiento de personas y la consecuente adopción de sistemas de organización social, con mitos y formas de poder capaces de otorgar factores de reconocimiento y al mismo tiempo elementos de bienestar material y sensaciones de seguridad. Todo vivido en un entorno y ambiente nuevo para aquellas personas que provenían de milenarios pequeños grupos familiares y que tuvieron que aprender rápidamente a vivir inmersos en un colectivo humano de mayor dimensión, y adaptarse a ellos.
Durante sus navegaciones de meses y a menudo años, los cananeos aprendieron a enfrentarse y adaptarse a cada coyuntura, empleando sólo sus propios criterios personales, puesto que la fuerza de los mitos, de los dioses y de los reyes quedaban tan lejanos que perdían todos sus poderes y todas sus capacidades protectoras, orientadoras y coactivas.
Después de orar a las diosas, a los dioses, a los reyes, de hacer sacrificios, de echar los dados de la suerte, y la tormenta no amainaba, finalmente, aquellos atrevidos marineros tenían que hacer lo que les decía el corazón y el sentido común. Y ese aprendizaje intenso y vital conformó su carácter, generando un nuevo tipo de sentimientos en la historia de la humanidad, una nueva percepción del sentido de la vida, donde el aprendizaje de la autonomía personal fue su resultado: el sentimiento de libertad y el principio de individualidad dentro del colectivo, al servicio de un proyecto común. Adquisiciones nuevas en la evolución humana.
La vida de un grupo reducido de personas en barcas rudimentarias, lejos de casa y en peligro prácticamente constante, les llevó a descubrir que cada uno de ellos era único e imprescindible, como lo eran todos los compañeros de aventura, adquiriendo al mismo tiempo conciencia de individualidad y de solidaridad.
Podemos decir que la formación del sentimiento de autonomía individual fue resultado de vivir inmerso en un “estado de la técnica” nuevo en la experiencia humana, en este caso la navegación marítima. Cientos de miles de años atrás, el dominio del fuego, como nuevo estado de la técnica, también había provocado el nacimiento de sentimientos nuevos, en ese caso el auto reconocimiento como seres superiores a los otros animales.
Obviamente que no se puede decir que antes de los Fenicios, nadie había experimentado estos sentimientos y pensamientos, sin embargo, nunca se había generado un entorno social en el que el principio de individualidad emergiera como carácter básico de una cultura. Hay que suponer que la cultura de Creta ya era ésta, sin embargo, no hay constancias y tampoco hubo continuidad histórica.
La frase de Immanuel Kant escrita en el siglo XVIII d. C. reproducida en el apartado 5 del primer capítulo, lo recuerda: ten el valor de servirte de la propia razón” es el lema de la ilustración
Cabe observar que la ilustración pretendía fomentar la autoconfianza como fundamento de la confianza en los demás y la conformación de un ambiente de confianza universal. Los cananeos lo habían aprendido e integrado en la cultura, por lo menos 3.000 años antes, como resultado de la experiencia de navegar lejos.
Reproduciré un párrafo de un pequeño libro de historia de los fenicios, escrito por M'Hamed Hassine Fantar, director del Centro de Estudios de la Antigüedad Fenicia, en el Instituto Nacional del Patrimonio de Túnez:
. . . . . vale la pena añadir que, entre los elementos de antropología cultural que el Mediterráneo debe a los fenicios, es el descubrimiento, o redescubrimiento, del individuo que, responsable de su destino, se erige como tal y se impone el reivindicar su derecho a participar en la gestión de la comunidad a la que pertenece. . . . . . .
Me atrevo a sugerir un cambio en esta frase: en la segunda línea del primer párrafo, donde dice: Mediterráneo, creo que lo justo sería escribir especie humana, ya que es en aquella época y lugar de la historia cuando, por primera vez y de forma colectiva, las personas se reconocen a sí mismas como entes independientes e interdependientes.
Seguro que entre los arquitectos y los sacerdotes egipcios y mesopotámicos -y en otros lugares del mundo de diferentes épocas-, hubo personas especiales que tenían esta percepción, pero, estaban solos y poco podían comunicarlo, sin arriesgarse al ostracismo o al castigo.
La sociedad y cultura fenicia la constituían unas cuantas ciudades marítimas que, aunque geográficamente muy cercanas, se gobernaban de forma independiente unas de otras, favoreciendo la estabilidad política del conjunto, la gobernanza del día a día y la continuidad del desarrollo cultural y económico, sin demasiados sustos.
La historiografía explica que a lo largo de tantos siglos, en algunas de las ciudades hubo golpes de estado para ocupar el trono y también algunos períodos de enemistad entre ciudades, sin embargo, nunca hubo ni guerras ni enfrentamientos entre ellas; compartieron cultura y sistema de vida, y rivalizaron en avances tecnológicos y en descubrimiento de nuevos emplazamientos para sus colonias, pero siempre hermanadas por la identidad común de ser cananeos.
En una ocasión, están todas las ciudades fenicias bajo la tutela del faraón de Egipto, éste quería emprender una acción de castigo contra las poblaciones vecinas de la costa mediterránea en dirección a occidente, y pidió a los fenicios que prestaran su flota. Ellos se negaron rotundamente, ya que aquella incursión podía llegar al territorio de Cartago, cananeos como ellos; y sin su apoyo, el faraón tuvo que desistir.
La otra aportación primordial de los cananeos a lo largo de toda su dilatada historia, es su maravillosa y admirable capacidad para relacionarse con otras sociedades, sin imponerse y sin abusar, en cualquier condición y marco, con el objetivo de establecer relaciones de intercambio y mantenerlas.
La base de su negocio era la búsqueda y explotación de yacimientos metálicos, sin embargo, lo ensancharon en una magnífica obra civilizadora, intercambiando mercancías y divulgando las técnicas agrícolas, ganaderas, cerámicas, textiles y metalúrgicas que eran comunes en Mesopotamia y Egipto desde hacía muchos siglos.
Un relato de Herodoto explica muy bien el talante que les capacitó para ser bien recibidos y establecerse en muchos lugares con culturas y niveles de desarrollo distintos:
...... los cartagineses cuentan la siguiente historia : en Libia -es decir en África- más allá de las Columnas de Heracles -el estrecho de Gibraltar- hay ciertos lugares habitados; cuando llegan a este paraje, descargan sus mercancías, las dejan en la playa y a continuación, regresan a las naves y hacen señales de humo. Entonces, los indígenas, al ver el humo se acercan a la playa, y sin perder tiempo, dejan oro como pago de las mercancías, y se apartan un poco lejos del sitio. Entonces, los cartagineses desembarcan y examinan el oro; y si les parece un justo precio por las mercancías, lo cogen y se van; en cambio, si no lo estiman justo, se embarcan de nuevo y se esperan. Entonces, los nativos, por lo general, se acercan y añaden más oro, hasta dejarlos satisfechos. Y ni a unos ni a otros les falta justicia, pues ni los cartagineses se llevan el oro hasta que, a su criterio, haya igualado el valor de las mercancías, ni los indígenas se llevan las mercancías antes que los comerciantes hayan llevado el oro.
Varias consideraciones en relación a este modo de obrar; los mercaderes fenicios corren dos riesgos: el primero es estar anclados, sin esconder que llevan a bordo mercancías valiosas, en una geografía de la que no conocen nada, o muy poco. El segundo es dejarlas en la playa, sin ninguna garantía de que la invitación al intercambio será entendida, pudiendo perderse los objetos.
Pero, en su difícil historia de supervivientes, habían aprendido que para hacer amigos es necesario arriesgar, e hicieron muchos. Ahora se dice que un cliente es un amigo; ellos trataban a los desconocidos, primero como amigos, ya que su gesto inicial era de confianza; después, como clientes, aportando modernidad en forma de objetos y técnicas nuevas a cambio de materias primas, y después también como socios, en una secuencia progresiva que debe calificarse de ejemplarizante.
Siempre amigablemente y pacíficamente, a pesar de ser enormemente poderosos económicamente, puesto que poseían la mayor flota del mediterráneo e inmensas riquezas. Aunque demográficamente eran pocos, podían haber contratado mercenarios para guerrear e imponerse a los pueblos donde establecían sus colonias, pero nunca lo hicieron, practicando unas relaciones win win que en muchos sitios duraron más de 1.000 años.
Como detalle de actitud básica: cuando 700 años a.C., el gobierno de la ciudad fenicia de Tiro decidió fundar la colonia de Cartago, en el actual Túnez, lo primero que hizo fue acordar y contratar con los naturales de la región, el arrendamiento de un amplio territorio donde construirla.
Aquel carácter tan especial de los cananeos, que podríamos llamar pacifismo estructural y constructivo, en Cartago se fue modificando hasta erigirse en potencia militar, que primero se enfrentó con aquella Grecia que los pirateaba y después a vida o muerte contra el Imperio Romano. Es obvio que el nacimiento del “militarismo” cananeo era para protegerse de griegos y romanos, y no para imponer la dominancia en sus relaciones coloniales.
El enfrentamiento militar entre Cartago y Roma es conocido como las Guerras Púnicas, finalizando con la destrucción de la primera por parte de la segunda. El paso de los Alpes por el ejército cartaginés con sus elefantes, comandado por Aníbal, y sus victorias sobre las legiones romanas son episodios muy conocidos.
La aparición de Roma, o mejor dicho, la comprobación de su voracidad y la experiencia de sus métodos de expansión y de aniquilación, que eran nuevos en la historia, hicieron comprender a los cananeos que o ellos acababan con el belicoso Imperio Romano, o éste destruiría una tras otra todas sus ciudades, sus colonias y su milenario sistema de vida. Decidieron guerrear para defenderla, y perdieron.
La destrucción de Cartago, merece ser considerado como el episodio de inflexión con la incidencia más negativa de la historia, pues en la lucha del bien contra el mal representó la victoria del segundo sobre el primero. No es ningún disparate compararlo con que el nazismo hubiera ganado la II Guerra Mundial.
Mirando atrás, uno de los grandes errores de la historia fue cuando el cananeo de Cartago, Aníbal, una vez derrotadas las legiones romanas en tres batallas en la misma Italia, no entró en la ciudad de Roma para destruirla, borrando del mapa los cimientos de aquel infra cultura corrupta, supremacista, violenta y genocida de la que somos herederos.
Los siglos de vida de Cartago, cuya sociedad fue denominada púnica -otra denominación para los cananeos, basada en el color púrpura que sólo ellos sabían elaborar-, fueron fructíferos para ella y también para las sociedades del norte de África con las que contactaron, irradiando sobre todo cultura agrícola hasta las montañas del Atlas, donde aún perdura un utensilio agrícola: el arado púnico, diferente del romano, y donde se pueden encontrar olivos monumentales con troncos de más de 7 metros de diámetro y alturas de 15.
Navegando lejos, los cananeos se encontraron con un mundo pacífico con el que entenderse e intercambiar. Debemos imaginar un mundo antiguo a lo largo y ancho del mar Mediterráneo y zonas del Atlántico, que era esencialmente empático, tribal; sin esa condición, no habrían podido comerciar y menos establecer colonias donde llegaron, teniendo en cuenta que nunca fueron protegidos por gente de armas.
Aquel talante tan particular de los cananeos cuando iban por el mundo, era una señal de su identidad cultural, que perduró mucho más allá en el tiempo, y hoy, en muchos países hay colonias de libaneses que tienen la misma actitud y similar conducta que sus ancestros fenicios de hace más de 2 y 3 mil años: comerciar en paz.
Hoy, en Senegal, Costa de Marfil, Nigeria, Sierra Leona, etc. etc., también en países de América del sur y en muchos otros, tanto ricos como pobres, hay libaneses que prosperan y hacen prosperar. Hay que reconocer que son una excepción absoluta, y los barrios libaneses de las ciudades del África negra, se quiera o no, sorprenden, pues no existen otros barrios populares y comerciales de población blanca.
En muchos episodios han tenido que vivir situaciones difíciles, como los períodos coloniales y las guerras derivadas, y siempre han tenido un comportamiento que les ha hecho merecedores del respeto de los contendientes; es reconocido que siempre dieron apoyo moral a los movimientos de independencia, actuando en lo posible como mediadores.
Esta presencia en los tiempos actuales en territorios considerados hostiles o como menos inseguros para el resto de los blancos, comenzó a mediados del siglo XIX y ahora se estiman unos 14 millones de libaneses censados afincados en diferentes países y otros 15 sin censar.
Mientras, en Líbano, su tierra de origen, las condiciones para seguir viviendo son cada día más difíciles, imposibles. Ésta ha sido la desafortunada condición que la historia ha deparado a esta cultura y sociedad modélica, a lo largo de sus 3.700 años de historia documentada: ser expulsados con violencia por sociedades agresivas y llenas de problemas, y los testimonios escritos de su cultura desaparecidos.
Mientras han sido siempre bien recibidos, valorados y tratados amigablemente por aquellas sociedades lejanas en donde se han establecido.
Bastaría haber seguido el sistema de vida cananeo como modelo, para poder tener ahora un mundo en paz y próspero, donde la justicia, la libertad y el bienestar no fuera algo que conseguir desesperadamente, sino el pan de cada día. Si en las cátedras de las facultades de ciencias de economía y de política se impartieran los valores, principios y estrategias de los cananeos, el mundo sería mucho mejor y no habría ni guerras, ni migraciones desesperadas, ni cambios climáticos. Su pacífica, fecunda y ejemplarizante historia debería ser motivo de atención, estudio y reflexión.
El ejemplo histórico de los cananeos, debe llevarnos a concluir que el tan inseguro presente que nos toca vivir, es el resultado de una desafortunada deriva de la evolución de la historia, que tiene protagonistas, fechas y datos.
Siendo rigurosos con lo que entendemos qué es el bien y que es el mal, y qué es el progreso y que es la decadencia, debemos reconocer que los cananeos, fenicios, cartagineses, púnicos, libaneses o cómo queramos llamarlos, merecen ser reconocidos, más ninguna otra sociedad de la historia, como los portadores de aquellos valores, caracteres, criterios, actitudes y comportamientos que hacen avanzar la personalidad individual, la cultura, la sociedad y la economía.
Merecen ser reconocidos como los primeros grandes “civilizadores” de la historia, pero, los ignoramos.
El tiempo transcurrido entre el hallazgo de la pinta de marfil en idioma cananeo, de 1.700 a.C., y la frase de St. Agustín, del siglo VI d. C. sobre la identidad cananea de los vecinos de su diócesis en el actual Túnez, enmarca hechos e indicios más que suficientes para incentivar a conocer más aquella cultura y sociedad, pues obligan a muchas preguntas nuevas.
Dos anécdotas, muy lejanas en el tiempo y en el espacio, que expresan formas radicalmente diferentes de entender el mundo: una, ya explicada, cuando el viaje del cartaginés Hannon hasta Camerún y su encuentro violento con una familia de gorilas que, creyendo que eran humanos se acercaron demasiado, “el espalda plateada” les agredió y tuvieron que matarle. Es decir, que los cananeos confundieron a un animal con un humano.
La segunda anécdota es de más de 2.000 años después, en el norte de Gran Bretaña durante las guerras napoleónicas, cuando unos pescadores ingleses recogieron los restos del naufragio de un barco francés; había supervivientes, y al estar encerrados entre rejas, dedujeron que eran condenados que se les deportaba a América. Los rescatadores pidieron la intervención de la autoridad militar, y cuando ésta llegó, tuvo que reírse un rato, ya que los “malvados enemigos franceses”, eran unos pobres monos enjaulados.
En relación a la satisfacción de las cuatro necesidades genéticas, en cuanto al reconocimiento puede decirse que los cananeos, a pesar de vivir en ciudades y territorios diferentes, mantuvieron fuertemente sus vínculos nacionales; también que establecieron relaciones amistosas y duraderas con todo el mundo con quien se encontraron en sus viajes; no es difícil imaginar cuál debía ser la sensación de llegar a un lugar muy lejano, donde la gente te reconoce y espera algo de tu regreso; no podemos encontrar una sociedad con esa necesidad más satisfecha, ni en su época, ni después, ni ahora.
Sabemos poco de esa sociedad y cultura, pero sí que vestían siempre una prenda teñida de púrpura -aquel tinte que sólo ellos sabían fabricar- que, de tan caro, era sólo para gente muy rica e importante; ellos lo exhibían a diario en los lugares a los que llegaban en sus viajes y, obviamente, no pasaban desapercibidos: color excepcional y llamativo asociado al lujo, exhibido por aquel que quiere relacionarse contigo. Un truco comercial que, mirado con perspectiva, debe calificarse de genial.
También la necesidad de reconocimiento halló un elemento de refuerzo a bordo de los vulnerables barcos, donde en muchas circunstancias debían sentirse iguales; el factor de reconocimiento más importante acontecido es el ambiente de igualdad que propicia la dinámica de relaciones entre los navegantes, ya que se debía salir de puerto con una jerarquía, pero, después de muchos meses de navegación, aquel hombre que había embarcado contratado como ayudante, al retorno de la nave podía haberse convertido en líder del grupo, debido a haber sabido enfrentarse con éxito a situaciones extremas y puede ser a la pérdida de compañeros de viaje.
En relación a la libertad, se puede decir que fueron sus descubridores y pioneros; consiguieron un bienestar económico muy por encima de cualquier otro pueblo de la época, puesto que se puede decir que prácticamente todos eran ricos; en relación a la seguridad, ésta fue la necesidad peor atendida, sustituida por un espíritu aventurero que les llevaba, mientras estaban de viaje, a vivir en peligro.
Temerarios, iban siempre en busca de aventuras marineras y de encuentros con grupos humanos imprevisibles, y debemos concluir que en esto se sentían realizados individualmente, como grupo marinero y como sociedad.
Si comparamos los pensamientos y sentimientos alcanzados por los cananeos, con los que regían en el vecino Egipto y en las ciudades de la Mesopotamia de la misma época, debemos concluir que ellos vivían otra realidad, moderna, ágil, plástica, fructífera, pacífica y duradera, un caso especialísimo en la historia de la humanidad.
Una aberración de la cultura, la mayor aberración ampliamente extendida y compartida, es la firme e íntima creencia de que la guerra es consustancial a la especie humana, cuando los más de 1.000 años de sólida y rica permanencia del sistema fenicio demuestran lo contrario. Las convicciones emocionales y sentimentales que llevan a la guerra son los supremacismos potenciales y la corrupción de la gobernanza, dos caracteres que se sitúan en la parte oscura tanto del pensamiento moral como de la acción política, y que sólo pueden definirse con precisión acudiendo a términos que pertenecen a la psiquiatría clínica y al Código Penal.
Hay que observar que Humanistas, Renacentistas e Ilustrados no tuvieron la oportunidad de conocer las aportaciones de la sociedad cananea, y su referente fue sólo Grecia.
Escritos de la mayor competencia sobre la Antigua Grecia hay a miles. Aquí se exponen diferentes aspectos de esa sociedad, que permitan incorporar unas cuantas observaciones referidas a las cuatro necesidades, teorizado en el apartado quinto del primer capítulo de esta crónica.
Los griegos antiguos reconocían ser deudores de los cananeos en muchos de los elementos básicos de su cultura, empezando por la escritura; y también de su modelo económico, basado en el establecimiento de colonias en diferentes lugares del Mediterráneo, copiando literalmente el sistema fenicio de relación con los nativos y el económico de fabricar todo lo que podía ser intercambiado o vendido.
Otro texto del tunecino M'Hamed Hassine Fantar referenciado páginas atrás dice:
Después de haberlos conocido y haberlos visto triunfar -a los fenicios-, los griegos quisieron tomarlos como ejemplo y seguir su estela. Y de esta forma descubrieron la grandeza del individuo libre y las ventajas de sentirse solidario en el seno de la comunidad.
Aquella innovación cananea en la forma de estar en el mundo como personas individuales y al mismo tiempo como grupo, que nada tenía que ver ni con la egipcia ni con la mesopotámica, penetró en la mentalidad de los griegos, que eran sus vecinos de más al norte.
Desgraciadamente, sin embargo, no influenciaron a todos los griegos, pues Esparta también de idioma, mitos, dioses y escritura griega, y solidaria con Atenas en la lucha por defenderse del Imperio Persa, emprendió el camino del supremacismo, la autocracia y la violencia extrema.
Esparta había escogido un sistema de vida basado en vivir a costa de la reducción a la esclavitud de la población autóctona del territorio, y su sociedad nada tenía que ver con la de sus vecinos de Atenas, que rechazaban la tiranía.
Y fue entre los atenienses donde la libertad individual descubierta y experimentada por los cananeos, encontró el campo idóneo para evolucionar y convertirse en el elemento fundamental para conseguir un modo de gobernanza innovador: la democracia, el sistema que a pesar de todas sus carencias en aplicación, inspira los sistemas actuales de gobierno más benignos, seguros y eficientes.
Los griegos que conformaban la ciudad de Atenas y su entorno, eran un conjunto de tribus establecidas en un territorio montañoso, de secano y con poca tierra cultivable; se estima que en la época de la República, los hombres con derechos políticos eran unos 40.000, por lo que en total debían ser unas 150.000 personas, esclavos incluidos.
Empezaron a imitar a los fenicios, estableciendo colonias por todo el Mediterráneo, no sin un período previo donde los pirateaban descaradamente, por lo que los fenicios siempre mantuvieron una prudente distancia con ellos.
Los Griegos Antiguos habían entendido claramente que un autócrata puede ser bueno, justo e incluso admirable, pero que la autocracia como sistema genera inevitablemente abusos de poder, corrupción violencia y decadencia; querían encontrar un sistema de gobierno que evitara la monarquía hereditaria y, desconfiados de cualquier forma de poder, que entendían que lleva siempre al exceso, emprendieron una búsqueda para ir perfeccionando su sistema de gobernanza.
Al proceso de asunción del sentido de libertad individual por influencia fenicia, añadieron su propio sentido de libertad grupal frente a cualquier tiranía y de abuso en la gobernanza, hasta inventar la República, donde unas pocas generaciones de ciudadanos de pensamiento libre generaron, desgraciadamente corta en el tiempo, la mayor ola de prosperidad intelectual y de producción cultural de la historia.
Los fenicios no evolucionaron en esa dirección, probablemente porque su sistema de gobernanza era tan funcional que no pedía cambios; conformado en cada ciudad por una monarquía hereditaria con poco poder político y una asamblea de ancianos de las familias más ricas, que gobernaba mediante una administración sencilla, en un marco donde casi toda la ciudadanía era acomodada, o por ser navegantes, o por ser industriales, o por ser artesanos, y que de una manera más o menos directa se sentía suficientemente representada en el consejo de ancianos. La reducida dimensión demográfica y territorial de cada una de las ciudades fenicias debía ser un factor de estabilidad social y política en una gobernanza que podríamos asimilar al sistema tribal.
Para los griegos precursores de la democracia, el reto fue adquirir bienestar material y seguridad, sin renunciar a la libertad y sin ruptura con los vínculos tradicionales, ni como sociedad ni individualmente, es decir sin lesionar los elementos de reconocimiento básicos.
Lo lograron mediante una secuencia de cambios legislativos, todos ellos realizados con dos principios ambiciosos: no admitir nunca un sistema de gobierno autocrático y construir continuamente elementos de concordia y paz social entre ellos.
La búsqueda del progreso social, se desarrollaba dialécticamente en la plaza pública, el Ágora, un lugar físico y central de la ciudad, donde la libertad de expresión era sagrada, en el sentido literal de la palabra. Igual que en las sociedades tribales, pues aquellas generaciones de griegos intentaban encontrar un sistema de gobernanza que fuese la continuidad del sistema tribal, pero a escala de nación.
Es necesario atribuir a aquella admirable cultura, la idea y el concepto de progreso humano; antes, obviamente, podía haber progresos en diferentes ámbitos: podían progresar el rey, o la política de un rey responsable, o los sacerdotes, o el nivel de vida de los campesinos o de los artesanos, sin embargo, no existía ni la idea ni la perspectiva de progreso humano, que llegó inspirado por el ejercicio de la libertad al servicio de la comunidad, ensanchando la mirada y comprendiendo racionalmente que el progreso verdadero debe incorporar necesariamente a todos los individuos que conforman la sociedad. Ésta puede considerarse la gran aportación de Grecia a la civilización; hay otras.
Por un principio de libertad contrario a la tiranía, nunca admitieron una monarquía hereditaria, y frente a dificultades concretas, tuvieron que imaginar otras soluciones. La historia evolutiva de estas soluciones tiene nombres propios: Draco, Solón y Clístenes, los tres jefes de gobierno introductores de los cambios legislativos más importantes, que culminaron con la República Democrática de Atenas y que se extendió a otras ciudades griegas cercanas.
Estos tres reformadores políticos aportaron a la civilización, el primero la ley, el segundo la justicia y el tercero, como culminación, la democracia. El orden cronológico de las reformas tiene una lógica.
De ellos, y de la gente de su ambiente, el experto en literatura griega, el austríaco Albin Lesky, en su libro La Tragedia Griega, explica que aquella admirable y acelerada persecución del “progreso humano” llegó:
. . . . cuando los mejores hombres de acreditados linajes nobles en posición preeminente y reconocida, pusieron todo su saber y poder al servicio de la comunidad. Es una de esas épocas felices de la historia de los pueblos en los que la voluntad del individuo tiene la conciencia de que es parte de un todo.
En el año 624 a.C. Draco, el primero de los grandes reformadores y erróneamente tachado de radical en el imaginario y el lenguaje popular -“una solución draconiana”-, propuso mejoras en el sistema de protección de las personas; de hecho aportó la ley escrita como sustitución de la justicia ejercida por el autócrata de turno.
Esto no era una completa innovación en la historia, pues hay que recordar el Código de Hammurabi de miles de años antes en Summer, Mesopotamia; sin embargo, la legislación impulsada por Draco era de un nivel superior, porque institucionalizaba el ejercicio de la justicia y sobre todo por su contenido.
Las leyes de Draco determinaron que el estado tiene el monopolio de la violencia entre personas, incluidos los esclavos, castigando "el ojo por ojo", la tortura y la "caza de brujas". Cuando se aprobaron, tuvieron mucha contestación por demasiado severas, y unas décadas después Clístenes, otro reformador de referencia, las suavizó. Hay que entender que una inicial severidad debía imponerse, para poder cambiar unas costumbres que a partir de entonces se tildaron de bárbaras.
Veinticinco años después, otro líder político: Solón fue el segundo gran reformador, cuando una grave crisis social hacía tambalear la paz interior, debido a que la exportación de trigo había hecho subir tanto su precio que había hambre. Su mérito personal, fue hacer entender a los ricos de Atenas -él era uno de ellos- que si querían continuar ricos y vivos, los pobres con los que compartían territorio y cultura, no tenían que sufrir ni hambre ni frío, es decir que no debía haber pobreza. Legislando, limitó la exportación de trigo, para bajar su precio y que todo el mundo pudiera comprarlo, y fomentó la plantación de olivos en los espacios de montaña, no cultivables con cereales, legumbres y verduras.
Estas medidas llevaron la paz social y también grandes mejoras en la economía, ya que al aumento de la producción de aceite de oliva se sumó la producción de ánforas de cerámica para su envasado y exportación; y muy pronto el negocio de la cerámica fue la primera industria del país, con centenares de talleres. En resumen, el diálogo y el posterior pacto, para evitar males mayores y después para prosperar.
Fue en estos talleres de ceramistas donde la decoración de las ánforas, vasos, platos, etc. superó por primera vez en la historia la ley de frontalidad citada en el capítulo VII dedicado a la estética.
Herodoto explica que una vez aprobada la reforma constitucional, Solón tenía tan poca confianza en que se pudiese cumplir y le pidieran responsabilidades, que decidió marcharse varios años a la vecina Lidia. Su temor era infundado, y a su retorno lo reconocieron como uno de los siete sabios.
Pocos años después Clístenes, el tercero de los grandes reformadores, propuso que las tribus tuvieran un papel subalterno, a favor del voto personal universal -no para las mujeres ni los esclavos-. Hasta entonces, como en toda sociedad tribal, en las discusiones previas a la toma de decisiones podía hablar todo el mundo, pero, a la hora de votar, sólo lo hacían los cabezas de familia.
Aquel descubrimiento intelectual de los fenicios, que fue el sentido y el principio de individualidad, inseparable del de pertenencia al colectivo, los griegos lo tradujeron en el voto personal, una de las grandes conquistas de la humanidad, puesto que es el nivel superior de reconocimiento, una de las cuatro necesidades genéticas, donde la persona se integra en la sociedad, reconociéndola, para reconocerse a él como parte, y para protegerse recíprocamente.
El famoso libro El contrato social, escrito en 1.762 d.C. por Jean-Jaques Rousseau, uno de los referentes teóricos de la Ilustración e inspirador de las ideas buenas de la Revolución Francesa, no pretendía predicar otra cosa 2.300 años después.
En menos de un siglo, la ciudad de Atenas y las de su entorno, evolucionadas de una sociedad primitiva -que ellos mismos reconocían como "la época oscura"- y sin romper con las formas sociales ancestrales -la tribu-, instauró un sistema regido por leyes y no por la voluntad de autócratas ni por las oligarquías, con la libertad de expresión como garantía y vigilancia.
La evolución de los órganos representativos llevó a la separación de poderes, donde los jueces se designaban por sorteo; una solución que los estados “democráticos” actuales se niegan obstinadamente a considerar, y que perpetúa los déficits del sistema.
Los griegos fueron los “descubridores” del voto individual en la designación de las personas con poder para gobernar, y eran pues sus primeros defensores, pero, para la designación de los jueces decidieron que el sorteo era el sistema con mayor garantía de autonomía y de imparcialidad.
La ciudadanía de Atenas descubrió que, cuando la sociedad se protege de la corrupción organizada, la democracia es el sistema de mayor garantía, porque, entre otras ventajas, permite rectificar los errores y encontrar las mejores soluciones ante cualquier reto y problema; es obvio que cuando los errores los cometen autócratas, se intentan esconder y empeoran. Ésta es una realidad histórica incontestable; por el contrario, en una democracia consolidada, cuando hay errores, la estructura del sistema de poder lleva primero a la crítica, después al cambio de criterios y estrategias y, en su caso, también de los políticos responsables.
Los griegos, desconfiaban de cualquier poder, y el sistema democrático es el resultado de su búsqueda y evolución cultural y social, en el intento de dotarse de un gobernanza eficiente, que no ahogara las libertades.
La democracia es un producto cultural, pero a diferencia de las otras formas de gobierno sirve el principio de individualidad, que pregona la igualdad de derechos y deberes de todas las personas, y lo aplica a la gobernanza mediante la aritmética simple. Justicia y racionalidad.
A nosotros, 2.500 años después, abducidos por mitos antiguos, por la seducción del macho alfa, por atávicos sentimientos de separatividad y por una enfermiza tolerancia a la corrupción, todavía nos cuesta mucho aceptarla y adoptarla como sistema indiscutible para la buena gobernanza.
En Atenas, la eclosión de las reformas mencionadas llevó a la República, el período de plenitud donde todo lo que sabemos es ejemplarizante, tanto en la gobernanza como en el progreso social e intelectual, en creatividad cultural, en crecimiento económico, en solidaridad social y en capacidad de autocrítica.
Hay que repetir que fue ejemplarizante, también en el reconocimiento de sus defectos y puntos débiles como, por ejemplo, el criterio de que tener un ejército en ultramar para defender intereses económicos, es un peligro real para la democracia, ya que la dinámica de una guerra lejana enturbia la toma de decisiones correctas.
También aparecieron señales claras de cambios importantes, capaces de evolucionar hacia una sociedad plenamente libre, justa y próspera; de la época republicana tenemos testimonios escritos -cartas entre amigos- quejándose uno de ellos de que en las calles de la ciudad de Atenas ya no hay maneras de distinguir a un esclavo de un hombre libre, ya que todos tienen el mismo aspecto y comportamiento.
De aquellos Griegos hemos heredado la mejor literatura trágica de la historia, donde el papel de muchas mujeres protagonistas debe hacernos ver que aquella sociedad evolucionaba muy rápidamente hacia el reconocimiento de sus capacidades; su lectura revela el reconocimiento de una cierta superior moral y ética de las mujeres, dotadas de caracteres ejemplarizantes, fuertes y valientes, sólo comparables a los de los héroes, siempre hombres.
Reproduzco un texto escrito en la época de la República:
Pero ahora, separada de mi casa, no soy nada. A menudo, considerando la naturaleza femenina, constato que no somos nada. De niñas vivimos en la casa de los padres, la vida más dulce para cualquier mortal, pues la inocencia de la infancia es siempre feliz. Pero, cuando llegamos a la pubertad y somos conscientes, se nos expulsa de ellas para ser vendidas lejos de nuestros dioses ancestrales y de nuestros padres, unas a extranjeros, otras a bárbaros, unas a hogares tristes y otras a hogares violentos. Y sin embargo, una vez que la primera noche nos ha unido a nuestro marido, debemos alabarlo y creer que todo va bien.
El texto, podría ser de un diario íntimo, o la carta a una amiga, sin embargo, es un fragmento de la obra de teatro Tereo, de Sòfocles y, por tanto, recitado ante el gran público; un discurso denunciador y una muestra más de la rápida evolución de esa sociedad. Muy probablemente, entre el público asistente había padres que por entonces estaban en tratos con otro padre, para venderle su hija.
Hay obras de teatro griego que ponen en cuestión la esclavitud y también la existencia de los dioses. Eurípides, el más transgresor de los autores que nos ha llegado, escribe en su obra Io:
. . . . porqué lo único que el esclavo sufre es su condición. Por lo demás, el esclavo inteligente no es peor que el hombre libre.
En otra obra, Las Troyanas, escribe:
¡Oh Júpiter!, tú que gobiernas la tierra, seas quien seas, impenetrable a nuestro entendimiento, puede ser una ley de la naturaleza, o puede ser una invención de los mortales, yo te venero.
Teniendo en cuenta que es en la poesía, el teatro, la música y la pintura donde se expresan las avanzadas de las sensibilidades, sentimientos y pensamientos de una sociedad, la República de Atenas caminaba a grandes pasos hacia ser modélica en todo. Estamos hablando de un período de poco más de un siglo.
Su reducida población presenta el mayor índice de creatividad de la historia, en cantidad y en calidad, y sabemos que de los grandes escritores, al menos tres cuartas partes de su obra se ha perdido; y también que algunos de los grandes trágicos que ahora leemos, en los certámenes anuales habían quedado en segundos o terceros lugares, detrás de algunos otros autores cuyas obras han desaparecido y sólo sabemos su nombre; y de algunos ni eso.
Hay que considerar que las obras literarias eran presentadas en concursos públicos, representadas en muchas ocasiones y presenciadas por prácticamente toda la ciudadanía griega, también la de las colonias lejanas.
Antes de los griegos, no hay indicios de que ninguna cultura practica "el juego de representación de la realidad" que es cómo podemos definir el teatro. Ellos fueron sus inventores, y en unas pocas generaciones escribieron y representaron obras de gran calidad, del más alto nivel literario, poético y moral que, en conjunto, todavía no han sido superadas.
Básicamente tragedias y comedias, y también poesía, tenían un lugar preferente en la atención de la ciudadanía que llenaba los teatros a rebosar, y donde las ideas expuestas, aunque escandalizaran a algunos, nunca eran censuradas ni sus autores castigados o marginados.
Los griegos podían hablar de todo y replanteárselo todo, hasta la propia existencia de los dioses, siempre que se expresara de modo culto; se sabe que se castigaba duramente la agresión física a los templos y altares.
Tenían un elevado sentido de la ironía, pero, no toleraban ni la conducta ni el lenguaje grosero, fuera de los cultos diálogos provocadores de las comedias teatrales. La vocación por el género trágico fue sentida y participada por toda la ciudadanía, en el noble y sabio deseo de analizar los caracteres y comportamientos humanos en situaciones límite.
La creatividad de la Grecia Antigua en literatura, artes plásticas -inventaron un ismo arquitectónico nuevo y dejaron atrás la ley de frontalidad- y por su producción en filosofía, escuelas de pensamiento y estudios de pre-ciencia, debe ser considerada como la más rica y prolífica entre todas las sociedades y culturas de la historia de la humanidad. Y si se tiene en cuenta la escasa demografía y el poco tiempo que duró, un milagro de la historia. El milagro de la historia.
Un par de detalles que pueden ilustrar la calidad exquisita de esa cultura, son dos intuiciones que parecen más de inspiración divina que humana. La primera es el mito de Prometeo, que da pie a esta Crónica; la mitología griega explica que todos los “inventos” prácticos nos fueron dados por los diferentes dioses y diosas del Olimpo: el trabajo de los metales, la agricultura, la domesticación de animales, la cerámica, la navegación, el arte de tejer, etc. etc. y en ningún lugar de aquella literatura aparecen sombras sobre estos regalos divinos, excepto la reacción airada de Zeus contra Prometeo, cuando la donación del fuego. Hoy sabemos que la incapacidad de protegernos de los efectos del fuego nos puede llevar a la ruina, sin embargo, nada puede explicar de dónde obtuvieron la idea aquellos sabios antiguos.
Otra intuición es la existencia del átomo, como unidad fundamental de la materia, una idea genial que casi 2.000 años después, la ciencia moderna corroboró.
Es interesante averiguar cuáles fueron los factores más decisivos que llevaron a ese grandioso y admirable desarrollo, tanto en producciones culturales, sociales y políticas como en pensamiento libre y en capacidad para gobernarse bien.
Hay algunos elementos que nunca podremos conocer, como es el efecto psicológico en cada persona y en el conjunto de la sociedad de los ceremoniales mágicos colectivos -como los Misterios de Eleusis- donde tenían entrada toda la ciudadanía: hombres, mujeres, extranjeros y esclavos, con la sola condición de entender la lengua griega. De esas sesiones nunca sabremos nada, ya que lo que sucedía debía mantenerse en secreto, y nunca nadie lo explicó; parece seguro que se tomaban bebidas y se respiraban humos y vapores, que se cantaba y bailaba, y que la suma llevaba a experiencias extrasensoriales, puede ser a vivencias cercanas a la percepción de la muerte.
De aproximaciones a los contenidos de estos ceremoniales se han escrito unas cuantas, siendo las más relevantes las de Robert Gordon Wasson publicadas a mediados del siglo XX, que a pesar del rigor de su investigación nunca van más allá de suposiciones, ya que la experiencia fue mantenida en secreto. Se puede especular que los efectos de los rituales para cada persona, sería la de tener una actitud sabia ante la idea de la muerte y tranquila en los momentos de morir. Los Misterios de Eleusis, siguen siendo un misterio.
Otro ritual griego fue el Oraculo de Delfos, donde la respuesta más relevante a la pregunta de cuál es el sentido de la vida, era: conócete a ti mismo.
Si bien es seguro que estos ceremoniales tenían una enorme influencia en la formación de su carácter y personalidad, no podemos concluir que fueran los determinantes de su evolución política, ya que los espartanos también acudían a Eleusis y a Delfos, y sin embargo, se caracterizaron por ser violentos, nada democráticos y culturalmente poco creativos.
Se puede decir que los efectos psicológicos de los rituales mágicos -todos ellos originarios de la Mesopotamia con variantes locales- no fueron los determinantes de su evolución política y social, pero, también puede decirse que sin ellos, la historia de los griegos no hubiera sido la misma en aspectos relevantes, como la decisión de enfrentarse al inmenso Imperio Persa, cuando éste ya dominaba toda la ancha región, incluidas Lidia, Israel, Fenicia y Egipto. Sólo ellos, sin apenas ejército profesional, decidieron que más valía morir que vivir sometidos a tiranía; fueron a la guerra y contra todo pronóstico vencieron.
Aquella victoria contra el ejército, con diferencia, el mayor de la época, les dio seguridad en sus convicciones más relevantes, corroborando que es la libertad el bien más preciado. Si aceptaban ser otra colonia persa -los persas eran unos colonizadores benévolos, según Herodoto- conservarían el bienestar y la seguridad, pero, perderían muchos de sus elementos de reconocimiento y sobre todo perderían la preciada libertad.
Otro elemento importante en la formación del carácter griego, es que creían en un conjunto de dioses y diosas, a los que mostraban un gran respeto. Pero todo lo que se atribuía a las divinidades: palabras, pensamientos, voluntades, acciones e ideas, etc. fue siempre inventiva de una persona con capacidad literaria, pero, sin ninguna autoridad religiosa; tampoco las personas encargadas del culto tenían la facultad de generar ni interpretar doctrina. Y fueron Homero, Hesíodo, los grandes trágicos Esquilo, Sófocles y Eurípides, el comediógrafo Aristófanes y otros, todos ellos hombres normales -también alguna mujer-, aparte de su capacidad literaria, quienes pusieron doctrina en boca de los dioses.
Los intelectuales, iban dando voz a las divinidades en el sentido de que ellos interpretaban como tendencias de su sociedad y como depuración de lastres antiguos indeseables -como los sacrificios humanos-. Aquí también puede aplicarse el sabio verso de Antonio Machado: caminante no hay camino, se hace camino al caminar.
Ninguna capacidad coactiva, pues, en todas las voluntades expresadas por las divinidades, que contrasta con que individualmente y como colectivo, los griegos tuvieron siempre un sentido de trascendencia que, salvo en los espartanos, no se detecta en ninguna de las demás sociedades vecinas,
Un carácter único que también hay que observar en la cultura griega, es que en todas las representaciones teatrales, cuando existe un asesinato, suicidio, sacrificio ceremonial o pelea a muerte, y hay muchos en sus tragedias, el espectador no contempla nunca la escena de violencia, y se entera por un actor o recitado por el coro que entra en escena y la explica.
Esta sensibilidad está a años luz de la del Imperio Romano, con el circo como manifestación máxima de brutalidad, y también muy lejos de la nuestra donde los cines, televisiones y teléfonos están llenos de violencia explícita, como rendición de culto; en este aspecto, que es relevante, estamos muy cerca de los bárbaros y crueles romanos y muy lejos de los cultos atenienses.
Ahora, nosotros no asistimos a actos de violencia reales, sin embargo, sí virtuales; obviamente que hay diferencia, pero, no tanto en el aspecto educacional y en el significado moral que damos a su ejercicio.
Y no debemos imaginar que los Griegos Antiguos tuvieran una moralidad miedosa y mucho menos una doble moral; en los juegos atléticos y guerreros, y había muchos, rendían culto estético a la desnudez, tanto de hombres como de mujeres, y por considerarla el estado natural, desconfiaban de aquellas sociedades que la negaban o la prohibían.
Nosotros, en esto, estamos todavía a medias y llenos de confusiones.
Otro aspecto, el humor festivo, bien visible en un parágrafo del poeta cómico Eubulo, que dibuja un escenario que puede ser el mismo para nosotros, en algunas ocasiones:
Yo preparo tres crateras -grandes copas para vino- para aquellos que son moderados; la primera es para la salud, y es la primera que beben. La segunda es para el amor y el placer, y la tercera por el sueño; cuando se han bebido ésta, los que tienen buen juicio se van a su casa. La cuarta cratera ya no se puede decir nuestra, sino de la hibrys -la desmesura-. La quinta es la de la juerga. La sexta es la de la procesión de los borrachos y la séptima la del ojo a la funerala. La octava es la de los tribunales, la novena la de la bilis y la décima la de la locura y de destrozar todo el mobiliario.
En relación a la violencia, los griegos la admitían como última razón para defenderse de los pueblos bárbaros, pero no como sistema para dirimir conflictos internos; los episodios de violencia entre grupos o facciones son pocos, aunque existían clases sociales y también partidarios de gobiernos oligárquicos y partidarios de gobiernos democráticos.
Todo su gran esfuerzo, que ha sido aportación y es herencia para nosotros, estuvo encaminado a encontrar estrategias políticas para gobernarse con eficiencia y sin enfrentamientos internos. El sistema democrático no es otra cosa que la aplicación del sentido común a los retos de distinto orden que plantea la necesidad de tener gobernanza. Su talante fue la vocación irreductible de libertad y el rechazo a la tiranía, y su máxima conclusión fue la intolerancia a la corrupción política.
Los antiguos griegos no eran como los fenicios, que evitaron el militarismo y la guerra, hasta que las amenazas del emergente Imperio Romano les obligó a cambiar de mentalidad; los Griegos se sentían guerreros, pero, no de conquista, sino de defensa, y con este principio, fueron adquiriendo grandes capacidades militares, sobre todo por mar, y la marina de guerra griega fue un puntal de la hegemonía de Atenas, para proteger sus colonias y sus barcos mercantes, y también las ciudades aliadas.
De hecho, esta actividad militar de la flota fue la causa de su perdición, cuando habiendo ganado la guerra contra sus vecinos de Esparta, emprendieron una acción en Sicilia en la que había muchas colonias e intereses griegos; y allí, una serie de malas decisiones, parece que provocadas por corruptelas de los comandantes, hicieron perder la flota; los cinco que la dirigían fueron juzgados y ejecutados al regresar a Atenas. Sócrates votó en contra de la ejecución.
Fue entonces cuando Esparta reemprendió la guerra y la ganó. Poco después, Atenas, debilitada, no pudo detener el expansionismo de sus vecinos del norte, los Macedonios gobernados por el rey Filipo y su hijo Alejandro, aquél que pocos años después sería reconocido como el Grande.
Contemplando la historia de Grecia que evolucionó hasta la constitución de la República de Atenas, en mi opinión el factor más relevante para su progreso fue la adecuada comprensión de la importancia de las cuatro necesidades genéticas y sus criterios de priorización y ponderación.
Sabían que hay que luchar siempre por la libertad -dentro en forma de libertad de expresión y fuera con las armas-, y supieron otorgarse abundantes factores de reconocimiento; a cambio consiguieron un elevado nivel de bienestar material, y considerando el mundo bárbaro que geográficamente les rodeaba, también un alto nivel de seguridad.
Algunos discursos en la Asamblea y muchas reflexiones escritas por diferentes personajes, llevan a entender que esta conciencia estaba viva.
De aquel mundo bárbaro, pudieron defenderse con éxito del Imperio Persa, pero, sucumbieron militarmente primero ante Esparta, después ante Macedonia y finalmente ante el Imperio Romano. De hecho, lo extraño no es que sucumbieran, sino que llegaran a tener opciones de ser lo que fueron, durante un considerable período de la historia.
Pese a su relativa corta duración y reducida dimensión territorial y demográfica, y pese a ser físicamente destruida, es la etapa más fundamental de la Cultura en mayúscula, y dos y tres mil años después, cualquier idea y principio de progreso viene orientada por los resplandores de sus luces .
Para terminar este capítulo, no puedo evitar repetir que, hoy todavía, muy a menudo, en muchos escritos y en muchas pantallas, se expresa unas miradas hacia Fenicia y hacia Grecia que resultan inexplicables. Referido a Fenicia, en algunos lugares se llega a atribuir a sus miembros, de forma genérica, comportamientos rechazables, como el ser ladrones; una afirmación justificada, sólo, por algún párrafo de una narración novelesca de la antigüedad, redactada por un ilustre competidor de los fenicios, como el propio Homero en la Odisea. Y hacia la República de Atenas, los reproches más corrientes son que tenían esclavos y que las mujeres no eran libres.
En relación a Grecia, cabe entender que no pretendían dar lecciones a nadie, y menos a exigentes moralistas de 2.500 años después, y la manía de compararla con nuestra sociedad en cuanto a derechos humanos y moral pública es una actitud fuera de lugar, pues les debemos los conceptos y las ideas más fructíferas de la historia.
La satisfacción de las cuatro necesidades, modulando el bienestar y la seguridad y priorizando la libertad y el reconocimiento, les dotó de todas las capacidades de autorrealización y de progreso. Desgraciadamente, ahora 2.500 años después todavía somos incapaces de aplicar la fórmula, y por pereza intelectual y por dependencias diversas, nos mantenemos apegados absurdamente a mitos inútiles, a tabúes medievales y a costumbres y servidumbres auto lesivas.
Deberían servirnos de referente como observatorios de experimentación para la adquisición de la capacidad de gobernarnos bien, ya que en esto ellos fueron maestros. Hoy, nosotros, con todos los grandes avances intelectuales, sociales, económicos y científicos que orgullosamente exhibimos, todavía no lo logramos; y sin embargo, en un extraño arrebato de supremacismo en relación al pasado, damos su maestría por agotada, afirmando con rotundidad y altanería que somos sociedades plenamente libres y democráticas.
Justo ahora, cuando, después de dos mil años de bisenfín, nos estamos jugando la salud y la vida
En el año 318 a.C., con la conquista de Atenas por Macedonia, sus vecinos del norte liderados por el rey Filipo, padre de Alejandro Magno, se inicia un período especial que duró 300 años denominado Helenismo, asentado en una inmensa región que abrazaba desde la India hasta Egipto, Mesopotamia, la actual Turquía, Grecia y Bulgaria, donde el Gran Rey soñaba con implantar los valores culturales griegos, pero, con gobiernos monárquicos hereditarios.
Pierre Levéque, en su libro El Mundo Helenístico escribe:
Atenas se convirtió en una ciudad universitaria, en una reserva del pasado,
que seguía fascinando a sus vecinos, que lo amaban todo de ella, menos la democracia.
Perdidas las libertades, aquel excepcional laboratorio generador de ideas éticas, políticas, estéticas y científicas casi murió, manteniéndose activo en filosofía y ciencia en Alejandría, Pérgamo y en otras ciudades menores.
Macedonia era una monarquía hereditaria y su rey Filipo era un guerrero enamorado de Grecia, hasta el punto de que había contratado al sabio griego Aristóteles como maestro de su hijo Alejandro. Éste, a la muerte de su padre, con 19 años heredó el trono.
Es difícil comprender en qué consistía la admiración que padre e hijo profesaban por Grecia, pues amaban su producción cultural, mientras detestaban su sistema de gobierno; una contradicción total ya que una no se explica sin la otra, y con esa incomprensión se delataban como bárbaros.
Los macedonios, como los griegos, tenían al Imperio Persa como vecino todo poderoso y sentían su perpetua amenaza, materializada en dos invasiones en pocos años, las dos frustradas por el coraje de los griegos.
Una vez Alejandro en el trono, decidió emprender lo que su padre preparaba desde hacía mucho tiempo, y que a los griegos conquistados les gustaría mucho: la guerra contra Persia.
Alejandro perseguía crear el mayor imperio jamás conocido, que fuera también el más culto de todos, y después de su muerte sus sucesores, todos generales macedonios de su ejército, se repartieron aquel inmenso territorio y, con mayor o menor acierto, fueron continuadores de su sueño.
La historiografía exalta las virtudes guerreras de Alejandro en Grande, pero es necesario verlo también como un gran diplomático.
En un episodio, sin violencia y sólo con astucia y sabiduría política, logró hacerse reconocer rey de Egipto, es decir dios y faraón, fundando después la nueva ciudad de Alejandría para hacerla la capital de su imperio. Antes de llegar a Egipto, había destruido ferozmente la ciudad fenicia de Tiro, como aviso.
El período Helenístico se extiende desde estos hechos hasta la conquista de Egipto por el Imperio Romano, 300 años después, y presenta un conjunto de caracteres que lo hacen más que notable, donde perduran y crecen aspectos de la cultura de la Grecia Clásica, como la filosofía y la ciencia, pero también muchos de los caracteres propios de los imperios antiguos, es decir sin democracia, en una mezcla de formas de gobernanza que en muchos lugares fue extraordinariamente fértil en avances culturales, sin embargo, también violenta.
Es en esta época cuando la ciencia deviene independiente de la filosofía y comienza su desarrollo, que se interrumpirá con la irrupción del cristianismo, para después resurgir tímidamente a partir del Humanismo a mediados del siglo XV, y en el XX llegar a casi todas las sociedades del planeta.
Los 300 años de Helenismo se caracterizan también por la existencia de muchos ejércitos con muchas máquinas de guerra monumentales y sofisticadas, batallando por conquistar el estado vecino; pero, también por largas épocas de paz y mucha creatividad, sobre todo en la gran arquitectura siguiendo el modelo griego; también nació una adoración por la cultura de la Grecia Clásica: las primeras grandes bibliotecas y la primera afición por coleccionar libros y estatuas producidos por la cultura griega, son modas de este período; mientras, extrañamente y a pesar de su interés intrínseco, no amaron a la de Egipto.
También el descubrimiento de la placidez del campo por parte de los urbanitas ricos, es un carácter relevante de esa época dorada para la cultura, que en algunos aspectos podría compararse a la época victoriana inglesa y también a muchas sociedades actuales.
La ciudad de Alejandría es la referente, con su faro maravilloso, fiestas monumentales en las calles que duraban días, reuniones en los gimnasios, tertulias de intelectuales, escuelas filosóficas e investigación pura en matemáticas, física y astronomía, fruto del encuentro del espíritu griego con las antiguas sabidurías mesopotámica y egipcia. Entonces era la ciudad más grande del mundo.
Fue en Alejandría, y también en otras ciudades como Pérgamo y Rodas, donde se desarrolló un mundo lo más parecido al actual, pero con esclavos, conformado por las familias macedonias de los generales de Alejandro Magno, por unas élites privilegiadas de administradores públicos, intelectuales, artistas y comerciantes de origen griego que conformaban la sociedad urbana, y por campesinos egipcios y por muchos esclavos de distintos orígenes, que eran los que permitían los lujos.
Estas sociedades, que en algunas ciudades pequeñas habían adoptado sistemas de gobierno parecidos al de la República de Atenas, poco a poco iban prosperando en el camino que va desde la barbarie a la sociedad moderna, hasta que el Imperio Romano, una vez destruida Cartago, quedó con las manos libres para expresar su vocación de dominio absoluto, a veces jugando inicialmente con diplomacia, pero terminando siempre con violencia extrema.
La monarquía hereditaria implantada por Julio César, sustituyó a los poderes del Senado romano y su sucesor Augusto, derrotando a Cleopatra, la última faraona, logró imponer la ley de Roma en todo el Mediterráneo.
Y se cerraron todas las luces que Fenicios y Griegos habían encendido, y que el Helenismo, pese a no ser ni republicano ni democrático, había continuado en estética, filosofía, técnica y ciencia.
Muchos libros editados y muchos audiovisuales emitidos de manera persistente, expresan admiración por el Imperio Romano y sus realizaciones, y es común afirmar que las sociedades occidentales somos sus herederas culturales.
No estoy en absoluto de acuerdo con la admiración, y sí lo estoy en la herencia.
Los libaneses actuales, son descendientes de los cananeos, y son herederos en su comportamiento en los países de migración. También los hebreos actuales son descendientes y herederos de los seguidores de la Biblia, mientras que los actuales egipcios, sí que son descendientes de los antiguos, pero, no son sus herederos culturales.
Los actuales griegos son descendientes de los antiguos griegos, pero no son más herederos culturales que yo, o que alguien que viva en cualquier otra parte del mundo.
Y lo mismo con los romanos, ya que sólo los italianos pueden sentirse descendientes, mientras casi toda la humanidad actual somos herederos suyos en aspectos muy relevantes.
Ciertamente, de comportamientos violentos siempre había habido, pero, el Imperio Romano los institucionalizó, exhibiéndolos como doctrina oficial durante todos los siglos que duró.
Diferentes admiradores del Imperio han intentado explicar -léase justificar- ese carácter siniestro con dos argumentos: el primero es que sus fundadores, los hermanos gemelos Rómulo y Remo eran hijos de Marte, el dios de la guerra; y el segundo es que uno de ellos, queriendo ser rey absoluto, mató al otro. Un muy mal comienzo, y más cuando se utiliza como excusa para justificar la violencia sistemática y la crueldad.
En arquitectura construyeron obras admirables, mejorando la técnica para las grandes infraestructuras, sin embargo, su aportación al progreso de la ciencia y la técnica constructiva, a pesar de valorar al arquitecto Vitrubio y otros, debe considerarse muy escaso, si se tiene en cuenta los muchos siglos de su dominio, el tamaño de su economía y la gran cantidad de obra pública emprendida. Los arquitectos e ingenieros romanos, a pesar de tener ante sus ojos el maravilloso Faro de Alejandría, nunca se atrevieron a construir algo parecido, a pesar de ser una infraestructura útil y otorgadora de prestigio.
La admirable cúpula del Panteón de la ciudad de Roma, ya antigua de casi 2.000 años, es una construcción única y magnífica, fruto de la vocación constructiva del emperador Adriano, evidenciada en las cúpulas de menor dimensión que mandó edificar en su casa, como experiencias previas.
La innovación está en su diseño, pero, lo relevante es que el único material empleado en su construcción es el más que milenario mortero de cal, una mezcla de este mineral obtenido por cocción de la piedra caliza, agua y un árido extraído de la montaña del Vesubio, conocido como puzzolana.
Hay que observar que la innovación del emperador Adriano no tuvo demasiados seguidores; ahora, 2.000 después, fascina, sin embargo, tampoco la tenemos como referente constructivo.
Es sorprendente la gran admiración que muchas personas de hoy expresan hacia las grandes realizaciones del Imperio Romano, cuando, aparte de que las arquitectónicas se construyeron con mucha crueldad a base de esclavos, sus aportaciones al estado de la técnica son casi nulas, pues sus grandes y famosas obras se sirvieron directamente de la alcanzada por los antiguos griegos de Alejandría y de la misma Grecia, de dónde, antes de conquistarlas copiaban.
Un balance de tantos siglos de poder de tanta dimensión, evidencia que su aportación a las artes plásticas, la literatura, el teatro, la filosofía y la ciencia fue muy baja.
Roma aspiraba a ser como Grecia, pero nunca ofreció nada relevante al patrimonio cultural y social de la humanidad. Evidentemente, en el aspecto económico sí tuvieron éxitos, pero, observados con atención y excepto en la dimensión, nunca consiguieron nada relevante que los griegos y los fenicios no hubieran conseguido antes, pero sin matar ni esclavizar a nadie, ni destruir ninguna etnia, ni ninguna cultura, ni ningún idioma. Y en relación al Derecho Romano, la idea y el concepto de derecho son aportaciones griegas y no romanas, reconociendo el desarrollo normativo que se logró, propiciado por la dimensión y el tiempo.
Cualquier aproximación crítica es negativa, cuando consideramos valores como la justicia y la ética, en las que el Imperio Romano impuso un brutal retroceso
El bajón fue muy grande, si la comparación se refiere a las sociedades sabias, pero también si se refiere a los otros grandes imperios anteriores, con la excepción del Asirio que aunque sin crueldad sistemática, fue bastante violento. Pero ni Sumerios, ni Hititas, ni Persas, ni Egipcios, practicaron estrategias de violencia contra el pueblo, como sistema de conquista y dominio.
La realidad de la historia antigua, aunque reconociendo que muchos pueblos practicaban la conquista sobre vecinos y sobre no tan vecinos, salvo algunos reyes en particular señalados como crueles, los sistemas de ocupación y dominio consistían en apropiarse totalmente de las riquezas de los gobernantes del estado conquistado y quedarse con los impuestos pagados por la ciudadanía. Pero, no había humillación de los pueblos vencidos, ni apropiación de sus campos de cultivo, ni destrucción de sus identidades, ni reducción sistemática de la población a la esclavitud. En algún caso, los conquistadores incluso rebajaron los impuestos para ser bien aceptados por los nuevos súbditos.
Los testimonios de esta realidad política son unos cuantos y todos de fiar, como el del propio Herodoto, que viajó por Egipto, Fenicia y Lidia, mientras estos países estaban ocupados por el ejército del Imperio Persa. Constata su presencia, pero no recoge quejas de aquel dominio, salvo contra uno de los reyes persas: Cambises, cruel con todos, persas incluidos, y maldito por todos, persas incluidos.
Es sorprendente cómo el guión, la escenografía y la actuación en manos expertas, pueden hacer milagros: la maestría literaria de Shakespeare, el cinematográfico de Mankiewich y el interpretativo de Marlon Brando convirtieron a un personaje cruel, el romano Marco Antonio, en un héroe simpático y admirable; pero en su currículum está el haber sido cómplice de Julio César para establecer la dictadura y el haber ordenado el asesinato de Cicerón.
Los asesinos de Julio César no eran los malos de la película, sino que estaban en el lado correcto de la historia.
La historia del Imperio Romano se basó en el dominio feroz del adversario, como única estrategia política durante todos los siglos que duró; la “paz romana” supuso la eliminación de la totalidad de las identidades, de las formas sociales y de los idiomas de los pueblos invadidos, y vencidos. No por capricho, sino con todo fundamento, el fascismo y el nazismo copiaron su estética y sus prácticas de coacción, invasión y dominio.
Desde la perspectiva actual, no puede haber admiración hacia su obra civilizadora, donde el espectáculo del circo, su símbolo de cultura de masas, era el enaltecimiento de la brutalidad y el sadismo hasta la crueldad extrema.
Tampoco desde la perspectiva de sus contemporáneos, nunca hubo y en ninguna parte admiración hacia ellos, pues despertaban sólo miedo y odio. Los Egipcios, los Fenicios, los Griegos y los Babilonios, sí que despertaban admiración, pero el Imperio Romano lo que verdaderamente pretendía despertar no era ni admiración ni respeto, sino terror para conseguir la sumisión total y lo logró plenamente durante toda su existencia.
Para los Antiguos Griegos, el mayor espectáculo eran los juegos atléticos y sobre todo el teatro, el gran teatro; y cualquier comparación con Roma es ofensiva e injusta, puesto que ésta exhibía con orgullo su condición de sociedad bárbara y violenta.
Los antiguos romanos se comportaron siempre como nuevos ricos y bárbaros incultos, siendo admiradores del legado griego e imitándolos en la religión, la vestimenta y los edificios suntuarios. Obviamente que hubo excepciones personales, que se han ganado merecidamente un lugar en la historia, sin embargo, la justa valoración que podemos hacer del Imperio Romano es absolutamente negativa, y no por su falta de producción cultural, sino por su propósito de dominio sin límites y por sus prácticas de terror y destrucción masivas y sistemáticas.
El escritor, filósofo y político Cícerón, asesinado por orden de Marco Antonio y el futuro César Augusto, soñaba con una Roma parecida a la República de Atenas -ya el propio nombre de república es una imitación-, pero sus deseos eran imposibles, pues, Roma tenía como sistema de vida la dominación militar de sus fuentes de prosperidad: las colonias, conquistadas y mantenidas con violencia. Esto era consustancial para ella y poner en cuestión el modelo comportaba poner en cuestión a la propia Roma. Ninguna posibilidad de avanzar en el camino hacia la democracia y el progreso humano.
Resumida a relato, la historia del Imperio Romano es un continuo de terror, de abuso y de inseguridad que, poco a poco se fueron instalando en el conjunto de su sociedad, empezando obviamente por los vencidos, para después engullir a los mismos vencedores: primero el pueblo bajo y el medio, después el ejército de legionarios, hasta llegar a los comerciantes y a las familias, también a las de la oligarquía. Parece verosímil que el cristianismo arraigara primero en los esclavos y que las esclavas lo predicaran a sus amas romanas.
La sucesión de sociópatas en la familia imperial es estremecedora, con muchas historias de crueldad conocidas y documentadas, que a nuestros ojos parece que representen la normalidad, ya que eran tiempos antiguos; una percepción muy errónea y bastante peligrosa, que comporta el reforzamiento de la creencia de que la experiencia del miedo y el dolor son relativas: los antiguos eran primitivos, casi animales y no sufrían como sufrimos nosotros.
Esta más que licencia, deriva moral, fue útil para admitir la práctica de la esclavitud por parte de las ricas, cultas y cristianas sociedades occidentales, y hoy lo es aún para relativizar los sufrimientos de la gente pobre y de los niños y de las mujeres que viven en lugares lejanos, sobre todo cuando tienen color de piel distintos al nuestro.
El hundimiento del Imperio fue repentino, después de bastante tiempo de debilitamiento y decadencia; bastó con que las legiones de mercenarios dejaran de cobrar los salarios, y toda la gigantesca logística militar y de comercio que mantenía el drenaje económico de las colonias hacia Roma se desmenuzó, y se quedó sin capacidad alguna y sin ningún poder, ya que nadie le amaba.
Seguro que la añoraron aquella gente que formaba parte de su estructura funcional, pero una vez derrumbado, ninguno de los pedazos tenía suficiente consistencia ni calidad para reorganizarse y rehacer algo que le sustituyera. Y empezó la larga era de ignorancia, fanatismo, violencia, pobreza, enfermedades y abusos de poder que la historiografía, muy benévolamente, llama Edad Media.
En relación a la satisfacción de las cuatro necesidades genéticas, en cuanto a la libertad no la disfrutaba ningún romano, porque todas las actividades estaban condicionadas al severo funcionamiento del sistema imperial. Ciertamente, quienes poseían el derecho de ciudadanía podían viajar libremente por todo el imperio, sin embargo, siempre sumisos ya que cualquier expresión crítica era mal aceptada y castigada.
En el reconocimiento, debe entenderse que fuera de la ciudad de Roma, las emociones y los sentimientos que deberían despertar entre los naturales de las tribus y naciones conquistadas, debía ser el miedo y el odio. Eran identificados, pero, no reconocidos.
El largo tiempo de vigencia de la Pax Romana debía de haber generado espacios de convivencia, pero debían ser muy precarios ya que el derrumbe del sistema imperial y la desaparición de cualquier organización de continuidad, demuestra que nunca hubo una sociedad mínimamente estructurada. Las historias de algunos nativos y algunos esclavos que llegaron a tener notoriedad e incluso a ser libres, son sólo anecdotarios útiles para mantener esta inexplicable admiración que todavía se tiene hoy por las proezas del Imperio Romano.
El sistema imperial perseguía el bienestar suntuario de las élites romanas y el hervir la olla de quienes tenían la ciudadanía, mientras las poblaciones colonizadas y los esclavos eran víctimas obligadas.
En cuanto a la seguridad, ninguna otra sociedad poderosa ha sido tan carente de ella: las élites por las continuas intrigas asesinas, la ciudadanía siempre a remolque de las dinámicas y los abusos del poder tampoco podía sentirla garantizada, y los esclavos y los pobres, con suerte vivían siempre con el alma en vilo.
Los dioses venerados en el Imperio Romano fueron copia, con los nombres cambiados, de los dioses de la Antigua Grecia. Marte, el dios Romano de la guerra, es el equivalente al Ares griego, con la diferencia de que en Grecia, Ares nunca fue amado ni venerado por nadie y se le tenía por, además de violento, falso y traidor, que sólo perseguía que dos entraran en guerra. En el Olimpo, la diosa Atenea se la tenía jurada y, a pesar de ser mujer y él el dios de la guerra, se enfrentó a espada unas cuantas veces y siempre lo ganó.
Ningún respeto de los antiguos griegos hacia el dios de la guerra, lo contrario que los antiguos romanos y también de aquellos que durante siglos se sintieron herederos directos: nosotros, los europeos.
Ya en época de decadencia, aquel estado de miedo constante en todos los dominios del Imperio, fue el ambiente propicio para la adopción de una religión, que predicaba que los dolores de esta vida son méritos para la otra, la que sigue después de la muerte. Y el cristianismo fue la ideología portadora de consuelo emocional y sentimental para todos, empezando por los esclavos y las mujeres, el pueblo bajo, los legionarios, el pueblo alto, las familias nobles y hasta el propio emperador, el oportunista Constantino, el fundador de Constantinopla y quien declaró el cristianismo como religión oficial del Imperio.
Alguien ha atribuido la desaparición del Imperio Romano a la influencia del cristianismo, argumentando que el sentimiento de compasión, pretendidamente inventado por la nueva religión, debilitó su carácter guerrero.
Pero, la historia explica que mientras el Imperio duró, el cristianismo fue notorio como destructor violento de todo lo que no fuera su propia doctrina, sean los lugares de culto de los dioses antiguos, sean las bibliotecas que guardaban los saberes aportados por la cultura griega, y probablemente la fenicia. Un desastre irreparable y una vergüenza, explicable por el fanatismo de una militancia religiosa fundamentada en el supremacismo, que se acopló al Imperio para poder imponer por la fuerza sus principios doctrinales. Al hacerlo, traicionó su mensaje moral e introdujo confusión, pues, una vez decretado como religión oficial del Imperio, el estado pasó a ser el brazo armado de la religión y, a pesar de la frase evangélica, cualquiera ofensa a Dios pasó a ser una ofensa al César, castigada terrenalmente.
A partir de la autodestrucción del Imperio Romano, casi toda Europa vivía en condiciones parecidas a las de aquellos países actuales que llamamos estados fallidos, con muchos propósitos violentos para adquirir y ejercer poder desde cualquier lugar y situación: un castillo que domina una zona agrícola, o el paso de un río o un collado de montaña, o un puerto natural, o un matrimonio de conveniencia etc., con hombres permanentemente armados al servicio de los demasiado a menudo impresentables señores feudales.
Inseguridad total para agricultores, ganaderos, artesanos y comerciantes, que no podían circular con mercancías sin ser robados impunemente. Hay documentos de principios del siglo XI que describen un paisaje social estremecedor, donde los sicarios de los pequeños tiranos locales y regionales robaban a todo el mundo, a plena luz de día y sin esconderse. Después de tantos siglos de férrea dominación del Imperio Romano, toda la población quedó gravemente enferma, siempre aterrorizada ante cualquier poder.
La jerarquía cristiana fue ocupando espacios de poder simbólico, y en ausencia de poderes políticos, económicos o/y militares, se erigió en árbitro, primer moral y a continuación político, de la reorganización de todas aquellas sociedades que habían sufrido la autoridad de Roma. La iglesia cristiana representó la continuidad de la estructura del Imperio, pero sin legiones para imponer su voluntad; en las ocasiones en que lo intentó, fracasó.
Las organizaciones tribales habían sido liquidadas físicamente por la acción destructora de las legiones romanas, y con ellas sus sistemas identitarios, sus mecanismos de solidaridad y sus idiomas; y el vecino podía verse como un ser peligroso, ya que los vínculos de socialización habían quedado casi anulados y rehacerlos comportaría siglos; de hecho, todavía no lo hemos conseguido del todo.
Los siglos que denominamos Edad Media se caracterizan por una muy baja producción cultural, hasta el punto de retroceder en arquitectura, escultura y pintura, en estas últimas muy cerca de la ley de frontalidad -si hubiera sido, sólo, preferencia estilística, alguno heterodoxo no la habría respetado-; pero, sobre todo por unos pensamientos y sentimientos dominados por una violencia sentida y vivida como norma necesaria, como una copia a pequeña escala del Imperio Romano.
Otro fenómeno de aquella época fueron las frecuentes pestes, muchas cuando se compara con sociedades de épocas anteriores, como la romana, la griega, la fenicia, la egipcia y las mesopotámicas, todas ellas con un alto sentido de la higiene traducida en abundantes baños públicos. Para nuestros ignorantes ancestros medievales la causa de las enfermedades era el pecado, pero nunca se lavaban; grandes artistas del Renacimiento se jactaban de no haberse bañado en toda su vida.
En la rica y civilizada Europa, antes de los “higienistas” aparecidos en la segunda mitad del siglo XIX, lavarse era algo insólito y raro.
Una secuencia de nefastas aventuras medievales fueron las Cruzadas, llenas de episodios violentos que no todos pueden explicarse en clave de enfrentamiento religioso; el más terrible de todos fue la destrucción de la cristiana ciudad de Constantinopla por parte de los ejercidos cruzados, empujados por las prédicas del papa de Roma, que más tarde, al conocer los horrores cometidos admitió que se había propasado, divulgando que su ciudadanía acumulaba mucho oro, pero no ayudaba a los cruzados.
Otra aventura, loca y estremecedora, presentada como la solución definitiva para la conquista de Tierra Santa, fue hacer embarcar desde el sur de Francia a varios miles de niños para combatir en las cruzadas, con la prédica de que su inocencia les haría invencibles; los pequeños tuvieron “suerte” cuando una tormenta hizo desaparecer la flota entera. Su muerte debió de ser más rápida y menos dolorosa.
Extrañamente y del todo contrario a las ideas expresadas en los cuatro Evangelios, la vocación por la violencia ha sido una constante en la historia del cristianismo durante muchísimos siglos, una actitud y comportamiento inexistentes en la religión musulmana. En los tiempos actuales, decir esto parece atrevido, pues hay un islam radical que sí predica la violencia y la ejerce sin reparos, sin embargo, la persistencia en el tiempo y la dimensión de la violencia predicada y practicada por las jerarquías cristianas ha sido espantosa. Y también en los tiempos actuales, hay que observar que la persistencia de la fe es mucho más sólida en la sociedad musulmana que no en la cristiana.
La ciudad de Roma, como sede del poder cristiano y el simbólico de continuidad del Imperio, quiso desempeñar el papel de aglutinador, sin embargo, la inexistencia de vínculos de pertenencia y de sentimientos compartidos, resultado de la destrucción del sistema tribal, hicieron imposible construir cualquier proyecto integrador. En algunas regiones y épocas, la identidad cristiana fue el único vínculo otorgador de reconocimiento, junto con el de ser sirviente del tirano local o regional de turno.
He denominado bucles, refiriéndolo a períodos con poco progreso humano; sin embargo, durante estos siglos que extrañamente denominamos Edad Media, no se vivió en un bucle ni en un bissenfí, sino en un pozo oscuro, hasta que varias ciudades italianas, no por ser herederas de las glorias imperiales, ni tampoco por su cercanía a la autoridad religiosa establecida en la ciudad de Roma, fueron generando pequeños polos geográficos donde las actividades artesanales y el comercio progresaron de forma relevante, y donde aparecieron las clases medias, es decir familias con cierto bienestar material fruto de su trabajo, que eran lo suficientemente ricas para reclamar y conseguir ciertos niveles de libertad. Un fenómeno sociológico nuevo en la historia de esta parte del mundo, aunque no de las sociedades orientales, con China como referente. De hecho, el progreso de las ciudades italianas con Venecia a la cabeza fue resultado directo de la existencia de la Ruta de la Seda, abierta y mantenida por China. Los comerciantes, compraban mercancías exóticas y caras llegadas de Oriente, para venderlas a los pequeños tiranos locales de toda Europa; se hicieron ricos y quisieron dotarse de un sistema de vida honorable y culto.
En el siglo XII, las estepas asiáticas habitadas por las tribus Mongoles de pastores nómadas sufrieron unos años de sequía, que en un entorno donde el pastoreo exhaustivo había eliminado la cubierta arbórea y la arbustiva, resultó catastrófica.
El resultado de la crisis climática regional fue su unificación como nación, bajo el liderazgo de Gengis Khan; este y su hijo fueron ambiciosos y clarividentes, construyendo un imperio de grandes dimensiones, con la conquista de China y llegando hasta Europa.
La cultura budista y la inteligencia política de estos gobernantes, hicieron que en aquel inmenso imperio fueran bienvenidos ciudadanos de todas las culturas y religiones -los viajes de Marco Polo y de Ibn Batouta son prueba de ello- y que se impusiera la Paz Mongol, que garantizó que la antigua Ruta de la Seda fuese segura para comerciantes y viajeros.
Así, el desarrollo de las ciudades europeas que propiciaron el Humanismo y el Renacimiento, es decir la Europa Moderna, muy difícilmente habría existido sin aquellos mongoles, que sólo en dos generaciones pasaron de ser unos rústicos pastores nómadas a conformar una administración eficiente y a construir bellas ciudades.
Humanismo, Renacimiento e Ilustración
La explicación de la aparición del Humanismo y del Renacimiento, en los siglos XIV y XV, fue la emergencia de pequeñas ciudades italianas con un elevado nivel de prosperidad comercial, que se regían independientes una de la otra a pesar de compartir idioma, costumbres y cultura; la Ilustración más tarde, también fue posible gracias a la existencia de diferentes estados soberanos en una zona relativamente pequeña, que permitía que cuando un librepensador se sentía perseguido, en muchas ocasiones tenía la oportunidad de irse a vivir a otro estado, enemistado con aquel que le perseguía.
Omitiendo la posibilidad de que las Asambleas de Paz y Tregua del primer tercio del siglo XI sean la primera señal del Humanismo, se puede considerar que éste, intelectualmente, ve las primeras luces con la figura de Francisco de Asís, quien siente y dice que no se puede mirar sólo el cielo a la espera de otra vida, y que se puede encontrar belleza y también a Dios, mirando la naturaleza.
Con el Humanismo, pequeñas rendijas de libertad y la lectura de algunas obras de la Antigua Grecia -guardadas en Constantinopla y muchas de ellas traídas a occidente por intelectuales de Al-Ándalus- abrieron los ojos de aquella ciudadanía acomodada, y se generó un continuo de intentos personales de convencer, con escritos muy remarcables y militancia, de que la Iglesia cristiana, desde su fundación ocupada exclusivamente en la vida después de la muerte, debía centrarse también en la vida terrenal. Y se descubre que la idea de libertad es la gran olvidada.
Reproduzco un párrafo de un libro escrito por el intelectual andaluz Antonio de Nebrija, el redactor de la primera gramática de la lengua castellana. Habiendo estudiado en la Universidad de Bolonia era un humanista convencido, y militante; de vuelta, tuvo problemas con el tribunal religioso conocido como La Santa Inquisición, siendo salvado por el Cardenal Cisneros, regente de la corona de España.
Después de superar el susto, en un escrito suyo del año 1504 se lee:
¿Qué diablo de servidumbre es ésta, o que dominación tan injusta y tiránica, que no se permita, respetando la piedad, decir libremente lo que pienses?
También se genera un esfuerzo continuo de personas con mentalidad analítica centrada en el estado de la técnica, para convencer de que la ciencia es la vía para llegar a la verdad de los fenómenos percibidos.
Sin embargo, la jerarquía religiosa cristiana, obstinadamente y absurdamente, se significó durante siglos por perseguir cualquier despertar de la inteligencia, excepto en la expresión artística, hasta épocas casi actuales. La Santa Inquisición y otros tribunales religiosos cristianos fueron una mezcla de ignorancia combinada con cinismo y crueldad, en una imitación de los métodos de dominio del Imperio Romano.
En medio y en paralelo, la gran arquitectura, la gran literatura, la gran filosofía, la gran música, la gran escultura, la gran pintura y, por último, el enorme progreso de la ciencia cuando las clases burguesas y los gobiernos dejaron de apoyar a la iglesia en sus fobias persecutorias.
Los intentos personales de dotarse de un sistema de gobernanza imitaron a los del Imperio Romano, y Carlomagno en el siglo X, Carlos I de España y V de Alemania en el siglo XVI y Napoleón Bonaparte a principios del XIX, lo escenificaron con el elemento simbólico de su coronación en la ciudad de Roma como emperadores.
Y a pesar de las ideas de humanismo y de libertad siguieron propagándose, nunca se tradujeron en un arrinconamiento de Marte, el dios romano de la guerra, que siguió marcando su huella en todos los países europeos. Nunca se habló de sistema democrático.
Así, el desarrollo de las ciudades europeas que propiciaron el Humanismo y el Renacimiento, es decir la Europa Moderna, muy difícilmente habría existido sin aquellos mongoles, que sólo en dos generaciones pasaron de ser unos rústicos pastores nómadas a conformar una administración eficiente y a construir bellas ciudades.
Humanismo, Renacimiento e Ilustración
La explicación de la aparición del Humanismo y del Renacimiento, en los siglos XIV y XV, fue la emergencia de pequeñas ciudades italianas con un elevado nivel de prosperidad comercial, que se regían independientes una de la otra a pesar de compartir idioma, costumbres y cultura; la Ilustración más tarde, también fue posible gracias a la existencia de diferentes estados soberanos en una zona relativamente pequeña, que permitía que cuando un librepensador se sentía perseguido, en muchas ocasiones tenía la oportunidad de irse a vivir a otro estado, enemistado con aquel que le perseguía.
Omitiendo la posibilidad de que las Asambleas de Paz y Tregua del primer tercio del siglo XI sean la primera señal del Humanismo, se puede considerar que éste, intelectualmente, ve las primeras luces con la figura de Francisco de Asís, quien siente y dice que no se puede mirar sólo el cielo a la espera de otra vida, y que se puede encontrar belleza y también a Dios, mirando la naturaleza.
Con el Humanismo, pequeñas rendijas de libertad y la lectura de algunas obras de la Antigua Grecia -guardadas en Constantinopla y muchas de ellas traídas a occidente por intelectuales de Al-Ándalus- abrieron los ojos de aquella ciudadanía acomodada, y se generó un continuo de intentos personales de convencer, con escritos muy remarcables y militancia, de que la Iglesia cristiana, desde su fundación ocupada exclusivamente en la vida después de la muerte, debía centrarse también en la vida terrenal. Y se descubre que la idea de libertad es la gran olvidada.
Reproduzco un párrafo de un libro escrito por el intelectual andaluz Antonio de Nebrija, el redactor de la primera gramática de la lengua castellana. Habiendo estudiado en la Universidad de Bolonia era un humanista convencido, y militante; de vuelta, tuvo problemas con el tribunal religioso conocido como La Santa Inquisición, siendo salvado por el Cardenal Cisneros, regente de la corona de España.
Después de superar el susto, en un escrito suyo del año 1504 se lee:
¿Qué diablo de servidumbre es ésta, o que dominación tan injusta y tiránica, que no se permita, respetando la piedad, decir libremente lo que pienses?
También se genera un esfuerzo continuo de personas con mentalidad analítica centrada en el estado de la técnica, para convencer de que la ciencia es la vía para llegar a la verdad de los fenómenos percibidos.
Sin embargo, la jerarquía religiosa cristiana, obstinadamente y absurdamente, se significó durante siglos por perseguir cualquier despertar de la inteligencia, excepto en la expresión artística, hasta épocas casi actuales. La Santa Inquisición y otros tribunales religiosos cristianos fueron una mezcla de ignorancia combinada con cinismo y crueldad, en una imitación de los métodos de dominio del Imperio Romano.
En medio y en paralelo, la gran arquitectura, la gran literatura, la gran filosofía, la gran música, la gran escultura, la gran pintura y, por último, el enorme progreso de la ciencia cuando las clases burguesas y los gobiernos dejaron de apoyar a la iglesia en sus fobias persecutorias.
Los intentos personales de dotarse de un sistema de gobernanza imitaron a los del Imperio Romano, y Carlomagno en el siglo X, Carlos I de España y V de Alemania en el siglo XVI y Napoleón Bonaparte a principios del XIX, lo escenificaron con el elemento simbólico de su coronación en la ciudad de Roma como emperadores.
Y a pesar de las ideas de humanismo y de libertad siguieron propagándose, nunca se tradujeron en un arrinconamiento de Marte, el dios romano de la guerra, que siguió marcando su huella en todos los países europeos. Nunca se habló de sistema democrático.
A pesar de la gran fuerza transformadora del Humanismo, del Renacimiento y de la Ilustración, en Europa los sentimientos y las ideas que llevan a la democracia nunca llegaron a tener suficiente arraigo social ni fuerza política.
El entusiasmo popular por las victorias de los ejércitos coloniales, la admisión de la esclavitud y la justificación de la aniquilación de las sociedades tribales en África, Asia, América y Oceanía, no dejan lugar a dudas. La herencia ideológica del Imperio Romano, se prolongó como mentalidad social y política que decretaba el principio de destrucción del adversario, sea una etnia diferente o una sociedad diferente, sea una clase social diferente o sea, sólo, un competidor en la carrera por el poder o por un mercado.
La amalgama de los principios que hicieron fuerte el Imperio Romano y la doctrina generada por la jerarquía religiosa, unos con la continuidad de Marte y la otra con la contemporización moral de cualquier barbaridad: “los negros pueden esclavizarse, porque no tienen alma”, conformó un producto tóxico que fue engullendo mucha de la energía generada por los intentos reformadores de los humanistas, de los renacentistas y de los ilustrados, cuyos progresos teóricos, con mayor o menor estima, los poderes públicos fueron integrando en su discurso, pero sin que afectaran la gobernanza.
En esta cuestión, cabe mencionar algunos heterodoxos, como el sacerdote Francisco de Vitoria y otros, que intentaron que los poderes políticos y económicos que explotaban las colonias que Castilla iba estableciendo en América del Sur, respetaran los derechos humanos de la población nativa. Se hicieron un hueco en la historia, pero, lograron muy poco.
En la misma época, Tomás Moro, Erasmus y otros formularon proyectos humanizadores, también sin éxito y algunos pagándolo muy caro.
El gran pintor neerlandés Rubens residió un tiempo en Londres como mediador diplomático, intentando encontrar soluciones a las cruentas guerras de religión que en el siglo XVII asolaban Europa. Durante su estancia pintó una secuencia de cuadros en los que la figura de Marte va perdiendo centralidad y protagonismo, en favor de la paz, la vida y la alegría simbolizadas por mujeres y niños.
Sin embargo, la realidad política no iba por los mismos caminos que la estética, y Marte continuó presente como figura simbólica en todos los ejércitos europeos y como modelo de actitud en todas las sociedades.
Desde Francia, el discurso de Liberté, Fraternité, Égalité fue aplicado y exportado por Napoleón en forma de invasiones cruentas y extractivas, el establecimiento de monarquías autocráticas y su coronación en Roma como emperador de Occidente.
Napoleón sentía la misión histórica de implantar los valores republicanos en toda Europa, como pretendía Alejandro Magno con los de la cultura griega.
Pocas décadas después de las guerras napoleónicas, la Francia moderna invadió sin reparos unas cuantas regiones de África y Asia con los mismos métodos que empleaba el Imperio Romano: destrucción violenta de las sociedades tribales, para apropiarse de sus tierras.
Ya antes, el Imperio Británico y Francia controlaban parte de América del Norte y de India; Portugal había conquistado distintos lugares del sur de Asia y todo Brasil; mientras España, que durante el siglo XVI y XVII había sido el mayor Imperio de todos, durante las guerras napoleónicas fue perdiendo la mayor parte de sus colonias americanas.
Las prácticas coloniales fueron siempre y en todas partes infames, mientras en las metrópolis las oligarquías dominantes se adornaban con un conjunto de exitosos elementos, como el progreso económico, el científico, el artístico en todos los campos y también la filosofía, en un ambiente de libertad aparente donde todo estaba permitido, salvo poner en cuestión las políticas coloniales, el sistema de gobernanza oligárquico-monárquico y la moral y religión cristianas.
En algunos aspectos teóricos, la Revolución Francesa se inspiró en la que había fructificado unos años antes, cuando la independencia de los nuevos estados de Norteamérica frente a Gran Bretaña.
El propio John Adams, uno de los padres fundadores de EEUU, había viajado a Francia donde conoció a muchos de los futuros protagonistas de la Revolución. Y los padres fundadores de EEUU eran masones, una organización que rehúye la escenificación pública y de mostrar su funcionamiento interno, cargado de simbologías y rituales.
La masonería es una organización antigua que persigue el establecimiento de aquellos valores y principios que eran los propios de la antigua República de Atenas, y cuando los masones americanos conquistaron el poder político del nuevo estado independiente, establecieron un sistema de gobernanza donde el voto personal, la separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y la libertad de expresión son sus principios y caracteres relevantes.
Es una incógnita, y lo será siempre puesto que el planteamiento es especulativo, saber si sin la adopción de la democracia por parte de los fundadores de Estados Unidos de América, este sistema de gobernanza habría sido adoptado por algún otro país en un horizonte temporal más o menos a la vista.
En la Grecia Antigua, la reforma de Draco instituía la justicia como derecho fundamental e implantaba el principio de que sólo el estado tiene el monopolio de la violencia y el orden público; pero, quizás debido a las secuelas de la guerra civil americana y la conflictiva época posterior, a la violencia contra las naciones nativas y a la hostilidad contra la población negra, en los EE.UU. actuales, la población, mayoritariamente, todavía no tiene interiorizado que sólo la gobernanza puede ejercer la violencia, un convencimiento expresado con la proliferación de armas en posesión de particulares.
Su Constitución Democrática, la primera tras la de Atenas 2.000 años después, ampara el derecho a tener armas para defenderse de los abusos de poder, pero si fatalmente fueran utilizadas, sólo servirían para desencadenar una matanza entre vecinos, antes que la Guardia Nacional y el ejército restauraran el orden en las calles. Esa obsesión por la defensa armada individual, ahora es impensable en cualquier otra sociedad estructurada.
Como en aquellos tiempos de la República de Atenas, en la Constitución de EE.UU. las mujeres y la esclavitud quedaron fuera; y cosa muy grave, el nuevo estado americano añadió el propósito genocida de las naciones nativas, instituyendo un híbrido de República de Atenas y de Imperio Romano, con un sistema institucional fundamentado en elecciones libres y periódicas, y jueces y medios de comunicación formalmente independientes, pero en el ejercicio de poder, en nada distinto al que estaba vigente en la Europa colonizadora.
La abolición de la esclavitud, iniciada en Gran Bretaña gracias al coraje de varios arriesgados idealistas, fue un punto noble, que no se extendió a poner en cuestión el trato que recibían las naciones nativas, maltratadas hasta el exterminio.
El colonialismo se cimentó en la superioridad tecnológica de sus armas, que fue posible gracias a la abundancia de carbón y de hierro en el mismo corazón de Europa, y al progreso de la siderurgia y la metalurgia.
El arte de la relojería, como juego para ricos, se había desarrollado en Centro Europa, donde a mediados del siglo XVII ya existían ejemplares con mecanismos de gran complejidad, y todos utilizaban cálculos numéricos y útiles mecánicos formulados y descritos en los tratados de los pre-científicos griegos y de Alejandría, donde fueron construidos los primeros mecanismos complejos para ser juegos de salón, recuperados 1.500 años después por los Renacentistas
La suma de estos elementos, propició un enorme progreso de la metalurgia y con ella la industria del armamento, en una coyuntura de coincidencia mineral y cultural que ha dado impronta al mundo entero, y con Marte como tótem heredado del Imperio Romano, varios estados europeos conquistaron más de medio mundo, imponiendo un violento sistema de dominación colonial, copiado al pie de la letra de aquellos primeros grandes destructores de vidas, culturas y sociedades.
Una frase escrita en el siglo XIX por un poeta muy reconocido del romanticismo español, Mariano José de Larra, dice:
Ay del pueblo que no desgaste a diario con su roce superior y violento los pueblos inmediatos, porque será desgastado por ellos. O atraer o ser atraído. Ley implacable de la naturaleza.
El poeta refleja y defiende el pensamiento imperialista europeo, con una corta frase que es una firme y vibrante declaración del principio político que ha estado vigente en muchas épocas y lugares de la historia, desde la propia fundación del Imperio Romano hasta hoy mismo.
Testimonio del estado de ánimo dominante en las mentalidades europeas de la época colonial, es una carta escrita en Barcelona por el estudiante de derecho Conrad Roure, cuando la invasión de Marruecos por el ejército español en 1860
El patriotismo que convertía las calles de la ciudad en un hervidor de entusiasmo, penetró hasta las aulas, agitando a nuestras almas juveniles, siempre ardientes, que respondieron con tanta fuerza que parecía que la lucha en tierra africana era una cuestión de honor para la clase estudiantil.
¡Aquellos fueron momentos de juventud que nunca se borrarán de mi mente! ¡Afortunados tiempos en que los veinte años nos cubría los ojos con un vendaje y nos inflamábamos con las acciones del momento, sin meditar en las consecuencias del futuro! ¡Hoy, la venda de la juventud y de la inexperiencia ha caído y aquella consecuencia que deberíamos haber previsto, porque era justa, se nos muestra con toda su crudeza! ¡Hoy, cuando ya es demasiado tarde para refrenar nuestros entusiasmos y no podemos deshacer lo hecho!
En ese episodio el hervidor de entusiasmo era en torno a los 300 soldados que se presentaron voluntarios para ir a la guerra. Se sabe que después de la primera semana, sólo tres quedaban vivos.
Conrad Roure explica un estado de opinión, que de aplaudir la guerra colonial pasó a denostarla, en una mentalidad política, la de Catalunya, que por su historia no es homologable a la de la mayoría de las sociedades europeas de la época. La siguiente aventura colonial española, treinta y cinco años después, en Barcelona provocó revueltas reprimidas por el ejército.
A inicios del siglo XX, la impronta democrática originaria del nuevo estado de Norteamérica, gracias a su capacidad de influencia cultural, económica y política, fue extendiéndose por la Europa colonizadora, y siguiendo la doctrina Wilson -el presidente americano que apoyó la independización de las naciones sometidas- se fue definiendo un horizonte nuevo, que con la victoria aliada en la II Guerra Mundial se materializó en un gran progreso en el reconocimiento mediante el voto individual.
EEUU “obligó” a los estados europeos a retirar los ejércitos coloniales de sus dominios y a celebrar elecciones regulares a todos aquellos de su órbita de influencia, acompañadas del establecimiento de un aunque sea rudimentario poder judicial y de un principio de libertad de expresión. La Pax Americana, a pesar de mantener zonas oscuras, no se parece en nada a la Pax Romana.
Cabe remarcar la enorme importancia que aportaron las tres innovaciones de los fundadores de EE.UU., y observar que, incluso cuando se implementan de forma deficitaria, propician el desarrollo cultural y el social. Poderlas experimentar se ha convertido en una exigencia irrenunciable en todos los rincones del mundo, y tienen tanta aceptación, porque responden a dos necesidades genéticas: el reconocimiento y la libertad; cabe remarcar que, sin ninguna campaña de propaganda ideológica para convencer, la ciudadanía quiere votar, quiere justicia imparcial y quiere información veraz; y en aquellos lugares que las han experimentado, aunque haya estado en períodos cortos, han pasado a ser reivindicación popular irrenunciable.
Aquella herencia de la masonería, cambió la vida de la mayor parte de las sociedades del planeta, haciendo posible un mundo de esperanza y con confianza en el futuro. En buena parte gracias a su fotogenia, recordamos el aura de John F. Kennedy y la de Che Guevara, dos mitos contrapuestos que representaban dos modelos de gobernanza diferentes: uno, que persiguiendo el bienestar y la seguridad atendía las necesidades de libertad y de reconocimiento; y el otro, que exhibiendo un vibrante discurso de justicia social, defendía la necesidad de la “dictadura del proletariado”, el control de los medios de comunicación y el del poder judicial, justificándolo para defender al pueblo del pensamiento burgués y la agresión capitalista .
La doctrina marxista era sólo un libro y unas polémicas, hasta que triunfó en Rusia a principios del siglo XX; fue el equivalente al cristianismo cuando la decadencia del Imperio Romano, que prometía el cielo después de la muerte. El marxismo lo prometía en vida, en una época de inicio de la industrialización, con mucha pobreza y explotación laboral, y sus seguidores lo elevaron a la categoría de religión laica, enalteciendo a sus violentos líderes y justificando la exterminación física de la disidencia.
Desde 1945, el debilitamiento económico, militar e ideológico de los estados europeos, causado por las guerras entre ellos, combinado con la ascensión de Estados Unidos de América expresado en el Plan Marshall, llevó a un nuevo orden mundial que dejaba atrás los fundamentos de los conflictos internos de la vieja Europa, haciendo posible la paz entre los estados con el Tratado de Roma y el Mercado Común del Carbón y el Acero, hasta la actual Unión Europea, en un proceso de integración que constituye una esperanzadora innovación en la historia de la humanidad.
Mientras, la URSS, pese al gran impulso de su ciencia y técnica, y a pesar de sus enormes recursos humanos y naturales, se fue desgastando internamente por la falta de libertades y por la restricción de elementos de reconocimiento, hasta caer en una grave decadencia moral y económica, y claudicar aquellas ideas que la inspiraron.
La gran capacidad de influencia de EE.UU. impuso su “sistema democrático”, que inicialmente fue mal aceptado por los estados coloniales europeos, que tuvieron que olvidarse de la adoración en Marte, cuando sus ejércitos fueron obligados a volver a casa con más pena que gloria. Inicialmente Gran Bretaña, Francia, Bélgica, España y Portugal encajaron con disgusto el nuevo orden mundial, acatándolo, sólo para poder estar protegidos de la URSS. Pero, muy pronto -unos antes que otros- lo entendieron útil para hacer frente a la ideología marxista y adoptaron la socialdemocracia, donde la gobernanza no debe tener espacios oscuros demasiado evidentes.
Gran parte de la sociedad occidental ha sido gobernada durante varias décadas con principios "socialdemócratas", adoptados por las oligarquías como mal menor en relación a la alternativa marxista; era necesaria una ciudadanía contenta con el sistema económico y social, para evitar gobiernos que, elegidos democráticamente, decretaran la expropiación de la propiedad privada.
Mirado con perspectiva, la socialdemocracia puede verse como la actualización moderna de una de las reformas adoptadas en el siglo VI a.C. en la Antigua Grecia, cuando en una época de revuelta social por el encarecimiento del trigo, Solón supo hacer entender a sus compañeros de oligarquía -él era rico y formaba parte de ella- de que si querían seguir vivos y ricos, debían conseguir que en su país nadie fuera pobre.
Con la caída de Muro de Berlín, el sistema socialdemócrata dejó de ser el mal menor necesario, pero ni los partidos de izquierdas ni los social demócratas han estado a la altura para enfrentar los cambios que provocó, en la mentalidad de las oligarquías, la desaparición de la amenaza que representaba al sistema comunista.
Las socialdemocracias pueden ir funcionando con ciertos niveles de corrupción, con el poder judicial "orientado" por el poder legislativo y con los medios de comunicación dominados por la "corrección política", ya que el bienestar y la seguridad que el sistema proporciona mantienen tranquila la ciudadanía. Pero cuando estos dos últimos elementos flaquean, la mala gobernanza provocada por la corrupción se hace del todo visible y comienzan a surgir problemas de confianza y legitimidad.
Lamentablemente, los partidos políticos que quieren democracia no han sido capaces de entender que su función en el nuevo marco socio-económico-geográfico, debe ser la de instaurar la plena democracia.
Atendiendo a los parámetros económicos generales de esta corta época de social-democracia, es relevante que el mundo empresarial no se debilitó, a pesar de tener que contribuir fiscalmente al bienestar de la población, y toda la ciudadanía vio atendidas sus necesidades en sanidad y educación. Un buen invento que, una vez olvidada la amenaza comunista, las élites empresariales más ambiciosas decidieron que ya no les era válido, y empezaron una nueva era basada en erigir gobiernos con principios extremadamente liberalizadores en economía y extraordinariamente restringidores de libertades.
Hay unas cuantas actitudes y conductas políticas implementadas por muchos países occidentales y ricos, que han traído y traen inseguridad, dramas, pobreza, enfrentamientos y guerras, provocando migraciones masivas de personas desde países iberoamericanos, africanos y asiáticos con poco desarrollo económico y bajos niveles de educación básica, aunque con una dinámica demográfica muy vibrante.
Existe un “efecto fuga” cuantitativamente significativo de población que, en muchos lugares y episodios se juega la vida, y para la ciudadanía de los países ricos, estos comportamientos tan extremos y tan temerarios, son difícilmente comprensibles. Voy a ayudar un poco, confesando, sin embargo, que yo tampoco los entiendo todos.
Cualquier persona del mundo rico, que viaje por primera vez a algún país fuente de migrantes, a menos que permanezca encerrado en el hotel y poco más, en la medida en que vaya alejándose del centro ciudad, el paisaje que irá apareciendo frente a sus ojos le resultará cada vez más difícil de asumir, y le será complicado entender cómo aquellas personas pueden sobrevivir con tantas carencias evidentes.
Si, además, el país visitado es climáticamente árido, adentrarse le impactará fuertemente en dos sentidos diferentes y opuestos: el primero es la atractiva belleza del paisaje desértico, pero el segundo será el pánico total, si le pasa por la imaginación -algo inevitable, al menos por un momento- la posibilidad de que tuviera que quedarse a vivir definitivamente, en las mismas condiciones que cualquiera del país.
Antes del inicio de la “globalización” y también de las primeras perturbaciones meteorológicas del cambio climático, millones de familias de inmensas regiones del planeta vivían muy frugalmente de una agricultura y ganadería de subsistencia; estaban dignamente adaptados, con la autosuficiencia alimentaria como casi única actividad.
Pero, desde hace varios años, debido primero a que la globalización dejó sus escasos excedentes agrícolas fuera de mercado, y después a que sequías cada vez más agudas afectan las cosechas y las fuentes de agua, las familias sienten que no hay futuro, y mucha gente joven, sin poder encontrar trabajo, sólo piensa en migrar. Y ahora, por todas partes, hay alguien que tiene un teléfono móvil, que abre todo un mundo con el que es fácil fantasear, sino hay nada más a la vista. Y algunos deciden jugarse la vida.
En las regiones donde a este paisaje humano y ambiental, se añaden guerras y dictaduras duras, su ciudadanía tiene muchos malestares, pocas esperanzas y muchas ganas de irse.
Durante décadas, todas las sociedades económicamente pobres, estuvieron esperando la ayuda de los países ricos; pero éstos, nosotros, ciegamente no lo hemos hecho y no lo hacemos, ni antes ni ahora; y el resultado es fatal para unos y otros, con los países ricos como únicos responsables. Cabe decir que es la ciudadanía de los países pobres quien espera ayuda de los ricos europeos y norteamericanos; sus oligarquías ya la han obtenido.
Ciertamente que ha habido y hay ayudas en forma de créditos o de condiciones arancelarias favorables, pero durante muchas décadas las políticas más decididas han sido el apoyo a autócratas y a dictaduras militares, que son quienes mejor protegen las ambiciones extractivas de las grandes empresas procedentes de países ricos.
Desde una perspectiva exclusivamente de oportunidad económica, extraña y ciegamente, las sociedades ricas han menospreciado el enorme potencial de crecimiento económico de las sociedades pobres. En el mundo rico, el sobrante de riqueza acumulada -el ahorro- ha alimentado las nefastas “burbujas” especulativas, cuando estos capitales privados podrían haberse invertido en forma de pequeñas y medianas iniciativas empresariales en países con poco desarrollo económico, todos con una población joven con muchas ganas de prosperar.
En la gran mayoría de los países que originan migrantes, es la falta de seguridad jurídica para las empresas y no el peligro para las personas, lo que ha impedido la llegada masiva de emprendedores procedentes de países ricos.
Esta posibilidad es vigente, y desde hace un siglo y medio, los libaneses han encontrado en ella su lugar y sistema de pervivencia, pero ellos llevan miles de años de experiencia practicando “empatía comercial” y son expertos en adaptarse a cualquier diversidad cultural y cualquier dificultad política. Son los herederos de los sabios Fenicios.
El nefasto resultado directo de las malas políticas de los países ricos, es que carentes de seguridad jurídica, las inversiones e implantaciones de pequeñas y medianas empresas han sido prácticamente nulas. La estrategia neocapitalista ha sido, y es, muy poco capitalista, y pese al innegable impulso de la globalización, persiste el bajo nivel de desarrollo de gran parte del planeta.
El futuro deseable es que muchos emprendedores de países ricos viajen a menudo a países pobres, y que la ciudadanía de éstos olvide que la emigración es su único futuro, en un paisaje humano con un tránsito de personas inverso al actual.
El impedimento es que durante muchas décadas, los países ricos podían haber ayudado a la implantación de democracias plenas, pero en ninguna parte se fue más lejos que aplaudir la celebración de elecciones, y en algunos lugares, ni eso. Ningún apoyo a la existencia de un sistema judicial al alcance de la ciudadanía, ni tampoco a la existencia de medios de comunicación con la libertad de expresión protegida.
Todos los estados surgidos de la colonización tienen raíces tribales, y aniquilados estas por los poderes neocoloniales, las personas necesitan elementos de reconocimiento nuevos para poder sentirse miembros de la nueva sociedad urbana. Y los mejores elementos de reconocimiento son poder ir a votar y poder denunciar la corrupción sintiéndose amparados por la justicia.
Sin embargo, los poderosos países ricos no han detectado esta necesidad vital de libertad y de reconocimiento, permitiendo que las crecientes oligarquías locales, construidas a imagen de las de los estados colonizadores, se hayan ido imponiendo.
Y ahora, cuando es muy tarde, nos damos cuenta de que muchos de los gobiernos de estos países prefieren aliarse con Rusia y China; mientras los países occidentales, por no haber apostado por la democracia cuando existía la oportunidad y era la necesidad, nos quedamos fuera de juego.
Este panorama se refuerza por la estrategia política de equidistancia de grandes países como India y Brasil, por citar a los más poblados, y el resultado es que las gobernanzas estatales, a nivel mundial, derivan hacia la normalización de regímenes autoritarios.
En esta cuestión, las ONG de desarrollo tampoco han sabido detectar las necesidades de estas sociedades y han adaptado sus actividades a los criterios de los estados y sociedades que las genera y financia. Extrañamente, han entendido poco los valores que representan a las identidades y organizaciones tribales.
Desde los inicios de la colonización y durante mucho tiempo, la preocupación por las condiciones de vida de los países pobres era una exclusiva de las iglesias cristianas, hasta que en la década de 1970, siendo Robert McNàmara presidente del Banco Mundial -ex ministro del gobierno de JF Kennedy- esta institución promovió la figura del cooperante laico, una persona bien intencionada y financiada que se desplaza a algún lugar del Tercero Mundo para ayudar a su desarrollo social y económico. Y desde entonces, las Organizaciones No Gubernamentales -las ONGs- han sido durante varias décadas la cara amable, bondadosa y generosa de los países ricos hacia los países pobres.
Pero, en el impulso al desarrollo económico, el balance de las ONG es decepcionante, y en relación al dinero y trabajo empleados un verdadero fracaso.
Quedan fuera de esta valoración negativa las ONGs médicas, las que atienden a emergencias masivas y las de auxilio a los migrantes en situación de peligro, ya que cualquier aportación suya es un alivio del sufrimiento de alguna persona.
El fenómeno de las migraciones masivas procedente de estados pobres, semi-fallidos o fallidos del todo, hacia EE.UU., Canadá y la UE, desde cualquier perspectiva debe verse como un drama, un fracaso de expectativas colectivo y un desesperado intento individual por superarlo.
En las sociedades que reciben migrantes, a pesar del discurso que es indispensable para la continuidad del estado del bienestar -yo, personalmente, no lo veo así-, es incuestionable que es una fuente de conflictos, unos reales y la mayoría fruto del supremacismo racial, que son adoptados como argumentos tácticos por la extrema derecha.
En relación a esta cuestión, mi opinión y mi sentimiento personal es doble: rechazo el hecho migratorio, porque es el resultado de una estrategia malévola para aprovecharse de la pobreza masiva, mientras acepto y respeto a las personas migradas, porque son las víctimas y porque algunas son amigos míos y vecinos.
No tengo la experiencia de haber viajado por todas las culturas del mundo, pero tengo la certeza de que ninguna sociedad es capaz de recibir población foránea en cantidades estadísticamente relevantes, sin que se generen actitudes de reserva o de rechazo. Me temo que ninguna sociedad, ni rica ni pobre, tiene suficiente empatía y sabiduría para integrar sin problemas una entrada masiva de personas provenientes de sociedades y culturas diferentes, a menos que éstas aporten sólo elementos claramente positivos y que tengan comportamientos respetuosos en todo.
Los efectos en los países de origen, aunque se argumenta que el dinero enviado por los migrantes es muy importante -lo es- el balance es desastroso, ya que emigra gente joven, mucha con formación y toda de carácter fuerte, justamente los elementos más necesarios para desarrollar cualquier sociedad y país.
La mala política de los países ricos, ahora provoca que muchos gobiernos de estados con economías flojas y problemas internos, encuentren en la política exterior rusa y china a sus protectores, ya que los gobiernos de estos estados ni les imponen ni les recomiendan reformas y comportamientos democráticos, mientras que EEUU y la UE, obligados por la opinión pública, sí lo hacen.
Un dirigente africano declaraba recientemente que los occidentales dan sermones de democracia, mientras los chinos construyen carreteras.
En todo este complejo tema, donde hay mucho drama marcado por un pasado reciente lleno de supremacismo violento por una parte y de obligado sometimiento por la otrs, las malas decisiones políticas estructurales han sido un continuo -y lo siguen siendo-. Con perspectiva y con sentido de la economía, es necesario constatar que la dinámica demográfica de los países que proporcionan migrantes, garantiza la satisfacción de todas las previsiones a corto y medio plazo de las necesidades de mano de obra poco calificada que puedan tener los estados ricos.
Hay muchas formas de gestionar el tema y no es necesaria, ni tanta humillación ni tanta tragedia, para tener mano de obra barata.
La contra cultura
A finales de la década de 1950, en diferentes países nacieron de forma espontánea movimientos protagonizados por la juventud, sobre todo en las sociedades ricas pero también en algunas menos ricas. En Europa, los analistas decían que era la voz de una generación que no había vivido ninguna guerra, pero, al mismo tiempo en EE.UU., el movimiento era también contra la guerra que el país mantenía en Vietnam.
Todos tenían en común el pacifismo y el comunitarismo cultural -no el ideológico marxista- y aspiraban a un mundo culto y feliz, con músicas nuevas que seducían con fuerza adolescentes y jóvenes. Los mods ingleses, los progres, el Mayo del 68, los rockeros, los hippys, los punkys, los pop y otras tribus urbanas y rurales marcaron toda una generación y muchos de sus valores fueron rápidamente asimilados y adoptados por la sociedad global: el rechazo del racismo y del machismo, la militancia en el pacifismo y el feminismo, el bienestar animal y el medio ambiente fueron sus caracteres más relevantes,
Ciertamente estos valores que no eran nuevos, sin embargo, ahora entraron por la puerta grande bajo las anchas alas de la tolerancia como sentimiento compartido, que tampoco nuevo, pero, sí que por primera vez expresado por un colectivo social de tanta dimensión y proyección.
Las lecturas de mística oriental, especialmente budista y unas pocas obras literarias de autores occidentales tuvieron influencia en la conformación de la contracultura, pero, no puede decirse que fueran las causas. Fue la primera vez que la juventud se sintió protagonista del progreso de la cultura global.
Se puede considerar que este movimiento se dio gracias a la vigencia de la social-democracia, que ofrece amplios espacios para el ejercicio de la libertad; podemos decir que la contracultura fue una explosión de libertad en un mundo con mucho bienestar material y bastante seguridad, a pesar de las amenazas latentes de la guerra nuclear y de la continuidad de algunos conflictos post-coloniales.
Con el ejercicio de la libertad aquella generación no buscaba más bienestar ni más seguridad, sino más reconocimiento. Cabe recordar que las reivindicaciones se centraban sobre todo en aspectos morales y de costumbres, especialmente en la sexualidad y en la confrontación con el patriarcado.
Pero sin liderazgo ni doctrina, sólo con algunos escritores sentidos como referentes y, sorprendentemente, con unos principios morales, éticos y estéticos sobradamente compartidos -aún sin internet, ni teléfonos móviles, ni redes sociales- aquel movimiento fue considerado como un verdadero peligro público por los poderes políticos de EE.UU., que encontraron en la prohibición de la marihuana, que era un consumo que había adquirido la calidad de simbólico entre el movimiento, la estrategia para situar a toda esa nueva cultura fuera ley.
EEUU medio siglo antes, ya había tenido la nefasta y costosa experiencia de prohibir el consumo de alcohol, por ello es de extrañar que una sustancia natural con menos peligro para la salud como es el cannabis, ya que no es físicamente adictiva, se persiguiera con tanta severidad. Sólo el percibir aquella nueva cultura como muy amenazadora para el sistema, podía justificar esa decisión; la marihuana estaba ya prohibida en EE.UU. debido a que era una sustancia que consumía la población negra y era una forma de controlarla; ahora la misma ley se aplicaba contra blancos universitarios.
Otra estrategia judicial fue la persecución del consumo de preparados de vegetales alucinógenos y del famoso LSD sintetizado por una gran farmacéutica. Ahora, aquellas prohibiciones se ven exclusivamente como políticas que, desgraciadamente, perjudicaron durante décadas la investigación médica sobre estas sustancias, ahora reconsideradas.
De hecho, la contracultura sí era amenazadora para el sistema, pues creía en la igualdad de todas las personas y en la libertad como bien superior, y también creía en el respeto a la naturaleza y rechazaba la guerra. Todo lo contrario, pues, de los principios y objetivos dominantes tanto en el sistema capitalista como en el comunista.
Lastimosamente, sin ningún intento de reflexión política participada, toda aquella fuerza innovadora se fue diluyendo, expresándose en menor dimensión en movimientos de resistencia de carácter cultural y algunos también políticos, como la oposición firme al sistema nuclear.
El problema, puede ser llevado por la juventud y por su vocación hedonista, fue que aquel movimiento que rechazaba cualquier idea de organización, puesto que comporta disciplina y restricción de la espontaneidad, nunca se planteó ninguna idea de institucionalizar nada, excepto grandes y pequeños festivales de música. Algunos de sus miembros más comprometidos socialmente, adoptaron aquellas viejas y obsoletas ideologías que ya habían demostrado su incapacidad para cualquier progreso, haciéndose unos marxistas y otros anarquistas; extrañamente, ignoraron la única fórmula de progreso de la gobernanza que es la democracia inventada por la República de Atenas y la única herramienta de conciencia planetaria que representa la ONU.
Desorganizada por principio, la gran mayor parte de aquella generación se readaptó al sistema, fumando marihuana, primero a escondidas, ahora ya no tanto, algunos tomando LSD y enteógenos diversos, y decidimos sobrevivir resignados, buscando el bienestar material y la seguridad que proporciona la socialdemocracia. Parece que, terminado el humo, terminado el sueño, y aquella energía juvenil, sin ser estéril, nunca pensó en que podía, porqué debía, de tener expresión política.
La caída del Muro de Berlín
En ese año histórico tan reciente de la crónica humana -1.989- se comete, más que un error, el gran error de la historia moderna cuando la “inteligencia occidental”, totalmente dominada por el sistema militar industrial que había denunciado el presidente Eisenhower, perdió consciente y voluntariamente la oportunidad de eliminar del planeta la totalidad de las armas nucleares, aprovechando que el sistema soviético había quebrado.
La carrera del armamento nuclear tiene sus orígenes en la rivalidad ideológica entre el mundo soviético y el capitalista, decretada en 1945 justo terminada la II Guerra Mundial. Finalizada aquella tensión, las armas nucleares deberían haberse destruirse.
El armamento nuclear es uno de los problemas de la energía nuclear y la gestión de los residuos es otro, distinto, pero también gravísimo, pues dentro de cien años y dentro de mil, nuestros descendientes tendrán que dedicar muchos de sus recursos a mantenerlos vigilados, seguros y sin emanación.
Cuando en 1989, el agotamiento ideológico, la frustración social y sobre todo la incapacidad económica para mantener la carrera armamentista, llevaron a la URSS a desmantelar el sistema político y económico y a ofrecer la paz definitiva al mundo capitalista, la nueva situación geo estratégica debía comportar la completa desnuclearización, por lo menos la de Europa. Sin embargo, el gobierno de EEUU, con la complacencia de Gran Bretaña y Francia, todos ellos con arma nuclear, decidieron que la amenaza atómica no debía desaparecer.
Tratándose de un arma de destrucción masiva, no había ninguna justificación por no erradicarla; ciertamente otros estados tenían, pero, si los mayores hubieran decidido la eliminación total, no habría habido resistencias insalvables; entonces China no era todavía, ni mucho menos, la potencia que es ahora.
Sin embargo, “el sistema militar industrial” decidió que no quería desaparecer, parece que a la espera de otra confrontación.
Esa aberración de la historia ahora se paga con mucha sangre, pues la invasión de Ucrania nunca se hubiera producido si Rusia no tuviera armas nucleares.
También unos años antes la integración de Rusia en la Unión Europea hubiera sido fácil, si su gobierno no hubiera tenido la posibilidad, traducida en pretensión, de hacerse valer como potencia atómica, sino como estado con un bajo PIB, elevada población, gran dimensión territorial y grandes reservas de materias primas, que es su realidad. Rusia es Europa, a pesar de la aberración de su actual gobierno.
Se puede considerar que este movimiento se dio gracias a la vigencia de la social-democracia, que ofrece amplios espacios para el ejercicio de la libertad; podemos decir que la contracultura fue una explosión de libertad en un mundo con mucho bienestar material y bastante seguridad, a pesar de las amenazas latentes de la guerra nuclear y de la continuidad de algunos conflictos post-coloniales.
Con el ejercicio de la libertad aquella generación no buscaba más bienestar ni más seguridad, sino más reconocimiento. Cabe recordar que las reivindicaciones se centraban sobre todo en aspectos morales y de costumbres, especialmente en la sexualidad y en la confrontación con el patriarcado.
Pero sin liderazgo ni doctrina, sólo con algunos escritores sentidos como referentes y, sorprendentemente, con unos principios morales, éticos y estéticos sobradamente compartidos -aún sin internet, ni teléfonos móviles, ni redes sociales- aquel movimiento fue considerado como un verdadero peligro público por los poderes políticos de EE.UU., que encontraron en la prohibición de la marihuana, que era un consumo que había adquirido la calidad de simbólico entre el movimiento, la estrategia para situar a toda esa nueva cultura fuera ley.
EEUU medio siglo antes, ya había tenido la nefasta y costosa experiencia de prohibir el consumo de alcohol, por ello es de extrañar que una sustancia natural con menos peligro para la salud como es el cannabis, ya que no es físicamente adictiva, se persiguiera con tanta severidad. Sólo el percibir aquella nueva cultura como muy amenazadora para el sistema, podía justificar esa decisión; la marihuana estaba ya prohibida en EE.UU. debido a que era una sustancia que consumía la población negra y era una forma de controlarla; ahora la misma ley se aplicaba contra blancos universitarios.
Otra estrategia judicial fue la persecución del consumo de preparados de vegetales alucinógenos y del famoso LSD sintetizado por una gran farmacéutica. Ahora, aquellas prohibiciones se ven exclusivamente como políticas que, desgraciadamente, perjudicaron durante décadas la investigación médica sobre estas sustancias, ahora reconsideradas.
De hecho, la contracultura sí era amenazadora para el sistema, pues creía en la igualdad de todas las personas y en la libertad como bien superior, y también creía en el respeto a la naturaleza y rechazaba la guerra. Todo lo contrario, pues, de los principios y objetivos dominantes tanto en el sistema capitalista como en el comunista.
Lastimosamente, sin ningún intento de reflexión política participada, toda aquella fuerza innovadora se fue diluyendo, expresándose en menor dimensión en movimientos de resistencia de carácter cultural y algunos también políticos, como la oposición firme al sistema nuclear.
El problema, puede ser llevado por la juventud y por su vocación hedonista, fue que aquel movimiento que rechazaba cualquier idea de organización, puesto que comporta disciplina y restricción de la espontaneidad, nunca se planteó ninguna idea de institucionalizar nada, excepto grandes y pequeños festivales de música. Algunos de sus miembros más comprometidos socialmente, adoptaron aquellas viejas y obsoletas ideologías que ya habían demostrado su incapacidad para cualquier progreso, haciéndose unos marxistas y otros anarquistas; extrañamente, ignoraron la única fórmula de progreso de la gobernanza que es la democracia inventada por la República de Atenas y la única herramienta de conciencia planetaria que representa la ONU.
Desorganizada por principio, la gran mayor parte de aquella generación se readaptó al sistema, fumando marihuana, primero a escondidas, ahora ya no tanto, algunos tomando LSD y enteógenos diversos, y decidimos sobrevivir resignados, buscando el bienestar material y la seguridad que proporciona la socialdemocracia. Parece que, terminado el humo, terminado el sueño, y aquella energía juvenil, sin ser estéril, nunca pensó en que podía, porqué debía, de tener expresión política.
La caída del Muro de Berlín
En ese año histórico tan reciente de la crónica humana -1.989- se comete, más que un error, el gran error de la historia moderna cuando la “inteligencia occidental”, totalmente dominada por el sistema militar industrial que había denunciado el presidente Eisenhower, perdió consciente y voluntariamente la oportunidad de eliminar del planeta la totalidad de las armas nucleares, aprovechando que el sistema soviético había quebrado.
La carrera del armamento nuclear tiene sus orígenes en la rivalidad ideológica entre el mundo soviético y el capitalista, decretada en 1945 justo terminada la II Guerra Mundial. Finalizada aquella tensión, las armas nucleares deberían haberse destruirse.
El armamento nuclear es uno de los problemas de la energía nuclear y la gestión de los residuos es otro, distinto, pero también gravísimo, pues dentro de cien años y dentro de mil, nuestros descendientes tendrán que dedicar muchos de sus recursos a mantenerlos vigilados, seguros y sin emanación.
Cuando en 1989, el agotamiento ideológico, la frustración social y sobre todo la incapacidad económica para mantener la carrera armamentista, llevaron a la URSS a desmantelar el sistema político y económico y a ofrecer la paz definitiva al mundo capitalista, la nueva situación geo estratégica debía comportar la completa desnuclearización, por lo menos la de Europa. Sin embargo, el gobierno de EEUU, con la complacencia de Gran Bretaña y Francia, todos ellos con arma nuclear, decidieron que la amenaza atómica no debía desaparecer.
Tratándose de un arma de destrucción masiva, no había ninguna justificación por no erradicarla; ciertamente otros estados tenían, pero, si los mayores hubieran decidido la eliminación total, no habría habido resistencias insalvables; entonces China no era todavía, ni mucho menos, la potencia que es ahora.
Sin embargo, “el sistema militar industrial” decidió que no quería desaparecer, parece que a la espera de otra confrontación.
Esa aberración de la historia ahora se paga con mucha sangre, pues la invasión de Ucrania nunca se hubiera producido si Rusia no tuviera armas nucleares.
También unos años antes la integración de Rusia en la Unión Europea hubiera sido fácil, si su gobierno no hubiera tenido la posibilidad, traducida en pretensión, de hacerse valer como potencia atómica, sino como estado con un bajo PIB, elevada población, gran dimensión territorial y grandes reservas de materias primas, que es su realidad. Rusia es Europa, a pesar de la aberración de su actual gobierno.
En ese año histórico tan reciente de la crónica humana -1.989- se comete, más que un error, el gran error de la historia moderna cuando la “inteligencia occidental”, totalmente dominada por el sistema militar industrial que había denunciado el presidente Eisenhower, perdió consciente y voluntariamente la oportunidad de eliminar del planeta la totalidad de las armas nucleares, aprovechando que el sistema soviético había quebrado.
La carrera del armamento nuclear tiene sus orígenes en la rivalidad ideológica entre el mundo soviético y el capitalista, decretada en 1945 justo terminada la II Guerra Mundial. Finalizada aquella tensión, las armas nucleares deberían haberse destruirse.
El armamento nuclear es uno de los problemas de la energía nuclear y la gestión de los residuos es otro, distinto, pero también gravísimo, pues dentro de cien años y dentro de mil, nuestros descendientes tendrán que dedicar muchos de sus recursos a mantenerlos vigilados, seguros y sin emanación.
Cuando en 1989, el agotamiento ideológico, la frustración social y sobre todo la incapacidad económica para mantener la carrera armamentista, llevaron a la URSS a desmantelar el sistema político y económico y a ofrecer la paz definitiva al mundo capitalista, la nueva situación geo estratégica debía comportar la completa desnuclearización, por lo menos la de Europa. Sin embargo, el gobierno de EEUU, con la complacencia de Gran Bretaña y Francia, todos ellos con arma nuclear, decidieron que la amenaza atómica no debía desaparecer.
Tratándose de un arma de destrucción masiva, no había ninguna justificación por no erradicarla; ciertamente otros estados tenían, pero, si los mayores hubieran decidido la eliminación total, no habría habido resistencias insalvables; entonces China no era todavía, ni mucho menos, la potencia que es ahora.
Sin embargo, “el sistema militar industrial” decidió que no quería desaparecer, parece que a la espera de otra confrontación.
Esa aberración de la historia ahora se paga con mucha sangre, pues la invasión de Ucrania nunca se hubiera producido si Rusia no tuviera armas nucleares.
También unos años antes la integración de Rusia en la Unión Europea hubiera sido fácil, si su gobierno no hubiera tenido la posibilidad, traducida en pretensión, de hacerse valer como potencia atómica, sino como estado con un bajo PIB, elevada población, gran dimensión territorial y grandes reservas de materias primas, que es su realidad. Rusia es Europa, a pesar de la aberración de su actual gobierno.
Los grandes discursos políticos lo declaraban y la claudicación de la URSS parecía confirmarlo: el gran progreso de las sociedades occidentales se explica por los valores del capitalismo regido con sistemas democráticos.
En mi opinión no somos tan exquisitos; China, con partido único y pocas alegrías democráticas ha progresado en pocos años, mucho más de lo que los más optimistas -o pesimistas- podían suponer. Y nadie puede prever en qué consistirá la continuidad de ese “progreso”, si con mayor democracia o con menos.
En relación a la satisfacción de las cuatro necesidades genéticas, y sabiendo que dentro de ciertos límites tenemos la capacidad de compensarlas, priorizando unas mientras se relativizan otras, en lo que sí progresamos es en bienestar material, mientras que la libertad y el reconocimiento se ven limitadas, ciertamente en unos países más que en otros; ahora, con el amenazador anuncio del cambio climático, la sensación de seguridad se tambalea ante cualquier episodio meteorológico violento e inusual, porque nos enuncia pérdida de bienestar para un futuro que tememos no muy lejano.
A pesar de estos percances y sin olvidar la pobreza vamos dopados de bienestar material y así lo confirman todos los datos sobre consumo de recursos. Los vuelos turísticos low cost son el indicador más llamativo de la resistencia empresarial, ciudadana y política en asumir la amenaza que representa el “cambio climático”.
Puede decirse que ha habido dos elementos de naturaleza totalmente diferentes, que han empujado al mundo hacia un sistema económico, social y cultural, que los más captenidos llaman sociedad de consumo globalizada.
El primero fue la aparición del contenedor para el transporte de mercancías, un útil que extrañamente no llegó al mercado hasta la década de 1960, cuando técnicamente pudo hacerlo siglos antes ya que no fue un avance llevado por la investigación, sino sólo una sencilla aplicación del sentido práctico, con el que el comercio mundial aumentó espectacularmente gracias a la drástica reducción del coste del transporte marítimo.
El segundo factor que empujó a la globalización, hecho de un material más sutil que el hierro del contenedor, fue el supremacismo del mundo occidental a la hora de desestimar las capacidades de los chinos para organizarse y progresar en industria, en comercio y en investigación tecnológica y científica.
Cuando el sistema comunista quebró y el régimen dio señales de querer ser un país normal, el capitalismo occidental lo vio como una inmensa oportunidad de crecer económicamente, externalizando los problemas que genera la actividad industrial -laborales y medioambientales-, y China pasó a ser la fábrica del mundo, mientras el occidente blanco y cristiano se fue convirtiendo en una especie de eco museo, que conservando los elementos más determinantes de la economía, puede representar la ficción de ser el paraíso en la tierra, una campana de cristal en la que quieren ir a vivir millones de personas de muchas partes del mundo.
Pero, la eficiencia del contenedor marítimo y el talento de los chinos, superaron todas las previsiones de los grandes estrategas occidentales, ahora deseosos de querer volver a fabricar más e importar menos, sobre todo de China.
Más que explicar, se predicó, que la globalización era la garantía de que las guerras habían terminado y que las que podrían aparecer serían pocas y no más allá de disputas tribales, todas en el Tercer Mundo, pues los conflictos de intereses que antes de la globalización se dirimían en guerras, en adelante encontrarían solución en el ámbito del mercado.
Ahora nos damos cuenta de que la globalización no garantiza lo que prometía; hay guerras, los estados se rearman y los opinadores más pesimistas hablan de III Guerra Mundial
De nuevo, Marte es el gran triunfador y Atenea pierde, y mientras Marte se mantenga en el altar, cualquier esfuerzo por conseguir justicia, paz y bienestar acabará en poco.
La globalización que tanto prometía, lo que sí ha conseguido de forma definitiva es llenar el planeta de residuos.
Otro aspecto de la globalización son los fenómenos migratorios de grandes dimensiones, previstos y advertidos en muchos documentos de la ONU y de organizaciones de la sociedad civil fechados en la década de 1980, hace 45 años, cuando en Europa no había todavía entrada ni africanos ni de latinoamericanos o, en todo caso, pocos.
Los documentos exponen advertencias, recomendaciones, proyectos, programas, etc, ambientales, agrícolas, económicos y sociales para empujar el desarrollo de aquellas sociedades y regiones; sin embargo, nada se implementó. La ONU sólo tiene la facultad de señalar.
No hubo sorpresa en la presión migratoria y sí estímulos legislativos en su inicio de dimensión en la década de 1990, que respondían al criterio de que no habría continuidad del crecimiento económico de los países ricos, sin una disponibilidad de mano de obra de bajo coste. También el motivador "solidaridad" exhibido por las políticas de izquierda ha aparecido como justificación del fenómeno.
No se puede ignorar la relevancia del hecho histórico de decidir el tránsito de personas de otras religiones, culturas y etnias en cantidades considerables, con todas sus posibles aristas; sin embargo, las élites de la gobernanza trataron la cuestión como una rebaja de aranceles de cualquier producto: importación de mano de obra barata, ahorrándose el coste del transporte. Sin embargo, el producto son personas y en muchas ocasiones, el transporte es tragedia.
El crecimiento económico de los países ricos se ha mantenido, ciertamente, y ahora la emigración está instrumentalizada en negativo por los mismos intereses que la reclamaron. Garantizado el flujo migratorio se utilizan los miedos y desconfianzas de una parte de la ciudadanía, como herramientas de erosión política para desdemocratizar las sociedades socialdemócratas.
Hay que estar totalmente a favor de la globalización, peró la económica debe ir al paso de la gobernanza democrática, con poderes judiciales del todo independientes de la clase política y de cualquier oligarquía, con la administración pública que pueda sentirse responsable de sus decisiones técnicas y con medios de comunicación donde la libertad de información tenga el amparo de la justicia. La utopía que nos estamos perdiendo.
Si damos marcha atrás en el calendario unos pocos años, constatando aquellos episodios que han impactado más negativamente en la ciudadanía a nivel global, obviamente las guerras de Palestina y de Ucrania están en la primera pantalla, inmediatamente antes el Covid 19 y continuando atrás, hacia 2009, la crisis provocada por la inflación inmobiliaria y las consecuentes ruinas de personas, de algunos bancos y el endeudamiento de los estados. Todo con el cambio climático como amenaza..
Ha sido una irrupción de malas noticias, nuevas realidades que van extendiendo su mala aura, hasta cambiar radicalmente nuestra percepción del estado del mundo y de las expectativas de futuro.
Antes de estas "erupciones", la percepción general y los discursos de las clases dirigentes en relación a sus obras, la creciente prosperidad económica global y la extensión de los derechos humanos -tanto en los países ricos como en los no tan ricos-, llevaba a pensar que el mundo prosperaba, en algunas cosas poco a poco y en otras más deprisa, sin embargo, prosperaba.
Y pese a los episodios de violencia como la guerra Irán-Irak, las invasiones de Kuwait e Irak, el genocidio de Ruanda, los desgraciados Afganistán, Palestina, Líbano, Sudán y otros, y de los múltiples atentados de radicalismos religiosos y políticos, se imponía la percepción de que los homo sàpiens sàpiens íbamos ganando en todos los retos que hasta pocas décadas atrás se habían contemplado como imposibles. Sólo la muerte queda como herencia de los tiempos pasados, pero a menudo aparecen noticias esperanzadoras de cómo casi superar esta rémora; y la muerte real, la de personas queridas, se ha ido sustrayendo de la realidad convirtiéndola casi en algo virtual.
La ciencia en general y la medicina puntera, contribuyen a la formación de este imaginario, donde todo es posible: ir a vivir a la Luna ya Marte, viajar por el espacio interestelar, vivir 120 años sin estar nunca enfermo y sólo orientando el pensamiento, magníficas máquinas inteligentes nos lo pondrán todo al alcance. La prosperidad sin límites y para todos, dentro de cuatro días.
Pero, aunque hoy estas maravillas siguen siendo teóricamente posibles, en poco tiempo han perdido mucha de su capacidad para motivarnos y prácticamente de repente, o casi, el mundo se nos ha tumbado a hostil, enrabietado y se impone la sensación de sin futuro.
A las consecuencias emocionales, sentimentales y económicas provocadas por las crisis recientes, se suman las primeras evidencias de que la irregularidad meteorológica es ya un hecho global, y el resultado es la percepción generalizada de que hemos entrado en un período del que no sabemos el tiempo, marcado por una extraña sensación psicológica que nos arrastra hacia la paranoia conspirativa, al pesimismo e incluso al nihilismo.
Otro factor nuevo es la aparición en la escena política de unas ideas y organizaciones políticas nuevas, que persiguen poner en crisis muchos de los valores en los que la sociedad ha fundamentado las relaciones, tanto a nivel de las sociedades, de los estados y global. El problema es que estos nuevos actores, además de crispar la ciudadanía empujándola a polarizarse, solo denuncian problemas que puedan encontrar aplauso en una parte de ella, pero sin proponer ningún camino, ninguna estrategia, ninguna solución. Se les ha bautizado com “populistas” y son la derecha con vocación autocrática de toda la vida. Pericles ya los había identificado y definido hace 2.500 años.
Si los optimistas afirmaban que la sociedad humana es capaz de superar obstáculos y seguir prosperando, manteniendo el mismo rumbo, ahora el cambio climático ha dado la vuelta a todo. Muy tarde empezamos a darnos cuenta de que los sistemas y mecanismos de progreso no son fiables, ya que menosprecian el reciclaje de los residuos. Hemos pecado de sucios -el CO2 es un residuo- y en esto, volviendo a contemplar los comportamientos animales como referente, nos parecemos mucho a los que tienen un intelecto reducido como los caballos, las ovejas, las cabras y las vacas que excretan no importa dónde, hasta encima de la comida; y nos parecemos poco a los más inteligentes: como perros, cerdos y asnos, que evitan siempre ensuciar lo que comen y donde comen.
Los medios de comunicación tienen la capacidad de orientar a la opinión pública y conformar nuestro marco mental, con alegres y vistosas producciones artísticas emitidas por radios, prensa, televisiones, teléfonos móviles y pantallas de ordenadores, tanto privadas como públicas.
Las redes sociales son cada vez más influyentes, sin embargo hay que observar que la mayor parte de sus contenidos se limitan a centrarse sobre todo en tres de las cuatro necesidades genéticas: el bienestar, la seguridad y el reconocimiento con deseos claramente positivos, pero, con unos resultados tan decepcionantes que abocan a la práctica totalidad de sus usuarios o a la decepción o a la frustración.
Mientras la libertad, la más decisoria de las necesidades pues es el instrumento imprescindible para conseguir las otras tres, es poco visible en los contenidos de las redes sociales y el resultado es que unas herramientas de información y comunicación tan poderosas y técnicamente tan eficientes, se desperdician en lo que pueden ser más útiles.
Ciertamente, existen contenidos que persiguen el progreso de las libertades, sin embargo, tienen pocos seguidores y bajo impacto cultural y social. El consumismo y la banalización de lo vital, cuantitativamente se imponen.
Ahora, con mayor o menor conciencia y con mayor o menor certeza, estamos entendiendo que hemos llegado a los límites de un magnífico paseo por la historia, que obviamente no lo ha sido para todos, pero sí para muchas personas.
Mientras, la ciudadanía de las sociedades poco industrializadas, que contribuye muy poco al calentamiento de la atmósfera, asustada y con la sensación de que no hay futuro, ni cercano ni lejano, unos, desesperadamente le fían a la emigración, mientras sus vecinos y amigos adoptan una actitud de resiliencia y, cabizbajos, se quedan en el país.
Parece que la ciudadanía de los países ricos nos lo tomamos como si fuera sólo una pesadilla, confiando en que cuando despertaremos todo seguirá como cuando éramos felices, disfrutando del bienestar que nos permite el alto nivel de industrialización alcanzado con siglos de trabajo y de imaginación. Pero ese bienestar que tan orgullosamente exhibíamos, se construía -se construye- incorporando abusos graves, carencias culpables y errores incomprensibles.
A lo extraño es una reacción vigorosa para detener el cambio climático, cuando hace ya décadas la ONU, frenada por los estados, tuvo que claudicar de sus funciones protectoras de la paz y de la biodiversidad.
Refiriéndome a la invasión de Ucrania, propongo una perspectiva sobre las cuatro necesidades genéticas; la más relevante es la lección que da la ciudadanía ucraniana, que en unas pocas horas tomó la decisión de renunciar al bienestar y a la seguridad, subordinándolas a la libertad y al reconocimiento.
Ciertamente, el comportamiento colectivo heroico se ha expresado en muchísimas ocasiones a lo largo de la historia, pero, afortunadamente pocas en tiempos actuales y menos en una sociedad con altos niveles de bienestar y seguridad, como era la ucraniana antes de que entraran los tanques del ejército ruso, con canales de televisión, discotecas, supermercados, automóviles, calefacciones y refrigeraciones, internet, teléfonos móviles, redes sociales, etc. etc.
En pocas horas, la ciudadanía de Ucrania pasó de la sociedad de consumo banal a las trincheras, con la mayor dignidad, confesando que a pesar de tener miedo a sufrir, morir y matar, van a la guerra para expulsar al invasor y ganarse un futuro en libertad.
Ahora, después de tres años guerra, la irrupción de la nueva política exterior de EE.UU hace evidente que esta guerra es su estrategia para desmantelar la Unión Europea, donde la ex Unión Soviética es solamente el cómplice necesario.
La diosa Atenea, hija predilecto de Zeus, quiere que los humanos seamos felices y que prosperemos, sin embargo, ella no es una pacifista floja y no se esconde ante el intruso violento, sino que con su espada lucha hasta ganar. En la mitología, se enfrentó varias veces a Ares, el dios de la guerra, y siempre salió victoriosa.
Me cuesta hablar de la guerra en Palestina, y sólo pensar en ella me pone de mal humor; sin embargo, en los días que termino esta Crónica es obligado.
Me temo que es un conflicto, una guerra, del nunca acabar, entre la fuerte mentalidad religiosa-nacional imperante en Israel, reforzada por el miedo generado durante siglos de persecución y por la herencia del Holocausto, y por otro la gran dimensión de las sociedades musulmanas que sienten las agresiones a los palestinos como propias, además del rechazo moral que en otras sociedades de todo el planeta provocan las estrategias violentas del estado hebreo para dominar absolutamente un territorio que, según afirman, el mismo dios de todos y creador de todas las cosas, les dio a ellos en exclusiva hace unos 3.200 años.
A lo largo de la historia, muchas sociedades han sido eliminadas violentamente; la palestina no, pues, lo impide la solidaridad entre musulmanes, para quienes la tierra palestina es también sagrada debido al paso por ella del profeta Mohammed.
El fortísimo sentimiento religioso de los hebreos, empuja a sus gobiernos a adoptar políticas contrarias al sentido común, a la moral, a la justicia y a la piedad, además de a las instituciones internacionales, cuando el propio estado de Israel es el resultado de una decisión de la ONU como compensación por los terribles males infligidos por el nazismo. Sin embargo, a pesar de este origen, el estado de Israel, dominado políticamente por un triple supremacismo étnico, religioso y patrimonial, no respeta sus decisiones. No respeta nada, ni a nadie.
No veo guerra entre religiones, puesto que las reacciones palestinas serían las mismas en el caso de ser una sociedad laica; otra cosa es que las organizaciones yihadistas que predican la violencia intenten capitalizar y dominar la resistencia. Pero sí veo guerra religiosa por parte de Israel, pues es de su fe y tradición de donde provienen todas sus justificaciones expansionistas, y no la necesidad de espacio vital. Es la ciudadanía palestina la que vive en espacios reducidos.
He leído en algún lugar que el presidente de EEUU, Roosevelt, después del encuentro con Churchil y Stalin en Yalta, donde diseñaron el futuro mundial posguerra, al volver hizo escala en la capital de Arabia, para entrevistarse con su rey. Roosevelt le comunicó que, impotente, había tenido que aprobar la creación de un estado hebreo reconocido y con fronteras. El rey Ibn Saud le dijo que con esa decisión llevaría a toda la región a un estado de inseguridad y guerra continuadas; parece que Roosevelt respondió que él también lo veía así, pero que no había podido evitarlo. El presidente americano, desde hacia tiempo gravemente enfermo, murió poco tiempo después.
Una perspectiva a considerar, es que la población hebrea no puede culpabilizar a la palestina de haber tenido que emigrar de su “tierra prometida” hace casi 2.000 años, pues fueron las legiones romanas quienes les hicieron la vida imposible; no hay lugar para un resentimiento antiguo que explique la extrema crueldad sobre la población palestina. El estado de Israel, trata a Palestina de la misma manera como el Imperio Romano los trató a ellos: conquista violenta, apropiación de tierras y expulsión de la población, como todos los imperialismos extremos de la historia.
El estado de Israel y la sociedad hebrea, en unas pocas décadas ya nivel planetario, han pasado de generar primero incomprensión, después compasión, y ahora a generar rechazo generalizado.
El inventario de personas que han perdido la vida y la salud, el de bienes materiales destruidos y el de energía consumida durante tantas décadas, dan un balance inmenso completamente negativo. Y considerando sólo los términos económicos, para Israel, los costes pueden contabilizarse con exactitud.
Si Israel necesita, a vida o muerte, un espacio geográfico determinado, lo mejor que debería haber -y puede hacer todavía-, es presentar una oferta de compra a la población palestina. Les saldría más barato y serían bien vistos por todas partes. Ahora, no pueden disfrutar de “su territorio”, están en guerra continua y se ganan día a día la animadversión de prácticamente todo el que no tiene vínculos con ellos.
El triple supremacismo étnico, religioso y patrimonial es un bagaje histórico difícil de manejar, y lo que los judíos deben entender es que no hay rechazo ni del primero ni del segundo, por parte del resto del planeta, sin embargo, el tercero es una tomadura de pelo y resulta inaceptable, porqué legitima la violencia y arrastra a un estado de guerra sin fin.
Observando separadamente cada actividad industrial, el resultado es que prácticamente todas ellas se ajustan a las medidas legales que las regulan, por lo que parece que todo el sistema debería funcionar bien. Pero, como no puede decirse que el cambio climático no es resultado del sistema industrial, estamos entrampados en una absurda paradoja, que resulta fatal.
En el Parque de Bomberos de una ciudad norte americana, hay una bombilla eléctrica que está encendida las 24 horas del día desde hace más de un siglo, y nunca se ha estropeado. No sufre de Obsolescencia Programada.
Ciertamente, los fabricantes de bombillas eléctricas, para subsistir necesitan un cierto grado de Obsolescencia en sus productos, así como los de muebles, radios, coches, lavadoras, neveras, TVs, ordenadores, teléfonos móviles y de los mil otros artefactos en los que fundamentamos nuestro bienestar material; sin embargo, la ausencia de normativa en durabilidad y en reciclaje de productos lleva al colapso, tanto en la disponibilidad de materias primas , como por la contaminación ambiental, además de constituir un fraude directo al comprador y usuario.
La expresión Obsolescencia Programada fue ideada en el primer tercio del siglo XX en Estados Unidos de América, cuando la fabricación de productos industriales domésticos había alcanzado un alto nivel de actividad. EEUU era el primer país donde había producción industrial en serie, y pronto tuvieron que darse cuenta de que una gran cantidad de chatarras y utensilios inservibles, iba a parar a inmensos vertedros en la periferia de las ciudades.
Entonces nació una iniciativa loable y necesaria, que sus promotores bautizaron como Obsolescencia Programada, que consistía en atribuir a cada objeto salido de fábrica la previsión de un tiempo de vida útil y un itinerario, hasta desmontarlo y recuperar sus componentes para la re utilización.
Así pues, esta denominación que ahora tiene condición negativa, en su origen era un sensato intento de compatibilizar la continuidad de la actividad industrial, con el no llenar el mundo de desechos. Sin embargo, la crisis financiera del año 1929 y los consecuentes desórdenes económicos provocaron que el proyecto fuera olvidado, y ahora se conoce como Obsolescencia Programada a aquellas estrategias industriales que, seduciendo a los compradores, persiguen la menor durabilidad de los productos.
Esta estrategia, se ha demostrado muy buena para los beneficios empresariales, muy mala para los compradores y usuarios de los productos, y de tan agresiva, insostenible para el medio ambiente local y global.
Estrategias empresariales de Obsolescencia Programada, existen casi tantas como productos existen en el mercado, y el sector de la construcción de edificios no se ha librado de ella. Por su importancia social y económica y por su dimensión física, constituye uno de los ámbitos donde la Obsolescencia Programada causa más perjuicios, tanto a los usuarios como a la economía y al medio ambiente local y global.
Desde hace más de un siglo, prácticamente todos los edificios se construyen utilizando cemento portland como ligante; este producto industrial, obtenido por cocción de la piedra caliza a alta temperatura en distintos ciclos, puede tener una vida útil limitada, yendo bien de poco más de 100 años, debido a que su estructura molecular experimenta “cansancio del material”.
Cabe recordar y constatar, que antes de la entrada en el mercado de este tipo de cemento moderno, desde los primeros poblados neolíticos hasta hace poco más de un siglo, el único ligante empleado había sido el cemento cal, obtenido del mismo mineral con una sola cocción a menos temperatura.
Un edificio construido con este cemento puede llegar a durar en buen estado más de 2000 años. Casas, iglesias, palacios, murallas, canalizaciones, etc. etc., durante 10.000 años han sido construidas con cal, y muchas las utilizamos y habitamos todavía.
Otra cosa son las grandes infraestructuras como puentes, edificios de grandes alturas, etc. que necesitan ser reforzados internamente con barras de hierro, al que el cemento portland se adhiere bien, mientras, la naturaleza química del cemento cal rechaza el hierro, imposibilitando la construcción de estructuras horizontales.
Contemplando el horizonte de un plazo máximo de un siglo, excepto los edificios construidos antes de la adopción del portland, la totalidad del resto tendrá que haber sido derribados por cansancio del material y los escombros sacados de las ciudades; y será necesario proveer los minerales y la energía para obtener los materiales para las nuevas construcciones.
Todo un reto de futuro, que por su absurdidad, dimensión, desafío al sentido común y gravedad de sus consecuencias, genera rechazo mental; y se enuncia absurdamente y caprichosamente que los edificios del futuro serán de madera, sin preguntarse cuántos podrán construirse, si apenas hay madera suficiente para muebles.
La generación de residuos irreciclables y contaminantes es otra aberración del sistema industrial, y este escrito, por muchas páginas que tuviera, sería insuficiente para mencionarlos a todos. Apunto uno de dimensión, ampliamente participado y sobradamente conocido.
Muchísimos estudios y comprobaciones del estado de salud del agua del mar, denuncian la presencia de altas dosis de micro partículas de plástico en suspensión y, cosa gravísima, su detección en los organismos de peces e incluso en humanos que comemos peces.
Estas partículas son residuos desprendidos de los tejidos fabricados con derivados de petróleo, durante su imprescindible lavado. Después de la ropa, van a parar al mar, donde los peces que nosotros comeremos, se las comen. Sin embargo, ni la industria textil, ni de la confección, ni de la moda atienden a esta cuestión. Excepto la seda y el algodón, hay poco consumo de fibras naturales, como lino, cáñamo y ortiga, y hay ovejas que permanecen sin esquilar.
Dinámicas y efectos perniciosos similares afectan a prácticamente todos los sectores del sistema industrial y también a la agricultura y ganadería industrializadas, y como la inevitable competitividad empresarial condiciona y limita la toma de decisiones ejecutivas a favor de la sostenibilidad, lo que debería ser una saludable competencia entre empresas por ofrecer el mejor producto, deriva a una abominable carrera hacia el colapso.
Siendo consecuentes y racionales, o al menos, prudentes, en el actual estado de degradación de la biosfera y de peligro de catástrofes a la que hemos llegado, hay que considerar que todos aquellos productos de consumo que no sean estrictamente necesarios, ni tampoco los contaminantes no deberían elaborarse ni fabricarse.
La ciudadanía tiene plena conciencia de la necesidad de reducir la producción de contaminantes, y esta actitud debería ser servida por la gobernanza, sin embargo, la lista de productos con toxicidad que han inundado el mercado durante décadas, hasta que las administraciones no se han visto obligadas a retirarlos de la venta, es enorme.
Antes de ponerlos a la venta, sus fabricantes conocían sus perjuicios, pero hasta que no ha habido consecuencias graves, muy evidentes y públicas, se ha mantenido su comercialización.
Dos casos ilustran en pasado: el insecticida DDT y la fibra de amianto son bien escandalosos; se conocía perfectamente su peligrosidad y en algunos estados se habían prohibido, pero en otros, también en algunos ricos, continuaron en el mercado durante décadas.
Ahora, los gobiernos deben asumir el coste de retirar las estructuras de amianto con las que hicieron beneficios las empresas constructoras, así como el coste sanitario generado por las personas afectadas. Los perjuicios de salud de las personas no se contabilizan.
Algunos productos que ahora se encuentran en el mercado, son casos con la misma secuencia y recorrido: primer permiso gubernamental y gran negocio por la empresa productora, después problemas para todos y finalmente prohibición gubernamental acompañada de asunción del coste de reparación del mal económico.
Hace unos meses, en un programa de televisión pública española de gran audiencia, un reconocido científico del mundo de la farmacia explicó con detalles que ahora mismo existen dos productos en el mercado de gran consumo, que ciertamente son eficaces en aliviar, sin embargo, no curan y, por el contrario, generan adicción.
Otra dependencia grave, la de los teléfonos móviles, muy inteligentes pero nada empáticos y muy adictivos, conseguido gracias a la dimensión de la pantalla.
A principios del siglo XI d. C. en la década de los años 1.030 en plena Edad Media, en las regiones europeas de Occitania y Cataluña nació una iniciativa, promovida y protegida por las jerarquías de la iglesia cristiana, que mediante una bula papal que condenaba a los infractores a la excomunión, se proponía proteger a los campesinos, artesanos y comerciantes de los continuos robos y abusos a que eran sometidos por los sicarios de los señores feudales, y hacer posible que pudieran llevar sus productos al mercado un día a la semana en un sitio determinado, siempre frente a una iglesia.
Durante aquellos siglos, borradas las identidades tribales y con un continuo desplazamiento de poblaciones, que dificultaba las relaciones de confianza y conformación de actitudes solidarias, la gran mayor parte de la gente vivía miserablemente, sometidos a poderes locales o regionales asentados en el ejercicio continuado de violencia hacia el pueblo, hacia los señores vecinos y dentro de las mismas familias feudales. Muchos lugares de Europa vivían situaciones que ahora llamamos estados fallidos, con partidas de gente armada que dominaban la vida diaria de la población, con abusos de toda clase constantes.
Mientras en la misma época, en el sur de Cataluña, la sociedad musulmana andalusí vivía tiempo de bienestar económico, esplendor cultural y paz social, donde campesinos, artesanos y comerciantes llevaban sus productos a los mercados semanales, celebrados a cada pocos kilómetros. En el Magreb, de donde procedía aquella cultura, la romanización tuvo mucha menor intensidad que en Europa, persistieron muchas de las sociedades tribales y con ellas la continuidad de la milenaria celebración de los mercados semanales locales.
Desde tiempos inmemoriales, y también ahora, en Marruecos rural, a la persona responsable del mercado se le llama Almostaser, el organizador, que es quien distribuye los lugares de las paradas de venta, vigila que los utensilios de medición de pesos y volúmenes funcionen con garantía, y atiende a cualquier otro aspecto o conflicto que pueda surgir.
Seguro que aquellos obispos cristianos de primeros siglo XI conocían la existencia de aquellos mercados semanales y entendieron su efecto benefactor para toda la sociedad, que obedece a la sabia máxima: sin intercambio, no hay desarrollo. Debemos reconocerles y agradecerles su precoz sentido de modernidad, siglos antes del primer Humanismo.
Que la iniciativa Pau i Treva tiene inspiración en los mercados de Al-Andalús, se hace evidente en que durante los siglos siguientes, tanto en tierras catalanas como castellanas, el nombre y la figura del Almostaser tuvieron las mismas funciones que en los mercados magrebíes, asumiendo cada vez más competencias, tanto a niveles local como regionales y generales.
Ahora, mil años después, desarrollada la economía y en Europa desaparecido el nombre, aquella función la asumen el conjunto de instituciones públicas y semi-públicas que tienen la responsabilidad de velar por lo mismo que han hecho, y hacen, los Almostasers de los mercados locales.
Sin embargo, las funciones y atribuciones de los Almostassers actuales, están a menudo cuestionadas por partidarios de la casi ausencia de leyes que regulen el mercado, hasta hace poco en forma de consignas y estrategias liberales y ultra liberales, y ahora en forma de populismos.
Un sector de la “sensibilidad empresarial”, argumenta que todas las legislaciones son limitadoras y tienen efectos perniciosos para el conjunto de la economía, pues desincentivan muchas iniciativas. En contra de esta opinión, se puede argumentar que el empresario dinámico, para expresar toda su energía y talento creador, tiene a su alcance muchos espacios de conocimiento, recursos técnicos y recursos financieros para emprender cualquier negocio; y no se pierde talento con la economía de mercado reglamentada, dirigida a servir a las necesidades de bienestar y seguridad del conjunto de la sociedad. Por el contrario, sí se pierde talento, cuando éste se emplea en iniciativas económicas que sean un atentado directo al bolsillo o a la salud del comprador, o un perjuicio para los intereses colectivos. Y las funciones del Almostaser -leyes, normas, reglamentos, vigilancia, etc. etc.- son justamente evitar estas derivas.
La mentalidad empresarial, y sobre todo las oligarquías, persiguen el crecimiento continuado y cuanto mayor mejor de la actividad económica. Sin embargo, esta mentalidad nos ha llevado al desastre.
Las carencias reguladoras actúan como aceleradores de la actividad económica, ya de por sí acelerada por el lógico y saludable principio de competencia; y esa doble fuerza de aceleración hace que muy a menudo el crecimiento se pase de frenado y acabe en cataclismo financiero, o económico, o social. Ahora medioambiental extremo, tanto que inevitablemente debemos realizar cambios de dimensión, con frenado como primera medida voluntaria, o accidente si no se hace nada más decidido de lo que se hace ahora.
Muchas de las voces críticas contra el “cambio climático” lo consideran la consecuencia directa del sistema capitalista. Pero, en mi opinión, este punto de vista, extendido incluso entre muchos “capitalistas”, constituye una limitación de perspectivas de raíz demasiado ideológica, es insuficiente para comprender el fenómeno y resulta estéril.
Cabe recordar que la historiografía encuentra los inicios del primer “capitalismo” a mediados del siglo XV d. C., cuando varias regiones europeas experimentan grandes crecimientos de la actividad comercial y se generan “capitales” para ser invertidos.
Sin embargo, hay abundantes y conocidos testimonios y memoria histórica que certifican que en el planeta siempre ha habido destrucción masiva de los sistemas naturales, luchas fratricidas y luchas de conquista, injusticias múltiples e ignorancias desalentadoras. Milenios antes de que apareciera cualquier inicio de capitalismo, los humanos ya nos comportábamos de forma irresponsable en muchos de los aspectos que nos condicionan absolutamente, por lo que, focalizar el origen de los problemas en el capitalismo es renunciar a entender las raíces de la nuestra incapacidad para enfrentarlos.
Uno de los problemas primeros que presenta esta limitación crítica, es que ni en el mercado político ni en el ideológico se ofrecen alternativas al sistema capitalista. Críticas muchas, y más que merece a la vista de cómo está el mundo, sin embargo, nada más; ninguna idea, ninguna propuesta para cambiar el sistema capitalista y la economía de mercado, por otro mejor, concretado al menos un poco. Pero ni eso, aparte de declaraciones de buenas intenciones, nada práctico sobre cómo gestionar la economía ni la riqueza.
Otro problema es que, atribuyendo el “cambio climático” al capitalismo, se provoca que cualquier esfuerzo en profundidad por entender y por rectificar, tenga poco recorrido. Ya tenemos diagnóstico, ahora sólo hace falta desmontar el capitalismo y todo empezará a ir bien.
Otra larga experiencia de economía de mercado en forma de “colonización” pacífica y económicamente fructífera para las dos partes, fueron el establecimiento de comerciantes árabes y magrebíes en muchas ciudades de la costa del océano Índico, conviviendo con la población local y comprándoles especies y piedras y maderas preciosas. El testimonio de Ibn Batouta del siglo XIV d.C. es bien claro y detallado; después, primero Portugal y después Holanda desplazaron a los musulmanes e instauraron el “colonialismo” violento que todos los otros estados europeos fueron imponiendo en casi todo el planeta.
En diferentes párrafos de esta Crónica, aunque sin cuestionarlo, se mencionan carencias clamorosas del sistema capitalista, como la inexistencia de la figura del “inversor climático” y la escasez de pequeñas y medianas inversiones empresariales procedentes de países capitalistas, en África, Iberoamérica y Asia. La economía de mercado, “el sistema”, por sí mismo es como un cuchillo, y con él tanto se puede hacer daño como bien, pero, todo el mundo que no sea un ideológico furibundo, le reconoce funcionalidad.
Viajados al Magreb rural actual, como ejemplo para ubicarlo geográfica y socialmente, hoy o mil años atrás, si alguien cuestionara la existencia del mercado semanal, le dirían que está enfermo. Y si opinara que el mercado funcionaria mejor prescindiendo del Almostaser, todo el mundo entendería que lo que pretende es imponer sus propias reglas, y se protegerían de aquel individuo.
En la historia antigua, durante muchos siglos existió un verdadero modelo de crecimiento y desarrollo económico que fue puramente capitalista: lugares y cadenas de productores de materias primas, de elaboradores, de fabricantes, de comercializadores y logística de distribución, en un marco económico de total libre mercado, fueron sus actividades del día a día durante más de mil años. Fue la economía Fenicia, con todo lo que caracteriza al capitalismo: grandes fortunas personales ganadas gracias a la innovación y el riesgo, grandes inversiones en infraestructuras para la producción y grandes mercados cercanos y lejanos en muchos lugares del Mediterráneo y de más allá. Y muchos trabajadores dependientes de estas actividades, unos especializados, otros no y esclavos.
La existencia de aquella realidad tan exitosa y tan larga en la histórica, evidencia que para progresar económicamente no es necesario destruir nada, ni tomar la dignidad, ni maltratar, ni matar a nadie. Podemos ser incrédulos al aceptarlo porque perdura en nosotros una mentalidad surgida de una nefasta y larga deriva cultural de la historia, que nos mantiene con la mirada baja.
Extraído de wikipedia:
La oligarquía (del griego Ὀλιγαρχία, oligarkhía) es una forma de gobierno o de organización social en la que la mayoría o todo el poder político recae de manera efectiva sobre un segmento pequeño de la sociedad (a menudo los más poderosos en virtud de su riqueza, su posición familiar, su poder militar o su influencia política).
Históricamente, muchas oligarquías daban el poder político de forma legal y abierta a un grupo minoritario llamado la aristocracia (el gobierno de los "mejores"). Estos estados eran controlados por familias poderosas cuyos hijos eran educados para ser herederos del poder de la oligarquía. Sin embargo, en otras sociedades, este poder no se ejercía de forma abierta sino que los oligarcas permanecían "detrás del trono". Aunque Aristóteles fue el primero en utilizar el término como sinónimo de "gobierno de los ricos" (el término exacto por este tipo de gobierno es plutocracia), la oligarquía no necesariamente es un gobierno ejercido por medio de la riqueza sino por un grupo privilegiado de la sociedad.
Las oligarquías son sistemas políticos complejos, con muchos círculos de poder cada vez más concentrados, con especializaciones según el dominio de poder (comercial, jurídico, religioso, militar, tecnológico, etc.) y con un ejercicio del poder a menudo discreto y colegiado. Son, a menudo, familias dominantes por las que la posición política es un elemento de patrimonio que se transmite a sus hijos, y en el que la educación se organiza de acuerdo con esta perspectiva. Si la oligarquía se encuentra en el centro mitológico, religioso o racial, pueden surgir sistemas de castas.
Desde las primeras sociedades urbanas en la antigua Mesopotamia, las asociaciones de profesionales han sido una realidad que, en algunas épocas y lugares, han tenido un papel relevante en el progreso económico, el social y también en la gobernanza. Los Gremios medievales eran fundamentales, más acá las Patronales tienen los mismos objetivos; en las últimas décadas ha surgido la denominación lobby, que es un grupo organizado de empresas y personas que elevan sus propuestas sectoriales a la clase política y a altos cargos de la administración pública, procurando que sean buenos conocedores de sus realidades, aspiraciones y proyectos, algo positivo.
Pero, cuando empresarios u organizaciones de ellos, fuerzan y retuercen a responsables de las administraciones públicas y la gobernanza, hasta conseguir que las legislaciones y los preceptivos seguimientos les sean favorables, cabe denominarlas oligarquías.
Hay autores de geo política global que atribuyen a EE.UU. el protagonismo, a partir de finales de la II Guerra Mundial, de todas las iniciativas estratégicas de dominio, sea económico, político o ideológico que han aparecido en el planeta. No puedo compartir una opinión tan extrema, aunque hay mucho de ello.
En ésta crónica ya lo he mencionado, y ahora reproduciré un corto párrafo del discurso que pronunció Dwigt Eisenhower en 1961, cuando el traspaso de poderes a JF Kennedy. Una denuncia contundente:
Nos hemos visto obligados a crear una industria armamentista permanente de vastas dimensiones y reconocemos la necesidad imperativa de ese desarrollo. Sin embargo, no podemos dejar de comprender sus graves implicaciones . . . . . . . que la sociedad se proteja contra la obtención de influencia injustificada, sea o no buscada, por parte del complejo militar-industrial. Su potencial para un desastroso ascenso de poder inapropiado existe y persistirá, y no debemos dejar que el peso de esta combinación ponga en peligro las libertades y los procesos democráticos, pues no podemos dar nada por seguro.
En su discurso de despedida como presidente de EEUU, el célebre militar y político advertía en una frase llena de dramatismo, que a partir de esos años el mundo debería soportar una nueva oligarquía, tan peligrosa que exhortaba a la ciudadanía a luchar contra ella, señalando que erradicarla, o al menos controlarla, no sería fácil. Remarca que no podemos dar por seguro, ni la libertad ni los procesos democráticos. Con este discurso, Ike no debió de conservar a todos sus amigos,
Armas poderosas, muchas de destrucción masiva, con industria nuclear asociada y cómo refuerzo el negocio del petróleo, han ido conformando desde entonces un entramado de empresas, intereses y doctrinas, que hay que temer que persiguen el dominio de todas las grandes decisiones políticas, económicas y estratégicas del planeta. A este nuevo poder, podríamos llamar la Oligarquía de Fuego, lo que tanto temía Zeus hasta el punto de castigar dolorosamente a Prometeo.
Los hechos parecen confirmar esta posibilidad, que muchos comentaristas políticos tachan de teoría conspirativa. Pero Dwigt Eisenhover no era un conspirador, ni un paranoico, ni un contestatario callejero, ni un hippy fumador de marihuana, sino que era quien mejor conocía el estado del mundo en todos los temas relevantes y quienes más lugares de poder supremo había ocupado en los últimos 20 años.
Una vez el sistema militar-industrial empezó a imponerse, ha ido dando forma a una super oligarquía transnacional, a menudo enfrentada entre centros de poder de origen diferente, pero con estrategias similares e intereses finales compartidos: los de Marte, el dios Romano de la guerra.
La guerra por la guerra y la persecución del dominio total como forma de estar en el mundo: el roce superior y violento reclamado por el poeta Larra, sea contra la nación vecina, contra la nación lejana rica en recursos, contra el adversario ideológico o contra el competidor comercial.
La historia cuenta que muchos gobiernos han contemporanizado con las diferentes oligarquías, puesto que la corrupción siempre ha estado bien arraigada en los centros de poder político. La expansión militar de muchos estados europeos desde el siglo XVI hasta el XX, por colonizar África, América, Asia y Oceanía, muestra claramente que la clases política ha tenido casi siempre un comportamiento servil a los grandes intereses económicos, que persiguen ganancias ilimitadas , sin mirar el cómo.
Ahora, conviviendo con el anunciado cambio climático impuesto por la Oligarquía del Fuego, las medias y pequeñas oligarquías siguen en campaña, sin que los gobiernos las anulen o al menos limiten. En esta cuestión, existen diferencias significativas según los estados.
Existen oligarquías en todas partes, pequeñas y grandes, muy poderosas y otras sólo de alcance local, muy lesivas y pocos lesivas, y la clase política las tolera con muy pocas resistencias, a veces arrastrada por una dinámica de corrupción justificada en origen por la necesidad de financiación de los partidos políticos.
En muchos países, oficialmente ricos y cultos, la televisión pública emite publicidad de productos para niños que todo el mundo sabe -y que la ciencia certifica- que son perjudiciales para su salud y que tampoco aportan nada a la nutrición.
El mes de julio de 2023, es decir ahora mismo, la OMS, que es el departamento de la ONU que vela por la salud, ha insistido en que los gobiernos -también los de la culta Europa- deben ser más severos en el control de los productos destinados al consumo masivo de niños y adolescentes. Este recordatorio de la OMS debe llevar a la conclusión de que si en una cuestión tan claramente perjudicial, que beneficia sólo a operadores que, por muy grandes que sean, son de menor relevancia en el orden mundial, los estados son tan inoperantes, esperar a que nos protejan de los abusos de la Oligarquía del Fuego es una ilusión.
Se ve imposible que los gobiernos que no controlan a los pequeños abusadores, emprendan iniciativas eficientes contra los grandes abusadores.
El problema general aparece como más agudo cuando otras oligarquías de menor rango e incluso locales muestran la misma indiferencia a las previsiones que amenazan nuestra supervivencia. Hay empresarios y políticos que parecen no leer, no ya las revistas especializadas, sino ni los periódicos locales, ni miren las televisiones, ni escuchen las radios, pues sus previsiones se mantienen como si hubiera un gran futuro para sus proyectos, sus productos y sus empresas.
Sobre la naturaleza y peligrosidad de las oligarquías, los Antiguos Griegos lo habían constatado casi todo. Leemos el historiador Tucídides, del siglo IV a. C. cuando la República de Atenas, que pone en boca de Pericles el siguiente discurso:
Pero esto, como os he dicho, la gente de Atenas lo saben y estoy seguro de que cuidan de sus intereses; es aquí donde hay hombres que inventan historias que no existen ni pueden existir.
Y me doy cuenta perfectamente de que lo que estos hombres desean, no ahora por primera vez sino desde siempre, es asustaros a vosotros, el pueblo, con preocupaciones de este tipo y aún más perversas, o con sus acciones, con el fin de conseguir el dominio de la ciudad .
Y me temo que algún día, a base de intentarlo, lleguen a conseguirlo; porque nosotros somos incapaces de ponernos en guardia antes de sufrir el daño y de reaccionar contra ellos al darnos cuenta de sus maquinaciones.
Por eso, precisamente nuestra ciudad está rara vez tranquila, soporta muchas disensiones y sufre un mayor número de luchas internas que contra los enemigos de fuera; y a veces también tiranías e injustos regímenes personales.
De todos estos males, si vosotros estáis dispuestos a seguirme, yo trataré de que no llegue ninguno en nuestro tiempo; por eso procuraré convencer, a la mayoría, de que castigue a aquellos que urden tales maquinaciones, no sólo al sorprenderles en flagrante delito (ya que es difícil), sino cuando tienen la intención, pero todavía no los medios (ya que ante el enemigo hay que defenderse anticipadamente, no atendiendo sólo a lo que hacen, sino también a sus proyectos, sobre todo si por no ser los primeros en ponerse en guardia podemos ser los primeros en recibir); y en lo que se refiere a los oligarcas, mi trabajo es descubrirlos, vigilarlos y amonestarlos, ya que pienso que ésta será la mejor manera de apartarlos del mal camino.
Se dirá que la democracia no es ni inteligente ni equitativa, y que aquellos que poseen mucho dinero son los mejores para ejercer el poder más acertadamente.
Pero yo afirmo, en primer lugar que se llama pueblo al conjunto de la ciudadanía, mientras que el término oligarquía sólo designa una parte; después, que los ricos son los mejores guardianes del dinero, pero para dar los mejores consejos tenemos a los inteligentes; y que para tomar la mejor decisión después de haber escuchado, está la mayoría.
Estos elementos indistintamente, por separado o en conjunto, tienen una parte igual en la democracia. La oligarquía, en cambio, hace partícipes de los riesgos a la mayoría, pero, en cuanto a los beneficios, no se limita a llevarse la mayor parte, sino que lo arrebata y se lo queda todo.
Hay oligarquías de diferentes órdenes y capacidades de influencia y dominio, y el escrito de Tucídides las pone todas en el mismo saco, porque todas tienen el mismo comportamiento depredador de los intereses generales.
En mi opinión, mirando atrás, la capacidad de influencia política de las diferentes oligarquías no ha cambiado mucho. Muchas opiniones dicen que su dominio es ahora mayor que nunca, una idea con la que no estoy conforme: cien años atrás y doscientos, etc. tenían mucho más que ahora, ya que estaban menos sometidas a la vigilancia de la opinión pública.
La Globalización propicia la formación de nuevas oligarquías, sobre todo las formadas por empresas de nuevas tecnologías de la comunicación, que a la vocación de liderazgo total dada por el carácter del sector, suman la de influencia a favor de políticas anti reguladoras, compartida con las propugnadas por las políticas reaccionarias.
Nos reconocemos como muy inteligentes y capaces de grandes conquistas y realizaciones -somos los sàpiens sàpiens- pero no sabemos gestionar los problemas complejos del presente ni tampoco preparar el futuro. Y no sabemos cómo explicarlo, ni a los niños, ni a los adolescentes, ni a los jóvenes.
Lo que tenemos por delante debe ser visto como la dimisión generalizada de la sociedad humana, frente a los problemas que ella misma genera. No puede haber ganadores y todo el mundo debe salir perdedor.
El grueso de los discursos y compromisos de los poderes públicos, advirtiendo de las muchas dificultades, prometen soluciones a un plazo de tiempo suficiente para revertir la deriva climática; sin embargo, no llegan y es un continuo las informaciones sobre errores de previsiones, amenazas meteorológicas y carencias y catástrofes múltiples. Paradójicamente, tenemos altos niveles de ciencia y muchos instrumentos al servicio de nuestra capacidad organizativa y resolutiva.
Un problema agudo es que no damos credibilidad ni a las propuestas ni a los discursos de la clase política, debido al enorme déficit de confianza en la gobernanza, generada por la gran distancia entre sus discursos y sus realizaciones.
Y tanto del porqué de la desconfianza como del imparable aumento de la temperatura de la atmósfera, podemos echarle la culpa a la clase política, porque tiene; podemos darla a los poderes en la sombra, porque la tienen; podemos darla a muchas de las grandes empresas, porque las tienen; y podemos darla a las ideologías políticas y religiosas, porque las tienen.
Y una vez estas responsabilidades y culpas atribuidas, ¿qué puede hacer la ciudadanía? además de acudir a manifestarnos y cantar en la calle, y los más desnortados estropear obras de arte.
Muchos analistas expertos recomiendan a la ciudadanía no dedicar sus ahorros económicos al ocio, sino a invertirlos en actividades empresariales que comporten mejoras en el medio ambiente. Un muy buen consejo, desgraciadamente e incomprensiblemente todavía poco seguido, a pesar de estar en línea con el sistema capitalista.
La figura del inversor climático no está protegida, por la insuficiencia de los elementos de confianza y garantía de veracidad de lo que enuncian las empresas. Hay muchos sellos de calidad, pero, a ojos de los compradores, pocos son creíbles por culpa de la ineficiencia de los Almostassers, que generan mucha burocratización, mucha ineficiencia y pocas garantias.
Falta la credibilidad en las empresas, para motivar al inversor climático; un déficit lastimoso y de graves consecuencias.
Cuando enfocamos más de cerca las diferentes categorías que conforman la sociedad humana en relación al cambio climático, debemos percibir diferentes grados o niveles de incapacidad, dependiendo de los orígenes geográficos y de los niveles de bienestar material, de los culturales y de los de información sobre el estado del planeta.
Hay que reconocer que ni las atribuciones de responsabilidad en el calentamiento de la atmósfera, ni tampoco de las opciones para remediarlo, se pueden repartir entre todos los humanos de manera igualitaria y aritmética: somos unos 5 mil millones de adultos, y no a cada uno de nosotros se le puede atribuir una 5 mil millonésima parte de responsabilidad, ni en la causa ni en la solución del problema. Hay muchas fmílias que prácticamente no emiten CO2, sin embargo, el desastre del clima les afectará lo mismo, o más, que a aquella que utiliza un avión privado para ir a ver un espectáculo que se estrena en el otro lado del mundo.
Por eso puede tener sentido ejercitar, en privado y de manera individual, un juego consistente en que cada persona se auto evalúe en una escala de mayor a menor culpabilidad o responsabilidad en la destrucción del clima, y también en la escala de mayor a menor capacidad de revertirlo.
El poeta catalán Joan Maragall, acuñó una frase afortunada: la hora de temor, refiriéndola a cuando una persona entiende, y acepta, que se acerca el fin de su vida y siente, ineludiblemente, la necesidad de hacer balance. Nosotros, individualmente, no debemos tener esta percepción extrema, pero, para poder superar las dificultades que deben ir llegando y ya que llevamos años de retraso, nos sería de mucha ayuda adoptar aquella actitud donde el autoengaño no tiene cabida , ni el dejar para mañana la solución de los problemas que sentimos pendientes.
Creo que puede haber tantas tipologías y tantos niveles de auto atribución de responsabilidades como adultos existen en el planeta, ya que a la hora de encontrar excusas todos nos percibimos como sujetos fruto de circunstancias únicas; y no se puede negar que lo somos.
Una psicóloga, creo que austríaca, cuyo nombre ignoro, hace varios años acuñó la denominación analfabetismo funcional para aquellos casos de personas con una alta formación y responsabilidades profesionales, que con el paso de los años cualquier otro tema deja de despertarles interés, hasta convertirse en verdaderos ignorantes en casi todo lo que está fuera de sus ámbitos de actividad diaria.
Este reflejo puede atribuirse, no a una fatiga neuronal, sino a un efecto de refugio emocional y sentimental, que se activa progresivamente a medida que el individuo avanza en aquella actitud que Pericles, el jefe de estado de la República de 'Atenas, denunció a mediados del siglo V a.C:
. . . . . a aquellos hombres que sólo atienden a los asuntos propios, no se les puede considerar unos tranquilos, sino unos inútiles.
Aparte de su significado e intención, que esta frase sea de un jefe de gobierno, para nosotros nos es extraña; no recuerdo a ningún gobernante, actual ni pasado, que censure tan agriamente a un conciudadano suyo, por el hecho de evadirse de participar en la vida pública; nuestros gobernantes invitan a la participación política, sólo cuando se avecinan unas elecciones; entonces llaman a ir a votar, pero, no a “atender” los asuntos de interés general.
En los últimos años, entre otras muchas, dos organizaciones de la sociedad civil encabezan el movimiento para detener el calentamiento de la atmósfera: una es Friday for Future, liderada por Greta Tunsberg y participada por gente joven; la otra Rebelión o Extinción, inicialmente promovida por profesores de universidades del Reino Unido, muy exitosa, organizada y participada sobre todo por personas con buen nivel de formación y también de bienestar económico, en comparación con la media mundial.
En relación con la primera organización, sólo darle las gracias a la inspiradora y animarla, a ella ya toda la gente joven, a mantener la denuncia ya reclamar grandes cambios; añadiendo más ONU como primera reivindicación.
Personalmente, creo que en la conciencia, la voluntad y la energía de las chicas y las mujeres, es donde más radica la fuerza capaz de enfrentar los grandes problemas actuales; las generaciones de adultos, sobre todo los hombres, no sabemos hacia dónde mirar, ni qué cara hacer; mientras, los hombres jóvenes dudan entre entender a las mujeres y ser solidarios con ellas, o dejarse llevar por el arrebato misógino y machista. De este dilema, depende su adhesión política.
La otra organización, la de adultos, me suscita un cierto malestar; no digo que no sea necesaria, pero, pasados años, no encuentra la manera de expresar la rebelión. He asistido a alguna reunión de trabajo ya alguna manifestación, y pienso seguir haciéndolo.
El propio nombre de esta organización, propone una reflexión válida para todo el mundo que no esté impermeabilizado, sin embargo, genera dudas y desorientación, porque la palabra y el concepto extinción es de gravedad absoluta; nada más grave que la extinción, que es el punto y final de una deriva dolorosa que solo se puede ilustrar mediante cómics y cine de catástrofes.
Un texto orientativo, extraído de Wikipedia:
. . . en psicología, procastinación es la acción o hábito de dejar para más adelante acciones o actividades que deben atenderse, por otras más irrelevantes y agradables. La procastinación es un trastorno del comportamiento asociado a la percepción de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad.
La actitud de procastinar en relación con el cambio climático, con todas sus amenazas, significa claudicar, renunciar, destruir el futuro.
El mantenimiento de este deficiente mecanismo psicológico, conforma en los adultos un ambiente generalizado de auto desprecio hacia la propia realidad como humanos, que inevitable e irresponsablemente encomendamos a niños y jóvenes, dejándolos aún más vulnerables ante los retos que han de enfrentar y de los problemas crecientes que tendrán que soportar. Las frases resumen son todas negativistas: “no hay nada que hacer”, “somos así de incapaces”, “somos demasiada gente”, “es el capitalismo”, etc. etc.
Un factor psicológico que dificulta enormemente la actitud y la conducta, es que no tenemos experiencias de ningún otro tipo que puedan servir de referente. Individualmente, salvo ante el veredicto de un juez o de un médico, somos incapaces de dar credibilidad a un anuncio inexorable de futuro doloroso; y colectivamente menos. Estamos todavía en la fase de negación, no del problema teórico, pero sí de la urgente necesidad de respuesta activa; y buscamos aliviarnos en el lenguaje: extinción o apocalipsis, esperando que la épica nos ayude a hacer llevadero el malestar.
Evocar la extinción como lema, refiriéndola al “cambio climático”, lleva a imaginar escenarios dolorosos y finales, que no se asemejan al provocado por un meteorito de grandes dimensiones, que se acerca segundo a segundo y nos llega mientras rezamos, cantamos la hora del adiós y nos abrazamos en una gran apoteosis final, ciertamente épica e incluso bella. La amenaza venida del "cambio climático" es la muerte de muchos millones de personas, después de muchos sufrimientos. El apocalipsis climático no tiene nada épico, ni digno, ni honorable; todo lo contrario, es vergonzante pues lo provocamos nosotros mismos.
Debo decir que, no sé por qué, pero me resulta difícil imaginar la extinción total de nuestra especie, causada por destrucción del clima.
El movimiento Rebelión o Extinción y cualquier otra con partícipes y objetivos similares, permite visualizar comportamientos ampliamente extendidos, que son resultado de déficits en la satisfacción ponderada de las cuatro necesidades genéticas, y correlacionarlos con la persistente incapacidad para enfrentar y revertir la destrucción de los climas. Obviamente, todas aquellas personas que no participan en movimientos de protesta tienen las mismas responsabilidades; el sabio griego Aristóteles, decía que no es necesario actuar para ser culpable, puesto que la culpabilidad puede ser el resultado tanto del hacer como del no hacer.
En cuanto a niveles de responsabilidad, es obvio que existen grupos sociales que tienen más que otros.
Unas cuantas consideraciones deben ser especialmente críticas para aquellos colectivos, cuyos salarios provienen del dinero público, y que por tanto deben explicaciones a la ciudadanía.
Uno de ellos son las personas que ejercen el periodismo en los medios de comunicación públicos, así como en los privados que reciben dinero público; el otro lo forman dos grupos sociales distintos: las personas que trabajan en cargos de responsabilidad en las administraciones públicas, y las que trabajan como docentes y en investigación en centros universitarios y otras instituciones, también financiadas con dinero público.
En estos colectivos la conducta bautizada como “corrección política”, inicialmente aplicada a la forma de expresarse y rápidamente derivada a los contenidos, y la preocupación común por “no aparecer como antisistema” son comportamientos sobradamente practicados.
A la vista del estado del mundo, siendo mayoritariamente personas con una alta formación profesional y consideración social, el periodismo, el alto funcionariado y los docentes universitarios, aparecen a ojos de la ciudadanía como el equivalente a la clase sacerdotal del 'Antiguo Egipto: el ojo, la voz y la mano que sirve la voluntad del faraón, a cambio de privilegios en el bienestar material, en seguridad y en reconocimiento.
Son imprescindibles para que la corrupción de la gobernanza sea posible, porque, lo que entendemos como clase política, es decir los cargos electos y las cúpulas de los partidos, son absolutamente inoperantes sin la participación activa o pasiva de dichos colectivos.
Los tres colectivos, cada uno en su ámbito competencial, procesan la totalidad del material que permite a la clase política decidir sobre todas aquellas nefastas acciones e inhibiciones que han llevado y siguen llevando a la degradación de la biosfera y la destrucción del clima. Ante ellos y en horarios de trabajo, se deciden y se implementan estrategias y actividades perniciosas y contrarias a los intereses generales, sean en el ámbito económico-empresarial, sean contaminantes del medio natural, o para favorecer estrategias de obsolescencia programada, o por hacer negocios con la salud, u operaciones de tráfico de influencias y de información privilegiada, u otras maquinaciones imaginativas directamente depredadoras de los intereses y recursos públicos.
Este párrafo no pretende señalar a las personas que forman estos tres colectivos, como predispuestas a dejarse comprar; los caminos de la corrupción son sinuosos, discretos, con pocos partícipes, prácticamente secretos. Los trabajadores públicos que detectan “cosas extrañas” tienen tres alternativas: colaborar en lo que los corruptores quieren, no colaborar y entrar en una zona de peligrosa incomodidad, o denunciar, una decisión no imposible, pero bastante improbable que puede comportar problemas de grosor.
No debemos imaginar un mundo de funcionarios corruptos, ni por vocación ni por oportunidad sobre venida, sin embargo, sí debemos imaginar que cuando un propósito y un plan corruptor está bien estructurado, la posibilidad de resistencia y denuncia por parte del funcionariado es limitada, pues éstos, en sus puestos de trabajo diario ven coartada su libertad de expresión, debido a la ausencia de mecanismos de democracia internos y a la carencia de protección judicial especializada. Se silencian, pierden o se olvidan, en la memoria o en el cajón, muchas ideas y criterios fundamentados, y se callan muchas preguntas.
Hay que considerar que estos tres colectivos tienen una alta capacidad organizativa y manejan toda la información necesaria para la buena gobernanza. Por eso, sin ellos como líderes, el resto de la ciudadanía, aparte de estar asustados, de manifestarnos en la calle, de jugar en las redes sociales y de rabiar por dentro, no tenemos gran cosa que hacer, en banda de votar para aquellos que nos parecen -con poco fundamento- que no serán tan ineficientes y tan corruptos como los demás.
Las salpicaduras de la corrupción y la ineficiencia, cualquiera que sea su dimensión y alcance, ensucian aquel privilegio personal que es poder trabajar como profesional para el bien común.
En todas las personas que conforman estos grupos sociales, la percepción de la satisfacción de las cuatro necesidades biológicas resulta extrañamente complicada; son personas que forman parte de colectivos que dan preferencia a la satisfacción de su bienestar material y su seguridad, mientras renuncian a la libertad de expresar lo que conocen con certeza.
En esta época nuestra, llena de enormes y amenazadores problemas bien definidos, ejercer la libertad consiste necesariamente en expresar todo lo que las emociones y sentimientos espontáneos detectan como agresión al colectivo humano.
En el filme “El hombre que mató a Liberty Valance” dirigido por John Ford en 1962, en un discurso vibrante, el periodista e impresor del pueblo, explicando a la gente cual es la función de los medios de comunicación y los periodistas, poco antes que el tirano le apalee y destruya su imprenta, dice:
. . . . . . . somos vuestra conciencia, somos el perro guardián que os protege del lobo . . . . . .
Desde siempre, el reto es el mismo y Tucidides, uno de los míticos Griegos considerado el “primer historiador” de la historia, lo expresa en una corta frase:
. . . . . . . . . . . el secreto de la felicidad es la libertad, y el secreto de la libertad es la valentía. . . . . . .
Para enfrentarse al lobo, se debe ser valiente, y mejor organizado, y mejor protegido.
Este punto del escrito, invita a expresar la idea que el aumento de la empatía, de la valentía y de la cultura son los retos de la vida entera, hasta el último día, que es cuando los dos primeros caracteres adquieren la mayor relevancia.
En el mundo de la empresa privada, muchos de sus ejecutivos viven con disgusto la adopción de algunas de las decisiones que corresponden a su puesto de trabajo; en su caso, un comportamiento de resistencia y aún más de denuncia debe considerarse heroico, mientras que en el colectivo que vive del dinero público debe verse como obligada.
El señalamiento de “potenciales corruptelas” es injusto cuando se aplica de forma generalizada; existen mapas sobre la dimensión de la corrupción, que detallan estados, sectores y “operadores”.
El fundamento humano de la gobernanza democrática son los partidos políticos, organizaciones vulnerables por su naturaleza. Formados por personas que ingresan y colaboran por decisión propia, hay que distinguir -a ciegas- dos tipologías con caracteres y propósitos diferentes y totalmente opuestos: unas, la mayoría, por sentido de responsabilidad, motivadas por mejorar las condiciones generales y procurar el bien común; y otras -personas de carácter fuerte- que ven en la actividad política el camino más propicio para conseguir propósitos personales, aunque sean contrarios a los generales , y adoptando los modos y discursos del partido, trabajan para progresar en la organización.
Existe otra tipología de personaje político, imprevisible; en una tragedia de Sófocles, Antígona, que volveré a mencionar en la última página de este libro, hay una frase sabia y a la vez preocupante, una prevención puesta en boca de Creonte, el tirano que condena a muerte a la heroína protagonista:
. . . . . es sin embargo difícil conocer el alma, los sentimientos y las opiniones de cualquier hombre, antes de que éste no se haya manifestado en la práctica del poder y las leyes.
Sometida a aquella dualidad y a la tercera posibilidad que enuncia a Creonte, para no caer en la corrupción, la vigilancia interna de los partidos debe ser rigurosamente democrática y escrupulosamente ética. Las comisiones de vigilancia ética de los partidos políticos son la línea primera de protección de la sociedad frente a la corrupción, y éste es un reto continuo, ya que las posibilidades de corrupción también son un continuo, unas por vocación, otras por inhibición y otras por oportunidad no prevista.
La frase que Tucídides pone en boca de Pericles, cuando califica de inútiles a aquellos ciudadanos que no se ocupan de los asuntos públicos, en la realidad actual se traduce en unos partidos políticos con pocos colaboradores asiduos, es decir sin Comisiones Sectoriales -que deben ser el fundamento de su capacidad para gobernar- que sólo se activan cuando se acercan unas elecciones, para después desaparecer. Sin Comisiones Sectoriales funcionales y sin la vigilancia de la corrupción, los partidos políticos no pueden servir a los intereses de la sociedad.
El bastón, el guijarro, el hacha, la azada, la cuerda, la rueda, la ara, la polea, el bissenfí y otros inventos, fueron durante miles de años los utensilios con los que hemos aplicado la energía generada por humanos y también por animales, por el viento y por la corriente de agua, hasta que milenios después, la máquina de vapor y el motor de explosión, empleando leña, carbón y petróleo, y más tarde los reactores nucleares, suministraron la abundancia de energía que ha permitido el gran desarrollo tecnológico y económico de lo que disfrutamos -no todo el mundo- y que, como un producto adictivo, nos tiene tan enganchados que nos lleva a arriesgar el perderlo todo.
La transformación y obtención de cualquier material necesita cuatro elementos: materias primas, trabajo humano, tecnología y energía. Y hay que observar que siendo la energía el elemento que ahora aparece como conflictivo, su precio es sólo un referente en el cálculo de costes finales, siempre que sea el mismo para todos los operadores y para todos los procesos que se emprendan. Sí que son limitadores la disponibilidad de materias primas y de tierra fértil, mientras que de talento para la técnica y ciencia vamos sobrados.
Las estrategias de comunicación de la oligarquía que representa los intereses de las petroleras, las de carbón y las nucleares, amenazan a la ciudadanía con tener que volver a las cavernas, si se abandonan las energías contaminantes; sin embargo, este discurso sólo es creíble para la ciudadanía desinformada, porque la realidad es que para seguir obteniendo rendimiento de los pozos de petróleo, del gas y del carbón, estas empresas y estados necesitan la restricción de la producción de energías limpias, que es cómo se aseguran la demanda insustituible de las sucias.
Sin simplificar, ni reducir a relato infantil, cabe entender que, sólo con la energía eólica como fuente, y la electricidad y el hidrógeno como fluidos para su transporte, almacenamiento y aplicación, el cambio climático no sería una amenaza vital y no estaría en el primer lugar de los problemas actuales. Y si consideramos la fotovoltaica, la térmica solar y las menospreciadas energías marinas, la capacidad actual del estado de la técnica para proveer energía es más que suficiente para evitar el fatal calentamiento global.
Los molinos de viento no son nuevos en la historia del paisaje; los hay de distintos tipos y funciones. Una realidad geográfica y cultural relevante de este sistema de generación de energía, fue un gran campo de molinos de viento instalado en la llanura agrícola del interior de la isla de Creta, empleados para elevar agua del acuífero; ahora quedan unos cuantos, pero, hace sólo unas décadas había miles -más de 5.000- uno junto al otro; de tamaño medio -unos 8 metros de diámetro-, con aspas no rígidas sino de tela, a los campesinos de Creta no les parecía ninguna aberración, y el trigo y los garbanzos que cultivaban a su sombra eran buenos.
Es doloroso y vergonzante, tener que pensar que si imitáramos a los campesinos de Creta, ahora no deberían estar preocupados por la posibilidad de la extinción. Y decir que no hay millones de molinos de viento, porque lo impide la ”sensibilidad estética y la ética” de los ecologistas y de los animalistas es una tontería; éstos piden muchas cosas, y parece que sea justamente ésta la única conseguida.
Las insuficiencias y los déficits vienen de las distorsiones en la gobernanza y no de la incapacidad de la técnica y de la ciencia; y molinos de viento ya existían hace más de 2.000 años.
Si tuviéramos en marcha un millón, o dos millones o diez millones de molinos de vientos más de los que hay ahora, no habría ningún problema en la economía mundial ni amenaza atmosférica alguna.
Menciono el molino de viento, porque la imagen de Creta es sugerente, y es lo mismo para todos los demás sistemas de obtención de energía limpia.
La salvaguarda de la estética del paisaje es una mala excusa, pues querría decir que preferimos tener una buena imagen, aunque nos cueste la salud o la vida; y también la de protección de las aves, porque los grandes aerogeneradores al uso sí que son para ellas una trampa mortal, debido a que la gran longitud de las aspas y la gran separación entre ellas les provocan confusión visual; sin embargo, los molinos tradicionales de aspas anchas y cercanas no les representan ningún peligro, ya que las detectan y evitan, como lo hacen con las copas de los árboles. Todo ello, un absurdo, pues el cambio climático matará también a las aves.
La causa que desencadena las protestas de la ciudadanía contra los grandes proyectos de aerogeneradores de electricidad, es la percepción de que su instalación no persigue salvarnos del cambio climático, sino sólo para prolongar su deriva, mientras hay quien hace negocio. Si la gobernanza les presentara como la solución, como parte de un plan creíble, serían bien aceptados, pero, como ninguna de las previsiones derivadas de los planes actuales se cumple, la ciudadanía se siente engañada.
Implementando el principio de obtención de energía limpia y abundante, y dado el magnífico estado de la ciencia, de la técnica y de la alta capacidad profesional de los humanos, podríamos olvidarnos de las amenazas del “cambio climático”.
Pero mientras su producción esté sometida a restricciones financieras, legislativas y administrativas, el camino hacia desastres y tragedias no tiene pérdida.
Ante un panorama tan envenenado, una alternativa a explorar es un pacto entre la comunidad internacional y los estados productores de petróleo, gas y carbón, por el que éstos cierren su extracción hasta que la energía de fusión sea efectiva, a cambio de recibir garantías de que una vez recuperado "el clima" podrán volver a explotar sus reservas.
Sin esta renuncia, la meteorología continuará su pérdida de constantes, hasta provocar la escasez de alimentos a gran escala y de forma definitiva; y cuando se llegue a esta situación, las reservas de minerales energéticos no tendrán ningún valor.
En relación a la gran acumulación de energía potencial almacenada en los arsenales nucleares, no conozco suficientemente qué función puede tener en la sustitución de los combustibles que emiten CO2. El Uranio, una vez extraído de la tierra y concentrado, ya es material peligrosamente radiactivo, que se puede guardar en almacenes, o en forma de armamento o se puede transformar en energía. Parece que cuando la extinción de la URSS, EEUU compró uranio proveniente del arsenal nuclear soviético, para emplearlo como combustible para sus centrales. Sin embargo, la energía nuclear, bien vista para unos y muy mal vista por otros, nunca podrá ser bien aceptada, mientras no exista un nivel de gobernanza mundial que garantice el control y la gestión de esta poderosa y peligrosa energía.
Nuestro planeta es una unidad térmica, y llenando la atmósfera de gases capaces de acumular calor provocamos el aumento de la temperatura global y la fundición de los hielos polares. Mientras esta secuencia sea posible, no habrá extinción, pero si el hielo termina, los seres complejos desapareceremos en poco tiempo por exceso de calor.
Sin tener que viajar a los polos, los excursionistas de alta montaña saben que cada año en verano hay menos hielo; y los datos de los observatorios oceanográficos y climáticos dicen que ocurre lo mismo con los hielos polares; y las temperaturas medias del todo el planeta no para de subir.
Continuamos vivos, gracias al hielo acumulado durante miles de años, sin embargo, nos lo estamos terminando; mientras, las proyecciones científicas sobre "el cambio climático" prevén escenarios y fijan fechas límite, para no llegar al agotamiento total de estas reservas de frío. Se dice que en el polo norte, que es donde hay poco, el hielo puede desaparecer en 4 o 5 años; el del polo sur es la gran reserva y no hay cálculos publicados; nadie se atreve a hacer previsión alguna.
Mirando cualquier canal de televisión o leyendo cualquier diario, hay dos mensajes muy claros y al mismo tiempo del todo contradictorios: nos encaminamos a paso ligero hacia privaciones, dramas e incluso tragedias, mientras hacemos magníficos proyectos de futuro que no lo tienen en cuenta. Absurdamente, dentro de nuestra cabeza, parece que ambas realidades sean compatibles.
Estamos cómodamente instalados en medio del Imperio del Absurdo: los dirigentes del planeta -los económicos, los políticos y los ideológicos- trabajando estrategias de permanencia de dominio, como si tuvieran un gran futuro; y el resto, los dirigidos, desorientados y con fatídica sensación de impotencia, intentando ignorar que estamos construyendo para nuestros descendientes un futuro, no incierto, sino lleno de graves problemas.
La existencia de una “inteligencia mundial”, formada por grandes empresarios, políticos relevantes y algún gurú influyente –que a menudo se reúnen físicamente, como el Club de Roma, Davos, el G-7, el G-8, o el G-20-, puede llevar a imaginar que existe un plan B diseñado por los más poderosos, inteligentes y capaces del planeta, que permite continuar quemando combustibles fósiles y mantener el buen ritmo y el control de la economía, evitando tener que sufrir grandes desastres ni dolores debido al calentamiento de la biosfera. Todo controlado!
Pero, en mi opinión, no hay plan B, ni C, ni D, . . . . ni Z; simplemente, perdemos opciones de futuro debido a la incapacidad del conjunto de la gobernanza mundial, atrapada por unas ideas, principios, miedos y obsesiones obsoletas, que podían resultar más o menos comprensibles y más menos llevaderas cuando no existía la grave amenaza común, pero que ahora resultan patéticas.
Se puede especular que una de las causas que hacen posible que los grandes líderes mundiales mantengan sus grandes proyectos, es que son expertos en sistemas industriales y financieros, donde todo es programable hasta el menor detalle, sin embargo, son del todo analfabetos en entender las múltiples vulnerabilidades de los ecosistemas naturales y sobre todo de los agrícolas, y la carencia de alimentos es más que previsible.
La denominación analfabeto funcional, acuñado por la socióloga austríaca mencionada, puede suponerse un síndrome común a muchas de las personas con altas responsabilidades, cuyas decisiones afectan a toda la humanidad, y más.
Decimos que somos una cultura industrial, o post-industrial, o una sociedad de servicios, o digital, o post digital, o cualquier otra denominación según la perspectiva, sin embargo, nuestra única actividad esencial es la agricultura. Podemos prescindir casi de todo lo que la modernidad nos proporciona, sin embargo, debemos comer un poco cada día; se puede decir que el resto son lujos, magníficos y divertidos, pero, lujos.
La poderosa Oligarquía del Fuego no puede controlar las derivas de las meteorologías regionales, y estas perturbaciones deben ser el enterrador de todas sus fantasiosas ambiciones de perpetuar más poder y más riqueza; también lo son de las naturales y legítimas aspiraciones a vivir del resto de personas.
Observando cómo evoluciona la perturbación de la meteorología y observando la voluntad de permanencia de las oligarquías, se puede decir que llegará un día que habrá combustibles fósiles en las gasolineras, pero que los estantes de los comercios de la alimentación y las refrigeradas neveras familiares estarán vacías.
Se pueden hacer previsiones sobre cómo las restricciones severas pueden afectar a los comportamientos de la ciudadanía, sin embargo, lo que los dirigentes de gobiernos y los de las empresas de energías contaminantes deben descartar, por imposible, son sociedades que no reaccionen abruptamente ante una escasez severa de alimentos y no exista ninguna perspectiva de que la situación pueda mejorar. Entonces, las clases dirigentes, los políticos y todo lo demás, perderán aquella consideración que tanto aman: la de responsables, para pasar directamente a la de culpables y la revuelta será la siguiente fase de la historia.
Una previsión que se puede hacer, es que cuando después de unas semanas de que la ciudadanía de las sociedades ricas del planeta se vean carentes de alimento, o medio ahogadas por el calor, o el frío, o el agua, o el viento, la presión ciudadana, con más sensatez o más arrebato según cada sociedad, obligará a sus gobernantes cercanos a adoptar medidas que, inexorablemente deberán ser drásticas y no podrán respetar los intereses de las oligarquías -tampoco las de la energía ni de la comunicación-. Las sociedades pobres ya se habrán sublevado antes, y entonces todo el sistema económico y logístico mundial colapsará, y los dirigentes de las oligarquías ya no tendrán nada que defender ni hacer, más allá de esconderse de la ira.
Puede que un factor que no permite a los dirigentes mundiales emprender un proyecto común de restauración del clima, es que todos ellos, sean los políticos o los económicos o los ideológicos, temen que dejar entrever una predisposición a cualquier pacto, sea interpretado por sus adversarios como señal de debilidad. Si hay algo de esto, parece que hayamos retrocedido a los locos tiempos de las familias imperiales de Roma, donde ni la madre era de fiar.
Desde hace pocas décadas, las grandes oligarquías con vocación de dominio, persiguen su protección y blindaje mediante el debilitamiento de las democracias que, con más o menos carencias y más o menos logros, se han ido instaurando en muchos estados del planeta. Con este objetivo, propagan y financian el ideario bautizado como "populista" -la extrema derecha de siempre-, que con liderazgos diferentes según los estados, presenta elementos y discursos comunes: renegar de la ONU y de los Tribunales de Justicia Internacionales, degradar los diálogos políticos en los Parlamentos y fuera, politizar la ya precaria independencia del Poder Judicial, laminar y controlar la expresión crítica de los medios de comunicación, criminalizar a los migrados; también, banalizar la violencia política en la calle, que es la ante sala de la toma del poder.
Las renovadas ideologías de extrema derecha, con diferentes estrategias, pero mismos objetivos, equipadas de base con una elevada irritabilidad hacia todo lo que tiene que ver con la libertad de expresión y la sexual, son ahora los altavoces más crispados de la negación del cambio climático.
Votar de manera regular con garantías y tener ciertos niveles de libertad de expresión y de independencia de los jueces, es un marco que las oligarquías planetarias con vocación de abuso persistente han decidido que hay que eliminar, asustadas por las tormentas sociales que se auguran a medio y largo plazo, derivadas de las restricciones en el bienestar y en la seguridad. Los “populismos” son su herramienta, proponiendo autócratas “simpáticos” idóneos para recibir adhesiones de aquella parte de la ciudadanía más dominada por los miedos, comulguen o no con sus idearios.
Las recientes elecciones de noviembre de 2024 en EE.UU. reflejan un comportamiento alarmante de una parte de los potenciales electores demócratas; en mi opinión, el factor primero de la victoria del partido republicano, no han sido ni las grandes promesas electorales, ni el gran prestigio de su candidato, sino los millones de armas de fuego modernas guardadas en casa de muchos ciudadanos, la gran mayor parte de ellos identificados con el partido ganador de las elecciones. Este “ejército latente” ha tenido un papel psicológico coactivo sobre una parte del votante demócrata tradicional, parecido al que tuvieron las camisas negras y marrones de los seguidores de Mussolini y Hitler: si no nos deja gobernar, habrá violencia en la calle. No ha sido todavía el voto del miedo, como en Italia y Alemania en el siglo pasado, pero sí el de la prudencia, el que ha dado el poder al partido republicano. El tener armas en casa provoca una gran y peligrosa seguridad de convicciones.
Cuando algún político dice que los déficits de la democracia tienen solución con más democracia, tiene toda la razón, sin embargo, parece que no se llega más allá de adoptar la frase como titular electoral.
El modelo político que ahora se pretende erosionar, la social democracia, a pesar de sus bondades no garantiza la buena gobernanza, ni siquiera en las democracias más exquisitas, ya que sólo es satisfactorio en el voto libre y seguro, sin embargo, mantiene muchas carencias en la libertad de expresión y en la independencia del poder judicial, dos ámbitos que necesitan ser satisfechos para poder acceder a la plena democracia. Tanto la ineficiencia como la vulnerabilidad de las democracias modernas, se deben a la falta de democracia en cada uno de los niveles y apartados organizativos que conforman la gobernanza. Ningún argumento puede justificar una restricción de los sistemas de democracia interna de los distintos grupos profesionales de la administración y la función pública. Sin embargo, es justificable en la empresa privada no en la pública.
Vuelvo a mencionar al psiquiatra W.Reich:
. . . . queremos una democracia, inequívoca y sin concesiones, auténtica en la vida real, no en el papel. Queremos la realización de todos los ideales democráticos, sea del "gobierno de pueblo para el pueblo" o sea de "libertad, fraternidad e igualdad". Pero añadimos un punto esencial: ¡hagan desaparecer todos los obstáculos que impiden su realización! Hagan de la democracia algo vivo! ¡No simulen una democracia! ¡O si no, el fascismo ganará por todas partes!
Sigmund Freud y él, diagnosticaron que las grandes culturas dominantes están enfermas.
Seguro que hay perspectivas útiles para entender las tendencias políticas y sociales que alimentan a los populismos -los actuales y los de siempre-: cuando una persona, o una sociedad, vive con la sensación de ir perdiendo bienestar y seguridad, se puede caer en dos actitudes distintas, según su carácter personal y experiencias: o deprimirse, o irritarse; y en los tiempos actuales, con las expectativas de futuro más restrictivas de la historia, pues son planetarias, las actitudes irritables otorgan su confianza a políticos que, desacomplejadamente, exhiben la misma emoción que sienten: la irritabilidad.
Esta reacción como reflejo protector, es una característica del comportamiento animal explicado en la página 10 del apartado El gen violento de esta Crónica, que describe un episodio de violencia total de un grupo de animales contra uno de ellos, que siendo del mismo rebaño no pertenece a la misma familia, cuando son sometidos a restricciones que sienten vitales.
En los medios de comunicación aparecen a menudo noticias de iniciativas personales o familiares para librarse de los desastres que se enuncian. Hay personas que dicen estar preparándose para emigrar a la Luna o a Marte, el tiempo que convenga y esperar a que la Tierra vuelva a refrescarse; yo lo leo como un cómic para niños divertido e irreal. ¿Quién quiere volar a Marte, para encerrarse en una cárcel de por vida? Además, por muy mal para vivir que este nuestro planeta, siempre estará mejor que el Planeta Rojo.
Otra reacción es la denominada “preparacionista” consistente en que a nivel individual, familiar o de pequeño grupo organizado, prevén y protegen su futuro acumulando víveres y adoptando sistemas autónomos de captación de energía. Esta respetable actitud ha de inspirar a otras de más relevancia, como el emprender actividades que se podrían denominar preparacionistas, pero aplicadas a sociedades y territorios de dimensión, como un municipio, una comarca, una ciudad y su entorno; creo que esta es la mejor actividad participativa posible y la que ofrece mejor recorrido.
Otra esperanza para solucionar “el cambio climático” es la Inteligencia Artificial, sin embargo, ahora nuestras carencias no son de inteligencia, sino de emociones y sentimientos, y por ahora, nadie fabrica máquinas para mejorar -los. Seguro que la IA puede ser una herramienta de progreso, aunque la tardanza en aprender a utilizarla con provecho la pagamos con mayor manipulación; sin embargo, esto no es nuevo.
Durante la primera mitad del siglo XX, las estrategias de consolidación social del fascismo y el nazismo se sirvieron del medio de comunicación más moderno: la radio, para predicar sus ideologías y consignas.
Y hay que recordar que en otro contexto y sin la intencionalidad de manipular para sacar beneficio político ni económico, en 1938, el genial Orson Welles, sirviéndose de la radio, hizo entrar en pánico a muchos miles de personas con su adaptación de la obra teatral "La guerra de los mundos" del escritor H.G.Wells
Muchos artículos de opinión, libros, etc. expresan a menudo una grave preocupación por las tendencias políticas que persiguen gobernar la sociedad mediante "sistemas" tecnológicos de seguimiento y control de la ciudadanía, no sólo de las conductas, sino, de su estado emocional, sentimental y de pensamiento, mediante la utilización de datos médicos, datos de opiniones personales, de tendencias y de comportamientos, captados gracias a que la ciudadanía las facilita inocentemente y sin demasiadas reservas. China es el estado más avanzado en este propósito de gobernar mediante una gran capacidad tecnológica diseñada para orientar y controlar la opinión pública; un experimento inquietante a no perder de vista, por lo que es para su ciudadanía y por lo que representa para el resto del planeta.
En una recopilación de escritos y conferencias, el bioquímico y matemático austríaco Ludwing von Bertalanfy, en su búsqueda de un sistema de gobernanza fundamentado en la ciencia, publicado en la década de 1960 bajo el título Teoría General de los Sistemas, escribe:
Tenemos bastante idea de cómo sería un mundo científicamente controlado. En el mejor de los casos, sería uno como el Mundo Feliz de Huxley; en el peor, como el de 1984 de Orwell. Es un hecho empírico que los avances científicos se dedican tanto o más a usos destructivos que constructivos. Las ciencias del comportamiento y la sociedad humana no son excepciones. . . . . . . . . De hecho, puede que el mayor peligro de los totalitarismos modernos, es que están tan al corriente, no sólo de la tecnología física y biológica, sino también de la psicológica. Los métodos de sugestión de masas, de liberación de instintos de la bestia humana, de acondicionamiento y control del pensamiento están muy avanzados; es, nada menos, por ser tan atrozmente científico, que los totalitarismos de otros tiempos ahora parezcan cosa de aficionados. . . . . . . El principal postulado será: el ser humano no es sólo un animal político; es, por encima de todo, un individuo. Los valores reales de la humanidad no son los que comparte con otras entidades biológicas, con el funcionamiento de un organismo o comunidad de animales, sino los que proceden de la mente individual. La sociedad humana, no es una comunidad de hormigas o términos, regida por instinto y controlada por las leyes de la totalidad superordinada, sino que se fundamenta en las consecuciones del individuo; y está perdida si hace de éste una rueda del engranaje social.
"Jugando con fuego" es una frase recurrente y muy explicativa; nuestro gran problema es que más de un millón de años después de empezar a manejarlo, todavía no hemos aprendido a evitar hacernos daño con él. Con razón, los residentes en el Olimpo tenían a Prometeo por un presumido con poca sensatez, pues se limitó a hacernos perderle el miedo.
Estamos, la sociedad mundial -excepto las familias pobres de los países pobres-, atrapados por dos dependencias -en el sentido médico de la expresión-: la del consumo de productos y servicios arraigada en la ciudadanía, y la de mayor riqueza y más poder arraigada en las élites empresariales; y se retro alimentan, la primera pidiendo insaciablemente más productos y más comodidades, y la segunda proveyéndolas para conseguir mayor dimensión. En medio la clase política, siempre con dos caras.
Una reflexión, es que no hemos aprovechado el tiempo de abundancia ficticia de energía barata que nos hemos permitido durante más de un siglo y medio -tomándolo a nuestros descendientes-, para establecer mecanismos de gobernanza que garanticen la paz, la prosperidad y la higiene en todo el planeta. Y ahora la suma de guerras, pobreza, desertificación, contaminaciones diversas y “cambio climático” nos abruman.
Nos abruman, porque, para poder disfrutar todas las posibles delicias en bienestar y seguridad llevadas por la industrialización, hemos olvidado aquella necesidad primera que es la libertad de expresión, y ahora, cuando nos llegan los problemas que su escasez ha provocado, estamos desmoralizados y sin aliento vital.
La periodización invita a contemplar épocas definidas, o bien por mejoras en el estado de la técnica, o por una nueva aptitud fisiológica como el habla, o por nuevas actitudes y comportamientos individuales y sociales en relación a la salud, a la convivencia, a las religiones y en la gobernanza.
Orientándola desde la perspectiva del “inconsciente colectivo” y de “la historia de las mentalidades”, desde los primeros indicios paleontológicos y arqueológicos de civilización hasta hoy mismo, se pueden observar unas cuantas y algunas se solapan en el tiempo; elegiré las que me parecen más definitorias.
Puede contemplarse una primera época, desde la domesticación del fuego hasta la de animales y plantas. Sabemos muy poco de “las mentalidades” de nuestros antepasados de esta época, debido a que las únicas informaciones que tenemos son algunos hallazgos de huesos y pequeños objetos de piedra, y las correspondientes dataciones proporcionadas por análisis químicos y físicos.
Durante este larguísimo período, que muy esquemáticamente podríamos llamar el de evolución del mono hasta convertirse en humano, fueron apareciendo elementos y factores de progreso que comportaban avances esenciales en nuestra conformación como especie, como individuos y como sociedad, inicialmente modificando piedras, después las progresivas técnicas de manejo del fuego, las del trabajo del sílex, hace unos 300.000 años los primeros indicios de recuerdo reverencial de las personas fallecidas, hace unos 160.000 la capacidad fisiológica de emitir sonidos complejos y el inicio del habla, hace unos 50.000 el descubrimiento de los perjuicios de la consanguinidad y de cómo evitarla, y hace unos 30.000 las pinturas murales como primera demostración de la capacidad mental de "representar".
Una de estas mejoras fue resultado de una “modificación genética” de las cuerdas vocales y las otras cinco fueron “descubrimientos culturales” de nuestros ancestros; una demostración de persistencia heroica para la continuidad de la especie y de su mejora en capacidades diversas, totalmente distintas a las de los animales.
De una duración de más de un millón de años, lo más característico y condicionante de aquellos humanos era que vivían en grupos familiares de no más de 30 personas, en una obligada itinerancia perpetúa, recogiendo y cazando alimentos silvestres.
Para cada persona, el pequeño grupo familiar era todo su mundo protector, físico, emocional y sentimental, de donde obtenía la satisfacción de sus necesidades, condiciones que determinaban su absoluta dependencia física y psicológica.
Ninguno de los humanos de aquella época tenía percepción de sí mismo, como ser diferenciado del grupo familiar, una manera de estar en el mundo similar a la que tienen los niños y con menor intensidad los adolescentes, antes de que se consolide el sentido de individualidad.
Sí que tenían conciencia de ser superiores a los animales y, sobre todo, tenían imaginación, que es la gran virtud propia de la especie humana y la que más nos diferencia del resto de animales.
La segunda época, comienza hace unos 10.000 años, con el descubrimiento de la ganadería y de la agricultura, que además de ser el nuevo y revolucionario sistema de obtención de alimentos, permitió dejar la obligada itinerancia, vivir en pueblos estables y empezar a inventar.
Es cuando emerge el gran potencial humano como imaginador y creador de nuevas realidades físicas; por primera vez, aquellos antepasados nuestros pudieron disponer de lugar y tiempo para la inventiva, y fueron descubriendo y perfeccionando los tejidos, la cerámica, la construcción de casas, la metalurgia, las artes decorativas, etc. y útiles como el molino, la rueda, el carro, el arado, etc. etc. Debemos todo a esta época, pues partían de nada.
Podemos imaginar la "mentalidad de la época" y su "inconsciente colectivo", muy motivada por las nuevas realidades y expectativas que la reciente modernidad brindaba, sin tener que abandonar el bagaje cultural y las formas sociales adquiridas en la primera época. El hecho de ser "los primeros inventores" lleva a suponer que se auto reconocían como seres inteligentes, hábiles y capaces. Compararse con los animales había pasado a la historia.
La tercera época comienza unos 2.000 años después, con otro avance del estado de la técnica agrícola, cuando se descubre que la agricultura de regadío es mucho más productiva que la de secano. Su carácter más relevante es la fundación y desarrollo de las primeras ciudades, como centros organizativos imprescindibles para poder realizar y gestionar la compleja red de canales, embalses y diques para agua de riego, y la nueva experiencia de vida gregaria.
Las primeras ciudades son todas sociedades piramidales, autocráticas y con preeminencia religiosa, explicables por un lado por las necesidades organizativas que requiere la irrigación a gran escala, y por otro por el origen de sus nuevos habitantes: pequeños grupos familiares de cosechadoras lectores y cazadores, que migraban atraídos por el ambiente de seguridad que la ciudad les ofrecía, en comparación con los grandes espacios de donde provenían.
Por primera vez, nuestros antepasados se vieron obligados a organizarse en colectivos de dimensión, donde aparecerán los primeros comportamientos psicológicos y sociológicos de personas y grupos que adquieren poder para decidir sobre otras personas, es decir gobernantes y súbditos, y también sacerdotes y pueblo creyente, generando las primeras experiencias de gregarismo en torno a una autoridad que ocupa la cúpula de la pirámide organizativa.
Primero en Mesopotamia y después en Egipto, se formaron tiranías políticas asociadas totalmente a creencias religiosas; y las personas, a menos que formaran parte de las élites del poder, no existían como sujeto, ni tampoco socialmente, ni cultural ni político, salvo cuando, obligados, eran requeridos para la guerra, para los grandes trabajos públicos o para en las grandes fiestas rituales.
Las dinámicas de la formación y el desarrollo de las culturas Mesopotámica y Egipcia, presentan similitudes entre ellas, y también con las que aparecerían varios miles de años después basadas en la agricultura de regadío, como los Mayas y Aztecas, también con ciudades, poderes totalitarios y también pirámides.
Todas ellas tuvieron resultados similares en cuanto a la formación del “pensamiento colectivo”, que en esta crónica he definido como “bucle”, es decir con hechos históricos y realidades físicas de mucha relevancia, pero que mantienen inactivas a muchas de las capacidades de los humanos, las del intelecto sobre todo, también muchas sentimentales y con el deseo de justicia siempre insatisfecho. Quizás que la imagen del bisenfín vacio sea más sugerente, que proporciona la falsa impresión de avanzar.
De esta etapa sabemos mucha historia arquitectónica, económica, política y social como expresiones del “pensamiento colectivo”, pero no sabemos casi nada del “pensamiento individual”, porque de esta virtud participaban muy pocas personas, mientras la ciudadanía, el pueblo, no tenía la oportunidad de desarrollarlo, inmerso en el gregarismo y la disciplina que imponían las estructuras de poder.
Para la ciudadanía muy mayoritaria, cualquier mirada hacia el entorno o hacia arriba reflejaba sólo el poder de los dioses, de los reyes y de los sacerdotes.
La cuarta etapa, de una duración aproximada de 2.500 años, se desarrolla en paralelo al tiempo de madurez de la tercera y es la de las sociedades que he denominado sabias: Creta, Fenicia y Grecia, capaces de descubrir la individualidad y erradicar los gregarismos, aprovechando los avances de etapas anteriores, a los que incorporaron nuevos valores culturales y sociales.
En Fenicia, las mejoras del estado de la técnica de la construcción y de la navegación marítima, permitieron aventurarse en el mar abierto y, lejos de casa experimentar, y vivir una realidad nueva que propició las primeras experiencias espontáneas de libertad individual, inseparable de la solidaridad entre marineros. En Grecia, la resistencia a admitir la monarquía, la vocación de libertad y el sentimiento de individualidad de influencia fenicia, llevaron la evolución política hasta alcanzar la democracia.
Es en esta etapa, primero los fenicios y después los griegos, cuando aun manteniendo las creencias ancestrales, se dejaron atrás los gregarismos y los fanatismos, el ojo por ojo, la cacería de brujas y la tortura, abriendo las puertas a un mundo que ama el progreso humano como concepto nuevo y revolucionario, donde todas las personas somos igualmente dignos, igualmente libres e igualmente responsables, que son condiciones necesarias para ser empáticos, solidarios y con capacidad organizativa.
Los 300 años de Helenismo, no fueron su continuidad, sino un paréntesis híbrido formado por las culturas egipcia y griega, tutelado por autócratas macedonios.
La quinta etapa se inicia en el año 31 a.C. con la derrota de Cleopatra, cuando se impone definitivamente el dominio de Roma, que conservó la mitología, el alfabeto y la estética, pero por pura ideología eliminó todas las inventivas relevantes aportadas por fenicios y griegos, como el sistema colonial amistoso y la gobernanza democrática, y por fría estrategia de dominio eliminó a las sociedades tribales de los territorios invadidos.
Esta estrategia romana de dominación tuvo una excepción en Egipto, donde Roma no destruyó nada relevante, por entender que aquella inmensa red de riego no se podía gestionar a base de esclavos, pues requería voluntad y vocación. La excepcionalidad llego a dar emperadores romanos convertidos en faraones y representados como tales.
En esta etapa hay dos épocas, la del Imperio Romano y el Medieval; la primera representa el orden impuesto con violencia extrema y la higiene; la segunda, el desorden propio de estados fallidos, el fanatismo, la violencia y la suciedad en el sentido literal de la palabra.
Desaparecido el Imperio Romano, los siglos de la Edad Media son su herencia y dolorosa continuidad, que se extiende hasta el Humanismo, el siglo XIV d. C. Los años transcurridos en esta etapa -unos 1.300-, se caracterizan por una baja producción cultural e intelectual, en comparación con la anterior y posterior, pero sobre todo por una violencia exhibida públicamente como “estrategia educacional”.
La época Medieval no fue un bucle sin sentido, sino la época más oscura de la humanidad, con mucha ignorancia, mucha miseria y muchos miedos y dolores; y salvo en la construcción de catedrales -los misterios de la masonería-, con una baja producción cultural.
La sexta etapa comienza con la época conocida como Humanismo, desarrollado gracias a la recuperación -vía Bizancio y vía Al-Ándalus- de los valores aparecidos durante la cuarta etapa y su asimilación por parte de grandes comerciantes italianos, económicamente muy prósperos, gracias en buena parte en la Ruta de la Seda, y sigue con el Renacimiento y la Ilustración.
Pero, evitando y despilfarrando estos progresos, se desarrollan vigorosamente y en paralelo los agresivos colonialismos, protagonizados por muchos estados europeos siguiendo el modelo del Imperio Romano.
Cuando las iglesias cristianas dejaron de perseguir a científicos e intelectuales, la ciencia y la tecnología progresaron muy rápidamente. Y también las ideas de libertad y de pensamiento libre.
Esta sexta etapa presenta sombras, tantas y tan espesas que muy a menudo eclipsan las luces, pues Marte continuó imponiendo siempre su abrumadora ley, allí donde veía peligrar los paranoicos principios que sustentan su percepción del mundo.
Hubo grandes avances en muchos elementos que aportan civilización, pero también permanencia de mentalidades propias de épocas pasadas, dominadas por inquisiciones políticas y religiosas al servicio de las diferentes oligarquías, expresadas poéticamente en el principio: “el roce superior y violento ”.
La séptima etapa comienza a finales del siglo XVIII, con la Constitución Democrática del nuevo estado de Norteamérica, cuando su independización de Gran Bretaña, con el voto electoral libre y seguro, jueces independientes y libertad de expresión. Desde la República de Atenas, no había habido nada parecido ni tan prometedor, ahora avalado por un estado que poco más de un siglo después emergería como primera potencia mundial.
Aquel modelo de Constitución era sólo para EEUU, y ni siquiera por imitación no se extendió a la Europa centrada en la violenta explotación de sus colonias donde, pese al arraigo de las ideas venidas de la mano del Humanismo, del Renacimiento y de la Ilustración, ninguno de los estados europeos adoptó una Constitución con niveles de democrática parecidos a la de los EE.UU.
Tuvo que pasar más de un siglo y medio, hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, cuando por “decreto americano” las constituciones democráticas se extendieron por medio mundo, se acabó con la ocupación militar de los países colonizados y se generaron instituciones de gobernanza mundiales como la ONU, el Banco Mundial y el Fondo Monetario.
En Europa, varias personas clarividentes consiguieron la firma del Tratado de Roma, el embrión de la actual Unión Europea; parecía que, escarmentados de tantas tragedias, las élites mundiales habían entendido cuáles deben ser las prioridades de la gobernanza, para no volver a guerrear y prosperar.
Hay que tener la perspectiva de que en el mundo de la posguerra mundial, todas las iniciativas fueron promovidas por los vencedores absolutos, que no pensaron en la venganza ni promovieron autocracias, sino que crearon estructuras representativas y de solidaridad, y sembraron inicios de democracia.
Varios momentos de esta séptima etapa, tienen semejanza con los que llevaron a la República de Atenas, donde unas cuantas personas con poder político sienten que representan a toda su sociedad, y legislan a favor del progreso humano .
Se generaron realidades nuevas y grandes progresos en muchos ámbitos, como la implantación del voto libre y seguro en muchos estados del planeta, la legislación protectora de los Derechos Humanos, la desaparición de la esclavitud, los valores del feminismo, de la libertad y la identidad sexual, los de la paz, la preocupación por la salud de la biosfera y por el bienestar animal, en paralelo a la decadencia del racismo, del machismo y de la misoginia, a pesar del resurgimiento de estas patologías sociales empujadas por la extrema derecha política.
Reforzando esta tendencia política global, la adopción de la socialdemocracia en las sociedades industrializadas, como antídoto contra el marxismo, propició una mayor modernidad y un esperanzador ambiente de paz social.
En esta etapa, el mundo occidental pasó del Antiguo Régimen, caracterizado por una férrea estratificación social en una economía básicamente agrícola, a la sociedad industrializada y urbana, con nuevas clases sociales y nuevos motivos y formas de enfrentamiento entre ellas, donde la débil implantación de la democracia provoca el efecto bisenfín, y los evidentes progresos en muchos ámbitos no se traducen en progreso humano.
Mientras, por caminos a veces descarados y otros ocultos, Marte siempre se ha estado paseando impunemente por los sitios de poder, consiguiendo que haya guerras a miles.
A pesar de estas carencias, "la mentalidad colectiva" prevalente fue la percepción de que los progresos técnicos, científicos, sociales y de producción cultural, aportan bienestar y seguridad definitiva y ascendente a la humanidad entera. Con tropiezos y pequeñas caídas, sin embargo, vamos a mejor.
La octava etapa comienza a mediados de la década de 1980, cuando se “descubren” los destructores efectos de los gases de la combustión de energías fósiles: un puñetazo directo en la cara, cuando nos parecía que empezábamos a dominar el juego.
A los gobiernos estatales, a todos, les gustaría adoptar medidas eficientes para detener el “cambio climático”, pero siempre que toman decisiones restrictivas, surgen agrias protestas de los sectores de la economía afectados; y cuando adoptan, o simplemente recomiendan, medidas que deban comportar alguna restricción en los niveles de comodidad y bienestar, la ciudadanía las protesta o no hace mucho caso; como en la proliferación de envases de plástico.
La evidente y probada mala disposición de la ciudadanía a adoptar cambios relevantes, aunque entendamos que sean necesarios, denota egoísmo, pero no es sólo eso, y en buena parte está fundamentada en la falta de confianza en la gobernanza.
Entrampados entre la desconfianza de la ciudadanía por una parte, y por otra la presión de los productores de energías contaminantes, los gobiernos se evaden de enfrontar el problema, y siguiendo la vía de menor resistencia, adoptan el “calendario de tolerancias climáticas” elaborado por los competentes servicios técnicos de las oligarquías propietarias de estas energías
Es evidente, que sin un proyecto creíble que se haya ganado la confianza de la ciudadanía, ningún intento de reforma que comporte restricciones será eficiente. Pero creíble y eficiente, dos condiciones no imposibles, sin embargo, sí difíciles.
Esta octava etapa está presidida por la desorientación y la parálisis, donde ni las gobernanzas mundiales, ni las estatales, ni las regionales, ni las locales, son capaces de reaccionar ante la degradación del clima, expresada en irregularidades meteorológicas en algunas geografías. La ciudadanía, asustada, permanece inmóvil; mientras, la temperatura de la atmósfera y del mar sigue subiendo.
Las dos últimas etapas demuestran que si bien ha habido enormes progresos en muchos ámbitos, hemos fracasado en la preservación de las condiciones de vida. Se han aprobado muchas Constituciones Democráticas, sin embargo, faltada nuestra cultura de aquel clarividente principio irrenunciable de libertad de expresión que llevó a los Antiguos Griegos a la democracia, nos hemos quedado a medias y aunque no se pueda decir que tenemos gobernanzas autocráticas, tampoco puede decirse que sean democráticas.
Dado que las medidas que se adoptan, sean políticas, económicas o técnicas, se implementan con medios insuficientes, sin convicción y con gran retraso, me permito dibujar una novena etapa, evitando describir las probables escenas desagradables que puedan aparecer.
El “cambio climático”, en un futuro no muy lejano, desafortunadamente e inevitablemente provocará restricciones en el bienestar y en la sensación de seguridad de forma generalizada. Para la ciudadanía, el dilema está en discernir si se conforma con ir siguiendo los siempre erróneos calendarios oficiales y va acostumbrándose a graduales estados de precariedad o, escarmentada, empuja a decidir quién, cuándo y de qué forma se adoptan las inevitables y urgentes reformas.
No hay fórmulas mágicas para evadir el problema, porque es físico y químico global, sin embargo, sí que hay formas de enfrentarlo; y de nuestro mayor o menor acierto, depende la vida o, al menos, dependen muchas vidas, muchísimas, y el bienestar y la seguridad futuras.
Hay dos opciones posibles: una pasiva y otra reactiva; la primera es la actitud mayoritaria de querer ignorar las amenazas o, una variante de ésta consistente en sentirse preocupado, pero, por no haber encontrado la forma de participar en el objetivo de dejar de emitir CO2, mantener una actitud también pasiva; la segunda, la reactiva, es participada por pocas personas, aunque pueda llegar a reunir a algunos miles en manifestaciones de protesta, muy preocupadas, pero, sin demasiadas esperanzas y sin saber qué caminos son posibles, ni con qué instrumentos políticos, sociales y culturales emprenderlos.
La Ilustración invitaba a conocer, a informarse, a indagar, a criticar y a actuar con la libertad como herramienta, y esas ideas y principios se han ido abriendo paso y ahora son el capital global más valioso. Son " la mentalidad colectiva " de la época que, desgraciadamente, debe convivir con engaños orquestados y muchas violencias.
El interés, la comprensión y la sensibilidad individual y la social, hacia cuestiones que eran compartidas sólo por minorías, ahora se ha convertido en patrimonio cultural de la humanidad, a pesar de los rebrotes de autoritarismo, racismo, violencia y gregarismos que a menudo emergen.
Los niveles de información, formación y cultura general, multiplicados por los medios de comunicación -los nuevos, los no tan nuevos y los antiguos-, propician y aceleran estos cambios cualitativos, y pese a su vulnerabilidad frente a la manipulación y la censura, tienen la capacidad de generar estados de opinión alejados de los mitos, de los tabúes y de las creencias antiguas fundamentadas en la ignorancia y la separatividad, propiciando que por primera vez en la historia pueda hablarse de “conciencia planetaria” en unas cuantas cuestiones básicas, participada por la mayoría de la población mundial, con anhelos y proyectos compartidos de gran alcance que dejan obsoletas las ideologías residuales presididas por Marte y las demenciales fantasías de sus seguidores .
Hasta ahora, la libertad de expresión para defender la colectividad, se ha ejercido en defensa de ideas, o de derechos temáticos, o para denunciar cuestiones grupales, o regionales; ahora, la amenaza del "cambio climático" lleva a que el ejercicio de la libertad de expresión se haga en defensa de la humanidad entera. Este sentimiento, aunque no sea nuevo del todo, por su relevancia en nuestras mentes individuales, pues se trata de la supervivencia, adquiere calidad y potencia, y va abriendo las consciencias a una nueva época.
La actitud más reactiva es exigir el reforzamiento de la ONU, capacitándola institucional y materialmente para cumplir lo más relevante de sus objetivos fundacionales: evitar las guerras, que sólo son un lujo para caprichosos y paranoicos, que en el actual estado de la biosfera no podemos permitirnos. Basta con observar el aparente carácter de los líderes que ahora están en guerra: puro narcisismo, bomba y fuga adelante.
A lo largo de estas páginas, se menciona a menudo a la Antigua Grecia como fuente de iniciativas, prácticas y descubrimientos, y una de ellas fue la reforma de Draco en el siglo VI a.C que dejó fuera ley el ”ojo por ojo y diente por diente”, decretando que los conflictos entre personas no podían solucionarse con un acto de fuerza de los contendientes, ni por parte del agredido ni del agresor. A partir del día de su vigencia, el Estado tuvo el monopolio de la violencia, un criterio sabio, prudente y moderno.
Ahora, con tantas amenazas vitales, esa reforma de Draco debe aplicarse a los estados: el monopolio de la violencia sólo debe tenerlo la autoridad que nos representa a todos: la ONU, y para que ésta pueda desempeñar su función es necesario que los gobiernos estatales le hagan cesión de soberanía y de recursos materiales y humanos.
No me atrevo a decir que si no hubiera guerra en Ucrania ni en Gaza, el mundo encontraría rápidamente soluciones al cambio climático, pero sí decir que mientras haya guerras de dimensión que comprometen estados poderosos, ninguna iniciativa de restauración del clima puede tener recorrido.
Frente a las derivas hacia el desastre, sólo valen realidades nuevas que sean resultado de la implementación de las utopías. Los objetivos son difíciles, enormes, abrumadores, sin embargo, no hay otro camino, y evadirse es la peor actitud pues no evita la intranquilidad cotidiana, sino que la empeora, mientras también empeora la salud de la biosfera.
Acudiendo a la menor o mayor satisfacción de las cuatro necesidades genéticas, el período actual exige que el ejercicio de la libertad de expresión en favor de la sociedad, como actitud y gesto de dignidad personal, sea el carácter más relevante junto con el reforzamiento de los elementos de reconocimiento, y mientras se atienden el bienestar y la seguridad como necesidades subordinadas. Hacerlo al revés comporta el desastre; ahora recogemos el resultado de veinte siglos de error en la priorización.
En capítulos anteriores he explicado que centraba la narración en casi una única parte del planeta, pidiendo disculpas por la fuerte dosis el etnocentrismo evidenciado y pidiendo también algo de tiempo para justificar la delimitación geográfica de las perspectivas.
Mirando atrás, aunque sea sólo varios años, la explicación es de carácter geopolítico y del progreso de la ciencia y la de tecnología, cuando, con Japón aparte, el único centro del mundo que disponía eran el occidente europeo y el norte americano.
Ahora esta perspectiva ha quedado obsoleta, gracias al progreso en China, India y en otras sociedades, cuando la ciencia y la técnica han dejado de ser un patrimonio casi exclusivo de los blancos cristianos del hemisferio norte.
Aquí quiero expresar, mediante ejemplos reales, qué entiendo por diversidad cultural, unos vividos personalmente y otros leídos en distintas fuentes.
Año 1976, en la ciudad de FreeTown capital de Sierra Leona, en la costa de África Occidental, en un viejo bus peri urbano con dos asientos a un lado del pasillo y tres al otro.
Delante mío, en el asiento del medio, va una mujer que parece dormida, a apoyada totalmente sobre el hombre que se sienta a su derecha; pasa el rato y cuando el bus se acerca a una parada, el hombre que tiene la mujer volcada sobre él, con mucha suavidad e intentando no despertarla, va conduciéndole el cuerpo hacia encima del hombre que viaja en el asiento de la izquierda, que facilita la operación de reubicación con delicadeza y naturalidad; la mujer parece despertar, mira su nueva almohada y sigue durmiendo; no hay palabras; después el hombre baja y el bus sigue. Mi compañero de viaje es del país, pero, ha vivido en Europa y adivina mi extrañeza; le pregunto y me dice que muy probablemente aquellas tres personas no se conocían, y que aquella era una imagen normal.
Año 1982 en Argelia, en la pequeña ciudad monumental y amurallada de Gardaia, al comienzo del desierto del Sáhara.
He sido invitado a visitar la casa familiar de una persona del país que he conocido en el hotel; entramos en una sala ancha y luminosa que da a una cocina también grande; hay mujeres, niños y adolescentes de todas las edades y un par de ancianos; en total puede ser una veintena de personas; las mujeres trabajan –limpian verduras y granos, muelen harina y cosen o tejen- sin parar de hablar, mientras los pequeños juegan con mucho jaleo.
Una chica joven que ha tenido gemelos, sentada en medio de la sala, como una diosa desnuda de cintura para arriba, está amamantando al mismo tiempo a los dos bebés, admirada de muy cerca por los niños y con miradas de más lejos, por todos.
El hombre que me acompaña es joven e interactúa con confianza y naturalidad con todos; durante mi visita han entrado algunos hombres a hablar un rato con alguna de las mujeres o de los niños, me han saludado y después se han ido. Yo, el extranjero invitado, soy el centro de atención, con muchas preguntas, trato alegre, risas y mucha afectividad; superada la sorpresa inicial, me siento como en familia.
Año 1996 en Marruecos rural de las montañas del Gran Atlas, cerca de las cascadas de Ouzud.
En una casa de campesinos, una mujer joven parió hace pocos días; la chica lleva un vestido largo con una gran faja en la cintura, y en la parte de arriba, dentro del vestido, el bebé, prácticamente desnudo, piel con piel con la madre, vive sus primeros días, semanas y meses. En poco tiempo aprende a amamantarse cuando quiere, sin tener que pedirlo; ella, con regularidad, saca al pequeño de su nido, le acerca al suelo y éste excreta como reflejo casi instantáneo; me dicen que en pocos días lo aprenden, adoptan la rutina y nunca existe ningún problema de higiene ni malos olores.
Cuando pasen las semanas y los meses, será el pequeño quien empezará a dar señales de querer saber que hay más allá de la madre, y reivindicará libertad de movimientos, viviendo en la felicidad que da la seguridad, el bienestar y el reconocimiento que le da su madre, en una continuidad del embarazo. En los 4 o 5 días y noches que viví en la casa, nunca oí que el bebé llorara; y al volver unos meses después, vi su vivo interés por saber que pasaba fuera su seguro refugio. Una crianza marsupial, perfecta para el recién nacido y para la madre. La chica, puede ser el mismo día de haber parido, irá a buscar leña al bosque, o hierba para los animales, o agua a una fuente lejana, siempre con el pequeño a la espalda, hablándole.
Dos relatos de historia moderna y antigua, leídos en diferentes fuentes:
Kerala es uno de los estados de la India más poblado y de los más ricos, con parámetros de salud y enseñanza pública equiparables a muchos estados europeos. En 1962 unas elecciones dan como vencedor a un partido político marxista, que se apresura a decretar cambios institucionales y estructurales siguiendo aquella ideología; diez años después, gana las elecciones un partido que promete devolver al modelo económico capitalista, e implementa la nueva política. Y toda esta peripecia se ha desarrollado sin violencia, cuando en prácticamente todo el planeta habría comportado golpes de estado y seguro que violencia y muertes.
Dos historias antiguas, relatadas por un testimonio excepcional: el marroquí del siglo XIV Ibn Batouta, contemporáneo de Marco Polo.
En su gran libro de viajes, cuando pasó por Kerala, un estado ya muy rico entonces, Ibn Batouta explica la existencia de unas costumbres que su moral musulmana le impedía ver con buenos ojos. Le enervaba que las mujeres eran libres en muchas decisiones, que vestían desnudas de cintura para arriba, y dice que a pesar de insistir cada día, nunca logró que sus sirvientas se pusieran una blusa.
A su regreso a Marruecos, Ibn Batouta viajó a África negra, al país del oro más allá del gran desierto del Sáhara, donde vivió situaciones parecidas a las de Kerala, con el agravante de que aquí, la sociedad que reconocía relevancia y libertad a las mujeres era musulmana. Relata que en una ocasión, habiendo llegado a Oulata, en la actual Mauritania después de dos meses de travesía del desierto a camello, fue invitado por un notable jurista del país, con quien había coincidido en el largo y difícil viaje, a visitarlo en su casa.
Nada más entrar, vio a una mujer joven y un hombre, hablando y riendo sentados en un diván. Cuando el anfitrión le dijo que aquella era su esposa, él protestó argumentando leyes y costumbres musulmanas. El anfitrión le dijo que aquel hombre era un amigo de su mujer, advirtiendo que sería mejor que no censurara ni expresas rechazo por comportamientos parecidos; insistió en que su cultura era aquella y que no veían contradicción con sentirse buenos musulmanes. En Oulata, las mujeres eran el referente familiar y regían muchos comercios mayoristas importantes.
Estos episodios y casos son posibles porque se dan en sociedades, o del todo matriarcales o con fuerte impronta heredada de esta benéfica anomalía cultural y social. Las explicadas del Magreb, tienen su fundamento histórico en la cultura matriarcal que todavía está viva más en el sur, en algunas regiones del Sahel, del Sáhara y de África Occidental. Los de Kerala se explican por los mismos antecedentes; las autoridades coloniales inglesas, a mediados del siglo XIX derogaron las leyes matriarcales propias de ese estado.
Ninguna de las cuatro historias pudo pasar en una sociedad patriarcal; bueno, con una excepción matizada: la del bus de FreeTown, que podría haberse vivido en una fiesta de adolescentes aliñada con alcohol y cannabis.
Así, el centrar la mayor parte de la crónica en el mundo blanco, occidental y cristiano, heredero del Imperio Romano, es por el propósito de objetivarlo y criticarlo, debido a su decisivo impacto en la sociedad, la cultura y la economía globales.
Las dos grandes sociedades asiáticas, India y China, liberadas del dominio colonial y sólidamente constituidas en estados, tienen características tan distintas entre sí como en relación al mundo occidental.
En mi opinión en la India, pese a la huella del sistema de castas y la mala relación entre hindúes y musulmanes, la gran implantación del sistema democrático propio del sistema tribal y también herencia de la lucha por la descolonización, otorgan una enorme estabilidad institucional; aquí la libertad y el reconocimiento permiten que el país funcione a pesar de las carencias en bienestar material. En mi opinión, en este gran país, las derivas autoritarias difícilmente pueden llegar a consolidar regímenes dictatoriales.
China presenta un panorama de futuro incierto, donde las carencias en libertades básicas y en elementos de reconocimiento en el seno de la nueva sociedad urbana, a pesar del efecto benéfico del Confucianismo, pueden llevar a derivas inciertas, cuando el cambio climático provoque restricciones en el bienestar.
El sistema institucional chino es de partido único, y en mi opinión partido único no debe ser necesariamente sinónimo de autocracia; el verdadero problema, en todo el mundo y siempre, es la restricción de la libertad de expresión, sea con muchos partidos o con uno solo.
Una noticia aparecida en los media locales, regionales y de más allá, por su acentuada violencia: un grupo de 5 o 6 niños y algún adolescente, han maltratado y violado a una niña de once años de su escuela. En el entorno escolar, circulan durante semanas vídeos y comentarios sobre la agresión, sin que se convierta en noticia, hasta que un hermano de la víctima, también alumno del centro, ve las imágenes y denuncia los hechos.
Éste es un episodio extremo, sin embargo, uno de los muchos que se dan en el ámbito escolar, con el bullyng como problema sobradamente extendido; también en la calle, con adolescentes como protagonistas.
Desde hace no demasiado tiempo y dependiendo de las diferentes culturas y formas sociales, las actitudes y comportamientos agresivos, así como las pasivas y sumisas, se manifiestan cada vez con mayor precocidad. No pueden ignorarse ni las frecuentes noticias ni las estadísticas sobre actuaciones violentas protagonizadas por adolescentes y jóvenes.
Hay episodios bien conocidos, donde sólo se puede concluir que en muchos casos, dentro de una clase escolar, las conductas de los alumnos están polarizadas: por un lado varios maltratadores y por otro el resto de alumnos pasivos, que ven y callan. Un panorama de presente y futuro más que preocupante.
Tal y como los niños dibujan figuras siguiendo la ley de frontalidad, que es el estadio inicial de la capacidad de expresar imágenes, cuando actúan siguen la misma pauta y muestran con grandes trazos cercanos a la caricatura su percepción del mundo, imitando a los adultos. La escuela es su micro cosmos que refleja el mundo entero, donde el abuso de unos pocos provoca la inhibición del resto. Un mecanismo aprendido rápidamente, tanto por los maltratadores como por los inhibidos.
Las personas que tienen experiencia de tratar con animales, explican de una manera general las causas de comportamientos extraños, salvajes o violentos que se puedan dar en algunos de ellos, empleando la expresión común: debe haber sido escarmentado.
Se argumenta que la tendencia a ser violento detectada en menores, se debe a la influencia de la pornografía, a la que pueden acceder con facilidad; sin embargo, éste es un argumento flojo y parcial, en un intento de señalar culpables lejanos y parece que inalcanzables, ya que para ser capaz de ejercer violencia, el maltratador debe estar dominado previamente por una fuerte dosis de tensión interna.
Puede observarse que no hay ningún animal de ninguna especie que durante la infancia y la adolescencia practique la violencia; juegan juegos aparentemente violentos, sin embargo, no buscan el sufrimiento del otro. La violencia infantil y juvenil tiene causas que no son naturales, y forzosamente deben ser el resultado de una “crianza” o de una “educación” erróneas que los pequeños sienten agresivas, porque intrínsecamente lo son. Obviamente, no hay falta de amor por parte de las madres ni de los padres, pero sí de empatía y de información.
Como observaba preocupado W. Reich hace ya un siglo, todavía es muy difícil que haya conversaciones y debates públicos sobre problemas asociados o derivados de una experiencia conflictiva de la afectividad y de un aprendizaje sesgado de la sexualidad, durante la infancia y la adolescencia. Aquellos tabúes que ahora parecen imposibles y ridículos, como el que impedía a las madres hablar de la menstruación a sus hijas, siguen con mucha vigencia en muchos lugares y en muchas personas.
Es necesaria una reflexión y una búsqueda, sin límites y sin tabúes, para replantear algunos de los usos y costumbres arraigados que son considerados como normales, pero que, inevitablemente dan sufrimientos o restricciones a los pequeños, sean bebés, niños o adolescentes.
Por justicia hacia ellos, la sociedad debe plantearse cambios de criterios y cambios de hábitos. Hay conocimiento y herramientas técnicas para detectar cualquier angustia, cualquier sufrimiento y cualquier carencia, sin embargo, existe el temor de que el sistema de vida diaria que se han dado las sociedades urbanas actuales, no pueda adoptar lo que la investigación, la empatía y la justicia aconsejen.
Un ejemplo, que era tortura para los bebés y que afortunadamente ya no se practica en ninguna parte, venido de una mezcla fatal de exceso de celo y de ignorancia: hace poco más de un siglo, inmediatamente después de nacer, en muchas familias los bebés eran envueltos e inmovilizados con fajas de ropa, como una momia egipcia; decían que era para evitar que sus miembros se pudieran “desarticular”, sin embargo, era una tortura. Ahora, hay otras, no tan locas, pero hay.
En la distorsión del aprendizaje de la sexualidad, mirar atrás provoca escalofríos, pues el maltrato de niños y adolescentes ha sido una constante, no sabemos desde cuándo, pero muy antigua. Dramas como la violencia gratuita y el abuso sexual, han sido el panorama común a muchas familias, escuelas y fábricas, con prácticas aberrantes instaladas en la normalidad, sin preocupar a nadie más que a quienes las sufrían. En los últimos tiempos, las cosas han tumbado a mejor, pero, ante las frecuentes noticias, parece que todo esté por hacer.
Y esta nueva realidad, que son las pantallas al alcance de todos con imágenes sexuales asociadas a violencia, se pone a su alcance antes de poder discriminar. La exhibición de este tipo de imágenes debería ser delito tenazmente perseguido y castigado.
La ONU, la Organización de las Naciones Unidas
Lo que extraña y preocupa, es que en todas las manifestaciones contra el cambio climático, la reclamación de más poder para la ONU no se vea casi en ninguna parte, cuando cualquier solución a cualquier problema global, pasa necesariamente por una Organización de Naciones Unidas bien estructurada, con capacidades legislativas, sancionadoras e interventoras que ahora no tiene.
Aparte de reconocer que la ONU y sus extensiones, son las instituciones que describen con mayor realismo los problemas del planeta y que sus dirigentes son las voces más persistentes al denunciarlos, la ONU es el único organismo que representa a todo el mundo. Es necesario entender que, como profesionales, su funcionariado tiene la misión de tener perspectivas globales.
Sufre muchas carencias en capacidades legislativas y ejecutivas, por lo que las personas que se manifiestan, sea en favor de la democracia o sea contra el cambio climático, deberíamos exigir a los gobiernos que hagan cesión de soberanía a favor de la ONU, en todos los aspectos relevantes que nos interpelan a nivel planetario.
Se puede observar que pocas de las organizaciones de la sociedad civil, ni las pacifistas ni tampoco las ecologistas, históricamente han mirado a la ONU con buenos ojos, puede que se deba a las raíces ideológicas ácratas de estos movimientos, contrarios a cualquier idea y estructura de poder. Sin embargo, con esta mentalidad se facilita lo que más aman los autócratas y las oligarquías que tienen pretensiones hegemónicas: la debilidad de las instituciones globales.
La ONU es una organización que no tiene vida por ella misma, y mientras la ciudadanía no entienda la necesidad de su existencia, la reconozca, la reivindique y la exija como la herramienta imprescindible, los gobiernos estatales no le cederán soberanía.
Sin embargo, sin una ONU bien legitimada, estructurada y dotada de medios, el mundo continuará en la deriva infernal; ciertamente, pueden haber pactos entre los grandes estados, pero sólo serán eficaces si sirven para potenciar la ONU, pues la conciencia planetaria sólo puede expresarse positiva y eficientemente cuando la represente un organismo global.
Ahora tiene pocas capacidades y atribuciones, y para ser verdaderamente útil necesita cambios institucionales relevantes que, por desgracia, se contemplan poco en los debates públicos. La conformación actual del Consejo de Seguridad, frente a los problemas de medio ambiente no tiene ningún sentido y frente a los conflictos armados es un fracaso continuo.
Es necesario encontrar un sistema de representación en cualquier órgano de la ONU que sea ponderado a la población, a la generación de contaminación, a la vulnerabilidad medioambiental y la aportación de recursos para enfrentar los problemas.
Sin la existencia de esta estructura de gobernanza que es la ONU, la deriva hacia la extinción seguirá marcando nuestras vidas, en forma de “cambio climático”, de más guerras, de más desertificación, de más contaminación, de más pérdida de biodiversidad, etc.etc.
Una reflexión sencilla debe hacernos entender que no hay otro camino para enfrentar el cambio climático, que el organizativo a nivel planetario. Las salvaciones individuales, o familiares, o de grupo, no aportan nada; ni ir a vivir a la Luna o a Marte, ni atrincherarse en un lugar habiendo almacenado alimentos, salvará a nadie.
Algunos argumentos a favor de que la ONU tenga poder político, con capacidad de orquestar diálogos y acuerdos, y también capacidad coactiva para detener los conflictos armados que ahora nos abrumaron:
Sólo la ONU puede imponer la neutralización de las guerras y el establecimiento de acuerdos y pactos entre adversarios; no existe ninguna posibilidad de que se acometan las grandes reformas que exige la restauración del clima, mientras en el planeta haya guerras de dimensión entre estados poderosos; sin guerras, las dificultades son muy grandes, pero con guerras de por medio son insuperables; y la mejor estrategia antiguerras es que sea sólo la ONU quien tenga el monopolio de la violencia, al igual que la tienen los estados actuales en relación a su ciudadanía.
Ahora, a pesar de la ONU y los diferentes Tribunales de Justicia globales, entre los estados rige "el ojo por ojo, diente por diente", sin embargo, el "cambio climático" obliga a superar este estadio bárbaro y más que nunca suicida y alcanzar un nivel de superior de civilización.
Con el objetivo mayor de detener todas las guerras en curso, para favorecer el cese de las hostilidades, sólo la ONU puede otorgar condiciones de perdón a aquellas personas y gobiernos que las hayan emprendido.
Sólo la ONU puede dar garantías a los estados productores de combustibles fósiles, que estén dispuestos a cerrar sus pozos y minas, hasta que el clima recupere sus parámetros de normalidad, mediante el establecimiento de un pacto global que reconozca a estos estados que, finalizada la crisis climática, sus reservas volverán a tener un lugar en el mercado energético.
Sólo la ONU puede gestionar un precio único de la energía, una medida imprescindible para establecer el pacto.
Sólo la ONU, mediante la FAO, puede asumir la responsabilidad global en la previsión de la Seguridad Alimentaria.
Estas frases son, sólo, enunciados de buenas intenciones calificables de utopía, pero, en este punto de la historia, viendo la acelerada degradación de la biosfera, mientras los poderes violentos del planeta no paran de desafiarse, sólo nos vale un estado de ánimo, una actitud que es necesario transformar en conducta, y es la determinación de hacer realidad todas las utopías, empleando la libertad de expresión para desarmar el supremacismo y erradicar la corrupción.
La confusión semántica puede ser sospechosa, puesto que la nación es la continuidad natural de la familia y de la tribu, y el nacionalismo su expresión cultural o política, o también económica.
La nación es la agrupación de las tribus, e históricamente siempre ha tomado forma política debido a la aparición de algún peligro exterior común a todas ellas, ante el que emerge un líder carismático que las agrupa.
Definir la nación es fácil, puesto que en origen no es otra cosa que el nivel superior de la organización tribal, compartiendo mitos, símbolos e idioma, aunque no siempre religión.
La confusión se debe a que el concepto de estado como organización política ha sustituido al de nación, y la geografía política explica que algunos de los estados que aparecen y se reivindican como nación, no siempre son una sola nación sino que agrupan diferentes. Y en algunos casos, existe una situación de dominancia de una nación sobre otras.
Extrañamente, en una confusa percepción ideológica, los individuos que criminalizan los ”nacionalismos” reniegan de la existencia de su propia nación, mientras mantienen actitudes y comportamientos de carácter imperialista, es decir de dominio -militar y de imposición lingüística si es necesario- sobre las otras naciones.
Ciertamente, puede asociarse como causa-efecto la unificación nacional de Italia y de Alemania a finales del siglo XIX, con el nacimiento de la ambición imperialista que llevó a la I Guerra Mundial y a continuación la II; es después de esta guerra, cuando se expanden las opiniones políticas sobre la maldad de los nacionalismos. Pero lo que practicaron el fascismo y el nazismo fueron imperialismos, es decir el dominio de otras sociedades mediante la violencia; Italia y Alemania, ciegamente y con estrategias de pura maldad, sólo querían imitar lo que Portugal, España, Gran Bretaña, Francia, Bélgica y otros estados europeos habían hecho durante siglos: llevar a ejércitos fuera de su nación para dominar a otras. Y a esto se le llama imperialismo.
Es más que probable que si Alemania e Italia hubieran sido bien recibidas en el consorcio colonial europeo formado por Francia, Gran Bretaña y España, y hubieran podido participar en el indecente "reparto" de todo el norte de África, probablemente aquella primera guerra mundial no habría existido. Y puede que la segunda, tampoco.
La nación es sólo la escala natural de reconocimiento que sigue a la tribu y no comporta ningún germen destructivo. El imperio es maldad en estado puro, y confundirlos sólo es un intento imperialista de atribuir un carácter malévolo a los sentimientos de nación.
Puede añadirse que cuando el supremacismo se expresa mediante el nacionalismo, es peligroso, pero que cuando se expresa con imperialismo, resulta trágico.
En la década de 1960, en Europa se dio un debate político y cultural en relación a cómo debía estructurarse una Europa unida, a partir de las exitosas bases que había generado el Mercado Común del Carbón y el Acero, y la controversia era: la Europa de las Naciones o la Europa de los Estados.
La buena vía habría sido la que se descartó, pero en esa discusión, el gran poder del sistema militar, el industrial y el financiero decantaron la balanza a favor de la Europa de los estados.
Detrás de la confusión más que semántica, existe otra denominación: la de imperio, que es una vocación política firmemente arraigada en muchas naciones, consistente en la necesidad de dominar a otra nación.
Al Antiguo Egipto se le denomina Imperio, cuando en realidad nunca lo fue; ciertamente, en algún episodio los ejércitos de diferentes faraones salieron del territorio egipcio, pero siempre fue para protegerse de invasiones externas, como la de los Hititas y los Etíopes; finalizada la amenaza, volvían a casa. Los egipcios, ni querían colonizar a nadie, ni querían que nadie que no fuera egipcio adoptara su religión ni sus mitos; vivían cara adentro, sin ambiciones externas, y a pesar de este ejemplar talante mantenido durante 3.000 años, lo denominamos Imperio Egipcio. De hecho, fue la nación egipcia, con todos los rasgos que caracterizan a las naciones: idioma, cultura y mitos compartidos, y sentimientos de identidad y de unidad.
Sí que fueron imperios, primero los Hititas, después los Asirios y después los Babilonios, y todos ellos invadieron Egipto con la voluntad de quedarse.
Roma se hizo reconocer como Imperio, y lo hizo sin escrúpulos de ningún tipo. Y siglos más tarde, sus herederos europeos siguieron al pie de la letra el sistema imperialista romano, destruyendo las sociedades tribales en América, en África, en Asia y en Oceanía,
Sería necesaria una investigación histórica sobre la vocación de determinadas Naciones para ser Imperios; curiosamente, se da en aquellas que en su origen antiguo han sido sociedades de ganaderos; por el contrario, aquéllas que han sido fundamentalmente sociedades agrícolas no padecen esta enfermedad ni la hacen sufrir a nadie; este comportamiento puede observarse, a pesar de los cambios llevados por la historia.
Además de Egipto, el ejemplo más relevante es China, una sociedad agrícola antigua que ha sido siempre un gran gigante sin ambiciones imperialistas, y sí víctima de éstos en distintos episodios de su larga historia. China, persigue dominio de mercado, sin embargo, no piensa en enviar un ejército a ninguna parte, excepto al Tíbet, un comportamiento político que reniega de su honorable historia.
La espiritualidad
En tierras de habla catalana, existe un juego colectivo que, más que un deporte de riesgo, es un arte con riesgo, consistente en “construir” estructuras humanas de una altura sorprendente, por insólita y atrevida, sin otro elemento que personas: una sobre los hombros de la otra y arriba, hasta diez de altura.
Se llaman castells y las personas que forman parte castellers: niñas y niños, adolescentes, jóvenes y adultos, de todos los géneros y de todas las clases y grupos sociales, lo son por vocación; sólo hace falta tener buena salud y mucho coraje, para formar parte de ellos; no hay profesionales.
Cada grupo lo forman unas 200 personas, ensayan muy a menudo y exhiben sus monumentos humanos en las plazas públicas en días festivos; hay conseguidas diferentes estructuras, todas buscando la belleza del obelisco. Ahora existen más de 60 grupos diferentes y la actividad ha sido reconocida como Patrimonio Cultural por la UNESCO.
Les dedico este apartado -sin menospreciar cualquier otra manifestación organizada de cualquier otra sociedad y ámbito cultural, como una orquesta, un coro, un equipo deportivo, etc.- porque la actividad de construir castells contiene todos los caracteres imprescindibles para ser considerado el modelo perfecto de sociedad humana ante cualquier reto relevante: valentía personal y de grupo, sentido de individualidad, empatía, solidaridad, ausencia de autoritarismo, energía, esfuerzo físico y mental, sacrificio y una enorme capacidad organizativa, todo al servicio de un propósito estético vivido en un ambiente general de alta tensión y riesgo de accidente, donde ni “tú calla, aquí mando yo” ni tampoco “tonto el último” tienen cabida.
Cada casteller sabe que si pierde la concentración por un instante, o si no puede controlar el temblor de una rodilla, toda la estructura caerá, algunos compañeros pueden resultar lesionados y será un fracaso del grupo; cada casteller siente física, emocional y sentimentalmente el esfuerzo de sus compañeros, porque vive intensamente el proceso de construcción del castell, tanto al subirlo como al bajarlo. Cada casteller se siente parte insustituible del gran juego.
Los caracteres propios de los castellers, que son todos virtudes, no son teóricos ni buenos propósitos a conseguir, sino realidades vivenciales que todos y cada una de ellas y de ellos experimentan durante el tiempo de construirlo y de deconstruirlo. Sí que hay buenos propósitos, pero sobre todo hay experiencias personales sentidas de manera grupal, que resultan absolutamente imprescindibles para poder construir cualquier castell de más de tres pisos; basta con probar la enorme dificultad hasta la imposibilidad de intentarlo, sin un competente entrenamiento. Hay una gran preparación y aprendizaje técnico y psicológico detrás.
A menudo se celebran exhibiciones y competiciones públicas de castells entre grupos diferentes, y entonces aflora otro carácter, que es también virtud: los miembros de un grupo se alegran y aplauden el éxito de sus rivales de concurso.
Las sociedades y las culturas actuales carecemos, en calidad y en intensidad, de los caracteres propios de los castellers, y nos enriquece una mirada hacia estas atrevidas, admirables y bellas realizaciones. En ellas, no hay proyecto educacional ni discurso moral; hay, sencillamente, una generosa voluntad colectiva, técnicamente competente y extraordinariamente organizada, con grandes riesgos y esfuerzos individuales, de generar belleza y regalarla al pueblo que, boquiabierto y con las emociones alteradas, aplaude con pasión cada intento, cada éxito y cada caída.
Una realidad estadística, según estudios de opinión, es que la ciudadanía considera la corrupción un problema grave, sólo cuando es reciente un caso llamativo, para después poner en primer lugar o bien el paro, o la inseguridad ciudadana, o la inmigración, o el coste de la vida o de la vivienda o, incluso el medio ambiente; cuando la corrupción organizada es, excepto los terremotos, volcanes, meteoritos y huracanes, el origen de todos los grandes problemas que se abaten sobre la ciudadanía y la biosfera.
Teniendo en cuenta la dimensión y la persistencia del problema, nos hacemos un mal favor al suponer sólo ignorancia; mi opinión es que a partir de cierta edad, todo el mundo es perfectamente consciente de cuál es el problema troncal, pero, miramos hacia otro lado por una enfermiza renuncia a ejercer la libertad para defender la colectividad.
También puede que esta tolerancia sea un reflejo del supremacismo de grupo o individual; toleramos la corrupción porque percibimos que los poderes vigentes, de una u otra forma nos protegen frente a otros poderes latentes o emergentes, temiendo que derribando a “nuestros” corruptos seremos más vulnerables frente a los que tienen menos privilegios que nosotros. La ciudadanía que por uno u otro factor se siente privilegiada, mostrará tolerancia a la corrupción, hasta que sienta que su bienestar y seguridad están gravemente amenazados.
La causa por la que somos incapaces de anticiparnos para evitar el dolor, la apuntó a mediados del siglo XVIII uno de los más prominentes Ilustrados, Jean Jaques Rousseau, quien en su ensayo El Contrato Social escribe:
. . . . . . renunciar a la libertad es renunciar a la condición de hombre, a los derechos de la humanidad e incluso a sus deberes. No existe compensación posible para quien renuncia a todo. Esta renuncia es incompatible con la naturaleza del hombre: deshacerse de la libertad es deshacerse de la moralidad.
Resumiendo, ejercer la libertad en favor de la colectividad es el comportamiento obligado por la propia naturaleza humana, y las carencias de rigor moral se pagan en carencias de rigor intelectual.
Tanto trabajo, tanto sacrificio y tanto talento expresados durante centenas de milenios, para acabar abocados a un desastre vergonzante y trágico. Parece que Prometeo nos hizo un mal regalo.
Termino esta breve crónica que abarca un millón de años, con un párrafo escrito por Sófocles en su obra trágica Antígona .
El equivalente actual a Sófocles sería una persona que hubiera ganado el Nobel de Literatura y unos cuantos Óscars de Hollywood; aplaudido, admirado, respetado y venerado por sus contemporáneos de las ciudades de cultura griega y, con una larga interrupción por desconocimiento, también por nosotros. Nació en el año 497 a. C. en la época de la gloriosa República de Atenas, y según testigos antiguos escribió 123 obras de las que nos han llegado 114, pocas completas y la mayoría sólo fragmentos.
Antígona, una mujer joven, es la heroína que públicamente desafía al autócrata, desobedeciendo el mandato de éste de dejar sin enterrar al hermano de la joven, como revancha por una supuesta deslealtad de éste hacia la ciudad. No hay cálculo de ganancias en ella, sólo amor por el hermano muerto y honor frente a la tiranía. Valiente y con pleno conocimiento, se gana la condena a muerte.
Sófocles hace recitar el coro:
Muchas cosas son admirables, pero ninguna es más admirable que el ser humano. Él es quien al otro lado del mar espumeante se traslada, llevado por el viento impetuoso por encima de las olas que braman en su entorno; a la más excelsa de las diosas, en la Tierra incorruptible e incansable cultiva con el arado, que dando vueltas año tras año tumba con la ayuda de la raza caballar. Y de la raza ligera de las aves se apodera extendiendo redes, y también de las bestias salvajes y de los peces del mar, con cuerdas tejidas la habilidad del hombre se expresa. Con su ingenio domestica a la fiera salvaje que vive en la montaña, y al crinado caballo y al indómito toro arisco les hace amar el yugo. Y en el arte de la palabra, y en el pensamiento sutil como el viento, y en las asambleas que dan leyes a la ciudad se ha hecho maestro, y también en evitar las molestias de la lluvia, de la intemperie y del inhabitable invierno. Teniendo recursos para todo, no se queda sin ellos frente al futuro. Sólo contra la muerte no encuentra remedio, pero sabe prevenirse de las molestas enfermedades, procurando evitarlas. Y poseyendo la industriosa habilidad del arte más de lo que podía esperarse, actúa unas veces bien o en otras se arrastra hacia el mal, conculcando las leyes de la patria y el sagrado juramento hecho ante los dioses.
Aquel que, ocupando un alto cargo en la ciudad se habitúa al mal por atrevido, es indigno de vivir en ella: que nunca sea mi huésped y menos mi amigo aquél que tales cosas haga.
El amor, la belleza y el humor no nos salvarán de los desastres del “cambio climático”, pero como estados de ánimo especiales seguro que sirven para sentirnos humanos y soportarlos y enfrentarlos mejor. Como final de texto, no sabiendo cómo expresar ni el primero ni la segunda, lo hago con dos chistes ya antiguos, que no puedo recordar dónde los he oído. Probablemente del gran Eugenio?
Chiste 1.
Dos viejos amigos que se reconocen desde siempre, uno como optimista y otro como pesimista, se encuentran por la calle.
El optimista dice: ¡la fruta ya no sabe a fruta, ni la carne a carne, ni el café a café!; tenías toda la razón, cuando ya hace años decías que acabaríamos comiendo mierda!
El pesimista responde: ¡el problema no es éste, el problema es que no la habrá para todos!
Chiste 2.
El día de mercado semanal, dos viejos amigos se encuentran y saludan; uno de ellos lleva un pesado saco a la espalda que se mueve continuamente.
El amigo 1, dice: ¿Qué llevas en el saco, que se mueve tanto?
El amigo 2, responde: Vengo de comprar cerdos para engordar, me han dicho que es muy buen negocio.
Una semana después los dos amigos se vuelven a encontrar; antes de que su amigo pregunte el criador de cerdos le dice que ha decidido ampliar el negocio y que ha comprado varios lechones más, que lleva en el saco.
Y así, semana tras semana, con el flamante criador de cerdos siempre cargado con el saco lleno de lechones.
Intrigado, un día el amigo le dice al pocatero: Conozco tu casa, es pequeña y estoy intrigado por saber dónde pones tantos cerdos.
El porcatero le dice: - Los que compré la semana pasada ya he tenido que encerrarlos en mi habitación, y a estos pequeños los meteré debajo de la cama.
El amigo dice: ¡Qué hedor! debe ser insoportable!
Y el porcatero responde:Sí, ya he pensado en esto, pero, ¡que se aguanten!
Francesc Ventura Sala
23 de abril de 2025